martes, 24 de noviembre de 2015

Miguel Aráoz Cartagena




“El arte se está volviendo cada vez más pop”


Entrevista y foto por Gianmarco Farfán Cerdán

En nuestro país hay artistas jóvenes muy interesantes, con gran proyección. Miguel Aráoz Cartagena (Cusco, 1977) es uno de ellos. Es imposible quedarse indiferente frente a cualquiera de sus cuadros, los cuales transmiten espiritualidad, amor a la naturaleza, vitalidad y cierto misterio. Basta apreciar sus obras Constelaciones andinas, Cuernavilla, El tejido, La noche, Mujer corazón de hoja, El árbol de la vida o Las danzarinas de la Luna para comprobar dicha afirmación.

En la siguiente entrevista, Miguel nos detalla sobre su magnífico trabajo artístico (ha expuesto individualmente en Suiza, Perú, Uruguay y Francia; y colectivamente en Brasil), su labor sostenida con la destacada escritora Karina Pacheco Medrano, su creciente interés en realizar cine (su esposa, la canadiense Stephanie Boyd, es documentalista), su punto de vista crítico sobre el arte contemporáneo y su devoción profunda por la naturaleza.

Muchas gracias por esta oportunidad, Miguel. Por esta entrevista. Espero que sea una conversación muy agradable.
Gracias a ti, más bien, por llegar. En el sentido de todo lo que te ha tomado llegar.

Yo quería tocar varios aspectos de tu trabajo y tu biografía. Recuerdo que decías: “Es siempre un constante reto vivir para el arte y del arte”.
Por supuesto que sí.

¿Eso es algo que has aprendido en el camino de tu carrera o siempre, antes de entrar de lleno al mundo del arte, ya pensabas que iba a ser algo no muy fácil?
Cuando estaba en cuarto de secundaria conocí en Cusco un pintor limeño que me dijo que lo único que no haga es estudiar arte. Me dijo: “Si te gusta dibujar, pintar, estudia algo que sea paralelo, pero que te dé dinero”. Y le escuché. Me vine a Lima, estudié en el IPP hasta la mitad de (la carrera de) Diseño, pero de ahí me di cuenta que prefería pasar hambre, porque todo el tiempo diseñar cosas para la publicidad me parecía triste. Tampoco quería vivir en Lima. Volví al Cusco y me puse a estudiar arte.

¿No querías vivir en Lima porque no te gustan las ciudades? ¿No te gusta Lima?
Las dos cosas. Lima es agresiva, gris, y tampoco me gusta la ciudad, en realidad. Así que era una mala combinación.

¿Has podido vivir de algo de lo que estudiaste?
¿De diseño? No acabé el diseño. Lo dejé a la mitad de la carrera, porque me di cuenta que ni a Lima ni al diseño lo veía algo bueno para mí. Igual, el IPP fue bacán porque, hasta donde estuve, sus clases eran muy interesantes. Era divertido. Había varios profesores interesantes. Estaba Santiago Barbuy, que enseñaba en la Católica diseño industrial, que era un viejito que parecía Albert Einstein: sus métodos eran muy interesantes. Al comienzo del ciclo agarraba y te decía: “Escoge una imagen”. Y te decía que la escojas con algo que te guste. Por supuesto, la mayoría escogía algo que tenía a la mano. Luego te enterabas que habría sido bueno escoger algo que te guste porque durante cuatro meses te hacía dibujar la misma imagen, pero en diferentes formas: con puntitos, con equicitas, con rayitas. Entonces, si no te gustaba la imagen, acababas detestándola.

Tú decías que casi al final del colegio dibujar era lo único que te interesaba.
Claro. Cuando estaba yo al final del cole, por ejemplo, al profe de matemática le hice un trato en el que yo ya no seguía la clase. Estaba en la clase, pero estaba dibujando. Él me dijo: “Bueno”… Le expliqué que me gustaba dibujar y que mi vida iba a ir más por ahí que por las matemáticas. Y ha aceptado. Tenía que dar mis exámenes, pero en las clases me vacilaba dibujando a los compañeros.

¡Qué flexible tu profesor!
Sí. Además, yo era muy rebelde, así que muchas veces tenían que transar conmigo para que ambos vayamos bien.

Tenías una anécdota de niño: que a tu mamá (que era profesora de educación inicial) en sus informes, en sus actas, le pusiste dibujos, la pusiste en aprietos, “pero, por suerte, la directora del jardín lo tomó a bien y quedó contenta con los dibujos de un niño. Así parece que comenzó mi vocación”.
Sí, pues. De verdad. Mi mamá me cuenta que siempre que encontraba cualquier papel lo dibujaba hasta el último. Nunca dejaba -es lo que me cuenta- ningún espacio libre. Y sus actas pasaron por mis manos, ja, ja, ja…

¿Y aún las conservan tú o ella?
Esas actas no. Hay un montón de dibujos, pero no las actas, porque se fueron como parte de…

Fueron entregadas.
No sé si llegaron hasta donde tenían que llegar o se quedaron con la directora del jardín, pero sí (fueron entregadas).

Hay algo que me llamaba la atención de tu trabajo: estaba viendo tus cuadros en tu página web y muchos tienen una influencia bien evidente de Van Gogh. Y hay algunos pocos que tienen influencia de Edvard Munch. ¿Son estos dos, de repente, tus referentes principales?
No necesariamente. Alguna vez he ido al museo de Van Gogh y lo que más me ha gustado era un Monet. Eso sí, a Van Gogh lo he visto, a Monet, a todos esos los he visto, pero no… Los impresionistas siempre me han llamado mucho la atención. También los postimpresionistas.

Porque tu cuadro Soledad es lo más vangoghiano que tienes.
Además de haber visto mucho a Van Gogh, mi vínculo con Van Gogh está en el campo. Siempre me ha gustado el campo y el paisaje. Entonces, eso es lo que nos junta.

¿Cómo consigues esta mirada -por momentos- mágica en tus cuadros? Puedes hacer que las flores tengan un halo misterioso. O este campo del mismo cuadro Soledad. O en Ellas esta manera de hacer tan dinámicos los tallos y darles cierto movimiento. ¿Esto es algo que nace en ti, que aprendiste? ¿Cómo así viene tu estilo?
En buena parte, veo así la realidad. Si te metes bien a caminar por el campo y te sueltas y te relajas, la naturaleza es más que mágica. Más bien, toda la magia y todas las cosas que se pueden escribir o pintar salen de ella. Alguna vez, con un buen amigo, más que antropólogo, mi amigo, nos reíamos porque discutíamos y él me decía: “Tú ves así el mundo, yo no lo veo así”. Y hablábamos de colores, exactamente. Y él decía: “No todos vemos igual”.

Por ejemplo, Wayras te transporta a esa persona que está mirando el árbol. Igual me refiere, de nuevo, un poco a Van Gogh, pero digo: “¡Qué mágico, qué poder de captar estos momentos!”. Aparte de tu arte, ¿tienes alguna vivencia o filosofía espiritual?
Yo soy caminante. Me encanta caminar. Las montañas me encantan. De ahí he tomado muchas plantas, también. Esa puede ser una conexión con Van Gogh, si quieres. En realidad, el mundo se curva. La naturaleza, los árboles y todo tienen curvas. En apariencia, parecen, a veces, rectas.

Rosamar Corcuera me comentaba que, también, eras ukuku.
Sí. Soy ukuku.

¿Eso te influye en algo el modo de ver el arte, también?
Siempre he querido mirar adentro. Es curioso, porque yo soy cusqueño, pero siempre me han visto, dentro del mismo Cusco, como que no soy cusqueño.

No eres típicamente andino.
Claro. Entonces, siempre he querido ver más adentro de las raíces del Perú, por eso mismo, también.

Siempre paras viajando. ¿Por motivos de trabajo?
Porque me gusta, también. Ahora, por ejemplo, no estoy pintando. Vamos a hacer un documental con Steph, entonces viajamos harto por eso.

¿Y cómo nutre tu trabajo el que tu esposa sea una cineasta?
Ahora trabajamos juntos haciendo documentales. En el anterior documental de la Steph yo entré en la postproducción.

¿Cómo se llamaba?
Es Operación Diablo (2010). De casualidad (entré), porque la Steph estaba…

Sobre Marco Arana.
Sí. Estaban trabajando el documental y, de pronto, yo entré a un visionado y había cosas que pensaba que se podían hacer. Y ellos pensaron que también.

¿Cuál fue el momento del encuentro entre ustedes, un pintor y una cineasta?
El encuentro es esta familia, porque la Stephanie antes estaba casada con Tito Cabellos. Esta es la casa de Malú Cabellos, su hermana. Y Rafo Cabellos era mi amigo. Yo la conocí cuando estaba en Cusco y ella (estaba) proyectando uno de sus documentales. De ahí conversamos y bacán. Eso ha sido hace como ocho años.

2007.
Sí, más o menos. Y a la Stephanie le gusta caminar, también.

Se iba a convertir en ukuka.
No hay ukukas, pero es intrépida, así que es bacán.

Para haber hecho Operación Diablo debe ser bastante valiente.
Sí, pues. Y le gusta caminar, le gusta el campo. Y me soporta, ja, ja, ja…

No sueles hacer muchos retratos en tu arte.
No. He hecho algunos, pero no muchos.

Había uno que era Darío bajo la Luna y tenía yo la duda de si acaso era el hijo de Rosamar Corcuera, Darío.
No. Es un pintor cusqueño: Darío Jara Morante, que es mi amigo desde la escuela.

La puerta y El aroma de la rosa, sobre todo, me causan una grandísima curiosidad, porque parece un ser medio extraterrestre entre estas flores y todo el fondo, todo el cuadro celeste. Entonces, yo decía: “También hay un toque tétrico, tenebroso en tu pintura”.
No esos cuadros, pero hay un solo cuadro que me parece curioso, porque yo, por lo menos, no llego a percibir lo que los demás llegan a percibir. Hay un cuadro que se lo regalé a un primo y que lo ponía siempre en su cuarto, pero venían a visitarle mis sobrinas chiquitas y cuando venían, querían que lo saquen. Y lo sacaron. Luego, ese cuadro mi primo me dijo: “¿Sabes qué, Micky?”… Iba a viajar a Suiza y me dijo: “Llévalo y si lo vendes, bacán”. Lo llevé a Suiza. Estaba en Suiza y dos veces lo han tratado de vender. Y las dos veces lo han devuelto, ja, ja...

¿Cómo se llamaba ese cuadro?
No me acuerdo cómo se llamaba ni siquiera.

¿Pero qué tenía?
Es un personaje con unos ojos muy grandes y con el cabello levantado. Y nada más eso. Lo que tiene es fuerte la mirada. ¿Qué tendrá? Ja, ja, ja…

Algunos dicen que los artistas se adelantan en cuanto a las percepciones, que pueden percibir cosas que otros no logran. Tanto artistas en pintura, escultura, como en narrativa y poesía. ¿Crees que el artista tiene una sensibilidad especial? Algunos otros dicen que es, simplemente, un trabajo más ser artista.
Es una mezcla de cosas. Sí debe de haber algo de sensibilidad, solo que deberían preguntarle a otros que no sean artistas. Todos sentimos y de manera no muy diferente, pero lo especial del artista es que puede plasmarlo. Tu sentimiento, plasmarlo: eso es trabajo. A veces, cuando pintas, sí te adelantas al presente, pero no siento que eres consciente. Solo lo haces y luego cuando pasan las cosas ya lo reconoces.

¿En alguno de tus cuadros ha habido alguna premonición?
Con cosas de mí mismo sí, pero no tan puntual. En realidad, estás pintando de adentro. Entonces, puedes ver más allá de tu instante, pero no con conciencia. Tampoco los artistas, necesariamente, son…

Médiums.
…médiums. En algún punto sí, pero de sentirlo. Eso creo.

En todo caso, eres de una familia con muchos intereses culturales. Tienes un ancestro pintor, tu hermana mayor es poeta, tu hermana menor es actriz. El arte está en las venas de los Aráoz Cartagena.
Sí. Yo creo que mis papás nos ordenaron en muchas cosas. Siempre íbamos al campo, desde chiquititos. Siempre hemos sido libres. Y esa es una muy buena combinación o muy mala combinación, ja, ja…

El arte, tú decías que “en sí, es un destino”.
El arte es un destino.

¿Sientes que es un destino para toda la vida o es un destino hasta que puedas? ¿Es una tortura para ti el arte? Hay gente que pinta o hace esculturas porque necesita hacerlo, pero tienen un límite. (Unos dicen): “Yo, hasta que pueda, porque sufro cuando hago arte”. Otros dicen: “No, yo soy feliz”.
Es de las cosas que más disfruto: hacer arte. Me voy dando cuenta, con el tiempo, que me gusta hacer cada vez cosas distintas. Siempre voy a tener mi línea, que es ser pintor, pero me gusta aprender otras cositas porque me gusta esa sensación de estar fresco. Y el aprender me regala eso.

Ya tu arte ha hecho una buena combinación, por ejemplo, con Karina Pacheco Medrano, que es una escritora cusqueña que cada vez tiene mayor reconocimiento, lo cual me alegra. (Ella) ha tenido cuatro o cinco mesas en la Feria Internacional del Libro de Lima, lo cual es fantástico, siendo ella cusqueña, una escritora de provincia. Tu cuadro Fe justo ilustra la antología de cuentos Miradas. Y, también, (tus cuadros) han sido portada de su segunda novela, de su segundo libro de cuentos y te has encargado del diseño de la portada de su quinta novela.
Siempre he envidiado a los músicos cuando pueden tocar con otros músicos, en realidad. Además, siempre he querido hacer eso, pero siendo pintor. En algún momento me di cuenta que era un poco solitario ser pintor. Poder trabajar con otros artistas me parece increíble. Sea colaborando en hacerles el diseño de sus tapas o sus CDs o pintando a medias un cuadro con otro artista. Me parece bacán porque te llenas. El reto de trabajar con otro es bien bacán, es como una lucha. Cuando veo a los samuráis que tienen que medir sus fuerzas: pintar es igual. Mides tu carácter, tu fuerza, cuando trabajas con otro. Pero no hay una competencia desleal sino al contrario. Te alimentas. Y eso me parece chévere.

¿Y cómo surgió este trabajo conjunto con Karina Pacheco?
La Kari es amiga de mi familia. No la conozco tantos años, pero siempre ha sido amiga de mi familia. Entonces, por ahí había un vínculo. De ahí, cuando nos hemos conocido, la Kari es bien bacán en persona. También le gusta caminar. Me dijo si podía alguna de mis imágenes ser la carátula de su libro y le dije que sí, pero que la única condición es que yo diseñe todo lo demás. No lo de adentro, por supuesto, pero sí la carátula. Me dijo: “Bacán”. Lo hicimos y de ahí hemos comenzado a hacer eso más de una vez.

¿Has podido leer su literatura?
Sí, claro. Yo soy terriblemente malo para los títulos, pero la novela de Guatemala (El bosque de tu nombre) me pareció increíble. La leí en la selva, además, y me pareció buenísima.

Justamente, Karina me contó que eres uno de sus mejores amigos, que eras “brillante, juguetón y transparente, que indaga hasta lo más profundo en los temas que le interesan. Quizás por ello sus trabajos combinan tan bien fluidez y hondura”. Además de esos elogios, me contó una anécdota que me parece muy interesante porque demuestra el grado de amistad que tenían. En el año 2013, por su cumpleaños, subieron al Apu Linli, que es la montaña sagrada más alta de la zona de Pisac, y llegaron hasta la cima, pero justo les sobrevino una tormenta feroz y tuvieron que quedarse allí hasta la medianoche.
Sí. Nos perdimos por el Apu y de ahí tuvimos que dar vueltas. No soy el más aventurero del universo, pero sí me gusta la aventura y mejor si tiene buen fin. Así que esa vez nos perdimos, nos asustamos y todo, pero salimos bien. Y, al final, fue hermoso caminar hasta tan tarde… Con la Stephanita, con mi sobrina y otro amigo. Fue bacán.

¿Así sueles celebrar los cumpleaños, yéndote a las cimas de los (apus)?
La Kari quería subir. Esa vez me acuerdo que la Kari quería irse a una montaña y el Apu Linli le gustaba. Habíamos ido una anterior vez solo hasta la mitad. Y habíamos quedado: “Ya, vamos hasta arriba”. Y subimos al cerro.

¿A qué altura está, más o menos?
¿La altura del Apu Linli? No sé. Es alto.

¿Estará sobre 5 000 (m.s.n.m.)?
No está sobre 5 000.

¿Es nevado?
No es nevado, es montaña, pero igual es alto. Y el Apu Linli es bien peculiar en sus formas. Son bien empinadas.

Te resbalas y…
No tanto así. Más que eso, si no tienes costumbre de caminar no sé si llegas arriba.

¿Cuál es la altura máxima que has podido llegar?
Nunca he medido las alturas. Siempre me ha gustado caminar y más en los últimos años.

(Eres) un trekkero.
Sí. Me gusta la naturaleza. Me gusta ver, subir solo o con amigos, con mi perrita. Me encanta. En realidad, me encanta ver los Andes, igual la selva. Claro que los Andes son más mi espacio natural.

Tienes, también, dos óleos que parecen murales en la parte inca del Qorikancha. Eso debe ser motivo de orgullo para ti.
Claro. Sí. Nunca en mi vida he hecho nada por encargo, más que esos dos cuadros del Qorikancha. Y los acepté por eso. No me gustan mucho los encargos, pero era un honor estar en el Templo del Sol.

Ahora, en Cusco, me comentabas que cada vez hay menos espacios para exponer para los artistas.
Sí, pues.

Y cada vez hay más joyerías, me decías.
En realidad, es lo mismo que pasa en todo el mundo: todo es plata. El mundo se mueve por la economía. Entonces, supongo que mueven más dinero vendiendo joyas que cuadros, que obras de arte.

También mencionabas que los ministerios y entidades públicas ven a la cultura como Marca Perú solamente.
Muchas veces sí. Ahora, por suerte, está mejorando. Por lo menos, en este momento, el Ministerio de Cultura está poniéndose las pilas, en la medida de sus posibilidades. Siempre puede ser mejor. Pero ahora, en Cusco, está poniéndose las pilas. La municipalidad, la región, hacen cosas, pero a medias.

Decías, también, que lo único que se descentraliza en nuestro país “son los malls y el consumismo”.
Claro. Eso sí va por todos lados. Las iglesias de esta época son los malls. El culto es al dinero, completamente.

O a la ropa.
Claro.

Al look.
Consumismo. Lo cual es una tristeza, en verdad. Es difícil estar a la par. Nadie ya está, ahora, a la par. La cultura es hermosa. Vivimos en un país increíble, con tantas formas de manifestarse. Es triste que, al final, el mundo se globalice y aplaste todas las culturas y solo haya una forma de ver las cosas. Eso es bastante triste.

¿Tu rebeldía viene de familia? ¿Tu familia, también, tiene ese punto de vista crítico de las cosas, de la cultura?
Sí, pues. Creo que sí. Es difícil no tenerlo si amas la naturaleza. Cada vez el mundo va cambiando y cada vez la ciudad va comiéndose al campo. Lo cual es más que una pena.

Claro. Yo, como limeño, no estoy tan cercano al arte del Cusco, pero ¿qué artista del Cusco tú crees que sería recomendable que sea más conocido, que tenga más presencia en los medios de comunicación, tanto a nivel regional como nacional? ¿Tienes algunos nombres por ahí, en mente?
Desde mi amigo Darío Jara Morante -pero no porque sea mi amigo. Es un capo-, Karina Loayza, Franklin Álvarez, Carlos Olivera es más conocido.

Escultor.
Ajá. ¿Qué más…? Hay tantos. Javier… Es un amigo que trabaja esculturas en papel, que es increíble. Hay muchos.

Muchas veces, en Lima, suele haber una visión muy centralista del arte y ahora con esto de las instalaciones que se está haciendo cada vez más común verlas en las galerías, de repente, también, el arte ya no lo estamos viendo con ese cariño o cuidado que suele haber en provincias.
Igual en Cusco, igual en provincias. Es casi como la parte que le sigue al mall, igual el arte se está volviendo cada vez más pop. Como siempre, para mí es más ¡plop!, porque es comercial. A mí tampoco me gusta el arte comercial.

Tu arte no es comercial.
No, por suerte. Sí vendo, pero cada cuadro me toma mi vida. Y lo disfruto. Justamente por eso lo disfruto. No me gustaría hacer productos. No tiene gracia hacer productos.

Se nota que es un arte que viene -como tú has dicho al principio de la entrevista- de adentro. Has puesto algo más que, simplemente, colores, trazos y líneas. Has puesto tu alma. Se nota.
Me divierto. En eso me divierto mucho. Cuando deja de haber eso, ya no me divierto.

Muchísimas gracias por la entrevista. Sinceramente, espero que sea más difundido tu trabajo. Es fantástico. No creo que tenga algún adjetivo menor. Muchísimo gusto de estar acá, contigo, conversando en Jesús María.
¡Gracias, papá! Como te diría al comienzo, igual: ¡chévere que hayas llegado!

Muchas gracias, Miguel.

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