lunes, 5 de julio de 2010

Manuel Jesús Orbegozo






La guerra es atroz, en todos los sentidos”


Entrevista y foto por Gianmarco Farfán Cerdán


Con gran amabilidad, el importante periodista peruano Manuel Jesús Orbegozo Hernández (La Libertad, 1923) -también conocido como MJO- me recibe en su casa de Surco. Un lugar donde se puede hallar recuerdos de todas partes del mundo, de sus incontables viajes como corresponsal, los cuales hacen que uno siempre esté pendiente de qué cosa nueva va a encontrar cuando pose la vista en un rincón u otro de su hogar. Conversando momentos antes de encender la grabadora, me muestra algunos textos literarios suyos en su laptop. Piensa publicarlos en un poemario. Me parecen buenos, y se lo digo. Orbegozo ha vivido tantas experiencias positivas y terribles gracias a su profesión, que uno siente estar conversando con varias personas a la vez. Lo más interesante de dialogar con él es que no busca mostrarse como un dechado de virtudes -defecto de muchos periodistas- sino como un ser humano verdadero, con momentos de luz y sombra. Reconocido por muchos, criticado por algunos, su labor en el periodismo nacional ha dejado huella durante décadas. En la siguiente entrevista, Orbegozo se explaya sobre muchos temas: su rápido ascenso en el mundo del periodismo, sus intensos -y, a veces, increíbles- viajes, las guerras, la educación en las universidades peruanas, política nacional e internacional; y en cada uno de ellos siempre mantiene una posición firme y clara, sin ambages. Puede uno estar de acuerdo o no con lo que dice o piensa, pero sin duda es alguien que tiene mucho que contar y a quien se debe escuchar con atención. MJO ha sido ganador de múltiples premios a lo largo de sus más de cincuenta años como periodista, catedrático de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, director de periódicos, autor de libros, Medalla Cívica de las ciudades de Lima y Trujillo, y sigue siendo amante de la fotografía -como se puede apreciar en la foto superior, donde MJO muestra muchas de las magníficas fotos que ha tomado en diversos países del orbe- y la literatura. Desde el año 2004 Orbegozo escribe su interesante blog El mundo, un día, el cual actualiza constantemente, a despecho de sus años. Él es así. Nunca dejará de sorprendernos.


¿Qué es lo más importante que le ha dado el periodismo en estos más de cincuenta años que tiene usted como periodista?
Te podría hacer un resumen, porque cincuenta años de una vida es sumamente largo. Mis comienzos fueron muy dramáticos porque, en primer lugar, yo nunca iba a ser periodista. Lo que pensaba en mi vida, antes de ser periodista, fue ser profesor. Justamente, yo trabajaba en un colegio como profesor de inglés y castellano, pero una situación muy especial hizo que pensara que el periodismo era una profesión hermosa, apta para mis sueños de muchacho. Tenía veinticinco años. Entonces, me decidí a ser periodista y el 31 de diciembre de 1950 amanecí aquí, en Lima, a buscar la forma de ser periodista. Yo no era nada. Jamás había escrito una noticia en Trujillo. No escribía noticias porque no tenía conocimiento, pero acá vine a aprender: quería ser periodista. Vine muy pobremente, con muy poco dinero. Me alojé en un hostal de tercera categoría, al frente de Palacio de Gobierno. Había un señor español que en Trujillo me ofreció ayudarme -a ver si me conseguía trabajo- y, efectivamente, me ayudó mucho para mantenerme porque él tenía un programa por radio: yo le volteaba las noticias, él las leía, y me daba el almuerzo o unas propinas. En 1951 pasé un año muy triste, muy dramático. Yo, el año anterior había ganado el Botón de Oro en poesía, en Trujillo, en un concurso regional. En las casas de alquiler alquilé ese Botón de Oro. Y lo más triste es que nunca lo pude sacar. Perdí el Botón de Oro.

Su primer premio.
El primer premio que tuve en mi vida. Así seguí hasta que ya tuve unos contactos, escribía por allá, por acá, una notita, otra notita. Me decían que escribía bien. Mi escritura desde un comienzo era medio literaria porque yo había leído muchísimo en mi niñez y pre juventud. Había leído muchos libros, novelas clásicas, y tenía una especie de ejercicio literario. Se hacía, acá, ese periodismo que ahora se llama periodismo interpretativo de creación -que interpreta algo y que, aunque no sea cierto, uno lo convierte en verdad-.

¿Cuál era su libro de cabecera, su libro preferido?
En esos tiempos leía mucho la literatura cotidiana porque -en la década del cincuenta- había excelentes periodistas en el Perú: Alfonso Tealdo, Pedro Ruiz Álvarez de Alvear, Pedro del Pino Fajardo, Del Águila. Había excelentes periodistas que eran como maestros de uno. Me quedaba leyendo esas cosas y eran suficientes para mí como aprendizaje. Eran lecciones de periodismo. No es como ahora que no encuentras una sola lección de periodismo. En esos días había lecciones de periodismo. Dije: “Voy a entrevistar a Ramón Castilla. Sí, me voy a entrevistar a Ramón Castilla”. Y me fui al monumento a Ramón Castilla -que es de (la Plazuela de) La Merced-, hice el ademán de que lo invitaba y me fui con él a la Plaza de Armas (de Lima). Nos sentamos ahí con Ramón Castilla, comencé a hacerle preguntas y él me contestó. Hice la entrevista, la escribí a mi manera utópica, la puse en un sobre y la envié a la revista Cultura Peruana. Era la mejor revista que se editaba en el Perú en esos días. Al mes -porque era mensual- fui a un puesto de revistas, encuentro mi entrevista publicada, y al pie: “Manuel Jesús Orbegozo”. Y no me conocían. Entonces, me acerqué al director de la revista y le dije: “Señor, yo soy Orbegozo”. “¿Qué deseas?” "Yo soy el que…". “¡No te creo!”, me dijo. "Sí -le dije-, yo soy". “Bueno, te felicito. Mañana llega Yma Sumac a Lima. Hazle una entrevista a Yma Sumac”. (Sonríe) Yo, sin saber ni escribir, ya era periodista. Entrevisté a Yma Sumac, quedó bien la entrevista y comencé a trabajar, a partir de ese momento, en esa revista. Era la mejor revista del Perú. Al cuarto mes el diario La Crónica me llamó para escribir una página, una entrevista a la semana. Ya no era la otra que era al mes, que recibía diez o veinte soles por mes, ahora iba a ser diez soles por semana. Entonces, comencé a escribir una entrevista por semana.

¿Se retiró de Cultura Peruana?
No, siempre escribía. Pero no era necesario ir, presentarse, hacer los trabajos de redacción. Si me decían: “Entrevista a fulano”, yo iba y hacía la entrevista. Pero en el periódico sí había una especie de semiasistencia. Me dijeron: “Vas a trabajar acá, todos los días”. Eso fue el 53. Fue como sacarme la suerte. Comencé a trabajar en la redacción muy bien, se me escuchaba muchísimo. Era un trabajador incansable, no dormía. Vivía solamente en la calle, buscando la noticia. En esos tiempos había lo que ahora ha desaparecido: la primicia, la noticia que otros no tenían. Yo andaba atrás de la primicia, como todos los periodistas de ese tiempo -que no éramos tampoco tantos, porque no había sino tres periódicos. Ahora hay cincuenta-. Me fue muy bien, me sentía muy bien, progresé. Tanto progresé, tanto trabajé, que a los tres años, el 55, gané el Premio Nacional de Periodismo, que en esos tiempos era un galardón. No era cualquier cosa. Ahora se saca cualquier premio. En esos tiempos había un concurso.

Ahora no hay.
¡No hay ni concurso! Era un concurso del Ministerio de Educación Pública y me lo saqué yo, insólitamente. Seguí mi trabajo hasta un momento en que, 1957, 58, un grupo de políticos peruanos jóvenes -de los Salazar Bondy, (Alberto) Ruiz Eldredge, Efraín Ruiz Caro- se unen y forman un grupo político que se llama Movimiento Social Progresista

Era de izquierda el movimiento.
Claro, el movimiento era de izquierda. No era marxista-leninista, pero era de izquierda socialista. Yo me afilié y firmé la primera acta. Estaba muy bien pero -por detalles que ya sería muy largo declarar- un buen día me llama el director del periódico (La Crónica) -me estimaba mucho, era el vicepresidente de la República, Manuel Cisneros Sánchez-, me dice: “Orbegozo, he sabido que tú estás afiliado al Movimiento Social Progresista, y tú sabes que es enemigo del diario, porque el diario es de los Cisneros Prado. Entonces, tú vendrías a ser nuestro enemigo interno del periódico”.

Lo declararon enemigo.
Yo les dije que no. Le digo al doctor Cisneros: “Estimo mucho a La Crónica, no me he ido a La Prensa solamente por la estimación que le tengo, porque aquí comenzó mi vida periodística. Amo a La Crónica, no la voy a traicionar jamás”. Me dijo: “Tú ve, pero esto no es factible”. En menos de una semana me botaron de La Crónica. Me despidieron y me quedé sin trabajo. Eso fue el 59. Me pasé todo el 59 casi sin hacer nada, hasta el 60 que me llamaron para hacer Expreso. Me dijeron: “Vamos a hacer un periódico, no sabemos cómo se llamará, pero queremos que tú lo armes”. Y, efectivamente, yo armé Expreso. Pero, al final del año, cuando ya iba a salir Expreso -que no se llamaba todavía Expreso-: otra ruindad. Aparecieron copias de unos documentos, aparentemente legítimos, de la embajada cubana. Eran planillas de pago. Decía: “Manuel Jesús Orbegozo, cinco mil dólares, fulano de tal, cinco mil dólares, Barrantes Lingán, cinco mil dólares”. Un escándalo tremendo, internacional, me volvieron a llamar. En este caso, Manuel Mujica Gallo -que era el dueño- me dice: “Orbegozo, nosotros no dudamos de usted, nosotros no creemos que reciba dinero de Cuba, pero comprenderá que ya hay un escándalo y sería muy mal visto que usted tome la dirección del periódico. Usted va a tener un puesto de segunda categoría, pero no queremos que se vaya de acá, de nosotros. Le ofrecemos un viaje a Brasil para que aprenda las últimas novedades que hay sobre la prensa”. Yo nunca he sido ambicioso…

¿Y quién les dio esos documentos que los…?
¡Ah! Eso lo había hecho uno de esos que les llaman “gusanos”. Un “gusano” había entrado a la embajada, sacó un documento, y con el sello de eso hizo lo que él quiso.

¿Por qué?
Por enemistad, pues. Nosotros éramos pro cubanos. El Movimiento Social Progresista era pro cubano. Estaba Cuba apareciendo recién como país libre. No era marxista-leninista ni cosa por el estilo. Pero está en los días del Ché Guevara y todo eso.

¿Salió del Expreso?
No, todavía no salía. Pero ya estaba por salir. Me mandaron a Brasil para poder, al regreso, salir del periódico. Me fui a Brasil. Estuve un mes. Llego a Brasil y llevo mi…

¿En qué año fue?
Sesenta. El sesenta fui y estuve ahí dos meses, en vez de un mes. Cuando yo llego entrego mi librito de Premio Nacional de Periodismo a todas las redacciones para que sepan quién soy. Ahí, en chiquitito: “Manuel Jesús Orbegozo”. Eso entrego a la revista O’ Cruceiro, la mejor que había en Brasil. Cuando regreso, tres o cuatro días después: “Te está buscando el director. ¿A mí? Sí. Anda, anda. Entra”. Entro y me dice: “Caray, tú eres Orbegozo. Sí. ¿Tú eres el autor de ese libro? Muy bien. Te necesitamos. Mañana llega a Sao Paulo la mamá del Ché Guevara. Vas a ir con un redactor a entrevistarla (Orbegozo pone rostro de absoluta sorpresa)”. Al otro día viajé a Sao Paulo, entrevisté a la mujer, publicaron la entrevista y me dijeron: “Tú te vas a quedar aquí en el Brasil como redactor de la revista. Pero tú no vas a trabajar en Río sino vas a trabajar viajando por toda América. Llenando la revista con tus reportajes que hagas en toda América”. La vida para mí estaba sonriendo. Pero tenía que regresar al Perú porque tenía el compromiso con el periódico. Cuando llego de allá ya encuentro que ha salido Expreso. Días tenía de haber salido. Yo seguí trabajando ahí un mes, dos meses, con la idea de irme a Brasil. Porque en Brasil ganaba cuatro veces más de lo que ganaba acá. Cuando estoy en esos pensamientos y dudas, recibo una carta de El Comercio donde me dicen: “Señor Orbegozo, sabemos que usted está desocupado ahora, nos agradaría que usted dirigiera El Comercio de la tarde. Pero vamos a hacer unos cambios, junto con el jefe de redacción. Le ofrecemos ocho mil soles de sueldo”. Y yo ganaba en Expreso cinco mil. Entonces, conversando con mi mujer, le digo: “Ocho, pero allá iba a ganar veinte”. Le digo: “¿Qué hacemos?”. Ella dice: “Ponle cualquier cosa porque la idea es irnos a Brasil”. Y le pongo esto: “Les agradezco mucho. Para mí es un honor el que se hayan fijado en mí, pero no podría trabajar en su diario si no es por doce mil soles”. Mandé la carta. Pasó un día, dos, ocho, no contestan nada. Nos vamos a Brasil. En eso, una carta: “Hemos leído su carta, le ofrecemos por este mes de diciembre diez mil soles, y a partir del primero de enero doce mil soles”. Era el más alto sueldo que había en el Perú. Me quedé a dirigir un periódico que se llamó El Comercio Gráfico. Un periódico de la tarde que hicimos excelentemente bien, con un equipo de los mejores periodistas que había en esa época. Excelente. Por más que digan que no los enemigos. Dirán que no porque cerró. Finalmente, en diez años, cerró. Pero cerró por otras razones, no por razones de excelencia, de edición. Sino porque, por ejemplo, el papel era malo, la impresión era mala. Se desacreditó formalmente y así terminó. Pasé a El Dominical de El Comercio.

¿De qué año a qué año fue director de El Comercio Gráfico?
Fue en el 61 que entré, hasta el final de toda la década. ¿Qué pasó el 68? Importante para la historia de mi vida. El 68 las Naciones Unidas arman un concurso: “Turismo para la paz en el mundo”. Cada país hace su concurso y a los ganadores los mandan a Ginebra a recoger el premio. Yo decía: “¡Cómo no me gano este premio! Voy a hacer dos artículos, por si acaso”. Uno lo mandé a El Comercio y el otro lo mandé a El Comercio Gráfico, donde yo trabajaba. Hacen el concurso y los dos salen ganadores: primer y tercer puesto, ja, ja…



Experiencias extremas en Nigeria

Ja, ja, ja…
Los dos salen ganadores, y mi primer puesto consistía en ir a Ginebra a recoger el premio. Pero yo en esos días tuve un pálpito: ¿por qué no me voy a la Guerra de Biafra? En esos días estaba de moda. La Guerra de Biafra era una guerra de secesión de Nigeria, en el África. (Biafra era una zona) pequeña, pero muy rica porque estaba el petróleo de todo el país. Desgraciadamente, los poderosos del resto del país cerraron Biafra, no le dejaban entrar un solo pan. Y los niños comenzaban a enflaquecer y morir de hambre. Se convirtió en una noticia mundial. Dije: “¿Por qué no voy a ver esta guerra, este hecho?”. Le rogué muchísimo a los del concurso hasta que me dijeron: “Muy bien, te vas a ir a Ginebra, vas a ir a Biafra, de ahí te vas a El Cairo, de El Cairo te vas a no sé donde, y de ahí a Jordania. De ahí a Ginebra”. Era un premio para mí, una especie de sueño. Fui a la Guerra de Biafra. Fue mi primera experiencia internacional y también mi primera experiencia de lo que es una guerra. No es una guerra de tremendos obuses, ametralladoras y bombardeos, pero es una guerra donde se destruye todo y no se piensa en nada. Tengo para contar sobre eso una hora. Sencillamente, haciendo un recuento, yo llego al país sin visa. ¡Sin visa! Me dicen: “Pero usted no tiene visa, usted no puede entrar acá”. "Pero me han dicho que me dé visa porque yo soy periodista". “No, señor. Mañana se va usted, retenemos su carné, aquí tiene usted treinta dólares y se va con treinta dólares. Búsquese un hotel y mañana a las tres de la tarde está acá para irse”. Todo un desencanto para mí. Solo, en un país de negros -todos negros- que no hablan tu idioma. Nunca pasé horas más dramáticas que esas. De todas maneras, al siguiente día -cuento estos detalles porque indican todos los trabajos que pasa un periodista y la vocación que hay de servicio a la sociedad como periodista- pregunto dónde queda Biafra y me dicen: “A sesenta, ochenta kilómetros ya está usted en Biafra”. "¿Cuánto cuesta?" “Cien dólares”. "Ya, yo pago cincuenta ahorita y cincuenta al regreso y nos vamos cerca de Biafra, a las fronteras, aunque sea a conocer". Para que cuando regrese diga: “Estuve en las fronteras con Biafra” porque no había otra cosa. Cuando estoy yendo, veo en la calle a un negro que tocaba una flauta y habían tres o cuatro cobras que se movían, bailaban. Yo nunca había visto cobras bailando. Dije al chofer que parara, que iba a tomar unas fotos, y baja el chofer. Yo con la máquina -de esas máquinas viejas que se tomaban así, mirando así (hace gestos como si sujetara una cámara fotográfica con las manos)-. Me estoy demorando y la gente se da cuenta que estoy tomando fotos, ¡y era absolutamente prohibido tomar fotos a las culebras! Vienen, me agarran preso y me llevan a la comisaría. Me llevan a la comisaría, sin más. Y con veinte negros ahí, yo qué iba a hacer. No iba a hablar de derechos humanos.

Claro. Ellos tenían el poder.
¡Adentro! A la comisaría. Pero en la comisaría el oficial me dijo: “Señor, usted no tiene por qué estar sufriendo acá. Usted es un periodista de un país honorable, vaya a hablar con el ministro”. Entonces, cuando llego a la ciudad de Lagos me dicen: “Efectivamente, usted a la una de la tarde va a ser recibido por el ministro”. No sé qué pasaría entre las doce y la una. No sé si lloré, no lloré, me desesperé. Me quedé dormido. A la una me despiertan: “Señor, le está esperando el ministro”. Entra el ministro, era un negrazo, parecía boxeador peso pesado. Lo saludé, me agarró la mano -casi me saca la mano-, me dice: “Mucho gusto de tenerlo a usted. ¿Es del Perú?”. "Sí -le dije- del país de los incas". (El ministro le respondió) “¿De Manco Cápac, de Sinchi Roca?”. ¡Pasu! Ja, ja…

Ja, ja... Estaba bien enterado.
“¡Me saqué la suerte!”, dije. Conversamos mucho sobre el Perú, sus riquezas y todo. Finalmente, me dijo: “Ya no le quito más tiempo, mi Gobierno le recibe a usted como huésped ilustre. A partir de este momento tiene auto propio para sus quehaceres y un hotel que le concedemos nosotros”. Llaman a otra periodista, la periodista me recibe, salgo: un carro ahí con chofer. Me llevan al hotel, al Sheraton -después de haber estado en La Parada me llevan al Sheraton-. Al otro día, me fui a Biafra, a Cross (River, una de las regiones nigerianas), que es para otra historia.

Era una de las cosas más terribles que ha visto, la realidad de ahí.
Claro, la guerra no es solamente: “¡Muere, pa, pa (disparos)!”. Es todo. Es el clima de la guerra. Te voy a contar un detalle que está en mi libro (Testimonio) bien escrito. No está escrito por demostrar el sexo ni cosa por el estilo. Toda la ciudad destruida, diez, nueve de la noche, el coronel dijo: “Que se busquen a tres chicas”. Y se fueron a buscar a tres chicas en la selva, no en la ciudad, las calles ni las casas. No. En la selva. Traen a tres chicas. Y me toca a mí una de quince años. Y a las diez, once de la noche, a cada uno nos dan una chica para irnos a dormir. Entonces, yo me voy -está en mi libro-…

¿En cuál de sus libros está?
Está en Testimonio. En (la parte de) Biafra, ahí está, en Testimonio. El problema está que en vez de ser una noche de placer -que yo habría contado, porque fue en la guerra, pero fue una noche de placer- fue una noche de llanto. Porque la niña estaba solita, le habían matado a su mamá, su papá, su hermana, y solamente le quedaba una hermana y no sabía dónde estaba. Y tenía catorce años.

Todo lo conversaba en inglés, con ella.
Claro. En inglés, con ella. La chiquilla solamente lloraba. El sexo para ella -que podría ser en ese momento lo más atractivo, con un extranjero- fue un llanto. Tuvimos un rato de paz, de calma, nos amamos. Ahí podría decir que hubo amor porque ella se entregó con amor, y yo, también. Porque para mí era amor. ¿Te das cuenta? Y eso lo cuento en mi historia. Un acto de sexo, ¡qué tal hecho! No fue así. Me quedé dormido, adolorido, y cuando a las cinco de la mañana siento que me despierta, pobrecita, se va. Porque ella pensaba que la iban a matar ya. Nos despedimos. “¡No, me matan, me matan! ¡They kill me, they kill me, they kill me!” "¡No te vayas!" “¡No, they kill me, they kill me!”. Y se va al amanecer, se mete en la selva y yo no hice más.

¿Y por qué la tendrían que matar si…?
¡Es enemiga de los que estaban ahí, que habían tomado la ciudad! Eran los igbos (una etnia que conforma el 17% de la población nigeriana). Triste, muy triste. Está ahí contado, con esta misma sinceridad con la que te estoy contando. Ya te digo que he tenido cien actos sexuales en mis viajes con prostitutas o no prostitutas, pero eso sí, actos sexuales con todos mis cinco sentidos y toda mi libido. Pero aquí no fue eso, aquí fue un llanto. Un acto de llanto. Y solamente a la hora que se acabó el llanto -porque yo también lloraba-: (ella decía) “¡My mother, my mother! ¿Where is my mother?” Una cosa atroz. Pero el peor detalle que hubo, el más dramático, fue cuando fuimos a la guerra. Cuando regresamos a las tres o cuatro de la tarde, estamos llegando al cuartel general que quedaba en una puerta grande. Se entraba con carros, había un patio grande, y allí quedaba la comandancia. Entramos, estamos pasando por la puerta, el general sale y nos hace (con la mano en alto): “Hola, ¡come in, come in!”. Y en ese momento que está así, ¡pandagabán!, la bomba, adelante…

Mató al general.
La bomba. Nosotros volteamos: nunca más lo volvimos a ver. Cuando yo llegué al Perú, en un mes o más tiempo, encontré una carta de mi amigo donde me decía: “Ayer enterramos al general que mataron”. Entonces, la guerra no es como dice Mao: un cóctel, un five o’clock tea. La guerra es atroz, en todos los sentidos. Si estuviéramos en guerra el Perú con Chile, no estaríamos conversando así. Estaríamos conversando tristezas, viendo a dónde te vas, viendo dónde…

¿Fue la primera guerra que cubrió?
Era la primera guerra que vi.

Y luego habrá visto muchas más.
He visto más guerras. He visto la Guerra del Chad, la del Medio Oriente -que hasta ahora yo respingo contra la Guerra del Medio Oriente porque fue atroz, sigue siendo atroz. Porque es muy impositiva y abusiva. De un país tan rico y poderoso, como es Israel, contra un país que no tiene ni qué comer-.

Israel tiene el apoyo de Estados Unidos.
Claro. Totalmente. Que es lo que va a hacer con Chile. Va a tener a Chile para ser su punto de apoyo en América y poder dirigirla. Eso hay que estudiar y leer.

Pero está mal ubicado, porque más centrado está Perú.
Claro. Eso es lo que el otro día alguien escribió. Yo mismo he escrito una tarde que es como escoger a Noruega para controlar toda Europa.

Claro.
El hecho es que eso fue parte de la historia de mi vida periodística de los comienzos.

Ya estaba usted trabajando en El Dominical.
Trabajaba en El Dominical… ¡Claro! Porque El Dominical era el que me pagaba. En El Dominical ha sido el 69, el 70. El 68 fue Biafra, el 69 fue Vietnam, el 70 ya comencé imparable. A mí me gustó. Como ellos veían que yo era un periodista que les respondía, capaz de cumplir misiones de esa naturaleza, me mandaban. Cualquier cosa que había: “Orbegozo. Que se vaya Orbegozo”. Y, por otro lado, no había en esos tiempos -en el 70- cable ni televisión ni nada. Yo estuve casi tres meses en Vietnam, y después de ese lapso que llegué acá, recién pude publicar las fotos.



Entre bombas y fusiles

¿Y qué fue lo más impactante que vio en Vietnam?
En Vietnam, ¡uy!, eso es otra historia muy larga, casi personal, pero también implica los temores de la guerra.

¿Vio los aviones rociando napalm?
No. Yo vi un bombardeo. Te cuento -ahí (en Testimonio) lo cuento todo, porque ya no hay nada que ocultar-: yo tenía un plan secreto para Vietnam. El plan secreto me lo había conseguido un periodista australiano. Me dijo: “Mira, si tú quieres ver la guerra de Vietnam, en el norte no hay nada, en el sur es la guerra. Para ir al sur tú tienes que hacer (algo) muy fácil: procura llegar al río Ben Hai, que es el límite entre las dos Coreas. De ahí caminas un poco y llegas a las montañas. Te vas a la montaña Ho Chi Min, vas caminando y pasas normalmente, porque no hay nadie quien te ataque”. Entonces, dije: “Voy a pedir irme con estos tipos, y en la mañana me despierto, no llevo nada -no llevaba nada más que mi cámara fotográfica y, en un maletín, un pantalón y una camisa-”.

¿Y sus apuntes?
¡Claro! Entonces, yo estaba esperando, llovió ese día, estaba muy húmedo, pero de todas maneras dije: “Me voy”. Nos acostaríamos a las seis, siete de la noche, porque ahí no hay nada que hacer. Dormiría hasta la una, dos, tres de la madrugada. Yo dije: “A las cinco de la madrugada me levanto, salgo calladito y me voy a pasar al sur”. Justo cuando estoy saliendo ¡pan, pan, pan, pa, pa, pa! Ellos se sorprenden, me ven y digo: “¿Ustedes no han oído el bombardeo? ¡Mira ese bombardeo!”. Nos pusimos a conversar. Un bombardeo feroz, como de aquí al Callao. No cerquita, pero un bombardeo. Dije: “No, no paso. No voy. Así me maten, no voy. Así digan que soy maricón o lo que sea, yo mismo le voy a escribir que no voy”. Porque una cosa es que tú veas en el cine y te cuenten: “Ha habido un bombardeo”, y otra cosa que tú lo veas. Me regresé y ya no pasé. Porque si hubiera pasado, al otro día me mataban. Ahí mataban como en el Medio Oriente. Cada chico tenía su fusil. Chicos de diez, doce años, que apenas agarraban el fusil. Las armas las vendían en la calle, en la acera. Es atroz una guerra.

Así es. Usted era el Kapuscinski peruano.
Ja, ja, ja... Nunca he tenido ambiciones de ninguna naturaleza más que cumplir con mis obligaciones, mis deberes, con honradez. Jamás he mentido, jamás he hecho promesas que no he cumplido. Gran desvelo -eso es lo que les dejo a los periodistas- por cumplir con la sociedad, porque tengo una idea muy profunda de que nosotros representamos a la sociedad. Porque la sociedad no puede ir a Irak a ver qué pasa, ni a Vietnam ni a Biafra. Entonces, dicen: “Orbegozo que vaya. Designamos que Orbegozo vaya a Biafra”. Te mandan a ti, tienes que representar a tu sociedad. Esa es la idea que he tenido, con la cual he trabajado. Si te contara lo que he pasado. He pasado miserias. ¿El corresponsal de guerra Manuel Jesús Orbegozo? ¡Por favor! Un corresponsal de guerra es un señor corresponsal de guerra, que tiene un carné, que puede ir en cualquier momento, toma un avión o el hotel porque tiene detrás una empresa que lo favorece. Yo no. Yo llevaba cien dólares en el bolsillo, con los cuales tenía que pasar vivo o muerto. El trabajo que he hecho ha sido realmente honroso y valeroso. Alguna vez alguien debe escribir mi vida. Ha de escribir mi vida porque en dos, tres años, voy a morir ya. Es necesario para los futuros periodistas, para que sepan que ha habido un periodista que supo comportarse como un verdadero periodista. Porque he hecho una labor increíble. Imagínate, he pasado en el África por países miserables. Llego a Ghana cuando hay golpe de Estado. Los tanques en el aeropuerto, y lo primero que hacen es que te ponen el arma en el pecho y dicen: “¿Cuántos dólares llevas? ¿Qué llevas? ¡Saca los dólares! ¿Dónde están los dólares?”. No tengo más. “Saca, carajo, saca o te mato. Y cuidado con cambiar dólares. ¡Te mato, te mato! ¡I kill you!”. Y tú tienes que soportar. Mira, fue tan brutal el recibimiento que tuve en Ghana que dije: “Ya no voy, ya no trabajo, me quedo acá, me quedo esperando un avión que me lleve de regreso”. Ahora, ¿qué pasa? Me dan 300 o 400 dólares. Entonces el mercado negro significaba -está tres soles el dólar acá- decir tres mil soles por dólar. Así, en esa proporción, así estaba el cedi (moneda oficial de Ghana). O sea, tú llegas acá y cuesta tres soles el dólar, pero en el mercado negro me dan tres mil soles. Era la ruina de los países. Te dicen: “Tú cambias, te matamos”. Y la chica que me acompaña, se queda conmigo esa noche de miedo. Cobraba cincuenta, setenta dólares el hotel. Cambiamos cien dólares porque ella dijo: “Suficiente cien dólares”. Pero cien dólares eran como 300 000 soles. Como si, en este momento a ti, con cien dólares que das te dieran 300 000 soles.

Ya quisiera.
¿300 000 soles? Era tanto que la chica tenía sus bolsillos así (hace con las manos como si tuviera los bolsillos repletos), y los míos, también. Ocho días después no había gastado nada, porque costaba medio. Entonces, le digo: “Hoy día me voy a…

Era millonario.
…las seis de la tarde. No te olvides”. Me voy al aeropuerto, no llega la negrita. Ni a las tres, cuatro, cinco, seis. Y a las siete ya tengo que pasar para, a las nueve, volar. ¿Qué hago con esta plata? No sabía que hacer. ¡Buscando donde botar la plata! Y en esto veo en el mostrador un hueco. Comienzo a botar al hueco, y ese hueco era para el suelo. Recojo otra vez. En un basurero que había en la puerta del aeropuerto -aeropuertos pobres, paupérrimos-, en un basurero de chacra, ahí, pegadito, ¡pum, pum, pum!, los miles de miles de miles de cedis. Y a taparlo con papel para que no te vayan a chapar porque te matan. ¡Mataban! He pasado cosas así, increíbles.

Después de esa etapa, finales del 70, ¿sigue usted trabajando para El Dominical o ya está en otro medio? Porque usted también ha sido director de El Peruano.
Después de eso, el 92 fui dado de baja de El Comercio por cumplir setenta años. Me jubilé. Hasta el 99, que fui llamado para dirigir -primero para corregir- el diario El Peruano. Para corregir. Pero después me dijeron: “¿Por qué mejor no lo diriges?”. Y me quedé. Me quedé con dos consignas. Primero: El Peruano es del Estado peruano, no es del Gobierno peruano. Yo firmo eso. Hago una nota diciendo que me hago cargo del diario que es del Estado peruano y no del Gobierno peruano.

Estaba Fujimori en ese momento en (el poder)...
Ahí está, en mis memorias. Hago un trabajo periodístico que solo los chicos sanmarquinos -llamé como a diez o quince, que están vivos-, cualquiera de ellos puede atestiguar, en cualquier momento, la labor que se hizo. Nunca jamás se había hecho en El Peruano lo que hicimos, lo que hicieron los sanmarquinos. En calidad y forma. 2000: ¡lo de Kouri! Se destapa lo que más o menos se pensaba. Antes no se pensaba. Ahora hay una especie de vanagloria de algunos periodistas como (César) Hildebrandt, (Gutavo) Gorriti, que creen que ellos fueron los únicos que se opusieron, que son los salvadores y los únicos que tienen derecho a hablar del asesino y de eso. Y no fue tan así, no. Ahora no hay pruebas de los delitos que se le acusan a Fujimori. Menos había en esos días, que él era el dueño y señor del Perú. Pienso renunciar, pero me dicen que no renuncie porque nosotros no tenemos que ver nada. Está escrito. Declaración en el mismo periódico que yo he escrito. Digo: “Me hice cargo del diario El Peruano con la idea de que es el diario del Estado y no del Gobierno”. En ese lapso, también, serví a Paniagua y Toledo, o sea que no he sido un periodista solamente fujimorista sino paniaguista y toledista. Nunca jamás, digo, con todas esas letras: nunca jamás conversé ni recibí ninguna orden de ningún ministro. No he conocido a ningún ministro de Fujimori, no he hablado con ningún parlamentario de Fujimori, no he hablado con ningún general de Fujimori. Lo pongo con todas sus letras. Jamás hubo un general que me llamara: “Señor Orbegozo, disculpe usted, quisiera que me publique este artículo”. O el ministro fulano: “Orbegozo, ahí le estoy enviando un artículo para…”. Jamás. O el otro fulano que diga: “Oiga, ahí van a publicar, por favor que no salga porque…”. Jamás. ¿Te das cuenta? Solamente he escrito dos artículos a favor de Fujimori en mi vida. Uno: cuando se terminó el terrorismo, cuando cayó en 1992. Antes de ser director de El Peruano. Dos: cuando se terminó la guerra con el Ecuador. No he escrito más artículos a favor de Fujimori diciendo “el presidente Fujimori acaba de sellar la paz con el Ecuador”. No “viva Fujimori porque Fujimori es el rey”. Jamás. Y esta anécdota que no está publicada, desgraciadamente, porque en mi libro que iba a ir no ha podido ir, pero yo espero todas esas cosas publicarlas: yo pensaba hacerle una entrevista, con todos esos chismes que había -porque sí había ruidos de que robaban y todo eso-. Pero tú, mientras no tengas una prueba de que el profesor Orbegozo ese “es un ladrón miserable: cuando tú vas a su casa vas a encontrar por ahí las conchas de oro o los vasos de plata”. Mientras tú no cheques bien y veas que es de oro y plata tú no puedes decir: “El señor Orbegozo es un ratero”. Entonces, no se tenían pruebas sobre eso, pero quería hacerle una entrevista a Fujimori. Genial. Como un, ¿qué te podría decir?... He sido un gran admirador de Norman Mailer.


Entrevistando a Fujimori

Acaba de fallecer.
Que acaba de morir, que hacía unas entrevistas de dos páginas de El Comercio grande. Conversaciones interminables. Yo amaba a Mailer y decía: “Voy a hacerle a Fujimori una entrevista tipo Mailer”. Me seleccioné treinta preguntas -porque le mandé decir que quería entrevistarlo, hacerle una entrevista larga- y él aceptó. Entonces, me preparé con treinta preguntas largas -donde estaba todo lo de la plata, de Montesinos-. A Montesinos nunca lo he conocido en mi vida, nunca lo he visto. Fíjate cómo será mi honradez: jamás he escrito la palabra Montesinos sino solo después del…

De que cae Montesinos.
Quedo con Fujimori para hacerle la entrevista. Pienso hacer la entrevista larga, que no sea en una sesión sino en tres o cuatro sesiones. ”Ya -me dijo-, muy bien”. ¡Él no! Por intermedio de otra persona. Yo nunca había hablado con Fujimori, nunca. Llegó el día de la entrevista: siete de la noche a Palacio con mi fotógrafo, que está vivo. Con mi fotógrafo. Estamos ahí los dos conversando, esperando. En esto entra Fujimori: “Buenas noches, presidente”. (Fujimori responde) “Buenas noches, buenas noches”. Y me dice: “¿Y su cámara, su grabadora? No le veo yo”. “No -dijo- que traigan una grabadora”. De él, no mía. “A ver -me dice-, comencemos. ¿De qué se trata?”. Hablamos un poco del periódico, fui hasta la primera pregunta: “Usted es hijo de japoneses. ¿Cómo es posible que usted quiera al Perú siendo hijo de japoneses?”. Me dijo: “Yo quiero mucho al Perú. Yo le voy a demostrar que quiero mucho al Perú. Voy a traerle unas fotografías para que usted vea la forma como yo quiero al Perú. Espéreme un ratito”. Se va a traer las fotografías y yo, sin darme cuenta que había una grabadora, le digo a mi fotógrafo que está ahí, solitos los dos: “A este le voy a hacer una entrevista del carajo”. Y él me dice: “Shh, están grabando, están grabando”. Nunca más salió Fujimori.

Seguro esa grabadora estaba en vivo, escuchando eso por otro lado.
Yo no sé si la policía le avisó o si él tuvo miedo. No era una amenaza, era una expresión de júbilo. De júbilo que yo le iba a hacer una entrevista sensacional. A mi juicio, le iba a hacer una entrevista que nadie en la vida le había hecho. Para tirios y troyanos, no solamente para los enemigos sino para los amigos.

Y no salió.
No salió. Entonces, a la hora que estuvimos esperando como unos zonzos vinieron: que le disculpara, que tenía otro quehacer y que ya me avisarán. Nunca más me avisaron nada. Eso me salva de los dichos: “No, porque Orbegozo... Ese ha servido en tiempos de Fujimori, ha sido fujimorista”. Me río.

¿Quién era su fotógrafo, se acuerda?
Sí. Schwarz.

Herman Schwarz.
Claro. Tú pregúntale: “¿Tú estuviste con Orbegozo cuando la entrevista a Fujimori?”. Él me tomó las fotografías, las únicas fotos que tengo yo de que estoy con Fujimori, la única vez en mi vida que hablé con Fujimori. Siendo director de El Peruano jamás hablé con Fujimori. Otros creen que porque era director me llamaba y me decía: “Orbegozo hay que hacer esto, hay que tomar esto, mande usted esto”. ¡Jamás! Porque yo ya había puesto mi parche. Ahora, tampoco esto quiere decir que no haya puesto lo que ha hecho el Gobierno. El Gobierno inauguraba una central (hidroeléctrica) y yo ponía tremenda página central diciendo que inauguraba una central. “Ha robado diez millones” (de titular) jamás he puesto porque no tenía ninguna prueba. Para mí ningún redactor tenía una prueba de que había robado diez millones de dólares Montesinos. Si no yo también estaría lleno de plata y no tengo en este momento ni siquiera sueldo.



Maestro universitario de varias generaciones

Vive de su pensión.
No, mi jubilación todavía no me la dan. Por lo menos dos meses después. Estoy viviendo porque Dios es grande.

Cambiando de tema, su labor como profesor universitario: ¿cuándo empezó?
Fui llamado por un profesor Jiménez -que murió- para reemplazar a un profesor que no había ido. Me agradó porque siempre he tenido deseos de enseñar. Siempre me ha parecido que la enseñanza de lo que uno sabe es importante. Dije: “Voy a enseñar”.

¿En qué año fue eso?
En octubre -por ahí- del 68 me llamaron. Y yo fui. Me presento a la clase: tres de la clase. Dos chicos…

¿San Marcos?
En San Marcos. Dos chicos y una chica. A ver, escriban: “Ayer hubo un choque -ellos escribiendo- en la esquina de Gamarra con Suárez Vértiz. El camión, manejado por fulano y el automóvil manejado por sutano. En el choque salió herido el fulano. La policía tomó…”. ¡Hacerme una noticia de eso! Entonces, ellos se arrinconaban y en una hora me entregaban la nota. Y yo veía si hacían bien el texto. Una, dos, tres veces, a la cuarta vez ya no aguanté. Porque me di cuenta que el periodismo no se aprende en las cuatro paredes de la clase: el periodismo se aprende en la calle, aunque sea en tu esquina. Si te paras en tu esquina y ves que un cojo por ahí se cae de su carril tienes una noticia sensacional: “Ayer un cojo, fulano de tal, porque Dios es grande, no se mató”. A partir de ese momento dije: “Para afuera”. Salgo con estos tres para afuera y me iba a las esquinas, paraba en las esquinas. Yo decía: “Vamos a ver cuántas gentes pasan por acá. A ver, escríbanse una nota de eso y mañana me entregan”. Y así comencé, hasta que llegó el momento en que ya la cosa se puso grande, los chicos se dieron cuenta de que yo era un buen profesor, me gustaba enseñar, sabía enseñar, sabía lo que enseñaba -porque era un buen profesor y un buen periodista-. No me podían engañar ni me podían distorsionar las ideas del periodismo. Encima de eso, sentí tanto cariño de ellos. En esos tiempos yo viajaba al extranjero, y cuando regresaba traía filminas o slides. Compré mi máquina para pasarles los slides. Les pasaba los slides aquí en este cuarto (la sala de su casa) y ellos felices de ver cosas nuevas. El Cairo, las pirámides de Egipto, La Esfinge, Luxor y el río Nilo. Entonces, ellos hacían una nota como si hubieran estado en El Cairo. Así les fui enseñando y me tomaron un gran cariño -recíproco, porque yo, también, hasta ahora los quiero a todos. Porque siento que hay un gran cariño de parte de ellos hacia mí-.

Varias promociones tienen su nombre.
En San Marcos una, pero también en Huancayo, Trujillo, dos o tres. Más bien, padrino soy como de quince promociones en San Marcos.

Hay un concurso de periodismo con su nombre.
Claro. En este momento hay en Trujillo un concurso que se llama Manuel Jesús Orbegozo, de reportaje. Si tienes oportunidad de avisar a los sanmarquinos, que concursen. Porque son los que menos concursan y los que más ganan. Se presentan tres, cuatro, y se ganan el premio.

¿Cuántos años de profesor universitario ha tenido?
Treinta y siete. Desde el sesenta y ocho hasta este año. Con uno o dos años de permiso por alguna razón inevitable. Pero que yo haya faltado a una clase: ¡jamás! Y que yo haya llegado tarde a una clase: ¡jamás! He sido un buen profesor.

La última pregunta: ¿cómo ve el futuro del periodismo en las universidades? ¿Va a cambiar mucho?
Temprano estuve conversando sobre ese tema, y es una pena que la pobreza en la que viven las universidades públicas las obligue a haber decrecido su estatus de grandes alumnos, profesionales. Porque hasta que yo he estado, el año sesenta, setenta, ochenta, hasta el noventa, los periodistas de San Marcos eran los mejores que habían en Lima. Ahora ha decrecido mucho su calidad debido a que las universidades privadas tienen más dinero e infraestructura. Por ejemplo, San Marcos tiene quince máquinas computadoras y la Bausate y Meza tiene 300. Entonces, hay un desnivel tremendo. Mientras en San Marcos están pidiendo una computadora cada hora y que le anoten la hora (al alumno que utiliza la máquina): “¡No, ya se pasa la hora!”. ¡Ya basta con eso! Y mucho roban en San Marcos. Eso te lo digo con todas sus letras. Tengo ahí documentos que demuestran lo que te estoy diciendo. Me he salido muy descontento con la universidad, en ese sentido. Siempre amo a mi universidad, amo a los chicos, a todos, sin excepción. No creo que haya un solo chico que me tenga animadversión, salvo alguno por ahí. Porque jamás jalé a nadie. Y no jalé a nadie no porque yo fuera bueno, como les decía siempre al entrar: “¡Ay, qué bueno el profesor Orbegozo, no jala!”. No. Sino porque trataba de que todos se pusieran al mismo nivel. No había por qué tener desniveles entre los estudiantes. Si todos están en el cuarto grado es porque todos merecen el cuarto grado. No tiene por qué haber uno que esté en cuarto cuando está con las justas con segundo grado. Entonces, ha habido un gran cariño, lo mantengo y lo voy a mantener hasta el último. Hasta la muerte.

Muchas gracias por la entrevista.
Te agradezco a ti, que has aguantado tanto rato, ja, ja, ja…




Nota: esta entrevista fue realizada en diciembre de 2007.

2 comentarios:

  1. Excelente artículo, hubiera sido gratificante para todos los peruanos contar con un espacio televisivo conducido, por este destacado periodista, definitivamente sus entrevistas hubieran dado que hablar.
    Felicitaciones.

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  2. Tuve la enorme satisfacción de visitarlo y pernoctar varias veces en su domicilio de Miraflores a mi querido y entrañable tío nacido en Otuzco de La Libertad don Manuel Jesús Orbegozo, un gran hombre muy culto, que le apasionaba relatar sus incansables viajes por el mundo, mostrarme sus fotos en slides de atardeceres en el mundo, cuando en su enorme biblioteca se emocionaba mostrándome muchos de sus libros con dedicatorias para el de conocidos literatos y premios Nobel. Ahora continúa en sus reportajes en la eternidad, como incansable y reputado periodista. Con sentida nostalgia y gratitud Jorge Peralta Acevedo.

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