jueves, 28 de enero de 2016

Hugo Muñoz Llerena




“En la vida, ganas o aprendes, nunca pierdes”

Entrevista y foto por Gianmarco Farfán Cerdán

El legendario saltador de alto Hugo Muñoz Llerena (Lima, 1973) volvió a fines de 2015 al Perú y se reencontró con sus familiares, amigos y muchos aficionados al atletismo. Nuestro todavía hombre récord del salto alto -con 2.30 metros- y récord sudamericano sub 23 estuvo en Lima con su bella y gentil esposa estadounidense Jenna, así como con su preciosa y talentosa hija Daniella.

Actualmente, Hugo está dedicado a entrenar, de manera muy exitosa, a jóvenes atletas en los Estados Unidos. Manjula Kumara Wijesekara (bicampeón asiático que participó de las Olimpiadas Atenas 2004, donde quedó en el puesto 20), David Guidry (campeón estatal indoor de Louisiana en 2015), Cole Moeller (campeón estatal de Iowa en 2015), Melvin Broughton (campeón estatal de Alabama en 2015), Tierney Lindner (campeona estatal de Wisconsin 2014) y Hunter Weeks (campeón estatal de Michigan 2014) han sido algunos de sus pupilos.

Entre los atletas que entrena se encuentra, también, su hija Daniella, quien muestra notables condiciones para el salto alto. Me comentó su esposa Jenna que su hija y Hugo “son amigos”, lo cual hace más sencilla y agradable la transmisión de conocimientos deportivos hacia su prometedora hija adolescente. Y cuando le pregunté a Daniella por qué país competiría en el futuro, si por la patria de su padre o los Estados Unidos, ella me dijo convencida que prefería representar al Perú.

En la década de 1990, Hugo -que durante su destacada trayectoria fue entrenado por los reconocidos Abelardo Castillo, Augusto Málaga y Duberly Mazuelos- brilló internacionalmente en el atletismo, junto a otros referentes peruanos como Gilda Massa, Marilú Salazar, Eduardo Acuña y Juan José Castillo. Logró ser campeón sudamericano juvenil en 1992 y dos veces subcampeón de los Juegos ODESUR (hoy llamados Juegos Suramericanos): en 1990, en Lima, y en 1994, en Valencia (Venezuela). Asimismo, fue cuarto en el Campeonato Iberoamericano de Mar del Plata (Argentina), en 1994.

Desde 1992, cuando batió en Lima por primera vez el récord nacional absoluto -que pertenecía a Fernando Abugattas con 2.16 metros-, a los diecinueve años, Hugo se convirtió en un nombre fundamental de nuestro atletismo. Tres años después, elevó el récord nacional hasta los 2.30 metros y no existe, todavía, el atleta que pueda quebrar su mítico registro (que es el tercero mejor de la historia en dicha prueba, en el atletismo sudamericano). Para fortuna de él, en su época competitiva había otros grandes saltadores, como Santiago Lozada, Franco Moy y Valery Abugattas, quienes lo motivaban a superarse constantemente.

En la siguiente entrevista -realizada una tranquila tarde de noviembre en la VIDENA-, Hugo explica detalladamente cómo transcurre su vida en los Estados Unidos, donde es entrenador de atletismo (además de ser docente de español en Katy High School) y revela, por primera vez para un medio de comunicación peruano, algunas situaciones polémicas que vivió durante su época de atleta de alto nivel. Cosas de las que se supo muy poco, pero se especuló demasiado cuando fue a competir en las Olimpiadas de Atlanta 1996 y Sydney 2000.

También dialogamos sobre la mentalidad comercial que impera en el atletismo de alta competencia, el terrible escándalo de dopaje en la federación rusa, la ocasión en que venció a Charles Clinger (quien era el campeón estadounidense de salto alto en aquel entonces), la vida esforzada que debe llevar un atleta peruano en el extranjero, el profundo amor hacia su hija y su esposa (quienes comparten, también, su pasión por el atletismo), y algo sumamente positivo e importante: cómo logró el subcampeonato mundial de jiu-jitsu, su otro deporte favorito, hace unos pocos años.

Muchísimas gracias. Para mí, es un honor, un lujo, estar acá. Tú eres parte de la historia del atletismo peruano. Te admiro desde hace años, porque yo, también, he sido atleta.
A ti las gracias, Gianmarco. El honor es mío de estar acá, compartiendo contigo. Cada (vez) que yo le puedo enseñar a mi esposa y a mi hija lo que es nuestro país, me hace muy feliz.

Quería empezar por tu trayectoria en el atletismo, luego tocar un poco el jiu-jitsu y luego, obviamente, el tema de tu hija que me parece fantástico por la proyección que tiene. Uno, que sabe algo de atletismo, ve que hay proyección a largo plazo.
Gracias.

Tú has sido campeón sudamericano el año 1993 acá, en Lima, cuando, de repente no esperaban que el peruano Hugo Muñoz fuera campeón. ¿Cómo recuerdas esa época?
La recuerdo con mucho cariño. Eran épocas bastante distintas a las que veo hoy. Hemos avanzado, por lo que veo en el Internet, realmente. Cuando los chicos van a las competencias, tenemos una mayor cantidad de participantes. Y no solamente participantes, (son) chicos que están haciendo un muy buen papel internacionalmente. Eso, como peruano, pues, me llena de orgullo, porque es una gran señal de que estamos avanzando. Entonces, la época del 93 la recuerdo con mucho cariño. Fueron épocas donde, definitivamente, hacer atletismo era duro, pero así fue como lo hicimos y logramos resultados. Para mí, las cosas son como son. No es que si hubiéramos tenido más, hubiéramos hecho más o si hubiéramos tenido menos… Fueron difíciles, pero las vivimos y las disfrutamos al máximo. Yo siempre trato de llevarme lo mejor de toda situación y de todo el mundo. Trato de inculcarles no solamente a mis atletas en los Estados Unidos, también a mi hija, que todo llega, en un camino que ya he caminado nacional e internacionalmente.

Hugo, justamente este año 1993 fue especial para ti, porque ganaste el Orlando Guaita, en setiembre, con 2.20 m.
(Hugo asiente con la cabeza).

También disputaste los Bolivarianos (en Cochabamba) con Gilmar Mayo, que era el récord sudamericano, que al año siguiente hizo los 2.33 m.
Sí.

Disputaron hasta el último (momento). Tú quedaste segundo ahí con 2.15 m. y Valery Abugattas quedó tercero, también con 2.15 m.
Creo que sí.

Ganó Gilmar con 2.20 m. Haber tenido al récord sudamericano ahí, compitiendo contra él, habrá sido muy estimulante en esa época.
Por supuesto. Gilmar fue un atleta de nivel mundial. Una vez que uno salta 2.28 m., 2.30m. para arriba eres una persona de nivel mundial. Gilmar era dos años mayor que yo, un gran competidor y buena persona. Siempre estuvimos en varias competencias. Creo que, también, estuvo en el campeonato sudamericano (de 1993): me parece que en esa competencia no le fue muy bien, ahí gané yo. Y después me lo he encontrado en unas cuantas competencias más. Salto es salto, dependiendo del día que uno tenga. A veces se gana, a veces se pierde, pero esa era una época de gran nivel en Sudamérica. Con Gilmar, unos cuantos brasileros, Fernando Moreno de Argentina…

(Ricardo) D’Andrilli.
A la larga, todos grandes amigos. Eso fue lo más bonito que yo me llevé de este deporte. Pocas veces nos comunicamos. Todavía mantengo contacto con casi todos ellos.

En Facebook.
Sí. Y, la verdad, cuando tenemos contacto por el Facebook, nosotros no hablamos de las marcas ni de lo que saltamos ni de los fabulosos que éramos en esas épocas. Realmente no hablamos de eso. Hablamos de las experiencias. La parte humana fue lo que nos llevamos y eso es lo más rescatable. A la larga, el cuerpo nos ha dejado a todos. Todos hemos, prácticamente, forjado caminos distintos, pero, al mismo tiempo, el amigo y la persona siempre se han quedado ahí. Y el espíritu competitivo, todos nosotros lo hemos transferido en una carrera profesional que nos ha llevado más allá del salto mismo y manteniendo siempre esa amistad. Me parece una relación muy bonita con todos ellos.

Las nuevas generaciones, en este caso, Arturo Chávez Korfiatis, que es el campeón bolivariano y peruano -aunque nació en Chile-…
No sabía eso.

Sí, nació en Chile, pero está compitiendo por Perú. Él te admira y dice que quiere batir tu récord, tu 2.30 m. Y está cerca, en 2.25 m.
Claro. La realidad: los récords se han hecho para batirse. Y ojalá, porque yo creo que ya han sido veinte años o un poco más. Aferrarse a un récord… El récord nacional es del país, no es de uno. Así que si viene una persona y lo bate, ¡qué bien!, porque es señal de que estamos avanzando. Es más, cada persona que viene a batir el récord de otro es como un tema de agradecimiento. Porque si no hubiera ese récord, tú no te hubieras esforzado a tratar de ser mejor.

Es un estímulo.
Así es. Lo mismo pasó con Fernando Abugattas: gracias, Fernando, por lo que fuiste, eres y serás, porque esa marca me ayudó a empujarme a ser mejor cada día. Y cuando seguí avanzando, te llevas parte de esa persona y de ese récord contigo. Entonces, ojalá. Porque una vez que eres parte de la historia…

Nadie te lo quita.
Yo viví eso, eres parte de una historia. Y cada persona que lleva el récord, pues, se lleva a todos nosotros con él y todos avanzamos, así que ojalá.

Decía Javier Sotomayor que la mentalidad de los atletas, sobre todo de los que son de alta competencia, era una mentalidad muy comercial, que se había elevado demasiado. Dice: “Cierto que para muchos el atletismo es un trabajo, pero hay algunos que exigen más de la cuenta para ir a competencias como mundiales y Olimpiadas”. Este tipo de mentalidad comercial en torno al atletismo, ¿existía en tu época o ahora es mucho más fuerte?
Por supuesto que existía. Y la realidad es que, a nivel internacional, todos cobrábamos. Unos más y otros menos, pero todos cobrábamos. En el tema de Javier y en ciertos países comunistas, yo, de repente, podría entender que los atletas no veían el grueso de lo que cobraban por ellos. Pero que el dinero salía de la misma billetera y salía acorde de los logros de cada deportista, claro que sí. Probablemente, la diferencia entre ellos y otros atletas que venían de países capitalistas sea que era una cosa directamente entre el atleta y el manager. Me parece que en los países socialistas las cosas eran distintas. De ese tipo de temas, yo solamente te puedo decir lo que de parte del comité organizador de cada una de las competencias salía para los atletas. Que llegue a un atleta o no, eso ya tenía que ser dependiendo de su sistema. Personalmente, no me gustaría hablar de eso porque cada atleta, cada federación y cada país tenían cierto sistema.

Y qué opinas que ahora -en estos días ha sido una noticia muy triste, muy negativa- a la federación rusa la van a suspender y la misma Yelena Isinbayeva ha saltado a decir que ella sí está limpia, a diferencia de todos los demás que están acusados de dopaje.
(Hugo se queda pensando en silencio, entristecido).

¿Llega a un nivel tan fuerte la presión que toda una federación de un país puede estar corrupta? Nunca había pasado algo así. En casos aislados (de atletas) sí, pero no a este nivel, de federación.
El deporte como deporte solamente es una utopía. El deporte, por historia, ha sido siempre utilizado con fines políticos y económicos. A la larga, uno llega a un nivel donde, definitivamente, cobras dinero y te vuelves un atleta profesional. Entonces, el doping es una problemática de todos. Patrocinadores, entrenadores, atletas, federaciones, dependiendo de dónde estés en el mundo, vas a darte cuenta que es una problemática mundial. La realidad de esto es que sería ideal competir limpios. Yo tuve una carrera limpia toda mi vida. Lógicamente, competí con muchísimos de esos atletas. Algunos de ellos terminaron dando positivo. En nuestros países, por lo menos en el Perú, en ese momento, se hablaba de eso. Pero, número uno, acá no se tenían los laboratorios y no teníamos conocimiento (técnico) de eso, realmente. No había, por ejemplo, ¿qué se toma?, ¿cómo se toma? Todas esas cosas son hechas a un nivel médico, a un nivel laboratorio. En el Perú, los atletas no tenemos ese tipo de información. Entonces, no fue algo que nos afectó. Más por el tema de que la gente, simplemente, no sabía. En el doping, comparados con otros países, podríamos haber estado en pañales. Y, de repente, hasta ahora. Doping o no doping, la gente tiene que entender que es más un problema social. ¿Por qué? Imagínate que -sin nombres, ninguna referencia a nadie- tenemos un atleta de muchísimo nivel acá, en el Perú. Llamémoslo Juan, es un atleta fenómeno. La prensa lo adora y las cosas le están yendo muy bien. De un momento a otro, Juan da positivo. El problema es este: ves chicos en las escuelas que dicen: “Dios mío, yo quiero ser como Juan. ¿Qué hago? Voy a tener que doparme”. Entonces, empiezan a utilizar sustancias para tratar de aumentar masa muscular, para recuperarse y cosas así. Empiezan a tomar una dosis y no obtienen los resultados que quieren. Empiezan a tomar otras dosis. Lógicamente, si lo están haciendo así, no tienen ni siquiera un control médico. Como acá no tenemos laboratorios, lo empiezan a hacer como lo hacen los chicos en los gimnasios. ¿Cómo le explico yo a ese muchacho que se está metiendo, probablemente, los mismos fármacos -en esta situación ficticia de un gran atleta peruano, Juan-, de que él, no importa lo que se meta, nunca va a ser Juan? Porque no tiene la genética que Juan tiene.

Claro.
La realidad es el daño que le puede hacer a una juventud que quiere ser como su ídolo y que piensa que la razón por la que Juan es un gran atleta es porque él utilizó esa sustancia. No. Juan tiene una genética tremenda y, al mismo tiempo, usó sustancias prohibidas. Él fue lo que fue, el número uno, porque tiene una genética tremenda. Encima de eso, hizo otras cosas, por supuesto. Pero no importa cuánta química, cuántas sustancias ilegales se meta un muchacho cualquiera en las escuelas: si no tiene la genética él nunca va a poder ser como Juan. Entonces, termina dañándose físicamente y puede causarse un daño irreparable, tratando de llegar a ser como un ídolo. Ese es el problema. ¿Cómo le dices a una población de niños que quiere ser como su ídolo, que la razón por la que él es como es no es por las sustancias que está tomando para el deporte?

Es, un poco, como el caso de Maradona. Hay gente que piensa que Maradona se metía drogas y por eso fue un grande. No. Maradona era un genio y, aparte, se metía drogas.
Así es. Eso es otra cosa. Maradona es Maradona. Es como Pelé. Son personas que tuvieron una genética tremenda. El problema del doping tiene varios ángulos de verlo. Va mucho más allá de solamente “se metió el doping”. El problema es que cuando estas cosas salen a la luz tú estás hablando con una población que dice que, de repente, para tener ese tipo de desempeño sí lo hace. Lo que esos chicos no saben es que jamás van a poder ser eso porque no tienen la genética. Y si te vas ya a un tema organizacional, lo que está pasando con Rusia es porque algunos países ven el deporte con fines políticos internamente o internacionalmente, lo ven como un negocio. No solamente ellos: los mismos atletas. Entonces, ya estás hablando de otras cosas. Cada quien está tratando de buscar una manera de alargar su carrera, de mejorar sus marcas. Eso los va a hacer más cotizados, van a ganar más dinero, van a seguir teniendo esta vida y van a seguir teniendo trabajo. La realidad es esa. Porque, en este momento, muchos de esos chicos lo (único) que hacen es este deporte. ¿Cómo hacen para mantenerse en esta élite? Probablemente, tengan que recurrir algunos atletas -no digo todos- a sustancias prohibidas. Esa es la problemática.

Hugo, ya hablamos de un tema álgido en el atletismo, que es el dopaje, y también quería hablar de otro tema: las lesiones. Tú sufriste bastante por ese tema. Como le pasó a Agassi, que era tenista. La alta competencia siempre es dolorosa. Casi no hay atleta de primer nivel mundial que no haya sufrido una operación, dos, tres cuatro, o la lesión uno, dos, tres, cuatro, durante años. Tú estuviste años lesionado, te operaste el tobillo, tuviste ligamentos rotos, tendones rotos. ¿El cuerpo llega a superar con los años eso o siempre queda una secuela?
Depende del tipo de la lesión, de la severidad de la lesión. Y, al mismo tiempo, si requieres cirugía, lamentablemente, todo depende, otra vez, de la severidad de la lesión. También, de qué tanto trauma ocasionan a tu cuerpo cuando entran, arreglan y salen. Mientras más cuidadoso sea el doctor en el momento que entra a tu cuerpo, arregla lo que tiene que arreglar y sale sin causar daños, probablemente, más rápido te vas a recuperar.

Cecilia Tait, por ejemplo, tuvo como siete operaciones.
Sí.

Una voleibolista extraordinaria.
Sí.

No hay alta competencia sana, saludable.
Lo que nosotros llamamos “estás mejorando” es realmente “tú cuerpo está reaccionando a que tú lo estás tratando de destruir”. Por ejemplo, necesitas una vacuna: si el virus te ataca directamente sin vacuna, te mata. Entonces, ¿qué hacemos? Nos vacunamos. Te ponen una dosis muy pequeña del virus  cuando te vacunan. Tu cuerpo, automáticamente, ve ese virus adentro y como no ve mucha cantidad, trata de atacarlo. Para evitar que el virus te mate, tu cuerpo crea un sistema inmunológico que va a hacerte resistente a ese virus. Es lo mismo que sucede cuando entrenamos. Nos metemos cargas de trabajo y después nuestro cuerpo trata de curarse a sí mismo. Mientras se va curando, eso es lo que nosotros llamamos “estamos mejorando”. Esa es la realidad. Tú empujas tu cuerpo y se vuelve más fuerte, más rápido, más resistente. Tus articulaciones están más preparadas para el impacto y le sigues dando. Todo es un juego de números. Llega un momento donde la edad (afecta), no somos eternos y tienes que empezar a entrenar más inteligente que fuerte. Mientras más avanzas y más fuerte te vuelves, tienes más edad. Va a llegar un momento donde, lamentablemente, tu cuerpo te va a decir: “Hasta aquí nomás”. Algunos se pudieron retirar, por lo menos, porque dijeron: “Mira, ¿sabes qué? Mejor ahí nomás si no voy a terminar con tendones rotos o algo me va a pasar“. En mi caso, llegó un momento donde te retiras porque algo pasa severamente y tu cuerpo te dice: “Ya no más. Se acabó”.

Hugo, yo leía los periódicos (de los años noventa) y veía que en las Olimpiadas no te iba bien. Siempre me quedó esa duda. Por ejemplo, había investigado que habías clasificado a Sydney 2000 con 2.25 m.
Un mes antes. Así es.

Yo me preguntaba qué le pasaba a Hugo Muñoz para que en ese lapso entre la clasificación y el día de la eliminatoria en las Olimpiadas no rindiera lo que él mismo podía dar.
Claro.

No esperábamos nada del otro mundo, esperábamos solo lo que tú podías dar, que era bastante.
Claro.

¿Qué te pasó en esas Olimpiadas, Hugo, justo antes, para que no llegaras en tu pico (de rendimiento)?
Las lesiones me empiezan a agobiar a los veintiocho años. Yo me lesioné severamente a los veintidós. Yo salto 2.30 m. a los veintidós años. En la época que salté 2.30 m. yo estaba entre los veinte mejores del mundo. Y no solamente eso: las personas que eran del 73, los muchachos que estábamos ya subiendo a saltar a una élite, estábamos saltando con todos (los atletas mayores) y yo estaba entre los tres mejores talentos del mundo en ese momento, por mi edad.

Por proyección.
Claro, por proyección. Entonces, cuando estamos hablando de dos Olimpiadas es: ¿qué pasó en una y qué pasó en otra? Yo me lesiono, prácticamente, cuatro meses después de haber saltado 2.30 m., como en febrero, marzo de 1996. Para empezar, en esa época, había problemillas de la federación y en ese momento mi entrenador Abelardo Castillo tenía que conversar el tema del dinero. Abelardo no podía entrenarme si es que la federación no llegaba a un acuerdo con él. Lo que pedía y lo que no pedía eso es entre ellos dos. Yo con él me siento muy agradecido. Que si pidió mucho o no, cada quien valora su trabajo. Yo soy maestro de escuela, pero, al mismo tiempo, soy un empresario. Y a mí nadie me va a decir lo que cuesto o lo que no cuesto. Yo no voy a cuestionar a nadie cuando estamos negociando una oferta. Abelardo estaba tratando de negociar en ese momento con la federación. Mientras tanto, yo estaba sin entrenador. Ya estábamos como marzo y, realmente, no se podía (solucionar el problema). Por lo mismo que competí internacionalmente muchísimo, tengo amigos que eran de otras partes. Me acuerdo que hablé con Charles Austin y me dijo: “Vente a entrenar acá”. Y ahí (en Estados Unidos) unas universidades me estaban ofreciendo becas. Entonces, me dije: “Bueno, vamos a ver”.

Perdón, ¿con quién conversaste?
Charles Austin, el que ganó los Juegos Olímpicos de Atlanta.

El moreno.
Claro. Ahora, eso no quiere decir que él me vaya a entrenar. Eso es lo que mucha gente dice: “Te vas a entrenar allá con él”. No. De repente, podemos entrenar unos cuantos días allá, pero en Estados Unidos las cosas son así: cada quien hace lo que tiene que hacer y punto. Yo acá no tenía entrenador y allá no tenía entrenador tampoco.

¿Nunca pudiste entrenar con Charles Austin?
Sí, porque somos amigos y, prácticamente, estábamos en el mismo pueblo. Lo que pasa es que yo estaba lesionado. Entonces, a veces, hacía yo ciertas cosas con él. No es como uno lo piensa. Allá en Estados Unidos, cada quien vive su vida. No es como acá. Él entrenaba en el mismo lugar donde yo estaba y ahí coincidíamos varias veces. Aparte, al mismo tiempo, había universidades que me estaban ofreciendo becas, pero yo ya me había lesionado acá. Yo necesitaba una operación en el sitio, en el tobillo. Yo destrocé tendones, destrocé cartílagos, había una rotura dentro del hueso.

¿Antes de Atlanta?
Antes de Atlanta. De un momento a otro, me dijeron: “Tienes que renunciar”. Nadie te garantiza que vas a poder llegar a unos Juegos Olímpicos. Todo lo que he ganado, me lo he ganado a mérito propio. Y a todos los campeonatos a los que he ido, desde que yo he sido chico… Sé que hay muchas personas que hacen los torneos y, de un momento a otro, por alguna cuestión, llevan a personas que no han hecho marca. Eso, en toda mi trayectoria deportiva, nunca sucedió. En cada campeonato que yo he estado es porque he clasificado al campeonato. A todos los campeonatos internacionales. Me fui allá, lesionado, traté de entrenar con dolor. Tenía que, a veces, caminar primero para que el tobillo calentara un poco, después empezar a trotar, pero trotaba medio cojeando, hasta que calentara. El problema es que mi tobillo botaba el líquido, se inflamaba de una manera impresionante y no lo recogía. Estaba todo dañado adentro. Yo necesitaba una operación, pero no me podía hacer la operación porque yo había clasificado a los Juegos Olímpicos.

Tú querías estar allá.
Es que a mí…

Te había costado.
…de la pista me tenían que sacar: la única manera. Me había retirado, pero yo saltaba de vez en cuando y trataba de regresar. Llegó un momento donde se me tuvo que romper el tendón de Aquiles. Para sacarme de la pista me tenías que sacar en camilla. Esa es la mentalidad que yo tenía.

Hubo gente acá que dijo que tú justamente para los Juegos (Olímpicos) como que te “chupabas”, que era mucha responsabilidad.
Ja, ja, ja…

Yo no creía eso. Yo decía: “Si alguien hace un marcón como el que habías hecho, no se puede ir a la nada, pues. Seguramente, algo pasó”. Por eso te lo preguntaba.
Claro. Es que tienes que entender que en esa época acá había fines políticos. Mucha gente estaba tratando de esperar que las cosas salieran (mal).

Era evidente que te tenían envidia.
Es algo muy triste. Yo no quisiera hablar que el Perú es así. No, el Perú no es así. Mi país, mi Perú, es mejor que eso. Por desgracia, hermano, hubo personas ligadas al periodismo que no aguardaban y decían: “¿Sabes qué? Vamos a ver qué pasó”. No. Era hasta con mentiras, un montón de cosas. En ese momento, yo había ido a Estados Unidos y tuve que venir para entrevistarme con unas cuantas personas para tratar de desmentir ciertas cosas. Fue una locura, la verdad. Al final de eso dije: “¿Sabes qué? Si yo he hecho tanto, si yo entrené tanto por este país”… Yo he estado en un panamericano juvenil en Jamaica, tenía dieciocho años: me dio neumonía. Estuve tres días con suero, tirado en una clínica. No podía ni respirar. Era una clínica pública en Jamaica. Me dijeron: “Usted no puede saltar”. Me acuerdo que Augusto Málaga estaba ahí. Me decían: “Hugo, yo no voy a hacerme responsable de lo que te pueda pasar a ti”. Los mismos doctores me dijeron: “De ninguna manera, tú no puedes saltar”. He estado tres días internado en una clínica con suero, con un montón de cosas. Estaba mareado. De verdad, cuando llegué no podía ni respirar. Llegué con neumonía. Entonces, dije: “¿Dónde está (el estadio)? Porque yo tengo que saltar. ¡Yo he venido acá a saltar! ¿Dónde están mis zapatillas?”. Me decían: “No, tú estás loco. ¿Cómo vas a saltar?”. Hasta Augusto agarró y dijo: “Mira, yo sé lo que es ser atleta. Si el chico quiere saltar, yo lo voy a apoyar”. Hermano, fui y salté, me metí a la final allá. Quedé octavo. Estaba viendo cosas y no solamente esa vez, varias veces, donde he saltado hasta lesionado. Cuando gané, yo gané en la pista, y cuando perdí, perdí en la pista. Yo nunca dije: “Ay, vino fulano de tal, no voy a saltar. Uy, me duele esto, me duele el otro”. No, compadre. Nosotros saltamos. Yo ganaba bien en la pista. Cuando perdía, perdía bien en la pista. Yo jamás hice eso de que si venía fulano de tal o un brasilero, uno no va a saltar. O que estoy lesionado. Para mí, o son excusas o no saltas. El tema de la lesión allá en Atlanta: yo seguí entrenando como pude, traté de ponerme lo más fuerte que pude y dije: “Trataré de hacerme una cirugía después”. Como un mes y medio atrás, me voy a la Universidad de Rice, empecé a llamar a la federación. Yo estaba viviendo, en ese momento, en San Marcos, Texas. Le dije a la federación: “Señores, yo necesito, por lo menos, competencias antes de los Juegos Olímpicos”. “No, Hugo, no hay presupuesto para eso. Estás loco. Ya te mandamos allá”. “¿Qué cosa me mandaste? No me mandaste a ningún lado”. Me dieron seis mil dólares, una cantidad de dinero que no es nada para todo lo que yo tuve que gastar entrenando y viviendo allá. Yo vendí mi auto acá. Había patrocinadores que me ayudaron a hacer ciertas cosas. ¿Ni siquiera hay competencias previas? Yo tuve que decir: “Entonces, ¿qué hago? ¡Dios mío!”. Sin entrenador, viviendo allá, buscándomelas y me tienen que decir, también, que no hay competencias. Había unas competencias, chiquitas nada más, en universidades. A veces, en la Universidad de Rice, que eran competencias de verano, donde podía competir cualquier persona. Ahí yo llego, salto 2.25 m. un mes y medio (antes de los Juegos Olímpicos). Trato de intentar 2.30 m., 2.31 m. y por compensación -tanto tiempo entrenando, compensando una parte del cuerpo- me lesiono el otro tobillo sin la severidad del izquierdo, que fue el que me lesioné acá, antes de irme. Cuando yo llego a Atlanta, llego sin entrenador, sin competencias previas y con los tobillos abajo. Cuando llego allá, les digo: “Señores, yo necesito tener unas cuantas competencias acá, por lo menos. Vengo con los dos tobillos lesionados, uno que me lo tienen que reconstruir y el otro que tuve una torcedura en el momento del despegue. Tengo que competir”. Me dijeron: “Mira, Hugo, hay una pequeña competencia allá arriba”. “Bueno, perfecto”. Me tengo que infiltrar para tener una sensación de salto antes de llegar. Me dijeron no, que cómo es posible, porque nuestro médico, el que llevaron, ese no infiltraba. Era acupunturista. Agarro y digo: “Me duelen los dos tobillos ¡y no voy a poder saltar!”. Me llevaron donde los (otros) doctores y el médico cubano me dijo: “Hugo, yo te puedo infiltrar, sin problemas”. Hicimos una reunión, me acuerdo, con -ya que en paz descanse- el señor Rudy Kreimer y me dijeron: “Hugo, la verdad es que nosotros tenemos un médico. Tenemos que conversar”. Y dije: “Otro médico, pues”. El médico (cubano) dijo: “Él necesita infiltrarse. Realmente está mal. No puede saltar así”. Dijo (el médico peruano): “No, que esto, que el otro”. “¿Sabes qué? Tú eres mi médico, es tu responsabilidad. ¿Qué hacemos?”. Hermano, llegó el día de la competencia y tenía los tobillos destrozados. “Pues, vamos a tener que infiltrarlo. Que lo infiltren”. ¡Y no he tenido ni siquiera un salto desde hace un mes y medio y sin competencias previas! ¡Tenía los dos tobillos destrozados! De un momento a otro, dije: “Hay que saltar, pues”. Lógicamente, sin sensaciones, sin nada, me infiltraron los dos tobillos, pero tú no vas a llegar a unos Juegos Olímpicos así. Yo traté de hacer lo que pude y lo hice solo. Hubiera querido hacer mucho más por mi país y Dios sabe que yo adoro mi Perú. La prueba de esto es que hoy estoy acá, con mi hija.

Claro.
Y en Sydney ya te dije lo que pasó. Después de Atlanta yo tuve que irme y me fui solo. Mis padres, gracias a Dios, pudieron pagar la operación para ir a las universidades a estudiar. Tenía que arreglarme el tobillo, las lesiones. Entonces, tuvieron que hacer una operación. Todo eso fue costeado por mi familia. Tantos años dándole todo al Perú, ¿me pegaron una llamada, por lo menos, para decirme: “Hugo, ¿qué tal salió la operación?”? Nada. Los únicos que fueron a visitarme y que me llamaron fueron amigos de otros países que estuvieron allá. Nery Kennedy, el paraguayo de la jabalina, después Edgar Bauman (que era récord sudamericano de jabalina con 84.70 m.) y varios muchachos de la jabalina de otros países fueron a visitarme. Después el doctor me dijo: “Hugo, tú nunca más vas a saltar”. Me recompusieron el tobillo. Estuve todo un año haciendo una rehabilitación dolorosísima. Al año, la Universidad de Idaho tomó el chance conmigo. El primer año me traté de rehabilitar totalmente. El segundo año salté, pero porque me estaba pagando la universidad. Salté sin curva 2.20 m., a puro talento, trabajo. Mi tobillo no me iba a aguantar curva ya. Tuve que seguir rehabilitándome.

Sin curva, tu rodilla sufre bastante.
Por supuesto, pero a mí me estaba pagando la universidad. Llegué a clasificar a nacionales así. Al año siguiente, digo: “Voy a tener que seguir saltando” y traté de hacer más agresiva una rehabilitación, un fortalecimiento al tobillo donde podía aguantar una curva. Yo salto en la temporada bajo techo y digo: “Ahora voy a salir a la temporada al aire libre”. Me preparé un poquito para la temporada al aire libre.

Justo aquí, el 2.23 metros (que logró en un torneo en Idaho y que fue récord nacional bajo techo. Le enseño un texto periodístico al respecto, titulado El techo sigue subiendo, que fue publicado en El Comercio el sábado 13 de febrero de 1999).
Claro. Sí, es verdad. Entonces, digo: “Voy a saltar al aire libre”. En la primera competencia al aire libre, salgo y -fue en Stanford, California, en Palo Alto- me encuentro con un montón de chicos del equipo americano. Uno de ellos era Charles Clinger: tenía 2.36 m (de marca personal). Yo salgo, lo engancho al primer intento y gano la competencia. Le gané al campeón americano en ese momento y dije: “Voy a pedir 2.28 m.” Cuando pido 2.28 m. se me queda con los talones. Dije: “Estoy de regreso”. Entonces, pedí 2.31 o 2.32 m. En el primer intento se me va el tobillo de nuevo. Ahí terminó mi temporada.

Pero ganaste la competencia.
Gané la competencia. La realidad es que eso fue en abril del 99. Yo digo: “Dios mío, solamente quiero un chance más, nada más”. Yo sabía que ya mi cuerpo no me daba. Yo salté 2.30 m. a los 22 años. Yo he saltado 2.23 m. con tres pasos. Yo confiaba en mi talento.

¡Con tres pasos!
Mi mejor marca con tres pasos es 2.23 m. Yo tengo 2.08 m. con tijera.

¡2.08 m. en tijera!
Yo tengo mejor marca de 2.08 m. con tijera. Entonces, yo decía: “Dios mío, yo quiero ir una vez más”. Pero en Sydney venía con tantas lesiones y dije: “¿Qué hago?”. Mira mi escenario: quería ir, me había lesionado de nuevo. No al punto de cirugía, pero ya no podía tener temporada al aire libre. No solamente eso. Digo: “Quiero ir a los Juegos Olímpicos de Sydney”. Piden 2.25 m. la marca B, 2.28 o 2.29 m. la marca A. En ese momento estaba Alfredo Deza, Franco Moy y estaban acá. Franco estaba entrenando con mi entrenador de acá, Abelardo Castillo. Alfredo Deza, unos años atrás, había ganado el campeonato mundial de Annecy. Los dos tenían apoyo local. No solamente económico, también moral, del país.

(Y de) la prensa.
¡La prensa! Todo eso te motiva. Yo digo: “¿Qué hago? La verdad: no tengo el dinero para las competencias, no tengo entrenador, estoy lesionado y estoy en Moscow, Idaho, un pueblito chiquito en el norte de los Estados Unidos, un pueblo estudiantil, y quiero ir a unos Juegos Olímpicos. Todo lo que tengo es mi ética de trabajo y mi talento. Eso es todo”. ¿Cómo la ves? Para clasificar a unos Juegos Olímpicos, (muchos) países invierten millones de dólares en atletas solamente. Olvídate de algo más.

El equipo médico, aparte de todo eso.
Claro.

Alimentación…
Estaba solo. Sin patrocinadores, sin dinero, sin entrenador, sin nada, en el norte de Idaho. Solamente tenía mi talento y algunos problemas personales, pero quería ir a unos Juegos Olímpicos. En el mundo, solamente veinticinco personas iban a llegar (a competir en la prueba de salto alto). Nadie más.

Hugo, quizá ese tema le ha pasado a varios deportistas: cuando van afuera, desde acá, desde el Perú, suelen pensar que “se va afuera, entonces allá le va todo genial”. Al que se va piensan que allá la pasa bomba, la pasa en carnaval permanente. Y no es así. Muchas veces, van a sacrificarse más, todavía.
Así es.

Que es lo que tú has hecho y otros deportistas, también. Y cuando han querido volver acá y decir: “Oye, yo estoy haciendo (bastante) por mi país, lejos, pero estoy dando todo”, les dicen: “Pero tú estás allá, entonces, allá que te arreglen”.
 Sí, es verdad.

Y no te apoyan.
Sí.

Eso es lo que le ha pasado a muchos y me apena que me lo tengas que contar, porque habiendo dado tanto -como tú dijiste-...
Lo que yo te estoy diciendo aquí se tapó y no lo querían decir. Cuando yo llego a Sydney digo: “¿Qué hago?”. Yo puedo sentarme acá y decir: “¿Sabes qué? Lo que estoy tratando de hacer es una locura, esto no va a suceder. Así que, pues, no se pudo y listo, se acabó”. O puedo pensar: “Tengo que hacer lo mejor de lo peor, voy a tratar, y esta locura se puede volver una realidad”. Entonces, dije: “¿Qué hago?”. Número uno: me voy a conseguir un trabajo en las noches, al mismo tiempo de ir a la universidad, porque tenía que terminar mi carrera. Un trabajo en las noches para poder costearme lo que necesitaba de viajes para competir, todas las cosas. Costos de entrenamientos y competencias. Inclusive, me iba a quedar corto. Fuera de eso, la pista de la Universidad de Idaho era demasiado dura, tenía que buscar una pista más suave. Me fui a la Universidad de Washington State, a unas ocho millas y hablé con el entrenador. Y el entrenador me dijo: “Hugo, aquí están las llaves”. Han ido chicos que han sido parte de la selección americana, que han estado en la Universidad de Idaho (y no los aceptaron). A mí, sí, me dijo: “Hugo, puedes venir a entrenar cuando tú quieras”. Cuando vinieron otros muchachos de la Universidad de Idaho, que también estaban tratando de clasificar a los Juegos Olímpicos para sus propios países, él les dijo que no. Inclusive, había un muchacho que lanzaba jabalina del equipo americano. Le dijo no. Pasó el tiempo y yo le pregunto: “Rick, ¿por qué me dijiste a mí que sí y a otros no? Incluso, cuando tú a mí, dos años atrás, me pediste para transferirme de universidad, me estabas ofreciendo muchísima más beca y más cosas que la Universidad de Idaho, yo te dije no. A pesar de todo, me estás abriendo las puertas de tu pista y de tu universidad para que yo pueda venir a entrenar. ¿Por qué?”. Y me dijo: “Hugo, yo sé que te estaba ofreciendo un montón de cosas y lo que tú me dijiste a mí fue: ‘No, coach, disculpe, gracias por la oportunidad, pero yo le di mi palabra a la Universidad de Idaho. No podía hacer eso’. Yo eso lo respeto mucho. Yo te estaba ofreciendo muchas más cosas que ellos nunca te hubieran podido ofrecer, pero que tú me hayas dicho que, lamentablemente, no podíamos porque le diste tu palabra a la Universidad de Idaho, eso lo respeto mucho”. Le agradecí tremendamente. Y, a veces, entrenábamos ahí, estaba Dan (O’Brien), saltábamos un poquito.

Y saltaba bien, además.
Sí, era decatleta, pero saltaba fenómeno. Así solucioné el tema. Por lo menos, para tener una pista un poquito más suave para mis condiciones. Pero ¡no tenía entrenador! Entonces, ¿yo que hice? Me compré una cámara de video. En esa época no había YouTube, no había esas cosas. Empecé a filmar mis entrenamientos y mandé una cantidad de e-mails a amigos que habían competido conmigo, entrenadores de federaciones internacionales de otros países, y les dije: “Muchachos, voy a tratar de pelearla una vez más, voy a tratar de llegar, y quiero pedir un favor: ¿ustedes me podrían ayudar, por lo menos, a ver la técnica? Necesito ojos y trataré de crear mis ojos con ustedes”. Y un montón de gente de Europa, Latinoamérica, Estados Unidos, me dijeron: “Hugo, te apoyamos”. Un montón de gente empezó a ayudarme: entrenadores y saltadores de alto nivel -ya se habían retirado algunos-. Yo mandaba mis videos y al día siguiente me llegaban un montón (de e-mails) con correcciones. “Hugo estás acelerando…”, “Hugo, estás aquí, en la curva, veo que este ángulo no está bien”, “Corrige esto, corrige lo otro”.

¿Todos los días hacías esto?
Todos los días hacía esto para tratar de llegar. El que quiere, puede. Todo esto, mucha gente lo puede ver como: “Estás loco, ¿cómo vas a llegar a unos Juegos Olímpicos así?”.

Pero es parte de tu perfil, también, porque tú eres comunicador.
Sí.

Entonces, utilizaste lo que poca gente utilizaría (en esa época): la tecnología.
Así es. Y tuve que hacerlo. No tenía otro chance.

Y sirvió.
Así es. Pude hacer las correcciones que tenía que hacer.

Eras un millennial.
Claro. Estaba yéndome contra Alfredo (Deza), que tenía un contrato con la Bellsouth por medio millón de dólares, por lo que escuché. Franco, también, tenía cierta ayuda acá con su club y un montón de cosas.

Tenía toda la prensa.
Todo.

Todos estaban con Alfredo.
Así es. Y yo estaba solo allá. Entonces, yo tenía que pelearla. Es más, si yo no hacía marca, no iba. No quiero tener problemas, no quisiera ser negativo, pero creo que a él le estaban tramitando un wild card y eso sí me lo contó acá un entrenador de la Federación Peruana de Atletismo. Si yo quería ir, tenía que ir con marca internacional. Pero estaban tramitando un wild card para otra persona.

Estabas yendo con marca B.
En ese momento fui con marca B. Lo que sucede es esto: yo salto 2.25 m. a punta de garra, pero la realidad es de que si tú ves los saltos que tuve todo el año, yo tenía saltos de 2.08 m., 2.10 m., 2.15 m., 2.17 m., 2.08 m., 2.05 m. Era demasiado irregular. Después de la operación que yo tuve, nunca más quedé bien. Yo era demasiado inconsistente.

¿Eso fue antes de Sydney?
Claro, estamos hablando de la primera operación que yo tuve después de Atlanta. Entonces, yo estaba demasiado inconsistente.    

Hugo, solo para tenerlo claro: después de Atlanta hubo una operación.
96.

96. Y de ahí te operaste en…
No. De esa nunca más salí bien. Después tuve ruptura de tendón de Aquiles, tratando de regresar (al nivel competitivo). Quise competir un poquito, me terminé rompiendo el tendón de Aquiles y ahí se terminó todo. Mi esposa me dice: “Es la única manera que tú hubieras dejado esto”. Yo no iba a dejar de hacer esto si no me rompía.

¿También ha sido atleta tu esposa?
Ella ha sido campeona estatal en el high school, de vóley y básquet, y compitió en una universidad en vóley por un par de años. Después se dedicó a sus estudios.

(Gracias a ustedes dos, Daniella va a tener) un superbiotipo.
Ahí está. Sí.

Y de ahí…
Clasifiqué a Sydney, pero yo ya no estaba constante. La altura de inicio fue 2.15 m., que fue la segunda mejor marca de salto que yo tuve en todo el año, antes de saltar 2.25 m. La peleé. Hice todo lo que pude y lo dejé todo.

Y en Atlanta la marca de inicio fue…
2.10 m.

Y ahí también (blanqueaste).
Claro. Porque en Atlanta estaba destrozado físicamente, con los dos tobillos y todo lo que te conté.

En Sydney fue más duro, todavía.
¡En Sydney fue muchísimo más duro! La altura era mucho mayor, de inicio. Y a pesar de yo haber saltado 2.25 m., en ese momento mi tobillo ya venía… Yo nunca más quedé igual. Tú podías verme un día saltar 2.25 m. y al día siguiente me veías saltar 2.08 m. Mi tobillo ya no llegaba a ángulos.

Era un tema de cuerpo ya.
Físicamente, ya no podía. Yo estaba tres veces más fuerte de cuando salté 2.30 m.

Claro, mentalmente estabas más fuerte, pero ya tu cuerpo no te daba.
Mi cuerpo ya no me dio. Esa es la realidad. Di todo lo que pude.

Porque tu carrera, en verdad, hubiera sido más larga si no hubieras tenido estos problemas.
Por supuesto.

Estás residiendo en Estados Unidos durante años. Quería preguntarte qué tan importante había sido el apoyo de tu señora Jenna en este desarrollo. Ahora ya tienes allí un nombre, una familia -tan importante para tu actividad deportiva actual, ya no competitiva, pero sí activa-. ¿Qué tan importante ha sido (Jenna) y, encima, con…
Daniella.

…una niña tan talentosa?
Mi familia, mi esposa, mi hija, son mi vida. Sin el apoyo de ellos, de mi esposa, yo no podría hacer lo que hago y no sería tampoco lo que soy. Ellos han sido mi pilar. Yo le estoy eternamente agradecido a mi esposa por siempre estar conmigo, apoyarme y creer en mí, con todos mis proyectos y temas de negocios, de profesión, de vida. Sin ella no podría hacerlo. Y compartimos los mismos valores para formar una familia con la que he sido bendito, gracias a Dios.

Y tienen el mismo amor al deporte, por lo visto.
Sí, mi esposa ha sido campeona en el Estado de Idaho de básquet y vóley cuando estaba en el high school. Después llegó a jugar vóley en la universidad, en Estados Unidos. Así que ella entiende todo lo que uno tiene que hacer y las decisiones que tiene que tomar para salir adelante en el deporte. Ahora, gracias a Dios, estamos tratando de transferirle todo esto a Daniella.

Justo para entrar al tema de tu hija, quería comentarte: tú ya a los 16 años saltabas 2.05 m., a los 17 estabas en 2.12 m. En verdad, eras un chico tremendamente talentoso, prodigioso. Viendo el potencial de tu hija, ¿cómo le puedes advertir estos riesgos de que algunos chicos -que tienen mucho talento- se sobreexigen durante la adolescencia (en el entrenamiento), revientan cuando empieza la adultez y se acabó la carrera? ¿Cómo lo puedes llevar, en el caso de Daniella?
Gracias a Dios tengo una linda relación con ella. A mi esposa y a mi hija yo siempre les cuento todo. Nosotros somos muy abiertos, en ese sentido. Daniella sabe las cosas que hice bien y que me ayudaron a surgir en este deporte y en la vida. Y las cosas que hice mal, también. Porque esas cosas no las vamos a hacer. Ella es bastante juiciosa y madura para la edad que tiene. Es una chica como cualquiera, muy alegre, muy sociable, pero muy responsable, al mismo tiempo. Daniella está entre las mejores estudiantes de su escuela. Es más, cuando tomaron el año pasado el examen estandarizado del Estado, Daniella tuvo un score perfecto en inglés y en matemática. La Universidad de Duke le ofreció que tomara el SAT a los doce años, como un tema de motivarla y para ver cómo se desempeña. He sido bendito, realmente. Me da alegría que ella es como es y sabe que nosotros vamos a estar ahí, ayudándola y siempre apoyándola en todo lo que sea positivo para ella, deportiva o académicamente.

Quería preguntarle algo a Daniella, directamente.
Por supuesto.

Daniella, primero, bienvenida al Perú, igual que a tu mamá Jenna, y a Hugo, que es una leyenda en nuestro país. Quería preguntarte, ¿qué sientes teniendo un entrenador como tu padre, que ha tenido tanto reconocimiento y que recibe tanto cariño siempre? Tú lo puedes ver por el Facebook. Ahora que estás en Lima, te das cuenta, totalmente, de que a tu papá lo quieren. Se cruza con los señores que trabajan acá (en la VIDENA) y lo quieren. Sus entrenadores han pasado, pero no han querido interrumpirlo (durante la entrevista), lo respetan. ¿Qué sientes de tener a tu papá detrás tuyo en este inicio en el atletismo, que es un deporte tan hermoso?
Daniella: Mi papá es una persona muy buena, a mí me encanta mi papá. Es muy cariñoso y es mi entrenador favorito de todos mis deportes: vóley, básquetbol. Ese sentimiento es muy especial. A mí me encanta el salto alto, pero me encanta el salto alto con mi papá.

¿Te gustaría, más adelante, tener una carrera como la que tuvo tu papá en el atletismo?
Daniella: Sí, por supuesto.

¡Qué bueno! Muchas gracias, Daniella. Yo quería terminar esta entrevista preguntándote por esta otra área tuya, en la que has destacado -pocos lo saben- quizá más que en el atletismo, porque has sido subcampeón mundial.
Sí.

En el jiu-jitsu.
Sí.

De repente, el atletismo ya no puedes (practicarlo competitivamente), por lo mismo que me has contado de tus problemas con los tobillos, pero el jiu-jitsu, ¿sigues (practicándolo), después de ser subcampeón mundial? ¿Cómo fue toda esa experiencia? ¡Debió haber sido algo extraordinario!
Sí.

Encima que has entrenado con los Gracie.
Sí.

Que es la familia símbolo (del jiu-jitsu).
He entrenado un poquito con ellos, pero mi profesor es Jeff Messina. Mi cinturón: violeta. Yo quedé segundo en el campeonato mundial máster en California hace dos años. Mi mestre, mi profesor Messina me ayudó muchísimo, para serte honesto. Una de las cosas en que me ayudó muchísimo este deporte, el jiu-jitsu, es (que) yo crecí hasta como entrenador, para ver cositas de preparación mental en un deporte de combate, las cosas que tienes que hacer previamente para llegar a una competencia de tan alto nivel. Tú tienes que prepararte de una manera que cuando llegues a esa competencia, nada te pueda sorprender. Si es un deporte de combate, a ti tienen que haberte dado más duro en el momento del entrenamiento, haber tenido que sentir más presión que lo que puedas sentir en la competencia. Nada te puede sorprender. Es que en la época que yo competí, a veces, nos mandaban a competencias de nivel mundial con competencias previas (en las) que estábamos acá (en Lima) saltando solos y no había nadie. Lógicamente, cosas así te van a chocar. No puedes llegar a una competencia de alto nivel sin haberte preparado física, mentalmente, de la misma manera. Tienes que haber tenido competencias previas a ese nivel y haber entrenado duro, tratando de crear simulacros hasta de la manera en que vas a sentir. Eso me sirvió muchísimo. Y me di cuenta, también, de muchas cositas que faltaron en la época que yo saltaba. Pero todas las cosas son positivas. Para mí, ahora es tratar de pasarle (a Daniella) todas esas experiencias, yo no diría malas ni buenas, de las cosas que me fueron bien y de las que aprendí. En la vida, ganas o aprendes, nunca pierdes. O ganamos o aprendemos, nosotros no perdemos.

¡Qué buena filosofía!
Así le damos y así le pegamos. ¡Qué bacán!

Hugo, yo quiero agradecerte este valiosísimo y extenso tiempo que me has dado. Para mí, es un honor. Además, tú has sido del Champagnat, también.
Sí, claro. He sido del Champagnat. Claro que sí.

Es impresionante tu técnica. Uno la puede seguir viendo, todavía, ahora que hay YouTube.
Sí, ja, ja... Ya ese video es casi blanco y negro, ja, ja, ja….

Ja, ja, ja… Muchas gracias, Hugo.
A ti, Gianmarco. Te pasaste. Gracias, hermano.

De verdad, tienes una bella familia. Te lo digo frente a tu hija y tu esposa.
Te lo agradezco, de verdad que sí. Gracias, hermano, y seguimos en contacto por el Facebook. Ahí estamos.

viernes, 11 de diciembre de 2015

Rosa María Britton



“Los hombres no aguantan a la mujer exitosa”


Entrevista y foto por Gianmarco Farfán Cerdán


La destacada escritora Rosa María Britton (Ciudad de Panamá, 1936) fue una de las invitadas principales de la XVIII Feria Internacional del Libro de Lima, donde presentó su interesante obra Historias de mujeres crueles (2010). Autora de una quincena de libros de cuento, novela y teatro, ha obtenido el Premio Ricardo Miró en seis ocasiones (1982, 1984, 1985, 1986, 1987 y 1991), el Premio de cuento Walt Whitman (en Costa Rica) por La muerte tiene dos caras (1987) y el Premio Juegos Florales de México, Centroamérica, El Caribe y Panamá por su obra teatral Los loros no lloran (1994). Sus libros han sido traducidos al francés, italiano, inglés y sueco. Sus creaciones teatrales han sido puestas en escena en Panamá, Estados Unidos, Perú, Guatemala y Colombia. Además, es doctora en medicina por la Universidad de Madrid (España), con especialización en obstetricia y ginecología oncológica en el Brooklyn Jewish Medical Center (Estados Unidos). Asimismo, fue distinguida como Hija Meritoria de la Ciudad Capital (se le entregaron las llaves de la ciudad) en 1996 y es presidenta de la Fundación Biblioteca Nacional de Panamá.

En la siguiente entrevista (realizada en el año 2013), Rosa María nos detalla su biografía llena de viajes, los autores que marcaron su obra literaria (Emile Zola, Federico García Lorca, Julio Verne, Somerset Maugham, Jorge Amado, Naguib Mahfuz), sus críticas a ciertas obras de los Premio Nobel Mario Vargas Llosa y Gabriel García Márquez (sobre todo a este último), sus desacuerdos hacia los constantes cambios que la Real Academia Española realiza en nuestro idioma, su visión sobre la literatura infantil actual (que ha recuperado jóvenes lectores en todo el mundo), el racismo y el machismo que aún imperan en Panamá, su relación con el éxito, así como sus valiosas experiencias profesionales -como oncóloga reconocida que es- frente al cáncer.


Muchísimas gracias por la oportunidad. Es un gusto, para mí, poder conocerla. Yo quería empezar comentándole: ¿es usted la Pío Baroja de Panamá?
Ja, ja, ja… Ni tanto, pero creo que soy mejor médico que Pío Baroja. Y como ya se murió, no me puede rebatir, porque yo tengo una especialidad muy fuerte, Pío Baroja era un médico general o algo así. Trabajé toda mi vida en la medicina, muchos años. Quizá en aquella época no vivían tanto como vivimos ahora.

¿Qué siente que le ha aportado el ser médico a su faceta de escritora?
En realidad, me ha dado material para escribir. Pero quizás la faceta de escritora es de mucho antes, porque en mi casa había muchos libros. Y mi papá nos dejaba leer lo que fuese. No había ninguna discriminación. Cogías el que estaba ahí. Y siempre he dicho que yo no conozco a ningún chiquillo que se haya leído Naná (1879) de Emile Zola antes de los diez años. Yo me leía todas esas novelas escabrosas que mi papá tenía por ahí. Las escondía y me leía. En ese ambiente de cultura descontrolada crecí. Así que eso influye. Posteriormente, como médico, cada paciente tenía una historia distinta que contar. Y, cuando empiezas a pensar los problemas del ser humano -sobre todo de la mujer-, me vienen a la mente muchas de las cosas que he visto. Muchas de las cosas que ves reflejadas en mis libros: alguito pasó que yo vi.

Además, aparte de esta libertad literaria que le dio su padre en su casa, su madre la llevaba a las obras de teatro.
Mi mamá, también. Los libros eran de los dos. Mi mamá me compró un montón de libros. Por ejemplo, me compró la colección completa de Rocambole, que son 46 libros. Yo me leí eso antes de los once años. Porque yo me fui desde los once años de Panamá y todos mis libros se quedaron allá. Así que estoy definida a los tiempos que me leí esos libros.

Se fue a Cuba.
Sí, a Cuba. Mi madre decía: “¿Qué estás leyendo a esta hora? Ten cuidado cuando saques los libros”, porque en aquella época había mucho alacrán en Panamá. Y los alacranes son animales que les gustan las cosas secas, los libros. No son sucios los alacranes de Panamá sino que tienes que sacar el libro con cuidadito, porque había un alacrán parado encima, allí, esperándote.

Amenazante.
Ajá.

Y su madre, además, la llevaba a ver las obras de teatro que…
Sí, toda la vida. Desde chiquita. Y parece mentira, somos cuatro (hermanos): yo no sé por qué mi mamá se las cogió conmigo. Porque no llevaba a mi hermana mayor, me llevaba a mí al Teatro Nacional. Desde los seis años fui miembro de la Sociedad de Proarte de Panamá. Mi mamá me inscribió y me acuerdo que, en aquella época, como estaba la (Segunda) Guerra Mundial andando, todos esos artistas europeos se iban a América del Sur y pasaban por nuestro país. Y compañías de teatro de México. Los árboles mueren de pie (1949), Casa de muñecas (1879): todo aquel mundo estaba a mi disposición. Y mi mamá me llevaba a todo. Está muerta ahora y yo nunca pregunté por qué. Será porque mi hermana no quería ir, no sé, no te lo puedo decir. Pero la que iba era yo. Toda la vida. Mi mamá me arrastraba, íbamos para el teatro y a mí me encantaba. Y fui muy morisquetera cuando estaba chiquita. Me encantaba recitar. Me paraba arriba de una mesa a recitar los poemas grandiosos de Rubén Darío, pero con unos gestos que tú vieras… Me encantaba actuar.

A usted, la poesía de antes sí le gusta, pero he leído que la de ahora no le gusta mucho, la que se hace actualmente.
No. Me quedé atrás. No entiendo esas poesías descunchifladas, desconectadas. Son una maravilla, pero no las entiendo. Así que yo trato de no meterme con las poetas. Además, me encantaba decir “poetisa”. Eso de “poeta” me suena como…

¿Muy masculino?
¡Hasta machismo en la poesía, pues! Me quedé con Gabriela Mistral y compañía. Con Alfonsina Storni, con esas mujeres. Con esas poetisas me quedé.

Que, sobre todo, buscaban el ritmo en la palabra.
El ritmo en la palabra, el sentimiento. Y como recité tanto, llegó un momento en que yo me sabía todas las poesías habidas y por haber de Góngora. Y, por favor, Federico García Lorca: Yo me la llevé al río creyendo que era mozuela, pero tenía marido… Mi mamá se me quedaba mirando: “¿Tú qué estás recitando?”. “Federico García Lorca, mamá”. Una poesía muy buena.

Un poquito adelantada para su edad.
Bastante (sonríe). Y me portaba muy mal en la escuela, porque cuando entré a la escuela sabía leer bien. Con mi hermana mayor, que se me pegaba al lado como un piojo, me portaba fatal, no prestaba atención. Las monjas llamaron a mi mamá: “Rosa María no se aguanta. Cuando está leyendo se pone a hacer morisquetas y a recitar el libro, en vez de leerlo”. Entonces, la monja aquella -se llamaba la Madre Magda, nunca se me olvida- decía: “La voy a castigar, se va a quedar afuera sentada del salón, leyendo”. Y traía un libro y otro y otro. Así me pasé hasta el tercer grado. Porque era que entraba y me botaban otra vez. Yo pienso que esa mujer me hizo leer todo Julio Verne. Tú sabes que todo el mundo habla de Julio Verne, pero la papilla que le dan a los chiquillos de Julio Verne no es Julio Verne. A Julio Verne le encantaban todos los nombres científicos, las cosas que estaban en sus novelas.

En latín.
Por ejemplo, 20 000 leguas de viaje submarino (1869), todo lo que encontraba tenía un nombre científico. Eso me fascinaba. Yo tengo la colección completa de Julio Verne. Pero la papilla que han hecho a los chiquititos, ¡qué va!

Una versión simplificada para que los estudiantes entiendan fácilmente.
Sí. Todo el mundo habla de la literatura juvenil. No sé lo que es eso. Yo quisiera poner a los chiquillos a leer Corazón (1886) de Edmundo de Amicis, cosas así. Pero no esas tonterías que están dando ahora. Por eso es que me encantó la señora de Harry Potter (J.K. Rowling). En realidad, los libros los he mirado por encima, pero están muy bien escritos. Y el ver a esos niños chiquitos, que andan con esos libracos y se los leen enteros, ¡aleluya, Dios mío! ¡Alguien los puso a leer otra vez!

Sí. Es un milagro, en verdad.
Es un milagro, sí. Fue un milagro que esa mujer pusiera a leer a todos esos niños. ¡Son unos libracos! Yo veía en Panamá, cuando iban a sacar el libro nuevo: ¡los chiquillos haciendo fila para comprar el libro! Y chiquillitos. ¡Qué milagro! Por eso es que le dieron el Príncipe de Asturias. Bien merecido.

Me llamaba mucho la atención que habiendo sido tan buena lectora de poesía en su niñez, de manera obligatoria en algunos casos, no desarrollara este género en su quehacer literario.
Yo he escrito poesía: un solo librito. Y muy privado. Como que no es lo mío. Yo necesito más palabras. No puedo condensarme en unas cuantas estrofas. Por eso es que me gusta mucho la novelística, aunque me gusta escribir cuentos. Y me salen muy bien, porque tengo unos cuentos que tú los lees y los puedes contar después. Si tú no puedes contar un cuento después, no es un cuento. Algunos cuentos que he leído últimamente, de algunos escritores, son como una masturbación mental: de su sentimiento, su dolor y su no sé qué, ¡pero eso no es un cuento! ¿Qué pasó al fin?

No hay historia.
Los cuentos de (Nikolai) Gogol, los de (Guy de) Maupassant, que tú te pones a contar. Puedes contar a quien sea los cuentos de Gogol. O los cuentos de Somerset Maugham. Horacio Quiroga, el rey del cuento. Esos cuentos se pueden contar. Pero hay unos cuentos que (uno piensa): “¿Y qué fue lo que dijo?”. Nada.

Sí. Hay una especie de vaciamiento de las historias. Ahora, mucha de la literatura no se basa en historias sino simplemente en emociones, sensaciones.
Masturbación mental, eso es lo que hoy es, ja, ja, ja…

Ja, ja… Si bien usted se considera novelista, ¿el cuento qué significa para usted?
El cuento me gusta. Lo dijo Sergio (Ramírez en la FIL LIMA 2013) el otro día y me quedé pensando: “Tiene razón”. Yo con el cuento tengo el principio, el fin, lo que pasó en el medio y ya. Escribí unos cuentos que se llaman Semana de la mujer y otras calamidades (1995), hablando de cosas que he visto y sabía exactamente para dónde iba el cuento. Tengo un cuento que era de una mujer gorda que se enamora de un hombre bello y, entonces, ella trata mentalmente que eso va a funcionar. Yo siempre decía que las gordas tienen derechos emocionales. Porque mucha gente, cuando ve una mujer muy gorda (piensa): “A esa no hay quien la toque”. He tenido muchas pacientes obesas que sufren enormemente por su gordura y su incapacidad de tener amor en sus vidas.

Justo ha mencionado a sus pacientes con las que ha tratado: cuando sabían que usted, también, era escritora…
Les encanta. Y lo que más me gusta, cuando les pasa algo: “Rosa María, ponlo eso en tus historias”. Y eso es lo que me dice mi marido: “Esto está bueno para ponerlo ahí”. “Oye, mi vida, pero cómo voy a poner eso ahí, que no…”. “No importa, ponlo” (sonríe).

Con nombre y apellido quieren.
Sí. Mi hermana es otra que dice: “Eso no fue así”. Yo digo: “Carmen Elena, es una novela. Estoy cogiendo personajes y los estoy cambiando. La verdad de mis mentiras. Fue así, pudo haber sido así”. “Tú doras la píldora, empiezas por otro lado, te bajas en bulerías”. Y a lo mejor hay un rasgo de alguien. Por eso todo el mundo quiere buscarse en los libros. El primer libro mío se llama El ataúd de uso y era el pueblo de mi abuelo, porque yo le puse el nombre ficticio de “Chumico”. Posteriormente, mi hermano estaba viendo los barcos que llegan de esos pueblos, ve una balandra enorme -de las que llevan la carga al interior- y decía “Chumico”. Y mi hermano se quedó mirando: “¡Qué raro!”. El señor que venía (en el barco) era medio pariente -es que mi abuelo tuvo cuarenta mil hijos por allá, por el monte-. Al traer unas cosas, dice: “Oye, ¿por qué le pusiste ese nombre a tu barco?”. Dice: “Ah, primo, porque así se llamaba el pueblo antes. Le cambiaron el nombre a Chimán”. Se le queda mirando: “Pero, ¿quién te dijo eso?”. Dice: “Lo leí en una novela”. Yo le puse al pueblo Chumico y el pueblo se ha llamado Chimán toda la vida. Fue capitanía de España. Pero él decidió que como la novela decía eso…

Sí, porque inclusive había leído, buscando en Internet, que hay una playa Chumico.
Hay muchos lugares. El Chumico significa un árbol que tiene un fruto que después se seca y tú lo usas para refregar los platos. Hay muchos Chumicos en Panamá. Y en Panamá el idioma indígena me imagino que tiene mucha “ch”, porque hay Chame, Chumico, Chimán. Hay muchos pueblos con la “ch”. Así que eso es parte de nuestra historia. Hay muchos Chumicos. Me dio la gana de ponerle Chumico a Chimán y ahí quedó la cosa.

Acaba de mencionar el tema de la lengua y usted va a estar presente en el VI Congreso de la Lengua Española que va a ser ahora en (Panamá).
Yo tengo que moderar una mesa acerca de cómo escribir un libro. Estoy muy honrada que me hayan designado, sinceramente, porque de Panamá nada más han designado dos o tres, y siendo nosotros los anfitriones. Me parece interesante. Tengo que averiguar quiénes son los que están en la mesa mía, porque no los conozco. Voy a tener que buscar sus biografías. Va a ser una cosa enorme. Y con todo el respeto a la Academia: no me gustan tantos cambios de la ortografía, señor. ¡Basta ya! Porque uno escribe una cosa, aprende a poner un acento… Hasta Word no acepta la nueva ortografía. Hay que cambiar Word completo. Word va corrigiendo y no acepta la nueva ortografía. Me costó un mundo poner los días de la semana y el mes en minúscula. Eso nosotros lo poníamos en mayúscula. Y en todos los otros idiomas -francés, alemán-, todo es mayúscula. Tenemos que ponerlo en minúscula. Yo creo que la lengua se traba un poco con la Academia.


Pero, ¿llega usted al extremo de García Márquez, que casi le tiene terror al tema de la ortografía?
El tema de la ortografía hay que conservarla. Y no soy Juan Ramón Jiménez que quería -en vez de “gemir”- todo con jota. Me eduqué en un colegio de monjas, de la primaria, donde te metían la ortografía en jeringa. En la escuela de medicina, en Madrid -que hice los primeros años allá, después terminé en Estados Unidos-, ponías faltas de ortografía en los exámenes y te colgaban. Así eran de estrictos. Me parece que está bien. El idioma hay que escribirlo. Yo soy como el profesor Higgins: hay que hablar bien. Él decía que los ingleses no hablan inglés hace tiempo. A nosotros se nos ha olvidado la ortografía. Sobre todo con el chateo y todas estas cosas. Es un horror lo que hacen los niños. Y cuando tú vas a escribir un trabajo científico, tienes que escribir bien. No estoy hablando de una disertación filosófica. Yo que escribo tanto en inglés… Fíjate en la ortografía. Sobre todo en inglés, porque te friegan. En el Congreso de la Lengua han cambiado tantas cosas que ya me tienen mareada. Yo estoy como Pérez-Reverte: “Está muy bien lo que han hecho, pero voy a seguir como soy”.

Además, es un congreso que tiene mucha expectativa, porque el anterior se suspendió, el de Chile. Y el anterior fue el de Cartagena de Indias, en el año 2007. Entonces, ha habido seis años…
Y el de Chile fue porque hubo un terremoto en el medio.

Por el terremoto.
Y esta es la razón por la que se hizo en Panamá, un país muy chico. No tenemos suficientes escritores, como, por ejemplo, España o este país (Perú), que tiene una historia muy rica de escritores y de literatura. Porque estamos celebrando los 500 años del descubrimiento del mar del sur, el encuentro de dos mundos, por eso lo hacen en Panamá. Supuestamente, viene el Rey de España, si no anda por ahí cazando elefantes o algo así (sonríe). Es interesante que nos hayan escogido y es un gran honor que Panamá sea anfitrión de este magno evento. Nosotros vamos de fiesta en fiesta: este año que viene celebramos los cien años del Canal. Eso es muy significativo. Y terminamos la expansión del Canal, que es más significativo aún. Como que Panamá tiene una efervescencia. Panamá se ha convertido en un monstruo chiquito.

Y ahora han rematado ganándole a México…
¡Ay, Dios mío! Es que yo estaba anoche en una fiesta…

…en fútbol.
…y yo decía: ¿quién ganó? Esta mañana me acerqué allí, abajo (a la recepción del hotel): “¿Ustedes saben?”. “No sabemos nada”. Porque anoche creí oír que la final iba a ser Estados Unidos-Panamá. Digo (sonriendo): “¿Oí bien o estoy mal?”.

Ja, ja… He leído que usted ha tenido una relación ya un poco antigua con el Perú, que alguna de sus obras teatrales se ha estrenado acá.
Sí. Yo empecé siendo muy amiga del doctor Cáceres. Muy amiga.

¿Artidoro Cáceres?
Sí. El viejito, mi amigo del alma. Como yo he venido aquí mil veces, a Perú, a conferencias de cancerología, aprovechaba para aprender un poco de literatura y ver unas cosas. Y en esta última novela tengo hasta un peruano, que lo mato con un rocoto, ja, ja, ja… Todas estas cosas son cómicas, porque yo me río. ¿De dónde sacaste eso? Digo: “Alguien me regaló un rocoto y se me ocurrió matar a alguien con eso”.

Ja, ja… En esta última obra suya, Historias de mujeres crueles, trata un tema muy serio, el de la mujer (engañada).
Claro. Es una mujer a la que le piden que escriba una serie de historias… Esas revistas idiotas que te dicen cómo enamorar a un hombre y cómo vestirte y cómo no sé qué. Todo “cómo”. Le piden que haga una serie de historias, como de retribución, de una persona que está siendo injuriada. Ella, también, tenía necesidad económica y aceptó -siendo una escritora famosa-. Y empieza a escribir sus cosas. A medida que ella iba escribiendo, me reía yo sola, porque se me ocurría cada locura que digo: “Dios mío, esto de verdad que sería…”. Espero que ninguna otra mujer lo imite, cuando van a vengarse de sus maridos. Porque, a veces, los hombres necesitan que se les haga un “tatequieto” para que se comporten.

Mencionaba en una entrevista que había un problema de autoestima de la mujer panameña. ¿En verdad, es un problema grave allá el maltrato, (el cual disminuye) la autoestima?
Hay mucho, como en todos los países. Hay bastante feminicidio para nuestro pequeño país. Cuando me pongo a ver las estadísticas de Suecia, de cada cinco parejas, tres mujeres han sido maltratadas. Entonces, nosotros no estamos tan mal. En Panamá, el problema del hombre es que es muy promiscuo, tiene muchas mujeres. 175 mil chiquillos nacieron sin padre en dos años. Un país de tres millones de habitantes. ¡Hazme el favor! Eso no puede ser. Haz lo que te dé la gana, pero sin consecuencias. Yo no sé si en el resto de América Latina estamos así: abandono de la familia, divorcio, disociación de la pareja. Yo propuse en un congreso -por poco me pegan- que el matrimonio debe ser un contrato de diez años, renovable por ambas partes, sino se acabó. Entonces, todos: “¡Ay, Rosa María!, ¿pero tú dices eso?”. Imagínate que tres días después, México: tres años tienes para pensarlo. Y si quieres divorciarte, nada más escribes “me divorcio”. Lo mandas por Internet y no tienes abogado ni nada. En Ciudad de México pusieron eso, porque estaban hartos de pagar jueces y abogados en matrimonios desechos antes de los tres años. En México va en tres años. Yo decía diez.

Me llama la atención, mucho, que una señora que tiene más de cincuenta años de casada propusiera eso.
Eso es lo que estoy viendo en mi oficina, mis amistades: historias de horror y de espanto. Y no todo el mundo tiene esa suerte. Mi esposo es americano, es muy tranquilo, le encanta Panamá, la playa y es muy sedentario.

Es más, él le dijo para ir a vivir a Panamá.
Él fue el que me arrastró a mí.

Claro. Para ir a vivir a Panamá.
Es más panameño que cualquier panameño. Le encantan los bochinches, le encanta comprar lotería y le gusta la comida panameña. Sinceramente, yo pienso que es una especie de heroísmo: cincuenta años de casados. Después de los veinte, ya como que somos hermanitos, tú sabes (sonríe).

Ja, ja, ja…
Pero ahí vamos (sonríe). Llega un momento en que el matrimonio se convierte en un negocio de amistad, no de que tú eres el que manda o yo el que mando ni mucho menos. Si él se hubiera molestado conmigo, yo que viajo tanto...

Eso me sorprende. Un hombre estadounidense aceptando una mujer latinoamericana exitosa. Por lo general, el hombre quiere brillar más que la mujer.
Le preguntaban a mi marido: “Oye, ¿y a ti no te molesta que tu mujer haga mucho más dinero que tú?”. Dice: “¿Qué? Así vivimos mejor.” Porque siempre hemos sido “lo de nosotros”. Eso sí hemos mantenido siempre. No “lo mío” y “lo tuyo” y lo del frente. Ahora no, ni siquiera la gente hace eso, porque no puede. Porque cuando te vas a divorciar, “que esto es mío, que esto es tuyo”. Me tiene bien preocupada. Y, mirando desde lejos, el matrimonio como institución que quisiera ser, no funciona. Tienes que casarte mucho más tarde, cuando ya estás maduro, cuando ya sabes lo que quieres hacer. En Estados Unidos, la mitad de la gente que se casa anda con contrato prematrimonial. Entonces, no sé cuál es la solución. Me da lástima, porque los que “pagan el pato” de todo este asunto son los niños, los que pagan los platos rotos.

Sí. La poeta colombiana Piedad Bonnett me había comentado que el éxito ahuyenta, como el dolor. Usted, en su carrera literaria, que es exitosa, ¿ha sentido (que la envidian)?
El éxito, sí. Los hombres no aguantan a la mujer exitosa. La mayoría de las colegas mías que se han casado, que son mujeres exitosas en su profesión, acaban divorciadas. Eso sí te lo puedo decir: el éxito ahuyenta. Sin embargo, si el hombre triunfa, se supone que la mujer está feliz. Pero si es la mujer que triunfa, entonces… En el noticiero, una mujer que es la CEO de no sé qué compañía, un monstruo americano, dice: “Yo tengo veinticinco años de casada. A mi esposo le encanta lo que yo hago”. ¿Tú te acuerdas cuando el marido de la Margaret Thatcher decía que a él le encantaba cocinar, y si ella quiere ser primer ministro, fantástico? Esa mujer se murió amando a ese hombre. Ocurre, pero tienes que tener cierta madurez mental para aceptarlo.

Claro. Encima, el sobrenombre de Margaret Thatcher: la “Dama de Hierro”.
Sí. Ella hasta el final con su (Denis). Muchas de estas mujeres fuertes están casadas. Golda Meir y la misma Angela Merkel. Tú ni te enteras quién es el marido, pero ahí está, en algún lado. Todo el mundo se asombra de que un hombre fuerte tenga a su mujercita esperándole, pero todo el mundo se (espanta de) la mujer fuerte que el hombre la esté esperando.

Hay una frase en su país, que era: “Para mejorar la raza, cásate con un gringo”.
Sí. Eso era mucho en los años cuarenta, cincuenta, por las bases (militares) americanas. Mucho, mucho, mucho. Te puedo hablar de los años treinta, cuarenta. Muchas de las mujeres de alta sociedad se casaban con oficiales norteamericanos. Eso era la gran cosa. Y aún hoy en nuestro país, si alguien se casa con una persona muy blanca, dicen: “Ahí sí vas a mejorar la raza”. Siempre. Eso es una cosa muy desagradable, pero sí lo decimos. Y cuando yo me pongo a decir eso: “¡Ay, Rosa María, pero no exageres!”. Digo: “¡Sí! ¡Hazme el favor! Será que tú tienes muy mala memoria”.

En ese punto, ¿muchas mujeres de Panamá, de repente, han querido sentirse más norteamericanas que panameñas, más norteamericanas que latinoamericanas?
Nosotros somos Panamá. Panamá se distinguió, primero, por el Canal de Panamá, que nos marcó para siempre. Segundo, por la moneda. Nosotros no somos ni Centroamérica ni Sudamérica. Geográficamente, pertenecemos a Centroamérica, al istmo centroamericano, y políticamente, desde el siglo XIX, a la Gran Colombia. Nosotros éramos distintos a todo el mundo. La comida en Panamá es distinta a la de todo Centroamérica. Nosotros comemos cosas que nadie más en Centroamérica come. Primero, cuando llegaron los chinos a construir el ferrocarril trajeron el arroz. Y nosotros comemos arroz tres veces al día. Y en Centroamérica comen arroz de vez en cuando. Nuestra tortilla es distinta totalmente, es de maíz amarillo y es frita. No es lo que hacen en Centroamérica. Nosotros comemos muchas lentejas y frijoles, cosas que no come Centroamérica. Tú le dices a un panameño común y corriente: “Oye, eso no es de aquí” (y le responden) “Ay, ¿qué te pasa a ti?”. Acuérdate que hasta el mango vino de la India. Eso no es de nosotros. En Panamá todo el mundo se cree que el mango es nuestro. Aquí llegó y aquí se quedó. En todas las conferencias dicen “Centroamérica y Panamá”.

Se lo preguntaba porque, teniendo esa mentalidad -Panamá, de un lado y en el otro, Latinoamérica y Estados Unidos-, a la hora de expresarla en su literatura debía ser complicado, complejo.
Es complicado. A veces, nosotros tenemos mucho spanglish, muchas palabras que hemos sacado del inglés, que son parte de nuestra (cultura). En Panamá sacamos todo lo que decimos. Por ejemplo, decimos “chingongo” por chuin-gong y cosas así. La “washa” es la ruedita de corcho, del caucho, que pones para una pluma. Y el Canal nos marcó por una cosa, también: porque aunque tenía la discriminación racial del Canal, que duró hasta los años cincuenta, los gringos sí entrenaban a la gente. La gente que entraba a trabajar, del color que fuese, sí estaban entrenados. Había equal opportunities. Y cuando se fueron en el 99, que entregaron el Canal, siguió andando. ¿Y quién estaba ahí trabajando? Los que estaban trabajando con los gringos. Casi todos eran panameños. Desde que se firmaron los Tratados Torrijos-Carter, casi todos fueron entrando panameños. ¿Y quién se quedó con el Canal? Los panameños. ¿Y quién entrenó a los panameños? Los gringos. Ese mérito hay que dárselos muchísimo. Otros entornos coloniales, por ejemplo, los british en la India, ¡siempre dejan algo muy bueno! Los británicos dejaron en la India una cosa importante: el amor desmesurado a los árboles y al medio ambiente, a los jardines. ¿Tú has ido a la India? Tiene unos jardines que son de locura.

No he tenido esa suerte.
Esos jardines los dejaron los british en el año 60, cuando se fueron, y están igualitos. Esa cierta cosa que el colonialismo nos deja. Una de ellas, en Panamá, fue que hablábamos inglés, todos, y que teníamos oportunidades iguales. Y en la zona del Canal le daban trabajo al más negro, al más oscuro, al más gordo, al más todo. Cosa que no hace la sociedad (panameña). Por ejemplo, yo, cuando he hablado así en público, todo el mundo dice: “No, porque tú hablas (así)”. Digo: “Mira, los periódicos ponen un anuncio: queremos una secretaria que sepa hablar inglés, francés, alemán, que maneje el Internet, que haga esto, que haga lo otro, que sepa no sé qué y con buena presencia. ¿Eso qué significa?”.

Es un racismo escondido.
¡Racismo! Ni tan escondido. Y muchas de estas son señoras de origen antillano negro. Esa gente trabajaba en la zona del Canal, porque ahí les dieron equal opportunities. Eso es una cosa que siempre digo. Y muchos de ellos se fueron para Estados Unidos después, cuando se fueron los gringos. O se los llevaron. Las bases (militares), cuando cerraron, toda esa gente que trabajaba ahí, se los llevaron para allá. Muchos vienen ya a retirarse a Panamá, pero sí fueron bastante justos con el personal de trabajo.

Hay otra parte de su biografía que me llamaba mucho la atención: usted, que ha vivido en España, Estados Unidos, Cuba y Panamá, justo ha estado durante la vigencia de dictadores...
¡Sí!

…de estos países.
Me tocaron todos juntos. Primero en Cuba, que empezó Fulgencio Batista y Zaldívar, que acabó con nosotros y que después de la matanza de Plaza Cadenas cerraron la universidad. Tuvimos que irnos, pues. Mi hermana tenía un novio que estaba involucrado en la resistencia de los muchachos y usaba unas faldas enormes que se llamaban “engañadoras”. Mi hermana andaba con armas colgadas debajo de la “engañadora” para llevárselas al novio. Entonces, cuando nos dimos cuenta, dijo mi papá: “No, fuera de aquí las dos”. Y nos mandaron para España a estudiar. Estaba papi Franco allá, que nos apañó. Había que reportarse a la guardia civil cada tres meses. Y ahí, en la España de los tiempos de Franco, que no había nada, todo era estraperlo, había que contrabandear todo. Pero era una España muy tranquila, muy culta, porque se quedó en el siglo XIX. Por eso cuando se murió papi Franco, se desataron, se abrió, como dicen, el destaje. Después me fui para Estados Unidos y cuando regresé a Panamá estaba (Omar) Torrijos y después (Manuel Antonio) Noriega. Así que son cinco en mi cuenta. Entre ellos, Fidel Castro. No se muere, ¡Dios mío! Es una momia ya.

¿Eso cómo pudo haber influido en su literatura?
¡Muchísimo! Tiene que influirte. Tú lees mis libros, ves cosas de Cuba. Ahora mismo estoy escribiendo una novela sobre unos cubanos que conozco, que se fueron en unos barquitos de esos, haciendo agua, del paraíso de Fidel. Tú te paras en el malecón de La Habana y miras ese mar: hay que tener mucho huevo para tirarte en ese mar tan encrespado, huyendo. Es una vida que no va para ningún lado. Mira a los cubanos que vienen a trabajar. Ecuador les abrió las puertas a los cubanos y los trajo a trabajar a montones. Terminan su tiempo de trabajo, que son seis, siete meses y ¿para dónde se van? A pie para Panamá. A Panamá están entrando, al día, más de cien cubanos. Caminando por la selva esa que nos separa de Colombia hasta llegar a Panamá.

¡Cien al día!
Cien al día o más. Y son ingenieros, médicos, asistentes sanitarios. Todos son profesionales. Trabajan en Ecuador un tiempo y de ahí se vienen para Panamá.

Eso va a traer un problema.
No, porque llegan a Panamá y siempre tienen alguien que los mantenga -de Estados Unidos- y son gente preparada. La inmigración pobre es la que produce problemas. Ya nos van a caer todos los españoles encima. En España no hay trabajo. Si es inmigración educada, en algún lugar se coloca. Muchos de ellos se quieren ir para Estados Unidos, desde luego.

¿Qué autores -poetas, narradores- ha podido usted disfrutar de nuestro país?
Yo tengo tres personajes en mi vida: Jorge Amado, Somerset Maugham, el famoso inglés, y Naguib Mahfuz -porque Mahfuz es igualito que Jorge Amado hablando de la gente pobre, del pueblo-. Son los que me han influenciado en los últimos años. Yo quisiera escribir como ellos. Sobre todo como Jorge Amado. Son novelas que te traen una sonrisa a los labios, que no te mortifican, que sientes que estás leyendo algo delicioso, comiéndote un postre. Hasta soy miembro de una sociedad de Jorge Amado y me condecoraron porque hice una celebración muy grande en los cien años de Amado, en Panamá. Naguib Mahfuz es mi gran narrador egipcio. Somerset Maugham: gran cuentista inglés. Marguerite Yourcenar… Yo he leído mucho. De los latinoamericanos, me gusta mucho Vargas Llosa. Algunas de sus novelas. Algunas otras no me gustan. Y que no me oiga, porque él es amigo mío. Por ejemplo, no me gustó (Travesuras de) la niña mala (2006) y me copió un título, porque yo escribí una obra de teatro que se llama Esa esquina del paraíso, en el año 85, y luego Vargas Llosa sale con un libro…

El paraíso en la otra esquina (2003).
El paraíso en la otra esquina (sonríe). Esa no me gustó. Me gustó mucho La fiesta del chivo (2000). Y de García Márquez me gustó Cien años de soledad (1967). Los cuentos de García Márquez son increíbles, son unas joyas, Después, todo lo que está escribiendo en su biografía y eso (la escritora pone rostro de cierto desagrado)... Detesto Memoria de mis putas tristes (2004): ¡hazme el favor, pederastia disfrazada de novelística! Detesté Del amor y otros demonios (1994): pederastia, también. Y no solamente lo digo yo. Algunas mujeres en Colombia lo han dicho. Escribir de un hombre de noventa y dos años con una niña de catorce. ¡Hazme el favor! ¿Cómo se llama eso en español?

Pederastia.
Del amor y otros demonios, también, es de una niña y un viejo. Tampoco me gustó. También hay mucha pederastia en El amor en los tiempos del cólera (1985). Nadie se fija que el tipo viola a su pupila y luego la abandona chiquilla y después sigue con su amor, con la mujer esta, en el barco. Esa parte nadie la comenta. La primera que se atrevió fui yo.

Lo que pasa es que, quizá, este tema del hombre mayor y la mujer menor, aunque sea a la buena o a la mala, está bien enraizado en la cultura latinoamericana. Quizá por eso.
Sí, pero no tanto. Oye, no. (Los hombres) gustan de las muchachas bonitas, pizpiretas, de veinte, veinticinco años, pero no una niña de doce, catorce, que es núbil, que todavía no se ha desarrollado. Nos vamos pareciendo a los árabes. Eso no me gusta. Yo veo muchas desgracias, en mi oficina, de ese tipo.


El cáncer: entre la genética y los hábitos alimenticios

Muchas veces se dice que (psicosomáticamente) se generan, los distintos tipos de cánceres, de muchas penas reprimidas del alma.
Nada que ver. El cáncer sale porque sale. Si tú fumas, te da cáncer. Te puede dar cáncer del pulmón, de vejiga, del estómago, de todo.

Claro. Aparte de esos motivos que son ya conocidos.
Si comes mucha comida asada… Claro, si la paciente enferma y tiene apoyo familiar, entorno, le va mucho mejor que la que se deprime, la que no tiene nadie que la apoye.

(La que) está sola.
Sola. Las mujeres que no aceptan, por ejemplo, que se tienen que quitar un seno porque tienen cáncer y el marido las deja. No les va muy bien que digamos. Tú me dices que si estás feliz no te va a dar cáncer, eso no es así. Hay cánceres, “los” cánceres, no me gusta decir “el”. El origen de algunos es viral, el cáncer semiputelino. Entonces, cuando tú naces, tienes tu entorno completo de tu genética puesto ahí. Te pueden leer tu mapa genético cuando naces. Te dicen: “Tú tienes tendencia a cáncer, a esto, a otro”. Tienes tendencia a cáncer al intestino si empiezas a comer muchas carnes asadas. Pero no puedes dar un mapa genético. ¿Por qué? Porque después, cuando estás creciendo, vas a pedir un seguro de vida y te dicen: “Bueno, deme su mapa genético. No lo aseguramos ni para esto ni para esto ni para esto”. Así es que, definitivamente, después que te da la enfermedad, el apoyo que tengas a tu alrededor es muy importante.

Usted que ha tratado tantas mujeres con estos problemas de cáncer, ¿nunca le ha dado el temor, de repente, como “un día me puede tocar a mí”? Es que lo ha tenido tan cerca.
Le puede dar a cualquiera. Lo he tenido tan cerca… Toda la gente que trabaja en el oncológico, no sé cuántos hemos tenido que se han muerto de cáncer, los médicos. De unos cánceres bien raros: al intestino, de la columna vertebral y de la garganta. Pero la genética tiene mucho que ver, tu familia. En mi familia hay una sola persona que se murió de cáncer: mi tío. Murió a los ochenta y no sé cuántos años y era un fumador empedernido. Pulmón. Mi tío era un “fumón”, pero de esos bravos, de Boston.

En el Perú “fumón” significa que fuma droga.
Cuando estábamos en la escuela de medicina, nosotros fumábamos, matábamos a las moscas de los muertos, de los cadáveres que nos mandaban a disecar. Matábamos las moscas con el cigarrillo. Dejé de fumar cuando yo estaba embarazada, tenía como un mes de embarazo, y en ese momento salió el reporte de que el cigarrillo y el embarazo no iban. (Dije): “Carajo, pues, lo voy a dejar”. Y fui y me compré unos chicles. Eso fue en el 67. Y más nunca me ha dado por fumarme un cigarrillo. Gracias a Dios. Pero todo en exceso mata.

Yo le quiero agradecer muchísimo la entrevista. Ha sido un gusto, para mí, poder conocerla.
Y me gustó a mí, también.

Muchísimas gracias.

¡Cómo no!