domingo, 21 de octubre de 2012

Eduardo Villanueva


“Hay una enorme crisis del modelo industrial de periodismo”


Entrevista y foto por Gianmarco Farfán Cerdán


Eduardo Villanueva Mansilla (Lima, 1965) es experto en temas de nuevas tecnologías, magíster en Comunicaciones, catedrático de la Pontificia Universidad Católica del Perú, bloguero crítico y reflexivo en Casi un blog mk. II (resulta muy educativo, para los no iniciados, su post La red y el medio: el estatus conceptual de Facebook del jueves 8 de marzo), y autor de los libros Senderos que se bifurcan: dilemas y retos de la sociedad de la información (2005), Comunicación interpersonal en la era digital (2006) y Vida digital: la tecnología en el centro de lo cotidiano (2010). Sugerentemente, en este último libro suyo, en la página 59, afirma: “La Internet es una suerte de mutante de película, siempre listo a aprovechar alguna nueva manera de expandir sus dominios, tomando control de redes que antes no la conocían, invadiendo espacios que estaban por aprovechar. Pero no solo lo hace creando nuevas pistas, sino ofreciendo nuevos vehículos con nuevos destinos”.

En la siguiente entrevista, Villanueva analiza diversos asuntos que tienen enorme vigencia en el mundo digital de hoy: el nuevo tipo de manejo empresarial y periodístico que deben tener los medios de comunicación, los videojuegos violentos y el bullying, el vertiginoso ciclo de producción actual de las noticias -con los lógicos problemas de control de calidad informativa que eso acarrea-, el racismo en las redes sociales, y la verdadera capacidad de los consumidores en el ciberespacio para poner en jaque a las grandes empresas.

Gracias por la oportunidad. ¿Estamos en un mundo digital, en una época digital o este concepto correspondería, más que nada, a los países desarrollados que sí manejan todo un sistema digital?
El mundo entró a una era industrial cuando el sistema productivo global se orientó -la economía, las relaciones sociales y culturales- por el tipo de estructura creada por la revolución industrial. El Perú nunca fue un país industrializado, pero eso no niega que estemos en una era industrial. Digamos que lo mismo pasaría con lo digital. Lo digital no tiene que ser igual para todos para que exista. En ese sentido y utilizando el término “era digital” o “época digital” de una manera laxa -no como se habla del medievo o de la industrialización-, estamos en una era digital. De la cual somos todos parte, pero de distintas maneras. Nadie deja de ser afectado por ella. En ese sentido, sí, lo estamos. No es una categoría que se pueda afirmar en los mismos términos que la era industrial o el medievo, pero, sin duda, hay un quiebre -en los últimos treinta años- significativo que tiene que ver con lo digital.

¿Cuál es la principal ventaja de vivir en una era digital? Sobre todo para la gente joven.
No sé si la palabra “ventaja” sea la más correcta. Es una realidad distinta que ofrece oportunidades distintas que, en algunos casos, son más atractivas que otras. Tiene sus inconvenientes, también. Evidentemente, se pierde algunas cosas, los referentes locales se debilitan, los referentes globales se fortalecen. La calificación de ventaja o desventaja necesitaría algún tipo de evaluación objetiva y/o de juicio moral. Y, en ambos casos, no me siento muy cómodo con la idea. Entonces, preferiría decir que hay distinciones que, en algunos casos, facilitan algunas cosas y, en otros casos, las dificultan.

El tema de la privacidad, sobre todo…
Por ejemplo.

…en redes sociales.
Yo diría que uno de los temas más serios respecto a la privacidad no reside en el grado de exhibición que uno haga de su vida privada en un medio social sino que todas las interacciones que uno hace en medios digitales son rastreables, almacenables. Es, quizás, el aspecto más serio, en términos de libertades individuales, frente al control estatal. Es decir, la tentación de los Estados de acceder a esa información, manipularla y sacar conclusiones -en muchos casos erróneas- sobre las intenciones de las personas, es un gran problema para la libertad individual, sin duda.


Racismo en las redes sociales

Claro. Estas páginas (en redes sociales como Facebook) que se han creado sobre chicas o chicos de estratos pobres que usan sus fotos con mucho colorido. (Grupos discriminadores) arman páginas para agredirlos, robándoles sus fotos, sin autorización, obviamente.
Sí, claro. Sin embargo, yo me inclino a creer que eso tiene otra dimensión, que no es despreciable, que no es necesariamente mala: la visibilización de los comportamientos socialmente inaceptables. Es decir, tampoco es que en el Perú hubiese desaparecido (totalmente) el racismo o la discriminación, pero las formas más abiertas, más institucionalizadas de discriminación desaparecieron hace bastante tiempo. Formalmente hablando, es un país donde no hay mucha discriminación, pero socialmente sabemos que la hay. Entonces, el ejercer la discriminación de manera tan abierta, por lo menos, la visibiliza de una forma en la que tenemos que discutirla. No podemos seguir diciendo: “No, esto no existe”. Eso no quiere decir que lo vayamos a solucionar, pero, de todas maneras, no podemos negar que existe. Eso es un cambio. No es que sea positivo o negativo. Es un cambio en el cual, por un lado, es más obvio que hay racismo en una sociedad como la peruana; pero, por otro lado, resulta que no podemos negar que existe y tenemos que discutirlo. Una por otra.


Publicar por publicar: la velocidad de difusión no lo es todo

Otro tema que, también, salta ahora en la vida digital es la facilidad de publicar una información que puede o no ser cierta, que puede o no tener un fundamento. En términos periodísticos: no se ha cruzado información (necesariamente). Por ejemplo, este caso de la periodista Claudia Cisneros, del año 2009, que en su blog Sophimanía publicó -basada en un chisme- que la madre del último hijo de Alan García tenía dos meses de embarazo y, al final, resultó siendo una información falsa. (Es criticable) esa facilidad con la que se puede difundir, mucho más rápido, noticias de este tipo, a diferencia de un medio impreso.
Sin duda. Hay un serio problema de control de calidad, lo que podríamos considerar como una de las barreras más importantes. No es solamente el hecho de que se cometen errores. Ese es un elemento. Creo que lo más serio no es tanto los errores que cometen los periodistas como el origen de esos errores. Es decir, si Claudia no se hubiese equivocado, igual es una información que un diario, por su naturaleza, hubiera tenido que ponderar para tomar la decisión de publicar. La facilidad de publicación existe en el mundo digital. Hace que muchas veces no se consideren todas las variables a la hora de tomar una decisión. Entonces, “ya, me averigüé algo, lo publico”. Así hubiera sido cierto, no estoy muy seguro que sea relevante publicar esas cosas. Se comete el error de publicar porque se puede. Esa velocidad, esa urgencia de difusión es el problema mayor, porque altera nuestra relación con lo que es relevante. Además, se combina con la necesidad de mantener la atención. El ciclo de noticias, en la época del diario, era de un día. Cada ciclo duraba un día, mínimo. Ahora los ciclos no duran eso: duran nada. Entonces, una noticia puede ser suprimida o subsumida dentro de otra muy rápido. El resultado es que se pierde de vista, por completo, cuál es la relevancia de una cosa. No se juzga, necesariamente, si es que se debe o no publicar algo, simple y llanamente porque se puede (publicar). Ahí es donde reside el principal problema.


Cuando las noticias se originan en los medios digitales independientes

Por otra parte, también, tenemos un aspecto positivo: las noticias que pasaron de Internet y blogs a medios tradicionales, a medios impresos, como el caso de la campaña Adopta a un congresista (que surgió en 2008 en El blog del Paki, del periodista Willie Vásquez). O el caso de la estudiante Melissa Patiño, que fue acusada de terrorismo. O el video del general Donayre diciendo que los chilenos que venían al Perú iban a salir en bolsas. O el del audio del exministro de Salud, Hernán Garrido Lecca, que dijo que iba a echar a un trabajador así su madre sufriera de cáncer. Ese es el lado positivo.
Sí, sin duda. Y, al mismo tiempo, la pregunta que yo me hago -y que hay que tomar en cuenta. No pretendo, ni por un instante, que tengamos una respuesta- es si todas estas revelaciones son procesadas de la manera correcta. ¿A qué me refiero con esto? A que cuando uno se pone a reflexionar sobre la relación entre las actitudes del ministro Garrido Lecca o los comentarios de un general, precisamente por la obsesión por la velocidad, por la obsesión por llamar la atención, ¿realmente nos detenemos a pensar lo que eso refleja? ¿O simple y llanamente nos interesa el dato? Lo que más me preocupa de todo esto no es el hecho de que las cosas sean más rápidas o lentas, o que ahora sea más fácil revelar algunos asuntos u otros, sino que se haya perdido la necesidad de contextualizar y profundizar sobre lo que ocurre en el mundo. Algunos comentarios se sobredimensionan, otros se minimizan, pero lo que no estamos haciendo es ponderar exactamente a dónde nos llevan, a qué apuntan. Es decir, no creo que haya habido ningún cuestionamiento serio al hecho de que alguien como este generalote haya llegado a ser comandante general del Ejército. ¿Cómo puede llegar una persona así a ser comandante general del Ejército? Esa es la pregunta que deberíamos estar haciéndonos y no simplemente decir si estamos o no de acuerdo con eso. Porque acompañamos esta cuestión de “difundámoslo todo” con esta ética de “¿qué opina el público?”. Que, en el fondo, es una forma de evadir, de parte del periodismo, la responsabilidad de interpretar, juzgar y llegar a una conclusión más profunda sobre lo que refleja un comentario suelto. Me preocupa que se pierda, por completo, el control editorial de lo que se dice y lo que se hace, por la obsesión por la velocidad, por la obsesión por el comentario que llama la atención. Y, sobre todo, por la obsesión de darle un espacio al público. Porque, lo sabemos: no es que el público sea singularmente sofisticado en su manera de ver las cosas.

Es muy visceral.
Es visceral, poco analítico. Lo que hace es abalanzarse sobre las cosas y dar opiniones que no necesariamente construyen sino que simplemente acotan, mencionan. No digo que haya que volver a los viejos tiempos en donde había dos periódicos que opinaban y toda la sociedad se tenía que acomodar con ellos, pero tampoco asumamos que esto (la vida digital de hoy) es, automáticamente, mejor que lo que había antes sino que crea problemas distintos. Ese es el fondo. Los problemas que había antes pueden estar solucionados, pero se están creando nuevos. Si no somos conscientes de eso y solo vemos la parte bonita y llamativa, no vamos a ir a ninguna parte.


La crisis sin solución del modelo industrial de periodismo

Podríamos decir, partiendo de su análisis, que en estos tiempos ha disminuido el nivel de profundidad en cuanto a la producción de la noticia. Porque antes estaban el redactor, el fotógrafo y el editor (por separado). Había todo un proceso de producción de una noticia. En cambio, ahora es: mandan al redactor, que a la vez es fotógrafo, que vuelve a la revista digital y le dicen “sácame la noticia en una hora” y, además, “cuélgame el video” y, además, “tú mismo vas a editarlo”. Entonces, ¿esa sobrecarga de funciones en los periodistas de ahora no va en detrimento de la calidad de la información, del análisis?
Definitivamente. Ahora, hay que tener en cuenta de que eso, también, es reflejo de un problema mucho más serio: el periodismo no es solamente una actividad profesional sino que es una industria. Y la industria del periodismo -la industria como una producción de bienes y servicios orientada a una venta en un mercado determinado- está en una crisis espantosa. ¿Cómo hacer plata con todo esto? El Comercio, por ejemplo, ha decidido comenzar a cobrar. Vamos a ver qué cosa pasa ahí. Personalmente, me da la impresión de que no va a tener mucho éxito. Diarios como el New York Times han optado por esta figura de combinar una cosa con otra: promover las inscripciones de papel dando acceso a la versión digital. Entonces, hasta que no se encuentre un modelo de negocios (adecuado)… No es como el Guardian, por ejemplo -calculo que le quedan cinco años. Sería una pérdida terrible para el periodismo de izquierda del mundo, en general-. Pero se niegan a la idea de monetizar su versión digital porque sienten que no va a pasar nada, que ahí no van a tener éxito. Entonces, en la medida en que hay una enorme crisis del modelo industrial de periodismo, es un poco difícil saber cómo no buscar ahorros de todas las formas posibles, y una es reducir la cantidad de manos por las que pasa una noticia. Lamentablemente, eso significa un deterioro de la calidad. Y no parece que vaya a ser algo que se pueda revertir.


El Comercio no apuesta por la cultura en su versión digital

¿Qué nos puede indicar el hecho de que el diario más importante del país, que es El Comercio, haya eliminado hace algunos años la sección cultural en su página web? A diferencia del diario español El País, que es el más importante de Iberoamérica, que sigue manteniendo su sección cultural.
La impresión que tengo es que el diseño digital de El Comercio parte de un juego de premisas que pueden tener sentido en el corto plazo, pero muy poco sentido en el largo plazo. Son dos premisas. Una es: el público del diario y el público de la página web no son iguales y, por lo tanto, hay que partirlo en dos. El diario es una cosa y el portal es otra. Entonces, el portal tiene que funcionar como cualquier portal de noticias peruano: tiene que ser banal, fijarse en cosas triviales, dejar que la gente hable. Lo otro es que, a la larga, hay una apuesta que, de alguna manera, refleja poca creencia en las marcas periodísticas. Es decir, esta idea de que, finalmente, los algoritmos van a ser los que creen el diario. Que los gustos individuales de la gente van a crear una suerte de metadiarios, en donde uno saca de aquí, de acá y todo lo demás. Yo no sé qué tan sostenible sea eso en el largo plazo: creer que, finalmente, Google News es una apuesta mucho más sólida que el New York Times, por así decirlo. Esa apuesta, me da la sensación que fue un poco la que hizo El Comercio en algún momento. Es decir, “vamos a partir en dos el diario”, “lo digital y lo impreso no tienen nada que ver”. (Creer que) el que lee, el que participa de la comunidad, no es el que va a comprar el diario nunca; y que el consumidor de Internet, a la larga, va a consumir lo que se le ocurra, sin que la marca sea importante. Yo no estoy seguro. Eso es un error. Los diarios que tienen posibilidad de sobrevivir son los que siguen siendo muy cuidadosos en sostener un producto de calidad, más allá del medio que utilizan. Entonces, ese modelo no me convence para nada. Hay allí un grave error, al hacer que un diario como El Comercio abandone y banalice a sus lectores digitales y solo tome en serio a los lectores impresos.

Rompe parte de su tradición (de calidad), además.
¡Claro! Lo que pasa es que el lector de la versión digital ahora es el que va a comprar el periódico dentro de cinco, seis años. Entonces, yo no estoy creando una continuidad. Nadie tiene éxito en su versión digital: eso es lo primero que hay que tener en cuenta. El Guardian, el New York Times, El País: nadie abandona su personalidad en lo digital. La reafirma. La República hace eso, crea contenido. Me gusta la estrategia de La República, me parece más balanceada, en términos digitales. A pesar de que, ciertamente, uno siente un poquito más de banalidad en la versión digital que en la versión impresa. La República no es, precisamente, el diario más serio del mundo. Pero es más consistente que El Comercio, por ejemplo. Y eso me parece que le da más viabilidad en el mediano y largo plazo.


Los videojuegos violentos no aumentan la incidencia del bullying

Otro tema: el psicólogo social Federico Tong había mencionado (el domingo 21 de setiembre de 2008, en el artículo Proponen regular contenidos de las nuevas tecnologías, en la página 24 de La República) de los videojuegos violentos que ahora tienen tanta aceptación por parte de los menores de edad, que “los chicos crecen (al utilizar este tipo de juegos) pensando que los delitos y agresiones son comunes, naturales, y está comprobado que la exposición constante de estos contenidos crea tendencias violentas a largo plazo”. ¿Puede haber algún tipo de control para evitar esto, sobre todo con tanta proliferación de cabinas públicas en distritos populares?
Cuando veo los niveles de violencia en los que vivían las sociedades como la nuestra hace ochenta años -violencia real, no virtual- y veo la preocupación por la violencia que hay ahora, me parece que estamos olvidando algunas cosas básicas. Nuestras sociedades son mucho menos violentas que antes. En general, la capacidad que tienen los chicos de diferenciar entre la fantasía y la realidad, es mucho mayor que la que algunos psicólogos alarmistas asignan. Son capaces de diferenciar claramente que el mundo que ocurre en el juego no es el mundo en que ellos viven. Eso es uno. Dos: en general, en una sociedad en donde la violencia no es la norma, la excepcionalidad de las situaciones es reconocida como tal. Es decir, hace cien años las ejecuciones todavía eran espectáculos públicos en algunos países. Esa es una sociedad violenta, no esta. Que haya violencia no la convierte en una sociedad que condona la violencia. Lo segundo es: la impresión -y es una impresión, nada más. No digo que la pueda sostener- es que, más que efecto en lo violento, tiene efecto en las relaciones interpersonales. Sobre todo en la banalización de lo erótico, en los chicos. Me parece que tiene un impacto mucho más directo en su desarrollo que la cuestión de la violencia. Ahí hay un asunto que está mucho menos explorado. Entre otras cosas, porque hay actitudes un poco confusas respecto al tema de cómo manejar lo sexual. Países demasiado liberalizados, países muy poco liberalizados, en fin. Pero no coincido cuando dicen eso: no siento que el acto de jugar cree una relación causal entre ver y practicar violencia virtual, con el acto de ser violento en la vida real.

No podría establecerse ninguna relación entre bullying y violencia escolar, entonces, a partir de los videojuegos.
Bullying ha habido en todos los colegios, toda la vida. No es que esté ocurriendo ahora por los videojuegos. Quizás esté más visible. Quizás se parezca más a los videojuegos. Pero no confundamos una cosa con otra. Que ahora los chicos repitan los comportamientos que ven en los videos, en sus actos de matonaje, no quiere decir que la causa sean los videojuegos. Quiere decir que todavía hay una tolerancia social e institucional al matonaje, pero que toma la forma -no el fondo- del videojuego. Son dos cosas distintas. Había chicos que abusaban de otros en los colegios hace treinta, cuarenta, cincuenta años.

El “lorna” era antes (la víctima del bullying).
¡El “lorna”! ¿Ahora, cuál es la diferencia? Que, simplemente, las referencias son videojuegos. La culpa no es del videojuego. La culpa es de que, por muchas razones -una sociedad machista, con relaciones de poder asimétricas, en la que la escuela no tiene la suficiente autoridad para intervenir en estos temas-, se producen esos comportamientos. Que tomen la forma del juego no quiere decir que el juego sea la causa. Discrepo con esas conclusiones. Creo que son alarmistas. Y hay que diferenciar: los psicólogos tienden a identificar (problemas de esta manera) porque así funcionan. Los psicólogos trabajan con individuos. Entonces, los individuos les llaman la atención y generalizan, como un peligro más grande, cosas que son de individuos. No digo que no exista el problema. Lo que digo es que no creo que haya más bullying ahora que antes. Estamos confundiendo forma con fondo. Hay que enfrentar el problema, pero no echarle la culpa a los videojuegos.


Una relación difícil: consumidores y empresas en el ciberespacio

Finalmente, los consumidores han adquirido mayor poder como tales, gracias a las redes sociales, Internet. Por ejemplo, ahora uno, si no le gusta un producto, algún servicio -una heladería o una tienda por departamentos-, va a la página de Facebook de esa tienda por departamentos o de esa heladería y se queja: “Sí, me parece un desastre acá, o en el norte o en el sur del país, el servicio”. ¿Realmente, ahora, los consumidores tienen más poder o simplemente es mayor visibilización?
El poder, de alguna manera, nace de esa visibilización. No porque una queja lo sea sino porque el gran problema del consumidor, muchas veces, es que siente que está solo. Tiene un problema con una tienda y resulta que no tiene cómo expresarse. Entonces, lo pone en su muro (de Facebook) y resulta que treinta, cincuenta personas comienzan a circularlo y da la sensación de que “no estoy solo”. Uno se siente, como se dice, empoderado. Que la tienda reaccione frente a esto o no, tiene que ver con muchas cosas. Una de ellas tiene que ver con razones estrictamente competitivas. Es decir, en un mercado como el de las tiendas por departamentos en el Perú, que es, esencialmente, un duopolio -con un par de actores chiquitos tipo Oechsle, por debajo, pequeñitos, pero esencialmente es Saga versus Ripley-, y donde la similitud de las dos (empresas) es tan grande que, en realidad, es muy fácil pasarse de una tienda a otra, entonces, tienen que ser muy cuidadosos. Sus márgenes de maniobra son muy pequeños. Pero en mercados en donde los niveles de competencia son menores, como, por ejemplo, teléfonos móviles fuera de Lima, donde el operador dominante es Movistar… No digo que la empresa no le vaya a hacer caso al consumidor, pero tiene mucho menos urgencia por responder. No hay una norma. El aumento del poder del consumidor es efectivo, pero el poder siempre es relacional.

Claro. Muchas veces, (la empresa) no responde nada.
Exactamente.

No contesta nada. El community manager parece que se hubiera ido a dormir.
Es importante que no olvidemos nunca que el poder es relacional. El poder siempre es en función de otro actor. Es lo que siempre dicen los cientistas políticos. Cuando alguien tiene todo el poder, quiere decir, a los que están alrededor suyo: “No tienen poder”. Y el community manager, en el mejor de los casos, lo que está haciendo es reflejar la percepción de esas relaciones de poder entre el proveedor y el consumidor. Si el community manager no responde es porque le han dicho: “No respondas”. O le han dicho: “No importa si no respondes”. ¿Por qué? Porque la empresa siente que tiene más poder que los consumidores.

A la larga, eso es contraproducente, en verdad.
Quizá. Dependiendo del tipo de mercado. Mientras más concentración hay y más necesario es el servicio, menos capacidad de respuesta tiene el consumidor. Tiene que consumir igual. Pero en mercados como las tiendas por departamentos, que es un duopolio con muy poca diferenciación, no es que el consumidor tenga más poder sino que su poder se expresa en la capacidad de desplazarse hacia otra tienda. Tienden a responder un poquito más rápido porque saben perfectamente que el consumidor tiene esa capacidad. Cuando los individuos se juntan, si las circunstancias lo permiten, tienen un poco más de poder. A mayor competencia en un mercado, la unión de consumidores tiende a aumentar significativamente el poder de los consumidores. Pero en mercados donde hay, relativamente, poca competencia, los consumidores tienen que recurrir al proveedor de todas formas. La opción sería que todos los consumidores decidieran no consumir algo y optaran por no usar esos servicios. Lo cual sería posible en ciertas circunstancias, pero habría que imaginarse una situación sumamente compleja. La unión, sin duda, aumenta lo que, técnicamente, se llama la agencia de los consumidores. Un consumidor suelto no es lo mismo que cincuenta o cien o cinco mil. En realidad, la queja por ella misma no significa mucho. Lo importante es la capacidad de reacción. Y la capacidad de reacción de los consumidores se expresa dejando de consumir. Imagino que muchas de esas empresas saben perfectamente que los consumidores se quejan, pero no dejan de consumir. Entonces, ¿de qué sirve que se quejen si, al final, van a seguir haciendo lo mismo? Todo ese tipo de cosas las toman en cuenta.

Es un círculo vicioso.
Sí, hasta cierto punto, en algunos negocios. Por ejemplo, uno puede comprar gasolina en un grifo, según sea más barata o no, hasta cierto punto. Yo no me voy a desviar de mi ruta en exceso para buscar un sitio donde la gasolina es más barata porque lo que gano lo pierdo en desplazamiento. Eso quiere decir que, en realidad, los grifos ofrecen un servicio básico y tratan de no estafar a los consumidores, pero tienen un margen de autonomía relativamente grande. Entonces, tienen más poder que los consumidores. Si todos los consumidores de Repsol dicen: “No, ya no vamos a comprar Repsol”, podrían hacer daño. Pero si se comienzan a quejar diciendo: “Este sitio es pésimo”, ¿cuánta gente realmente puede salirse de su ruta para ir a comprar gasolina en otro lado? Difícil de saberlo.

Tiene que haber una estrategia, en verdad.
Claro. Es mucho más complicado que simplemente decir: “No, yo no quiero esto”. Lo mismo pasa con los bancos. No es el hecho de que todos los consumidores se junten sino de si, realmente, tienen opciones para hacer algo distinto.

Muchísimas gracias por la entrevista.
Por nada, Gianmarco.

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