lunes, 8 de septiembre de 2014

Daniel Lagares


“Los Corcuera son como mi familia”



Entrevista y foto por Gianmarco Farfán Cerdán


Daniel Lagares Ramírez (Huelva, 1973) es un fotógrafo y documentalista español lleno de sensibilidad y talento artístico. Hace unos meses presentó la magnífica muestra fotográfica Ayllu Quinua. Los guardianes de las semillas en el Centro Cultural Inca Garcilaso y la Sala de Exposiciones de la Universidad del Pacífico. Sin ninguna duda, la alta calidad artística y antropológica de las fotografías convirtió a la muestra, de inmediato, en una de las mejores del año.

Y por si eso fuera poco, Lagares mantiene una relación muy estrecha con una de las familias más queridas y respetadas en el ambiente cultural peruano: los Corcuera. Ha trabajado junto al premiado Javier Corcuera en el documental Sigo siendo (2013), ha retratado el arte de la maravillosa escultora Rosamar Corcuera en Prófugos del mar (2012) y ha captado el aura mítica del legendario poeta Arturo Corcuera en El poeta en el arca (2013). Pocas personas deben haber tenido el privilegio de compartir momentos significativos con peruanos tan fantásticos como los Corcuera.


Muchísimas gracias por la oportunidad. Es una exposición maravillosa y gracias por permitirme entrevistarte. Esta exposición Ayllu Quinua. Los guardianes de las semillas trata sobre comunidades campesinas de Puno que, desde hace miles de años, trabajan con la quinua. ¿Cómo fue todo el proceso de integrarte a las comunidades para poder conseguir este material tan natural, que parece casi que lo hubiera producido un integrante de las comunidades y no un extranjero?
Pues, porque he convivido con ellos. El tiempo que yo he estado ahí, que para mí ha sido muy intenso, yo lo he convivido con ellos. El proceso es: yo pido permiso, a veces, a una casa particular. Luego, de esa casa particular se extiende al resto de la comunidad o, a veces, directamente a la comunidad y dentro de la comunidad me buscan una casa particular donde quedarme. El tiempo que me tomo para hacer las fotografías, la paso viviendo con ellos. Pero yo necesito ese permiso. Para mí, es fundamental. Me da la libertad de caminar y me permite, también, estar cerca de ellos, compartir sus horarios, sus comidas, sus casas, sus camas. Eso me permite, luego, entablar una relación cercana. Tomar la foto que busco se consigue a base de cercanía y de la complicidad con ellos.

¿Tuvo que ver el hecho de que 2013 fuera el Año Internacional de la Quinua, el que justamente estuvieras ahí (en Puno)?
Totalmente. Así es. Precisamente, era el año de la quinua y no se hablaba de las personas que la cultivan. O muy poco. Entonces, yo tenía mucha curiosidad, porque mi interés siempre ha sido el otro. La quinua se lleva cultivando en el Perú, en los Andes, a orillas del lago Titicaca, de donde dicen que nace, hace más de cinco mil años, pasando la quinua de generación en generación, hasta llegar a nuestros días. Si la quinua se puede celebrar hoy es porque ha habido una serie de familias que ha guardado ese conocimiento y lo ha transmitido. Entonces, yo digo: “Vamos ahí, a ver quiénes son esas familias y qué rastro se puede seguir a través de ellas”. Porque cinco mil años es un abismo. ¿Nos podremos asomar a ese abismo? Todo ese tipo de fantasías con las que uno viaja. Tiene algo que ver con que era el año de la quinua, naturalmente.

Entonces, tenías una intención documental.
Total. Mi fotografía es documental.

Pero, también, por la calidad de las fotografías, se podría decir que es documental-artística.
Te agradezco. Yo busco hacer unas buenas fotos. No busco llegar y decir: “Ah, mira, aquí estamos, llegamos a tomar una foto al paso”. No, yo busco que la foto esté bien hecha. Uno busca que el resultado se haga agradable, no solamente que documente sino que transmita una serie de emociones.

A eso me refería con varias fotos que tienen, evidentemente, un instante mágico en el momento de haberlas fotografiado, de haberlas producido. Uno podría pensar, inocentemente, que son armadas, porque son bonitas, agradables a la vista. Uno dice: “¡Wow! Fue un instante preciso”. A cualquier tipo de artista, sea fotográfico, literario, le encantaría obtener eso, encontrarse con esos momentos. Te has encontrado con varios.
Me interesa el documental, precisamente, por vivir yo esos momentos. Para mí, es lo más importante. La fotografía es el medio que me permite acercarme a las personas que me interesan e intentar eso que es el convivir o compartir experiencias. Si, además, luego, consigo retratarlas, mejor. Pero, realmente, uno viaja por el mero hecho de sentir esas experiencias en la propia piel. Yo quiero convivir con ellos. Lo que pasa es que lo hago a través de la fotografía.

Hay una vocación antropológica de tu parte.
Sí, la hay. Uno va mirando para atrás y resulta que sí la hay. Porque, también, mi campo es el cine documental. Es más de lo mismo. Es otra herramienta, pero el libro de instrucciones, el acercamiento al otro es muy parecido. Luego, ya a la hora de grabar o de tomar la foto son cosas distintas, pero el acercamiento al otro sí es igual.

¿Qué diferencia notaste entre los hombres, los guardianes de las semillas, y las guardianas de las semillas de estas comunidades, a la hora de trabajar con los granos? ¿Había alguna diferencia muy notoria? ¿Estaban muy jerarquizadas, muy establecidas las funciones? Como, lamentablemente, en castellano tenemos esta cosa del género, es jodido, porque yo quería un subtítulo que englobara a los dos. Yo me alegro que me hagas esa pregunta. He visto a ellos y a ellas hacer las mismas cosas. Es cierto que más unos hacen unas cosas, otros hacen otras, pero he visto hacer de todo. Las mujeres trillan. Parece que, en principio, solo trillarían los hombres: yo he visto a las mujeres trillar. He visto a los hombres ventear. Y he visto a las mujeres cargar. A los hombres, también. Recoger. Los he visto hacer de todo. También porque son familias pequeñas y creo que hay que hacer de todo. He visto a las mujeres, en otro momento, plantar. Parece que el hombre cargara y trillara. La mujer va cogiendo esos montones de quinua, los va preparando y luego llega el hombre y golpea. Eso puede ser lo habitual, pero no es raro ver a mujeres golpear, tampoco. Lo que no he visto ha sido un hombre cocinar (sonríe). Todavía (piensa unos segundos)… ¡Sí! ¡Miento! No puedo decir eso. Sí he visto. Un poco. Esa es la excepción.

Ya llegó la igualdad de género en la cocina de Puno.
Va llegando, ja, ja, ja….


Javier Corcuera: prestigioso documentalista

Me generaba curiosidad si acaso el hecho de haber trabajado con Javier Corcuera influyó en usted para el tema documental o es que ya el tema documental venía antes de empezar a trabajar con Corcuera.
Claro, es antes. Corcuera para mí es un regalo, pero me encuentra ya en una trayectoria que es anterior. Yo me lo encuentro en un camino que es mi camino. Él aparece y hemos tenido la suerte los dos -me imagino- de trabajar juntos en algunas cosas. Claro, Javier es un maestro de los documentales. Entonces, es una suerte para mí.

Ha participado en Sigo siendo como cámara de apoyo.
Yo he participado en Sigo siendo como cámara de apoyo. La película ya estaba rodada, Javier estaba con Fabiola en el proceso de montaje y lo que pasó es que Fabiola Sialer, que es la editora… El documental no es como la ficción, el documental se construye mucho en el montaje, se le da mucha forma en el montaje. Entonces, en el montaje es cuando empiezas a darte cuenta que quizás te faltan algunas cosas. Y faltaban algunos planos y ahí he tenido yo la suerte de colarme. Porque ya el equipo estaba y fue perfecto. Entonces, ahí yo salí, porque creo que es una película histórica. Es una película que con el tiempo le va a pasar como con los buenos vinos: va a estar mejor cuanto más tiempo pase. Yo me he colado ahí y eso es perfecto. Para mí es un gran regalo.


La poesía va donde esté Arturo Corcuera

Otra relación que, también, tiene con los Corcuera es que ha hecho el documental El poeta en el arca, sobre el grandísimo, maravilloso Arturo Corcuera.
Sí. Que, además, también, está ahora expuesto en la Casa de la Literatura (en la muestra Noé delirante). Una de las cosas que aparecen en esa exposición es el documental este. Sí, eso, también, es un regalo, un lujo. Para mí, los Corcuera son como mi familia. Me han acogido muy bien y es una relación donde hay mucho amor. Eso es lo que hay: amor, mucho cariño. Eso es lo que hay con los Corcuera. Entonces, eran los cincuenta años el año pasado. Cincuenta años de Noé delirante y se hablaba de hacerle un pequeño video a Arturo, algo cortito, y ya está. Me tocó a mí y muy bien y feliz.

¿Qué sensación le dejó conocer a Arturo?
Yo a Arturo ya lo conocía de antes. Por eso el documental de Arturo tiene mucha verdad: porque ellos me permiten moverme en su casa -Arturo, Rosi- como si fuera la mía. Ellos me abren las puertas de su casa y, entonces, yo tengo esa libertad, esa complicidad, que es fundamental. Si no hay complicidad, luego, no puede haber cercanía. Porque lo que está preparado -que vale para algunas cosas, que no es mi forma de trabajar, no es lo que me motiva-, se nota. Cuando hay verdad, también, se nota. Entonces, el video de Arturo, aunque es pequeñito, creo que sí ayuda a entender la atmósfera en la que se mueve, los objetos que le han inspirado, los objetos que él o que su obra ha inspirado. Se nota esa complicidad, esa verdad. Se transmite.

¿Y leyó solamente Noé delirante para hacer el video de Arturo o se amplió a algunos otros poemarios de él?
No. Noé delirante. Me he leído algunos poemas de Noé delirante.

¿Qué le parecen?
La poesía de Arturo es una poesía que llega rápidamente al corazón, que parece que cualquiera puede escribir eso. La poesía llega así. Uno piensa que lo podría haber escrito, cuando la poesía te llega. Y con la poesía de Arturo pasa eso. Yo leo a Arturo y parece que al día siguiente voy a escribir yo, porque la ves tan sencilla, la ves tan fácil… Cuando la lees, es así: una cosa muy bonita.

Son todas fábulas.
Es todo fábulas. Pero muy bien puestas. Es una poesía muy medida.

Tiene una inocencia aparente.
Es que eso es, que parece muy fácil. La lees, te llega tan rápido, tan bien, que parece que mañana mismo vas a escribir tú.

¿Y al día siguiente escribió o no escribió?
No (sonríe)… Pero lo que sí se nota es que la casa de Arturo está llena de poesía. Eso se nota. Me pasó en los días que viví ahí. La poesía pasa, no es para ti, va hacia él. Pero en el paso, de donde venga, pasa por tu cama y se va a donde esté Arturo y tú la sientes pasar. La poesía está ahí. ¡Es alucinante! Está muy cerca, parece que estás a un pasito de escribir, porque está ahí. Tantos poetas que han pasado por ahí, por su casa… Uno duerme en ese cuarto y sabe que ahí ha estado César Calvo o Víctor Jara. ¡Cuántos poetas, también, de mi tierra!

Sientes un peso de la historia.
Más que el peso, el paso. ¡Es que se siente! Es casi físico.

Han dejado su atmósfera (los poetas que estuvieron allí).
Allí hay poesía y te toca. Si tuviera uno pelo largo, seguro que pasaba así (cruza la mano derecha, lentamente, delante de su cara).


Rosamar Corcuera: la escultora que alberga poesía en sus manos

Acá los Corcuera son una de las familias más importantes, en cuanto al arte (y la cultura), en nuestro país. (Usted) fue parte del pequeño documental de Rosamar Corcuera, Prófugos del mar, que se hizo entre usted y Javier (Corcuera).
Sí.

Rosamar, también, es una poeta (mediante el arte que nace de sus prodigiosas manos de escultora).
Rosamar es una poeta.

Es una artista.
Rosamar es una poeta.

Con todas sus letras: una artista.
Ella esculpe y pinta. Hace lo que le da la gana, pero es poeta. El mundo de Rosamar, de alguna manera, es como la poesía de su padre. Una primera mirada al universo de Rosamar: te parece muy infantil por los colores, por estos animales extraños que puede que vengan de su mundo de la niñez. Parecen infantiles estos caracoles grandes. Parece un mundo de niños, sin embargo, no son niños. Tú mira las obras de Rosamar, las esculturas de cerámica y…

Las wawas.
Las wawas a mí me dan miedo. Los caracoles y todo eso, así, grandes, seguro que un niño los va a ver y va a decir: “¿Qué es esto?”. Ahí hay una experiencia: son adultos ya. Te pasa un poco eso.

Sobre todo por la mirada de sus personajes.
Sí, son gente que sabe. Los personajes de Rosamar tienen un pasado, ya tienen una historia.

La entrevisté el año antepasado. Le comentaba justo del video, de Prófugos (del mar), y yo decía: “¡Wow, qué natural!”. Claro, uno dice: “Está Javier (Corcuera) ahí”, está usted, pero qué manera tan natural de describirnos a Rosamar: durante unos minutos sabemos lo que ella piensa (profundamente). Y el mar ahí, siempre presente, como una constante durante la breve película. Es fantástico porque uno siente que esos seres tan extraños y extraordinarios salieron de ese mar que vemos ahí…
Así es.

…en el video. Hasta el último momento.
Sí. Eso es la cercanía. Lo que veníamos hablando antes. Y la cercanía la da el trato. Con Rosamar y Arturo el trato -y con Javier, también- viene de antes. Ya nos conocemos, ya nos tratamos. Hay un respeto, una aceptación, y, entonces, ya te mueves en un campo en el que hagas lo que hagas, te puede salir bien o mal, estás en la cercanía. Igual con las fotos. Yo necesito convivir, compenetrarme con esas fotos, con este mundo y, luego, desde ahí empezar a trabajar. Porque yo sé que si sale bien, va a salir muy bien. Es a fuego lento… Si no lo haces despacito y no le dedicas tiempo, no va a salir. O muy difícil.

O sale forzado.
(Asiente con la cabeza) O sale forzado. O te puede tocar la lotería. Porque no todo el mundo requiere el mismo tiempo. A lo mejor tú vas a una comunidad o vas con quien sea y te haces “pata” de uno al toque. Eso puede pasar, también. Pero lo normal es que uno necesite un poco de tiempo.

Así es. A veces, es difícil empatizar.
(Asiente con la cabeza).

Cuando llegas (te dices a ti mismo): ¿por dónde puedo acercarme, hacerme amigo?
Claro. Y cuando es no, es no, también. Esa es la cosa. Tú tienes que abrir la puerta y estar mentalizado. El juego es dar oportunidad a que te digan que no, para que cuando te digan sí se abra un campo ya mucho más extenso. Entonces, lo de la foto robada no vale para mí y para el trabajo que busco. Para otras cosas, pero para mí no. Porque no me sirve. Yo necesito esa atención para que funcione. Hay comunidades donde no me han dejado tomar fotos. Tienes que saber pedir permiso. Si te dicen no, es no.

Además, no pasa nada. Porque si te dicen no en un lugar, en otro te dicen…
En otro te dirán que sí. Claro. Y ya está. A lo más, en ese momento, duele. Porque tú vas con una verdad y con sanas intenciones. Tú las consideras así. Y duele, de alguna manera. Estás lejos de tu casa, estás solo y no te permiten entrar a un sitio. Duele que no eres aceptado. Eso duele, pero es así. Y no puede ser que todo el mundo te diga que sí.

Así es la vida.
Así es la vida, claro.

Volviendo a Ayllu Quinua, Guillermo Niño de Guzmán dijo que: “Lagares sobresale porque tiene un ojo privilegiado y la actitud de un observador escrupuloso, que sabe que es necesario compenetrarse con la realidad que pretende fotografiar antes de apretar el obturador”.
Yo no conozco a Guillermo y me ha sorprendido gratamente que alguien, viendo solo las fotografías, acierte en mi forma de trabajar. Dejando de lado el halago -que está muy bien, alimenta a uno el ego-, me pone un poco en guardia para el siguiente trabajo saber que puede haber expectativas de parte de algunas personas. Dejando eso de lado, sí acierta, esa es mi forma de trabajar. Entonces, yo creo que si alguien que no me conoce nada y que es la primera foto mía que ve, percibe eso, vamos por buen camino en la forma de trabajo. El halago ya es otra cosa. Yo me reafirmo en esa forma de trabajar. En seguida busco los límites para pasarlos o para mantenerme. Esos límites se tienen que buscar desde el respeto, no desde la invasión. Tienes que llegar y (pensar) “vamos a estar aquí unos días”. Yo me he sentido muy bien acogido. Donde está la cámara, a veces, hay una tensión sana y eso es un vértigo. Eso lo da el verdadero interés por lo que estás haciendo, por el otro, por buscar qué causa es la que te une... Y que eso lo perciba alguien que no me conoce nada, que nunca hemos conversado, que nunca hemos tomado un café...

También quería mencionar su documental Asina, que ha sido comentado por la revista Cahiers du cinema, que es la más importante del mundo en el cine. Ahí han mencionado que “Daniel Lagares, dotado de una extraordinaria capacidad de observación, nos abre los ojos a un mundo tan arcaico como desconocido, amenazado de muerte por el desarrollo de las sociedades tecnológicas: las familias majoreras, inmersas en actividades ganaderas en Fuerteventura”.
El otro día le mandé esta foto (señala una de la exposición) a una de las personas que colaboró, (con las) que hicimos la película juntos. Yo era el director y nosotros, cuando estábamos haciendo esa película, uno de los lugares donde nos quedábamos se llamaba Tiscamanita.

Así se llama ese pueblo.
Y él, cuando le mandé las fotos, me dijo: “Oye, tú no has salido de Tiscamanita”. Sí, la película tiene un eco, se parece. Esa película es un poco un western y aquí (en la exposición fotográfica) hay algo de western, también. Es verdad. De alguna manera, hay ecos en lo que dice. Esa nota la firmaba Carlos Reviriego, que en aquel entonces era el redactor jefe de Cahiers du cinema en España. Hay ciertos ecos con Niño de Guzmán en cuanto a observación. Yo sí reconozco que ese es mi camino. A mí siempre me ha gustado mucho mirar. Yo puedo pasarme horas muertas mirando y de ahí ha salido, luego, la vocación de fotografiar y de filmar. Empecé por la fotografía, luego pasé al cine, al documental y, ahora, he vuelto a retomar la fotografía, que nunca la dejé del todo abandonada. Y nace de eso, de que me gusta mucho mirar.

¿Qué es lo que, principalmente, le gusta mirar: rostros, costumbres, o todo?
Todo no. Gente, personas. Me gusta estar en los sitios y mirar. A veces, hacerme invisible. Lo que estoy descubriendo ahora es que no hay que hacerse invisible. Hay que estar presente, hay que hacerse presente. Por ejemplo, si uno es invisible, no puede salir (la fotografía que se busca). Esa foto (señala una de las de su exposición, en la pared que está frente a nosotros) no sale si tú eres invisible, esa foto sale porque tú estás. Y porque tú estás, alguien te mira de esa determinada manera.

Claro. Es más, los ojos del poblador, del comunero, ahí (le señalo otra de las fotos de la exposición) se nota que están en guardia frente al fotógrafo.
Así es, porque estamos al límite. Yo he terminado de hacer las fotos y estaban de maravilla. Nos hemos visto días después, también: todo bien, pero te haces presente, no eres invisible. Tienes que tener presencia. Me gusta mucho mirar, observar y luego acercarme a lo que me interesa. Como dice Guillermo: compenetrarme, encontrar lo que tenemos en común personas que, en principio, no tenemos nada, pero como somos humanos, entonces, tenemos un pasado muy cercano, allá, miles de años (atrás), donde sea. Somos las mismas cosas.

Con distinta piel.
Con distinta piel, claro, sí. Y uno espera reconocerse en el otro. Encontrar, también, lo que no, pero reconocerse.


No se deben esconder las heridas de las sociedades

También quería mencionar que usted ha sido codirector de ANFASEP. 30 años de lucha por la verdad y la memoria.
Sí.

Este es un tema ya no solo documental sino político.
Sí, claro. Lo documental es la persona, la persona es lo social y lo político orquesta todo. Son enfoques de la misma realidad. Son trabajos distintos. ANFASEP es un reportaje ligero, que no busca transmitir este tipo de cosas que vienen en Asina o en Prófugos del mar o en El poeta en el arca. Son intenciones distintas, porque son mecanismos distintos de trabajo. La herramienta es el video, pero la manera de filmar es distinta. Nos llamaron para ver si nosotros queríamos hacer eso.

Fue por encargo.
Claro. Fue una sugerencia más que un encargo. Y fuimos a hacerlo. Seguramente ahondemos en ese tema, ya de otra manera. Es muy interesante. Es una memoria reciente, muy dolorosa. Tan dolorosa que se está haciendo lo posible por no mirarla o entender que ya se acabó, que hay que pasar página. Y yo creo que no hay que pasar página, creo que hay que leerla primero.

Yo se lo mencionaba justo porque el tema de ANFASEP -que es la Asociación Nacional de Familiares de Secuestrados, Detenidos y Desaparecidos del Perú- representa a miles de peruanos que, al final, han quedado con el sentimiento de que no había justicia para ellos, en un país donde tantas veces se ha abusado por parte de los gobiernos. Entonces, era un tema importante. Otra veta de su trabajo.
Claro, es otra veta que viene un poco por un compromiso. Es mi manera de pensar.

Además, usted ha nacido justamente durante la época de la Transición española.
Yo nací en la Transición española. Ese es otro tema: hoy vemos que fue una Transición que, precisamente, pasó páginas sin leerlas. Y ahí estamos pagando las consecuencias. Fue una Transición que se vendió como modélica y ha sido un teatro.

Imagino que muchos niños nacidos durante la Transición española han tenido una infancia politizada, casi en su mayoría.
No es mi caso. Creo que la infancia (politizada) la ha tenido una generación quizá diez años antes que yo naciera. Creo que esas personas sí. Yo he crecido en la libertad más absoluta.

En Huelva.
En Huelva, en Andalucía, en una familia que me ha dado (libertad) sin ningún tipo de reparo. Muy libre. Mi padre, sí, muy politizado, pero yo era un niño cuando eso pasaba. Entonces, cuando yo ya quiero empezar a darme cuenta de lo que está pasando tengo veinte años. Ya Franco llevaba mucho tiempo muerto. Pero justito ahora, esta crisis que se ha desatado en el país ha hecho que se mueva una serie de cimientos. Buscando las causas nos damos cuenta que están en que las cosas no se hicieron bien y que había muchas ganas de pasar páginas. Y por pasarlas se quedó eso ahí, tapado. Es como una herida que se pudre. Yo llevo aquí (en el Perú) solo dos años, pero mi compañera sí es peruana. Me interesa el mundo en el que vivo, la realidad del país o de la ciudad en la que vivo y sí veo, sí se percibe que hay muchas ganas de pasar página. Han pasado diez años de la Comisión de la Verdad: le tiran mucha mierda encima y (dicen) que ya fue. Pero las consecuencias siguen, las consecuencias están. No está sanado. No pasa nada porque nos detengamos un poco a ver qué ha pasado. No significa que se pare el mundo ni nada de eso, sino “¡prestémosle atención a esto!”. Si la herida no está curada y la tapas… En ese sentido está este reportaje de ANFASEP, el mensaje de esta mujer, Mamá Angélica: recordaremos qué fue lo que pasó, tenemos que entender lo que ha pasado.

En ese sentido, Perú y España tienen un parecido en cuanto a que están intentando, algunos sectores de sus sociedades, disfrazar o esconder su pasado y otro sector está tratando de hacerlo visible.
Sí, puede ser. Es un tema de solidaridad, con mayúsculas. Si somos comunidad, tenemos que estar pendientes unos de los otros. No podemos exigirle al que no puede correr que vaya al ritmo de los que podemos correr.

Y en estas comunidades puneñas el sentido de solidaridad es fuerte.
Seguro hay muchas cosas que, si yo viviera mucho tiempo (allí), no me gustarían. Seguro que hay cosas que no. Pero que tienen un sentido de comunidad fuerte: sí. Que trabajan lo común: sí. Eso es: trabajan lo común. Cualquiera que haya viajado a provincias lo ve. Y en estas comunidades andinas, en Puno en concreto, es así. Mucho control sobre su territorio. Lo trabajan y lo controlan en comunidad. El músculo de lo comunitario lo tienen muy desarrollado. Ahora, que uno esté de acuerdo con ciertas cosas o con otras es distinto. Pero que ejercitan el sentirse parte de una comunidad: sí, claro. Nosotros, en ese sentido, estamos a años luz.

Finalmente, ¿le interesa, de repente, para más adelante documentar o viajar por alguna otra comunidad o región del Perú para hacer algún trabajo similar en cuanto a documentación antropológica, fotográfica, en cuanto a (alcanzar en sus imágenes) belleza artística?
Ahora se trata de digerir este trabajo que tiene vocación de libro. La muestra consta de cuarenta fotografías. El esfuerzo ahora está en que esas fotografías caminen, que lleguen hasta Puno, por supuesto, que recorran el Perú y que viajen fuera del Perú. Porque se habla mucho de la quinua fuera del Perú, también.

Que sea una muestra itinerante.
Sí. Que sea una muestra itinerante. Yo creo que es buena esta muestra, en el sentido de que le pone rostro a la quinua. Es una mirada, de alguna manera, para quien tenga ese interés, en acercarse a ver quiénes son esas personas. Entonces, esos son los esfuerzos: que la muestra camine y que, por otro lado, el libro vaya tomando forma. El libro, básicamente de fotografías, donde, también, se recojan leyendas, canciones, pensamientos de los pobladores con los que hemos convivido.

¿Saldrá este año el libro?
Quién sabe, ojalá, no lo sé. En cuanto se aparezcan los auspiciadores.

Ha sido un gusto, Daniel, poder conversar con usted. Le agradezco muchísimo. Como le comenté al inicio, no solo me parece una muestra antropológica y muy profunda en su mirada sino que, además, hay un elemento estético muy claro, un componente de belleza innegable en sus fotografías.
Te agradezco un montón tu tiempo y el interés.

Muchísimas gracias.
No, a ti.


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