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viernes, 15 de julio de 2011

Javier Vásconez






“La literatura es, sobre todo, una suma de singularidades”


Entrevista y foto por Gianmarco Farfán Cerdán


El narrador y editor ecuatoriano Javier Vásconez Barba (Quito, 1946) es uno de los autores más importantes de la literatura latinoamericana contemporánea. Su hablar reflexivo y serio, como de catedrático frente a una clase, y sus conceptos claros sobre el quehacer literario, lo convierten también en un excelente conversador. Sus libros de cuentos son: Ciudad lejana (1982, finalista del Premio Casa de las Américas. Uno de sus relatos, Angelote, amor mío, obtuvo en 1983 la Primera Mención de un concurso organizado por la revista Plural de México), El hombre de la mirada oblicua (1989, Premio Joaquín Gallegos Lara), Un extraño en el puerto (1998, antología), Invitados de honor (2004), y en 2009 apareció en España una selección de sus cuentos titulada Estación de lluvia. También publicó la nouvelle El secreto (1996). Además, entre sus novelas tenemos: El viajero de Praga (1996), La sombra del apostador (1999, finalista del Premio Rómulo Gallegos), El retorno de las moscas (2005), Jardín Capelo (2007, finalista del Premio Rómulo Gallegos) y La piel del miedo (2010). En 2002 se publicó El Exilio Interminable. Vásconez ante la crítica, donde más de una docena de escritores, periodistas y académicos analizaron la obra del renombrado escritor. Ese mismo año, el Departamento de Literatura Hispanoamericana de la Universidad de Salamanca realizó un encuentro acerca de la obra del autor quiteño. En 2003 una de sus obras -Ciudad lejana- se analizó en un seminario literario realizado en la Universidad de Alicante. En 2007 se publicó Apuesta. Los Juegos de Vásconez, un conjunto de ensayos literarios de diversos escritores y estudiosos sobre la obra del importante narrador. Sus relatos han sido traducidos al alemán, francés, inglés, italiano, hebreo, sueco, griego y búlgaro. Este escritor de culto estuvo entre nosotros el año pasado como invitado de la XV Feria Internacional del Libro de Lima, donde presentó una edición especial de El viajero de Praga. De esta magnífica novela ha señalado el escritor mexicano Juan Villoro: “Es un caso singular de la imaginación narrativa. Leer esta novela implica un acto migratorio, cruzar una frontera, una ‘línea imaginaria’ para llegar al otro lado, hacia la ficción cierta y duradera”. Conversar extensamente con un autor como Vásconez, que respira y sueña muy buena literatura, es un lujo de pocos afortunados.

Mucho gusto. Gracias por estar en Lima, sabemos de su prestigio. Quería empezar la entrevista preguntándole si tener un abuelo diplomático y un padre diplomático, historiador, con muchos conocimientos de diversos temas, ¿influyó en usted para haber estudiado, haber escrito en el exterior? ¿Fue muy fuerte la influencia de su abuelo y de su padre para este “exilio” literario?
Yo creo que sí. Mi abuelo paterno, Rafael Vásconez, abrió las relaciones comerciales de Ecuador con Japón y China. Yo pasé parte de la infancia en la casa que quedaba justo al frente de la Iglesia de la Compañía. Allí jugaba en un salón chino adornado con biombos, muebles lacados, floreros, objetos chinos. Mi padre (Gustavo) fue embajador en Colombia e Italia, también fue historiador y escritor. Toda la familia Vásconez fue muy viajera. Tuve tíos diplomáticos en México, Brasil, Roma, Francia. Recuerdo perfectamente haber pasado la infancia en esa vieja casa del centro quiteño, de techos altos, leyendo, mirando mapas, buscando lugares extraños como Mozambique, Nueva Zelanda. En cambio, por el lado de mi madre (Beatriz) era una familia de próceres, muy ilustre, pero no eran viajeros. Era una familia de corte aristocrático, para quienes la tierra, la relación con la naturaleza, era muy importante.

Era de próceres y funcionarios de la colonia la familia de su madre.
Sí.

Venía de ahí.
Sí. Algunos fueron próceres. Juan Pío Montúfar fue uno de los principales representantes del diez de agosto (de 1809, cuando se declaró la independencia ecuatoriana) en la historia de Ecuador. La conjunción de estas dos familias -que por cierto no lograron (mantenerse juntas)... tuvieron una relación más bien conflictiva- sí me impulsó a tener una visión más amplia, abierta, desde el mundo. Como decía al comienzo de la entrevista, crecí entre libros, mapas, soñando las posibilidades de visitar, conocer otras ciudades, otros mundos. Esto, estoy seguro que influyó, aunque no es algo que lo tenía racionalizado, sino que apareció en libros míos como El viajero de Praga o La sombra del apostador: esa obsesión, ese interés por las ciudades.

Madrid: usted dice que fue la ciudad de su infancia.
Sí, en muchos aspectos Madrid fue la ciudad de mi infancia. Por una serie de circunstancias mis padres estuvieron en Madrid en 1950 y pico, yo estaba de interno en un colegio en Inglaterra -era como decir la cárcel, el encierro-, y las vacaciones las pasaba en Madrid. A pesar de que era el Madrid del franquismo, de la represión, para mí representó un lugar de felicidad. Fue ahí donde oí por primera vez a una cantante como Sara Montiel, asistí a un concierto de ella y hasta ahora tengo ese recuerdo, esa imagen. Desde ahí conservo una cierta fascinación por las cantantes, pues van y vienen por distintos libros míos. En la calle Montera había un negocio de venta de estampillas, al cual yo acudía porque era coleccionista de estampillas. También visitaba algunas librerías. Leí muchísimos libros en esa ciudad. Entonces, sí, efectivamente, Madrid, con Quito, se podría decir que son mis dos ciudades.

Ahí fue la primera vez que leyó El Quijote, en Madrid (este dato aparece en la sección Biografía de la página web oficial del entrevistado).
No fue allí donde leí por primera vez El Quijote. En realidad, lo había leído antes, en Quito. Lo que leí en Madrid por primera vez fue La ciudad y los perros. Fui a estudiar a España. Yo tenía dieciocho años recién cumplidos. Un librero de la calle Fuencarral me recomendó dos libros: La ciudad y los perros (1962) y Una meditación (1969) de Juan Benet. Recuerdo que los leí en una pequeña pensión, en un calor increíble, era agosto. Después de leer La ciudad y los perros me descompuse. No podía creer que un escritor peruano hubiera escrito esta novela. Quizá porque en esos años había estado leyendo a Faulkner. Muy prejuiciado, yo pensaba que los grandes escritores debían ser norteamericanos, rusos, franceses, pero no un peruano, Mario Vargas Llosa. El alcance, la ambición, el manejo del tiempo, del espacio y de los diálogos, la composición tan compleja y extraña de la novela, me desconcertó. La misma conclusión saqué después de leer Una meditación, de Juan Benet. Estos libros, en su momento, cambiaron mi vida y mi manera de ver las cosas como escritor.

Usted que mencionaba a estos grandes autores, como Faulkner: ¿también estuvo en su casa cuando era joven, en un viaje que hizo a Estados Unidos?
Eso fue mucho después, cuando yo vivía en París. Después de haber salido de España, donde me gradué en la Universidad de Navarra de Artes Liberales. Hice una tesis sobre los personajes de Juan Rulfo. Pero ya cansado de España, del franquismo, de la falta de libertad -ya estábamos todos al tanto de lo que estaba ocurriendo en Francia: año 68, toda la cuestión revolucionaria, los cambios estudiantiles-, nos trasladamos el poeta Javier Ponce y yo (a Francia).

Usted llegó como mochilero hasta la casa de Faulkner.
Fue a mediados de mi estadía en París, que hice un viaje de estudiante, desde París hasta México. Uno de esos viajes baratos, esos charter que habían en estos años. Al irme a México, pasé antes por todo Estados Unidos en autobús y me detuve en Oxford, en el pueblo de Faulkner. Fui recibido por su sobrina nieta. Se sorprendió que fuera ecuatoriano y que viniera de tan lejos. Le conté que venía de París a visitar la casa de Faulkner. Algo de esto aparece (el trazado de la casa, los árboles de la entrada) en mi cuento Billy, que está incluido en el libro Invitados de honor de Estación de lluvia. Así visité la casa de Faulkner. En una pared del segundo piso, creo que era el dormitorio, Faulkner había hecho un esquema de ¡Absalón, Absalón! (1936) o de Luz de agosto (1932), no lo recuerdo con exactitud. También me sorprendió la biblioteca pequeña, con libros muy clásicos. Algunos de Tolstoi, El Quijote (1605 y 1615), la Biblia y, obviamente, algunas novelas norteamericanas, como Moby Dick (1851). Pero no era una gran biblioteca. Mientras que la habitación donde estaba su colección de armas, sus carabinas Winchester de cacería, me sorprendió. Faulkner era un gran cazador y le gustaban mucho los caballos. En realidad, se pasaba montando a caballo cuando no estaba escribiendo.

O sea que le gustaban más a Faulkner las armas que los libros.
No sé.

Podría ser.
No creo. No me atrevería a decirlo de una manera tajante, pero sí me sorprendió ese apego, ese cuidado con que conservaba las armas. La misma sorpresa tuve cuando visité en La Habana la casa de Hemingway: había una pared en la que colgaban todas sus escopetas, sus fusiles, en el mejor estilo anglosajón. Tanto Faulkner como Hemingway fueron buenos cazadores. Es una tradición que no tenemos en América Latina y creo que tampoco la tienen en Europa.


Angelote: homosexualidad en la literatura de América Latina

También me llama mucho la atención que usted ha ganado diversos reconocimientos, pero en Angelote, amor mío (1982) trata un tema que hasta entonces no era muy tratado.
Así es.

¿Cómo así se atrevió a tratar este tema?
En mi familia hubo un personaje que fue homosexual. Un hombre culto, elegante, que, por cierto, fue diplomático de rango menor en muchos países. Pero, sobre todo, fue un homosexual. Era uno de los pocos hombres de esos años que se atrevió a vivir su homosexualidad en todos los sentidos. En la forma cómo se vestía, hablaba. Este hombre siempre me fascinó por su teatralidad, por la gesticulación con que conversaba. Y, también, por lo angustiado que, de alguna manera, se le sentía, se le percibía. A partir de esta imagen compleja, contradictoria, de un hombre -por un lado, elegante, libre y, por otro lado, como que vivía en el miedo-, yo escribí Angelote, amor mío, que tanto ha perturbado, gustado y conmovido a algunas personas. Sin embargo, hay mucho de invención en el personaje. Más que un relato estrictamente de homosexuales, me atrevería a decir, si se me permite dar una opinión sobre lo que he escrito, que es un cuento sobre la marginalidad humana. Un cuento sobre dos seres humanos que viven en la marginalidad, con el tema de la homosexualidad como telón de fondo. Pero el tratamiento del mal que existe en el cuento, no tenía nada que ver con el personaje en el cual me inspiré. El pariente mío era un burgués que no pasaba por las zonas de malignidad que tiene Angelote. Este relato lo envié a México (a un concurso organizado por la revista Plural). Fue todo un problema cuando lo envié: no sabían si premiarlo o no. Al final, año 82, decidieron no premiarlo, no darle el primer premio. Prefirieron darle a otro cuentista: un chileno. Uno de los jurados llamó por teléfono a Quito a preguntar: ¿y quién era este escritor? ¿Quién había escrito este cuento? Nadie me conocía en Quito. Publiqué el cuento en Ciudad Lejana, mucho después. Pero no hubo nadie que le informara a Ibargontoyen, que fue el que llamó de México, quién era el autor del cuento. Finalmente, en 1983, obtuvo la Primera Mención.

¿Considera que este fue el espaldarazo para su carrera literaria?
Sí, en algún sentido. Angelote, amor mío debe ser uno de los primeros cuentos de América Latina que trata con tanta frontalidad un tema tan delicado, el amor de dos hombres. Es muy intenso el relato. Cuando lo leyó un actor español, muchos años después en el café Manuela de Madrid -yo asistí a la lectura-, me acuerdo que me dije: “¿Fui yo el que lo escribió?”.


En El secreto usted trata sobre la mente de un asesino de niñas.
Parecería que has elegido mis relatos más extremos. Por un lado está el Angelote… y, por otro, El secreto, que es una pequeña novela. También basada en un personaje real que apareció en Quito y lo arrestaron llevando una obra de Mario Vargas Llosa en la maleta -Conversación en La Catedral (1969) y otra de Dostoievski-. Era un colombiano, bastante culto, buen lector, incluso sofisticado, que de pronto se descubrió que había asesinado como a sesenta niñas. Una de las características de este psicópata es que enterraba a las niñas cubriéndolas con unas tumbas ornamentadas con piedras y flores. Una cosa muy estética, una especie de ritual. Cuando salió la noticia fui a visitarlo en la cárcel. Me sorprendió la educación, la fineza, la delicadeza de este hombre. Si lo hubiera encontrado en un autobús, en un salón, o a la entrada de un cine, nunca se me hubiese ocurrido que fuese un asesino de sesenta niñas. A partir de esta anécdota, escribí El secreto. Creo que El secreto es una modesta incursión en la condición humana, un retrato del mal: un hombre enfrentado a su máximo extremo con el mal, la muerte. Alguien que hace del mal una forma de conocimiento. El mal es su ejercicio, el sendero que utiliza para llegar a alguna parte. El relato lo escribí muy rápido, en un mes. Es una novela de unas noventa páginas y, sin embargo, la última línea me tomó tres, o quizá cuatro meses escribirla. La última línea es la clave del relato. En esa línea se concentra toda la intención de la novela. Pero El secreto no es solamente la historia de un psicópata de niñas, como ocurre en muchísimas novelas policíacas. No. Si por un lado es un retrato de un psicópata, también tiene intenciones metafísicas. ¿Por qué, dónde y cuándo nuestras vidas -cualquier vida: la tuya, la mía, la de cualquier personaje en Lima, Quito- se quiebran? ¿A qué hora se rompe esa frontera y dejamos de ser normales, dejamos de ser un burócrata y nos convertimos en seres terribles, monstruosos? ¿Qué nos separa del equilibrio? En última instancia eso es, creo yo, el verdadero tema de la novela.

Al final, ¿a usted cuál le parece que sería la hipótesis más adecuada para responder eso?
No sé si sea la respuesta, pero por lo menos desde el punto de vista narrativo, es lo que le da un sentido diferente, especial, al relato. Porque es solamente un relato de la violencia de un personaje con las niñas.



Faulkner y Nabokov en Quito

En el año 2004 usted rinde homenaje a sus escritores favoritos en Invitados de honor.
Sí.

Era una cuenta pendiente para alguien tan amante de la literatura y los personajes literarios, como usted.
El año pasado, la editorial Veintisiete Letras de Madrid publicó todos mis cuentos en una edición especial. En Estación de Lluvia están recopilados todos mis libros de cuentos. Y, entre ellos, está Invitados de honor, en el que hago un homenaje a distintos autores. La influencia y la presencia de un autor en la vida de un escritor es como una mosca que zumba alrededor de su oreja. Está ahí Faulkner…

Es una sombra.
Sí. Está Faulkner, Nabokov, Colette -una escritora francesa con la que practiqué muchos años mi francés. Ahora no me interesa demasiado, pero en un momento dado la leí bastante-, están Conrad, Kafka. Los relatos de cada uno de ellos cuentan la posibilidad de llegar a Quito por distintas vías. Por ejemplo, el cuento Thecla Teresina, es la posibilidad de que Nabokov como hombre -era un coleccionista, un experto en mariposas-, arribara a Quito en busca de mariposas. Todos sabemos que Ecuador es uno de los grandes productores de mariposas del mundo.


Exportan muchas.
Entonces, desde ese punto de vista, Nabokov o un reflejo de Nabokov, visita la ciudad de Quito. El cuento se llama Thecla Teresina, que es el nombre de una mariposa. El caso de Billy (Faulkner) parte del hecho de que, en un momento dado, Hoover necesitó hacer propaganda de su país y escogió a una serie de escritores, de artistas (para) que visitaran América Latina y dar una mejor imagen de Estados Unidos en esos años. Hoover eligió a Faulkner aclarando que era “borracho, pero no comunista”. Así Faulkner hizo un viaje por toda América Latina. Estuvo en Perú, Uruguay, Brasil. En Brasil le llevaron a una clínica de desintoxicación alcohólica. Pasó por Venezuela, pero no estuvo en Ecuador. Distorsionando esta anécdota, que está, por cierto, en su biografía, en la de (Joseph) Blotner (Faulkner: A biography, del año 1974), yo le hice viajar a Quito. Y así sucesivamente. Cada uno de los cuentos de Invitados de honor pasa por distintas vías por Quito. Por eso es que el libro lleva ese nombre: Invitados de honor. ¿Por qué esa obsesión mía de hacer que lleguen, que aparezcan estos escritores -que han influido y que he amado tanto- por mi ciudad? Quizá por el aislamiento literario en que Ecuador y la ciudad de Quito han vivido. Ese afán mío por vincular mi ciudad con otras ciudades, ha sido una de mis obsesiones. Tengo un cuento llamado La carta inconclusa, que transcurre entre Barcelona y Quito. Lo mismo pasa en El viajero de Praga. Es decir, hay una necesidad de mi parte por vincular no solamente mi ciudad sino toda la vida literaria. El deseo de ventilar un poco ese ensimismamiento, ese encierro con que Ecuador ha vivido, en términos culturales, en comparación con Perú o Colombia, que han sido más abiertos, y han estado vinculados con otros países de América Latina y también con España. Desde mi punto de vista, Ecuador ha vivido un encierro negativo, muy sofocante. Esa es una de las razones para escribir El viajero de Praga.


Nacer entre García Márquez y Vargas Llosa

¿Este aislamiento de Ecuador se podría deber, también, en gran parte, a la responsabilidad de los gobiernos ecuatorianos que no han promocionado la cultura?
No creo que la cultura ni los escritores se promocionen por vía de los gobiernos. En Ecuador ha habido una institución muy interesante llamada Casa de la Cultura. Irónicamente, el poeta Daniel Leyva dijo que Javier Vásconez nació en la frontera entre García Márquez y Mario Vargas Llosa. Es decir, entre dos países gigantes, enormes, y Ecuador era una pequeña cuña encerrada entre estos dos monstruos. Eso dice Daniel Leyva en México. Tómalo como una metáfora, pero hay algo de cierto en eso.


¿Y no hay un Vargas Llosa o un García Márquez oculto en Ecuador, para usted?
Cada país tiene a los escritores que debe tener. Hay escritores muy interesantes en Ecuador, mal conocidos; y hay poetas excelentes. Yo creo que Ecuador es, sobre todo, un país de grandes poetas, como Jorge Carrera Andrade, (Gonzalo) Escudero, (Alfredo) Gangotena, y de muchos cuentistas. Tenemos cuentistas excepcionales. Tenemos a Pablo Palacio, con ese cuento extraordinario, Un hombre muerto a puntapiés (1927). Y así sucesivamente, José de la Cuadra y otros más. No creo que sea un país de tradición novelística. Hay muy buenas novelas y algunos novelistas, pero no creo que tenga la tradición novelística que tú puedas encontrar en Argentina o Perú. Eso no lo creo.

Y como el cuento no vende tanto, de repente, también, ese es uno de los motivos. Porque la novela siempre es lo que más se vende, en América Latina o Europa.
Son muchas las razones que han mantenido al Ecuador aislado. Y no son necesariamente literarias, sino también comerciales. Es increíble, pero Ecuador no tiene, por ejemplo, una gran editorial privada, ecuatoriana, que distribuya, publique libros. Hay pequeñas editoriales que son barriales, que a veces no logran distribuir los libros en la ciudad más cercana. Eso ya es un motivo de limitación para el escritor ecuatoriano. Yo he tenido mucha suerte. Han publicado mis libros en México, España, en las editoriales Alfaguara y Veintisiete Letras. Ahora van a publicar mi última novela en Planeta de Colombia, La piel del miedo, y también la va a publicar en España la editorial Viento Sur. He tenido mucha suerte, pero no les ha ocurrido a otros escritores. Todas estas cosas limitan. No creo que un agente literario haya pasado alguna vez por Quito o Guayaquil buscando autores. No podemos olvidar este asunto. En Ecuador ha habido una actitud más bien romántica, de creer que porque se publica un libro ya es suficiente.

Al respecto, usted ha sido durante ocho años editor y director de ediciones de Libri Mundi. ¿Qué tal fue esta experiencia para usted?
He sido editor de distintos espacios literarios, y una de las cosas que he intentado justamente es promover la literatura de Ecuador: poetas, cuentistas, novelistas. Lo he hecho desde Alfaguara con vistas a España, lo hice desde el Municipio de Guayaquil -con una antología de novelas de Ecuador-, he publicado la obra completa de Jorge Carrera Andrade, Gangotena, Escudero, en fin. He publicado a muchísimos ecuatorianos de distintas edades y generaciones. Eso es de lo que he vivido, este ha sido mi trabajo, efectivamente.


Buscar a Vallejo, Borges u Onetti

Y el hecho de que su trabajo literario ya haya sido traducido al alemán, francés, inglés, italiano, sueco, ¿ha contribuido o está contribuyendo para que la literatura ecuatoriana se siga difundiendo?
No han traducido mis libros a otras lenguas, sino algunos de mis cuentos. La nouvelle El secreto está traducida al francés. Mi afán por promover a algunos escritores y poetas ecuatorianos, tiene como propósito abrir la ventana y conectarlos con otros mundos. No podemos mantenernos encerrados. Mi parte viajera, aventurera, siempre se ha movido a través de todo el mundo, todos somos dueños del mundo. No creo, estrictamente, en las literaturas nacionales. No creo en la literatura peruana, rusa o ecuatoriana. Yo creo en los autores. En Dostoievski, Balzac, Flaubert, Céline, Benet o Juan Marsé, pero esa idea de “las literaturas” como un territorio donde deben ocurrir las cosas, donde se conserva el don de la palabra de distintas naciones o pueblos, que resultan espacios abanderados, no me interesa para nada. Me interesan los escritores. La literatura es, sobre todo, una suma de singularidades. Uno no va a una librería en busca de la literatura peruana o argentina. Uno va a buscar a Alonso Cueto o Rodolfo Hinostroza o César Vallejo. O va a buscar a Borges u Onetti. Nunca he buscado ni he leído a partir de “las literaturas”. Es muy importante decirlo, porque en todo momento hay una insistencia por parte de los críticos, de la prensa, sobre “las literaturas nacionales”. He sido un lector ávido, desordenado, he leído a escritores de muchas partes. Por ejemplo, el primer libro que me quitó toda la ingenuidad de la infancia después de leer a Salgari, Alejandro Dumas, Julio Verne, fue desde luego Moby Dick. En ese momento me di cuenta que estaba frente a una novela ambiciosa, avasalladora, a una gran obra de arte. Lo mismo me pasó cuando leí Kafka: me di cuenta que estaba en otra dimensión, en otro mundo. Entonces, mis descubrimientos no han sido por vía de “las literaturas” sino de libros concretos. Ahora hay una cierta tendencia por ir coleccionando los libros -como si fuera una colección de almanaque o de sellos- de la literatura peruana o japonesa. No me interesa eso, honestamente. Me interesan los autores y los poetas en concreto.

¿Los nacionalismos deberían quedar de lado, entonces?
Sí.

Usted justo mencionaba a Kafka: ¿es el creador del horror de nuestro siglo?
Sí. Kafka, junto con autores como Beckett, Faulkner, Nabokov, Proust y Joyce, son los que han hecho evolucionar, de alguna manera, la narrativa contemporánea. Y Kafka no solamente radica su grandeza en la perfección de su obra, en la limpieza con que fue escrita sino en la captación del horror. Parecería que fuese Kafka (un profeta de) todo el horror que nos iba a venir encima: la Segunda Guerra Mundial, los campos de concentración, el miedo. Creo que, en ese sentido, era un iluminado, un profeta. Pero, de la misma manera que de Kafka he recibido una enorme influencia de Faulkner, a quien considero, de una manera irónica, el más grande autor de América Latina. Ha influido en la obra de Onetti, de García Márquez, y en mi propia obra. Es un monstruo, un gigante. Se le conoce más en América Latina que en Estados Unidos. Alguna vez leí que fue en Venezuela donde le premiaron por primera vez, hace muchísimo tiempo, por un cuento que no sabría decir cuál fue.

¡Qué interesante detalle! Usted dice que “una novela debe ser ante todo un viaje y un desafío a la imaginación”, por eso no está muy a gusto cuando lee novelas excesivamente informativas, casi periodísticas.
Sí. Partiendo de mi propia experiencia, las novelas que más he amado y las que yo he deseado escribir son las que representan un viaje, una aventura en el lenguaje, en el poder de la palabra, en la posibilidad de que el escritor se explaye imaginativamente creando episodios, diálogos, atmósferas, personajes, conflictos, que sorprendan, que seduzcan. No solamente por vía del suspenso ni con el afán de esconder datos secundarios, o un crimen, sino que por otros caminos, por otras circunstancias, seduzca al lector. Esas son las grandes novelas. Por supuesto, también soy un lector de novela negra, de las novelas de espionaje. Soy admirador de John Le Carré, cuya literatura me ha llegado muy cerca. Es un maestro en el manejo del secreto, y de lo ambiguo. Un escritor menor, pero brillante. Aparte, en Latinoamérica hay toda una narcoliteratura que gira alrededor de narcotraficantes y problemas de esa índole.

Sobre todo en México.
Sí, México y la misma Colombia. Han llegado un poco a agotar, cansar, porque en la página cuarenta, más o menos, sabemos o podemos llegar a intuir qué es lo que está ocurriendo. Perdieron su vigencia, su interés. Un escritor debe, sobre todo, incentivar, catapultar interiormente la imaginación del lector. Incitarlo, estimularlo. De lo contrario, existe la posibilidad del adormecimiento, del aburrimiento. Y no creo necesariamente que sea el suspenso o la búsqueda de un muerto debajo de la cama lo que hace que una novela sea buena (sino) cuestiones relacionadas con el lenguaje, el manejo de las situaciones, los diálogos, los conflictos y las relaciones humanas. Siempre habrá nuevas formas de tratar el amor, la muerte, es decir, los temas que siempre hemos tratado. Pero lo importante es poner la máquina en movimiento. No quedarnos, estimular a quien va a leer. Yo no pienso en los lectores para nada, pienso en mí mismo cuando estoy escribiendo. Hoy día hay muchos lugares comunes, con imágenes que vemos en la televisión o el cine. Estamos entrando en una etapa muy deteriorada, en ese sentido, de la literatura.


Hay novelas que son guiones de películas

Vemos que la literatura actual se ha contaminado mucho, en el sentido negativo, de todo lo audiovisual.
Muchas novelas consideradas más o menos célebres, son guiones arreglados de películas. Con las mismas imágenes, los mismos lugares comunes, persecuciones de coches, diálogos amorosos que perfectamente vemos en el cine de Hollywood. Y no tengo nada contra el cine de Hollywood. Hay películas de Hollywood que celebro y me gustan. Me gusta mucho el cine comercial americano. Puedo soportar el mal cine, pero no puedo soportar una mala novela. El mal cine, el mediocre, sí lo puedo soportar. Si los escritores nos dejamos hechizar, adormecer, conquistar, por ese facilismo que a veces nos viene por vía del cine, corremos el riesgo de quedarnos absolutamente sin lectores y sin la gran propuesta literaria, la más secreta, la más enigmática. Que consiste en incentivar al lector para que construya él mismo la novela que está leyendo, que imagine al personaje, que participe en ella. En eso el cine es más ocioso. La literatura necesita participación secreta, imaginativa, lo que es muy importante, fascinante. Eso es extraordinario.

Claro. Y todo escritor no debería olvidar que la literatura no debe ser solo un diálogo consigo mismo “sino con toda la literatura” -tal como afirma el entrevistado en La novela como naturaleza muerta-.
Por supuesto. Y eso es quizá lo que a veces ha ocurrido con algunos escritores ecuatorianos. Han vivido encerrados en sí mismos, en su propia ideología, en un esteticismo un poco desfasado. Un escritor es heredero de todos los escritores: de los rusos, franceses, ingleses. Yo, al menos, me siento totalmente satisfecho tras haber escrito El viajero de Praga, La sombra del apostador, Jardín Capelo, para ser leídas en cualquier lugar del mundo, como tiene que ser.

Usted señalaba que “el miedo a la destrucción es uno de los grandes temas de la literatura”. ¿Sigue pensando igual?
La destrucción y la ruina son grandes temas de la literatura. Hemos comentado hace un momento que Kafka quizá es el mayor poeta del horror del siglo (XX). Pero el horror viene de mucho atrás. Si tú lees con atención Shakespeare, encuentras el horror absolutamente incrustado, empotrado, en muchísimas de sus obras de teatro. El horror al poder, a la injusticia. Y en cuanto a la ruina y la destrucción: es un temor que todos llevamos dentro. Como, también, el paso del tiempo, el miedo a la muerte, grandes temas de la literatura. La ruina está relacionada con el tiempo: todos vamos, paso a paso, camino de la ruina, camino de la muerte. Y ese proceso de envejecimiento, de lo inevitable, es el verdadero tema de muchas novelas. Ahí está En busca del tiempo perdido (1913 a 1927), ahí están las obras de Onetti, de Faulkner mismo. Y de escritores mucho más actuales, como Javier Marías. Hay un horror de lo cotidiano en la obra de Javier Marías, en episodios muy puntuales, casi minimalistas, un tratamiento muy peculiar del horror.

Quizá sea como en el título de este poemario de Vicente Aleixandre: La destrucción o el amor (1935). Esos temas son tan fuertes para…
Probablemente. Los seres humanos siempre estamos aquejados por el temor de la destrucción. Y ahora más que nunca, con toda esta sensación, intuición, sospecha ecológica: la amenaza de la falta de agua, los cambios climáticos. Muchos creemos que esto es actual. Eso es parte de la condición humana. Siempre hubo ese horror, ese miedo. De ahí que se crearan rituales contra la noche, las erupciones, el poder de ciertos animales. Por eso se escribieron los mitos, los poemas. Adoraciones que son una forma de literatura primaria, para invocar a un supuesto dios que nos acompañe, que nos ayude. Esos siempre han sido los temas de la literatura. Difícilmente se escribe desde el amor, desde el abrazo. Siempre escribimos desde la carencia, lo negativo, la nostalgia, lo que tememos perder. Incluso si escribimos de amor lo hacemos cuando éste ya está perdido.

Escribir es llenar algo que nos falta.
Efectivamente. Creo que sí. Y ese es quizá el gran lector. Ese hombre o mujer que, individualmente, en una casa de Lima, o de Estambul, una tarde se sienta y, en un cuento, una novela, un poema, busca algo que quizá no tiene. Lo sospecha, no sabe qué es exactamente, solo busca. A veces, lo encuentra en un gran poema, un gran verso, un hermoso cuento. A veces, encuentran un hermano: una sensibilidad común que le ayuda a entender ciertas incongruencias de la vida.


El viajero de Praga: Kronz y Kafka

Esperamos que siga disfrutando su estadía en Lima, y que vuelva el próximo año para seguir promocionando su literatura y la de Ecuador.
Muchas gracias por tu muy amable entrevista, tu generosidad, tu tiempo. Y también a todos los que me lean, porque Lima es una ciudad emblemática desde el punto de vista literario. Con Buenos Aires es la ciudad más literaria de América del Sur. He tenido suerte en Lima, siempre me ha ido bien, desde el punto de vista literario.

Sobre El viajero de Praga, ¿qué nos puede contar?
Acaba de aparecer una edición especial de esta novela, es la cuarta edición, lleva un prólogo del escritor mexicano Juan Villoro. Ha sido revisada por el autor y también lleva un DVD en el que se incluye una entrevista radial, y también hay un video. Hay material crítico publicado en México, España, Ecuador, Argentina. También artículos aparecidos en distintas partes. Fotos, extractos de la novela. Es un pequeño homenaje, una prolongación crítica de lo que es la novela misma. El viajero de Praga es la historia de un médico checo que, por una serie de circunstancias, llega a lo que yo he denominado la "línea imaginaria”: a Ecuador. Y esa es la aventura. Empieza en Praga, pasa por Barcelona y llega a una ciudad andina, lluviosa, melancólica. Es la vida de este médico: su relación con sus pacientes y con una mujer, Violeta -una historia de amor, también-. Es un viaje interno, solitario. También se cuenta la relación con su gato Elmer. Y fue escrita, de alguna manera, en oposición a la literatura de mi país, tan ensimismada, tan cerrada en sí misma. Yo deseaba sentarme, por decirlo así, a la misma mesa que Kafka; emborracharme con Onetti, jugar a los espías con John Le Carré. Quería compartir con estos autores, y moverme por otras ciudades y otras culturas literarias, en mi novela. Porque, de alguna manera, estaba harto, cansado de ese ensimismamiento en el que ha vivido Ecuador.

Se dio el gusto ahí, en esa novela, de cumplir todos esos deseos.
No sé si los haya cumplido, pero el doctor Kronz -que es un reflejo, una especie de réplica de Kafka- hace este viaje y se encuentra con el problema de que si bien ha llegado a un lugar sin historia, a una ciudad un poco olvidada como Quito -que es lo que él esperaba, lo que él buscaba-, sin embargo, son otras las cosas que se encuentra. Pero sobre todo es una novela urbana, que tiene un trasfondo de novela negra -la forma cómo está escrita-, y de ahí la importancia de John Le Carré, la importancia de los diálogos. Es una novela que escribí en muchos aspectos, en contra de mi propio país. Esas son las nostalgias, los deseos de los escritores, que rara vez conseguimos. Esas son las propuestas que nos hacemos. Si hay alguien en el Perú del que uno pueda darse perfectamente cuenta de eso es Mario Vargas Llosa, quien parecería haber escrito toda la vida en contra del Perú. Pero no creo que sea el único caso.

Ahora que está hablando de su novela El viajero de Praga, cuando usted va a escribir novelas, su metodología es: ¿hace un esquema previo a la novela o…
Para nada.

…deja que le lleve, totalmente?
Mis novelas, todas, La sombra del apostador -que salió finalista del Premio Rómulo Gallegos hace unos cuantos años-, Jardín Capelo -que, también, salió finalista del Premio Rómulo Gallegos-, la novela que acabo de terminar -La piel del miedo-, El viajero de Praga, El retorno de las moscas, todas han nacido siempre de una imagen. Mientras que el cuento es una construcción neurótica: es como intentar reproducir un sueño angustiante que uno debe quitárselo de encima y que, como máximo, en dos, tres días, uno debe escribirlo. Una novela es una construcción, un trabajo de disciplina, de muchas horas de dedicación a ella. Yo he escrito mis novelas siempre partiendo de una imagen. En el caso de El viajero de Praga, fue el doctor Kronz que me sirvió como guía, como si fuera la cámara que va acompañándome, que va caminando por distintos capítulos de la novela. El doctor Kronz es el personaje principal, está escrita en tercera persona, con un narrador omnisciente. Toda novela, en mi caso al menos, parte de una imagen, de la visión de un personaje. Es al personaje al que tengo que sentir vivo, que me hable, que me cuente sobre él. Eso me pasó con el doctor Kronz, cuyo nombre nunca supe por qué se llamaba así. Fue mucho después que me di cuenta que venía de Kafka y que empezaba su nombre con la misma letra de Kafka. Luego lo visualicé en una ocasión, mientras caminaba por un barrio de Quito, La Mariscal: un hombre mediano en edad, que caminaba apegado al muro de una casa con cierta incertidumbre, desidia, y fue tal el poder visual de este hombre, que necesité escribir inmediatamente algo sobre él. Escribí un cuento donde aparece por primera vez el doctor Kronz, que se llama El jockey y el mar. Muchos amigos me preguntaron: “¿Y por qué es checo? ¿Por qué no es español o italiano o francés? ¿Por qué alguien de una cultura tan lejana como Checolosvaquia?”. No supe contestar en ese momento. Fue mucho después, al escribir El viajero de Praga, que me di cuenta que estaba relacionado con Kafka, y de todos mis elementos kafkianos…

Era un homenaje inconsciente.
Sí. …de la novela. Y no suelo a tomar apuntes para las novelas, me dejo llevar, escribo a mano. Siempre escribo a mano en cuadernos, luego eso lo paso a la computadora y es en la computadora donde corrijo, limpio, compongo.

¿Corrige mucho?
Sí, muchísimo. El viajero de Praga debe tener ocho o nueve versiones, desde la primera que fue escrita hace muchos años, en cuaderno. Lo mismo ha pasado con todas mis novelas, pero también con mis cuentos.

¿Se las presenta usted a alguien antes de…?
No, imposible. Cuando yo muestro los manuscritos míos, llenos de correcciones, flechas, tachaduras, la gente se queda sorprendida. Dicen: “No sé cómo puedes entender esto. ¿Cómo puede alguien interpretar estas escrituras, estas manchas, estas flechas?”. Son manuscritos muy caóticos, casi como crucigramas, je, je, je. De ahí paso a la computadora, donde compongo, armo muchas veces las estructuras, corto. En mi cabeza hago un mapa, un esquema general, de una manera muy abierta. Tomo algunas notas, más o menos de qué trata cada capítulo. En general, me dejo llevar por el pulso, el ritmo de la escritura.

¿En usted pesa más la trama de la historia o el lenguaje que va a utilizar?
Le doy muchísima importancia al tono con el que tiene que estar contada la historia. Esa es una de las cosas que más me cuesta encontrar: el tono. Ese tono de susurro con el que pareciera que los escritores recibimos, o yo recibo, el mensaje de escribir la novela. Durante mucho tiempo no sabía cómo tenía que contar El viajero de Praga hasta que el doctor Kronz me dijo, casi en secreto, como un enigma: “Llovía en la ciudad”. Esa es la primera frase de la novela. Ahí está implícito todo lo que viene después. Para mí la primera frase es muy importante porque encierra el enigma del tono: cómo va a ser contada, por quién, además debo captar la temperatura sintáctica, y por fin modelar o decidir el estilo. Entonces, me dejo llevar siempre por el lenguaje. Luego, por supuesto, ya viene el control, la composición de los personajes, las atmósferas, a las cuales les doy también mucha importancia. Luego, los diálogos y, por supuesto, la trama. La trama es algo que, en muchos aspectos, aparece un poco después de los primeros capítulos. Primero vienen los personajes. Un personaje en movimiento, en una situación concreta, como ocurre en El viajero de Praga, cuando el doctor Kronz está circulando en su viejo Mercury y se dirige al sur de la ciudad donde hay una niña enferma.


Muchísimas gracias por la entrevista, señor Vásconez.
Muchas gracias.

domingo, 29 de mayo de 2011

Andrés Neuman






“La aspiración de la ficción es la verdad”


Entrevista y foto por Gianmarco Farfán Cerdán


Cada nuevo libro que el escritor argentino Andrés Neuman (Buenos Aires, 1977) publique enriquecerá la lengua en idioma español. Sea un poemario o un volumen de relatos o una novela. Al respecto, el mítico narrador chileno Roberto Bolaño había comentado en vida que “la literatura del siglo XXI les pertenecerá a Neuman y a unos pocos de sus hermanos de sangre”. Del mismo modo, el gran editor español Jorge Herralde calificó en 1999 al autor bonaerense como “niño prodigio” de la literatura. En tanto que el novelista mexicano Mario Bellatin indicó que se trata de un “maduro narrador que practica con igual maestría cuento, novela, aforismo y, sobre todo, el miniensayo”. Por su parte, el autor español Vicente Luis Mora lo describió señalando que “ha de ser una de las figuras de referencia. Dotado de la tradición argentina y española a la vez, y condenado a elaborar una obra única, una isla literaria”.

Hijo de músicos emigrados (madre de origen ítalo-español y padre de origen judío-alemán) y profesor de literatura hispanoamericana en la Universidad de Granada, el talentoso Neuman ha publicado los poemarios Métodos de la noche (1998, I Premio de Poesía Joven Antonio Carvajal), Alfileres de luz (1999, en colaboración con Ramón Repiso. Premio Federico García Lorca), El jugador de billar (2000), El tobogán (2002, XVII Premio Hiperión), La canción del antílope (2003), Mística abajo (2008) y Patio de locos (2011, con la editorial peruana Estruendomudo). Igualmente, publicó la colección de haikus Gotas negras (2003) y Sonetos del extraño (2007); así como el texto de aforismos y microensayos El equilibrista (2005). Además de haber publicado los libros de relatos Pertenecí (1997), El que espera (2000), El último minuto (2001), Alumbramiento (2006) y El fin de la lectura (2011, con Estruendomudo). Asimismo, escribió las novelas Bariloche (1999, finalista del XVII Premio Herralde), La vida en las ventanas (2002, finalista del VI Premio Primavera), Una vez Argentina (2003, finalista del XXI Premio Herralde), El viajero del siglo (2009, XII Premio Alfaguara. Traducida a diez idiomas. En 2010 recibió el Premio de la Crítica de la Asociación Española de Críticos Literarios), la traducción de Viaje de invierno del poeta alemán Wilhelm Müller (2003), y el ensayo sobre turismo contemporáneo Cómo viajar sin ver (2010).

Neuman fue seleccionado por la prestigiosa revista británica Granta entre los 22 mejores narradores jóvenes en español y forma parte de la lista Bogotá 39 -los más destacados autores nacidos en Latinoamérica-. Constantemente actualiza su blog de reflexiones Microrréplicas y es columnista en la Revista Ñ del diario argentino Clarín y en el suplemento cultural del diario español ABC. Este importante y premiado autor vino a Lima en abril como uno de los principales invitados del Festival Eñe América, donde ofreció la conferencia Los aeropuertos latinoamericanos, una especulación literaria y la lectura de cuentos El fin de la lectura.

Agudo y profundo en sus conceptos sobre la vida y la literatura, Neuman manifiesta en la siguiente entrevista una gran sensibilidad, capacidad de observación y análisis. Es un escritor del que podemos esperar solamente lo mejor en el género literario que decida adentrarse para crear con originalidad.

Muchas gracias por la oportunidad.
No, por favor.

Quería empezar la entrevista leyendo esto, que de hecho usted lo va a reconocer: “¿Y si mentir no fuera vil / ni tan siquiera grave, no tuviese / fatales consecuencias, / no fuese irremediable ni sonase a pólvora; / y si mentir / no dejara marchitos los jardines / ni congelase el manantial sagrado / que riega nuestros sueños; / y si después de todo / mentir no fuera malo…
Sino solo difícil.

sino solo difícil?” (este poema se titula El gran arte). Entonces, quedaba la pregunta: ¿todo escritor se dedica al gran arte?
Depende lo que entendamos por la categoría “mentira”. Ese poema pertenece a mi primer libro, que publiqué con veinte años. Y es difícil que uno esté de acuerdo con esos veinte años en cuanto los abandona. Más bien ahora me gustaría pensar que hay una enorme diferencia estética y moral entre la mentira y la ficción. Es verdad que ambas son distintas de la verdad literal, pero creo que la mentira es una distorsión de la verdad para beneficiar el propio interés, el propio beneficio. No decir la verdad para obtener algo a cambio. Mientras que la ficción tiene como objetivo alcanzar otro tipo de verdad, más profunda, que no sea la apegada al hecho, a la anécdota que genera la escritura sino a lo que cualquier lector de ese texto pueda asentir por verdad. Un acto imaginario que pueda decirle algún tipo -aunque sea pequeñísimo- de verdad a otras personas. Entonces, la aspiración de la ficción es la verdad.

¿Y cuál es la principal verdad que encuentra Andrés Neuman en la literatura?
Pero no se trata de formular grandes verdades generales y abstractas.

Es más una búsqueda, entonces.
Se trata de para qué me sirve en este momento el texto que estoy leyendo, con qué me vincula. Depende del contexto del lector. La maravilla, precisamente, de la ficción, es que puede salir de su propio contexto y decir algo a cualquiera que lo esté leyendo. Entonces, no se trata de encontrar un gran principio general, universal, para la escritura sino su enorme capacidad de adaptación a cada pequeño caso de cada lector. Ahora bien, si tú me dices con qué tipo de temática, de algún modo, siempre estaría relacionada la ficción, me parece que una de esas temáticas o problemáticas -vamos a decirlo mejor- es la mortalidad. Me parece que la ficción nos enseña a morir. Que es una de las escuelas más difíciles e improbables que tenemos. Vivimos en una sociedad que todo el tiempo está tratando de hacernos olvidar que somos mortales. Una sociedad obsesionada con la salud, con la…

Belleza.
Sí. Con la cirugía estética y la negación del paso del tiempo. Y, sobre todo, con la tecnificación de la enfermedad. En cuanto enfermamos somos exiliados al reino hospitalario, al reino de la medicina. Como dice (el historiador francés) Philippe Ariès en Historia de la muerte en Occidente -que es un libro muy interesante-: nuestros seres queridos ya no mueren en casa. Ya no agonizamos en nuestras casas. Agonizamos en esos lugares especializados en muerte que son los hospitales.

Como un negocio ya.
No es solamente un negocio, es algo más profundo. Es un cierto estado existencial. No queremos saber que envejecemos y vamos a morir, a pesar de que lo sepamos perfectamente. No queremos reconocerlo. Es una consecuencia de la extensión de nuestra capacidad y expectativa de vida, que nos hace coquetear con la idea de no envejecer. Cuando moríamos a los cuarenta años no podíamos negar la evidencia, porque en cuanto entrábamos en edad reproductora ya habíamos consumido la mitad de nuestra vida. Ahora abandonamos la casa muy tarde, somos padres muy tarde, y cuando nos jubilamos todavía tenemos quizá, con suerte, dos, tres décadas de vida. Y eso nos genera una ficción de que la biología es más elástica de lo que es. Entonces, en ese contexto, la ficción, con la muerte de cada pequeño personaje, con el final de cada pequeña historia, nos recuerda que todo tiene un principio y un final. Eso que los clásicos llamaban ars moriendi (el arte de morir) quizás solo podamos encontrarlo ya en el arte porque ha sido expulsado fuera del discurso familiar, del discurso público. La muerte solamente es algo que le sucede a otra persona y lo vemos en las noticias.


La muerte como estímulo para el amor

Entonces, usted disfruta a través de sus novelas de esta muerte progresiva y lenta que todos vivimos.
No te diría que disfruto, lo voy afrontando con dificultad. Nadie disfruta de la muerte. Sin embargo, en el aprendizaje de la muerte puede haber una inesperada consecuencia de placer que es el hedonismo, el vitalismo, que procede precisamente de una conciencia mucho más intensa de que vamos a morir. También, si queremos, se puede amar mejor. Porque solamente quien sabe que se va a morir tiene verdaderas ganas de amar. En ese sentido, la muerte puede ser hasta un estímulo para el amor.

¿Cuál es el principal estímulo para usted: el amor o la muerte?
Lo que, precisamente, trato de expresarte es que son inseparables. Solo amamos verdaderamente a alguien cuando nos damos cuenta de que se puede morir en cualquier momento. Y, a la vez, es insoportable la idea de la muerte sin la posibilidad de amar. Así que cuando Freud habló de Tánatos y Eros, se juntó eso. Sabía muy bien lo que estaba diciendo.


Poesía polifónica de la locura

Entrando al tema poético: usted acaba de publicar Patio de Locos con Estruendomudo. Personajes que viven en un manicomio. ¿Cómo así estructuró el poemario?
La idea fue surgiendo después de la gira del Premio Alfaguara, que me dejó una sensación de hartazgo con respecto a mí mismo y mucho deseo de huir de ese personaje público que poco a poco te va generando una promoción (literaria) sostenida durante tantos meses. De pronto uno, inevitablemente, se ve obligado a tomarse demasiado en serio. Y eso es algo muy nocivo para cualquiera. Mucho más para la literatura. Entonces, cuando volví a casa tenía ganas de eso, literalmente: volverme loco. Porque la locura es un deseo excesivo de salir de sí. En eso la locura y la mística se parecen: cuando la mente de alguien es expulsada de la situación real de alguien. Pero tampoco tenía ganas de acabar yo mismo en un manicomio ni de consumir demasiados fármacos. La idea fue escribir un libro que hiciese hablar al loco que…

Que todos llevamos dentro.
Claro. Y que tenía que haber en mí. Entonces, fui ideando distintos personajes, distintos locos, cada uno con su obsesión. Uno que escribía en un idioma que nadie sabía cuál era, otro que temía muchísimo a una catástrofe que él resumía con la palabra “escarabajo”. Otro que se había roto una pierna y consideraba que lo simétrico era ir con una muleta que también estuviera rota. Otro que trataba de comer sopa con un tenedor. Cada loco con su imposible, su grado de frustración y de insatisfacción con lo real. Metiéndolos a todos en un espacio hermético, opresivo, de demencia -como era un manicomio-, fueron surgiendo los personajes. También eran dobles de mí. Porque no solo hablaban con esa capacidad trascendente de la demencia sino que era crear personajes muy ajenos a mi realidad en este patio. En el fondo, fue una catarsis para mí. Pero desde el principio fue un poemario que no surgió solo pieza a pieza sino como un proyecto muy relacionado con esa especie de burbuja espacial que era el patio de los locos. Y eso me llevó a plantearme un estilo particular. Porque la gramática en ese libro está, también, un tanto extraviada: no hay signos de puntuación, los poemas no empiezan ni terminan -por eso no tienen punto final, tampoco tienen mayúscula inicial-. Es como la idea de que cada poema es un fragmento de discurso, un pedazo de obsesión, que está pegado en la página porque proviene de algún sitio y va hacia otro. Eso me planteó una serie de problemas lingüísticos muy interesantes, también. Tratando, además, de que se entendiera eso. Una última cosa que te iba a decir sobre esto es que dentro de la locura hay tres gremios -en el libro, digo-: los locos, sus cuidadores, pero también el narrador omnisciente que, en teoría, trata de tenerlo todo controlado, manejar a sus criaturas en la situación. La voz del narrador aparece entre paréntesis en el libro y va perdiendo la razón, también. De modo que el narrador en el libro termina siendo un loco más, absorbido por la demencia de ese patio.

¿En el fondo, podría ser una metáfora de estos tiempos, también?
Todo puede ser una metáfora de estos tiempos, porque eso no lo hace el texto sino el lector. El lector necesita metaforizar su tiempo y la poesía tiene una inmensa capacidad -como te decía antes con respecto a la ficción- de adaptarse y decir a cada cual y en cada momento. Es así como Horacio sigue diciéndonos algo. No porque Horacio imaginase ni remotamente nuestro siglo sino porque sus palabras todavía, increíblemente, tienen algo que decirnos. Igual que Catulo tiene algo que decirle a los enamorados de hoy -sin que Catulo jamás se lo imaginase ni por un instante en su casa, escribiendo para sus pares romanos-.


5

se acerca el otro loco
cojeando de mentira
y le comenta que
¿sabes cuántos aviones pasaron esta tarde?
¿por dónde? especifica
sagaz el primer loco
su camarada cojo se confunde
se rasca la cabeza los testículos
tratando de encontrar
(iba a escribir respuestas el narrador lo tacha)
tratando de encontrarle la pregunta
a la pregunta
piensa
babea
y dice
¿cuántos cielos conoces?

Del poemario Patio de locos (2011) de Andrés Neuman, página 15.


Semejanzas entre música y literatura

Me interesaba también esta traducción que había hecho de un texto de Wilhelm Müller, poeta alemán. ¿Podría contarnos un poco más de qué trata?
Sí, cómo no. Fue para mí una experiencia maravillosa traducir esos lieder (canciones) por muchas razones. La menor de ellas no fue que se trataba de una música que yo escuchaba desde la infancia -mis padres eran músicos: mi madre era violinista, mi padre oboísta-…

¿Y usted toca algún instrumento?
Yo estudié violín y lo toqué pésimamente. Estudié guitarra y fui un fracaso. Soy un músico merecidamente frustrado.

Todo llevado a la literatura.
Claro. Trato de transportar el oído hacia ese otro terreno musical que es la literatura. Lo que tienen en común la literatura y…

El ritmo.
Claro. Las herramientas de la literatura son rítmicas, musicales, al menos en parte. Y la sintaxis tiene mucho de pentagrama, y el argumento tiene mucho de melodía y de temas recurrentes. Y las estructuras de las novelas también son musicales, aunque no se note.

Y los personajes de (sus) novelas también tocan algún instrumento, están relacionados a la música, como el organillero de…
En algún caso.

…El viajero del siglo.
Pero eso era lo de menos. El viajero del siglo es un caso específico, sí, que podemos mencionar luego. Este ciclo de canciones me remitió a mi infancia y tuve la suerte y la torpeza de traducirlo. Después de ese trabajo con esas canciones de Viaje de invierno fue surgiendo la idea de El viajero del siglo. El muy primer germen de la novela fue el deseo, la fantasía de inventarles una biografía imaginaria a dos de los personajes de esas canciones: el organillero y el viajero. Por eso te digo, en este caso, el organillero tenía que ser tal porque la última de las canciones de Viaje de invierno narra el encuentro entre el protagonista de las canciones y el organillero. Entre un nómada y un sedentario. Entre alguien que no sabe a dónde iba y alguien que lo único que sabe en el mundo es que debe tocar música. Y el Viaje de invierno termina ahí. La idea es que mi novela empezase en ese punto, con ese encuentro. Eso fue derivando hacia un montón de cuestiones que nada tenían que ver con (Franz) Schubert (este gran compositor austriaco elaboró un ciclo de canciones inspiradas en poemas de Müller: La bella molinera -Die schöne Müllerin- en 1823 y Viaje de invierno -Winterrreise- en 1827).

Entonces, todos sus textos, de alguna forma u otra, están interconectados. Como una especie de continuación.
Creo que sí. Los libros de un escritor terminan generando una inesperada conversación. Pero es mejor que esa conversación se dé a espaldas del autor. Uno va descubriendo esto casi sin querer y tarde. Si uno premedita demasiado ese diálogo el rompecabezas puede resultar un poco rígido. Pero, inevitablemente, los libros de un autor dialogan como pueden dialogar nuestros amigos o nuestros familiares. Fatalmente.


La edad no es un dato literario

Usted comentó alguna vez que un escritor se dividía en dos mitades: la memoria vital de cada uno y, otra, todo lo que ha escrito, tirado, corregido.
Creo que sí.

Y que no se debería juzgar a un escritor con un reloj en la mano. ¿A usted lo han juzgado mucho, de repente, cronológicamente, porque ha sido un talento prematuro?
Ahora, inevitablemente, menos. Porque tengo el defecto incurable de seguir cumpliendo años, tengo algunas canas y, entonces, la fijación con la edad se ha sosegado un tanto. Pero, sobre todo, durante mis veinte años, mis veintipico -que fue cuando empecé a publicar-, había una cierta reiteración molesta en la edad que yo tenía, como si eso fuese un dato literario. Como si la historia de la literatura no estuviera llena de casos muy diversos respecto de la edad. Está el modelo Borges, Saramago. Es decir, el caso en que el tiempo va madurando al escritor y lo va convirtiendo en quien nosotros conocimos. Hay casos opuestos, o bien de literaturas solamente juveniles, como Rimbaud, Keats (ambos poetas. Uno francés y el otro británico) o Carson McCullers -por ir a narradores-. También de narradores que han dado lo mejor de sí mismos de jóvenes. Algunas de las obras maestras de Vargas Llosa -un autor inevitable de mencionar en estos días y en Lima-, cuando mencionamos nuestras novelas favoritas de Vargas Llosa nos asombramos al comprobar que casi todas fueron escritas entre los veinte y los treinta y pico.

¿Cuál es su novela favorita de Vargas Llosa?
La casa verde, quizás. O Conversación en La Catedral. O también está el caso de Truman Capote, que publicó una hermosísima novela, su primera novela, con veintitrés años, y a los cuarenta -edad de la supuesta madurez para mucha gente y muchos escritores- ya estaba consumido y destruido por el alcohol, casi incapaz de escribir nada mejor. Entonces, cuando vemos que la edad ha hecho cosas tan distintas con los escritores, seguir empeñándonos en que la juventud o la vejez tienen algo que ver con la ficción es subestimar lo que tú mencionabas al principio: la gran capacidad que tiene la imaginación para completar nuestra experiencia vital o, como decía Wallace Stevens -poeta y aforista que admiro muchísimo-: “En un escritor…

Usted también es un aforista.
Sí. Trato… “En un escritor la experiencia es más ancha que lo real”. Lo cual se traduce en que nuestra memoria vital se nutre de algo mucho más rico y complejo que nuestros recuerdos biográficos, que es lo escuchado, lo leído, lo imaginado, lo temido, lo soñado. Todo eso conforma la conciencia biográfica de un escritor. Por tanto, cuando se dice que un escritor necesita tener experiencia de vida para escribir un libro interesante se está subestimando la influencia que lo imaginado, lo deseado, lo temido, lo leído, lo escuchado, tienen en la pequeña experiencia vital de un joven.

Aparte de la memoria genética.
Aparte de eso, que ya nos llevaría por terrenos muy inciertos que no son mi especialidad, pero sí, también. La memoria de la especie sería como otro terreno a indagar. Otro terreno a indagar sería la memoria familiar y el inconsciente arquetípico. Y, si recurriéramos a (Carl Gustav) Jung, deberíamos estar de acuerdo en que todos tenemos miles de años desde que nacemos. Mucho más a mi favor, en todo ese mar de influencias inconscientes. ¿Qué tiene que ver la edad de un autor?


Escribir por nuestros seres queridos

Había leído que usted soñaba a menudo con su madre y que le hablaba en voz baja. ¿Sirve como motivación -también- literaria recordar a su madre?
(Varios segundos de silencio) Recordar a mi madre es un ejercicio conmovedor e inevitable que hago todos los días. Pasa que la literatura puede ser un vehículo de esa memoria y un justo homenaje, también. La novela El viajero del siglo está dedicada a ella. Mi madre murió cuando estaba escribiéndola y si seguí fue para tener un libro que dedicarle. Así que, en ese caso, fue una especie de estímulo escribir en nombre de mi madre. Escribimos en nombre de nuestros seres queridos, incluidos los imaginarios. Un personaje también es un ser querido.


La llovizna diluía la primera gran nevada que acababa de caer sobre Wandernburgo. Más que limpiar las calles, el agua flaca contribuía al barro: la tierra de las calzadas se batía, los bordes de las losas se manchaban, los huecos entre los adoquines se llenaban de café sucio. La luz de las mañanas se alzaba con dificultad, como izada por un brazo torpe. Las chimeneas oscurecían las nubes. Los abrigos engordaban las sombras que pasaban de largo.

Hans se detuvo en el centro de la plaza del Mercado. Desvió la vista una vez más hacia el rincón donde el organillero solía apostarse. Qué imperceptible, qué inmenso era el hueco que había dejado en la plaza. Hans intentó mirarla como el organillero la miraba, como él había sabido mirarla. La encontró simple y fea. Escondió las manos en los bolsillos de la levita, agachó la cabeza, siguió caminando.

De la novela El viajero del siglo de Andrés Neuman, página 507.


¿Nunca escribe en nombre de usted mismo?
Es que me parece más interesante convertirse en otra persona. Para eso sirve la ficción. Si no nuestro destino sería el de Narciso. Y sabemos que Narciso no escribió: se ahogó. Esa es la diferencia.

Quiero agradecerle su tiempo. Muchísimas gracias…
No, por favor.

…por la entrevista y esperamos que las próximas veces que vuelva sea tan bien recibido como lo ha sido en este Festival Eñe.
Muchas gracias.

martes, 22 de junio de 2010

Marcos Giralt Torrente





“La literatura es una reflexión acerca de la condición humana”

Entrevista y foto por Gianmarco Farfán Cerdán

Marcos Giralt Torrente (Madrid, 1968) ganó el prestigioso Premio Herralde en 1999 -donde uno de los jurados fue el hoy fallecido escritor de culto Roberto Bolaño, quien había ganado el Herralde el año anterior- por su celebrada primera novela París, obra que ha sido traducida al alemán, italiano, portugués, francés y griego. Giralt Torrente es un escritor que se toma la literatura muy en serio, aceptando sus pros y contras, con apasionamiento, pero sin romanticismos. Y no publica por publicar. Se toma su tiempo. Dos novelas -la segunda fue Los seres felices (2005)- y un par de libros de relatos -Entiéndame (1995) y Nada sucede solo (2000)- ya han salido de sus manos, consiguiendo muy buenas críticas. Además, lleva la literatura en la sangre: es nieto de Gonzalo Torrente Ballester, uno de los mejores escritores españoles de todo el siglo XX. Una visión muy realista de la vida, de las relaciones familiares, del mundo literario, y un sincero respeto por la literatura honesta se manifiestan en la siguiente entrevista.


Usted es filósofo de profesión (estudió en la Universidad Autónoma de Madrid): ¿cómo llegó a la literatura?No soy filósofo de profesión, estudié filosofía. Y estudié filosofía ni siquiera porque tuviera una gran vocación filosófica sino como una forma de completar mi formación humanística. Así como he leído siempre literatura e historia, filosofía no había leído -apenas- y pensé que si hacía una licenciatura en filosofía, por lo menos me obligarían a leer La crítica de la razón pura (obra de 1781, de Inmanuel Kant). Mi vocación literaria, sin embargo, sí es anterior. Yo quería estudiar filosofía queriendo ya ser escritor, aunque no había publicado nada, pero había pasado toda mi adolescencia escribiendo. Y fue después de pasar por la carrera y estudiar filosofía cuando me tomé un tiempo y escribí mi primer libro de cuentos.

Es filósofo y, también, literato.
Soy más bien literato. Y ahora, tras el aprendizaje universitario, soy, también, lector de filosofía, pero no se me ocurriría llamarme filósofo.

Usted realiza en España crítica literaria solamente sobre autores extranjeros, para evitarse problemas con sus colegas. ¿Nunca ha querido comentar algún libro español realmente, hacer una reseña, una crítica?
Sí. Alguna vez he querido, naturalmente, hacer alguna reseña de un libro hispanoamericano o español. Cuando un libro me ha gustado mucho, he echado de menos esa especie de ley autoimpuesta de no criticar libros escritos en mi propia lengua. De todas formas, las veces que he querido hacer una reseña han quedado compensadas por las muchas que he sentido alivio por no tener que hacer una reseña ante ciertos libros -incluso, de algunos amigos-. En El País (el diario más importante de España) no critico narrativa hispana, critico narrativa en otras lenguas; pero en otras revistas -no ahora, en las que he venido publicando a lo largo de los años- sí he hecho alguna crítica de narrativa hispanoamericana.

¿Qué le parece (Mario) Vargas Llosa como crítico literario?
Vargas Llosa me parece, indudablemente, un maestro novelista y, también, su visión sobre la literatura. Indudablemente, los libros de Vargas Llosa me interesan siempre, unos más y otros menos, pero no dejo de leerlos. Y, por supuesto, todos sus ensayos sobre literatura me parecen de una finura tremenda.

Ha escrito cuentos y sobre el género literario del cuento. ¿Qué le atrae de esta vertiente literaria?
He escrito cuentos y no casualmente. Mi primer libro fue de cuentos y fui durante mucho tiempo lector de cuentos. Todavía leo muchos, naturalmente, pero dada esa época de mi vida -la primera en que despertaba al gusto por la literatura-, leía fundamentalmente cuentos, y fue lógico que mi debut fuera en un libro de cuentos. ¿Qué me atrae del cuento? Por un lado, la humildad. Es decir, así como la novela es un género grandilocuente, ambicioso, que tiene la pretensión de abarcar todo un mundo y contenerlo, el cuento se conforma con ser una mera viñeta, un mero segmento de vida. La novela pretende abarcar toda la vida, el mundo en toda su complejidad, y el cuento es como mirar el mundo a través del ojo de una aguja. Sin embargo, cuando un cuento es bueno, tiene la misma profundidad en la reflexión acerca de la condición humana -que es, al fin y al cabo, sobre lo que trata la literatura- que una buena novela.

¿Qué tan importante fue para usted ganar el Premio Herralde de Novela en 1999 por París?
Para mi desarrollo personal, íntimo y literario no tuvo la mínima relevancia. Premió un poco mi vanidad -supongo durante los tres primeros días-, pero en cuanto me volví a sentar en el escritorio, volví a sentirme el mismo escritor inseguro que era antes de ganar el premio. Pero si no es por el Premio Herralde probablemente hoy tú y yo no estaríamos aquí sentados. No me habrían invitado al Perú esta vez ni tampoco la vez anterior que estuve. Ni tampoco habría ido a Venezuela, y tampoco tendría los lectores que tengo. No sería tan conocido como soy ahora. Fundamentalmente, lo que un premio te da es visión pública, relevancia, nada más.

¿Cuántas veces ya ha estado en el Perú?
Esta es la segunda. La anterior fue recién salida París, la novela del Premio Herralde que me dieron en 1999, y fue, creo recordar, en febrero del 2000.

Para presentar el libro.
Para presentar el libro. Vine a un congreso organizado por la Universidad Católica de Lima, y a un diálogo en el centro cultural español con Alonso Cueto y Sergio Pitol acerca de la memoria de la literatura.

¿Siente que Los seres felices, su novela del 2005 -la segunda- es superior, literariamente, a París?Sí, sin duda. Es superior. Estoy muy orgulloso de París. Todavía hoy en día me parece -aunque está mal que yo lo diga- una buena primera novela, pero Los seres felices es más compleja, más redonda en su complejidad.

¿Qué busca Marcos Giralt Torrente al escribir literatura intimista: que lo conozcan los lectores o verse usted mismo en un espejo?
Todos los escritores escriben literatura intimista, escriban o no en primera persona o recurriendo a tercera. Además, lo que intentan siempre es buscarse en el espejo como hombres, como seres humanos. La literatura es una reflexión acerca de la condición humana, y el escritor, la condición humana que conoce mejor de todas es la suya propia. En definitiva, siempre escribe sobre sí mismo -en un sentido muy amplio, no quiero decir literal- o sobre cosas que le han contado o que él conoce más o menos, directa o indirectamente. ¿Qué busco escribiendo literatura intimista? Escribir sobre los conflictos que me importan en la vida, sobre las zonas de fricción, que me parecen señales que nos caracterizan. No sobre mi propia vida sino la de cualquiera.

Han pasado seis años entre la publicación de su primera y segunda novela, de 1999 al 2005, lo cual es sorprendente en estos tiempos de constante presión por publicar. ¿Se tomará su tiempo, también, para publicar la tercera?
Desgraciadamente, sí, tendré que tomarme mi tiempo. Porque la distancia entre París y Los seres felices fue un poco producto de las circunstancias. París me exigió mucha promoción, mucho viaje, quedé muy descolocado y cuando me di cuenta habían pasado dos años. Y luego, sí, soy lento, exigente, no escribo con facilidad ni rapidez. Y así, fácilmente, pasaron seis años. También porque cuando uno manda la novela a una editorial no te la publican al día siguiente. Y esta vez, vengo de atravesar una época muy mala, todavía no he arrancado a escribir porque mi padre murió recientemente tras una rara enfermedad y supongo que pasará tiempo. Espero que no seis años.

Los libros de cuentos no suelen venderse en España. ¿Qué tal le fue con sus dos libros de cuentos publicados: Entiéndame, en 1995, y Nada sucede solo, en 2000?
Sí, desgraciadamente, no se venden nada los libros de cuentos en España, y porque no se venden nada los editores tampoco los quieren. Y lo que es más desgraciado -aunque quizá lo más inexplicable de todo- es que ni siquiera la crítica, ni siquiera esa que se supone o se tiene a sí misma por más exigente, considera excesivamente el género cuento. Inexplicable, porque el cuento es un género tan importante o dúctil como la novela, para los fines que persigue. ¿Cómo me fue? Bastante bien, desde el momento en que me ocurrió algo insólito: siendo mi primer libro un libro de cuentos, fue aceptado y publicado por mi editorial Anagrama, lo cual ya es bastante -teniendo en cuenta todo lo que te he dicho, que los editores no suelen querer cuentos-.

¿Usted se considera de los escritores que se fijan más en el lenguaje o en la historia que plantean?
Me fijo en ambas. Para mí, están interconectadas. Cada historia tiene un lenguaje en el que será escrita y uno tiene que ser fiel a ese lenguaje. Hay historias que, supongo, te permiten un lenguaje con más florituras, más sofisticado; (hay) historias, por el contrario, que exigen un lenguaje menos sofisticado. En cualquier caso, son importantes ambas, para mí. Siempre tiene que haber un trabajo en la medida de la historia del lenguaje. Una novela pobremente escrita, por muy apasionante que sea la historia, me deja bastante insatisfecho. Y, al contrario, una novela en que el lenguaje sea maravilloso, pero la historia haga agua por todas partes, tampoco tiene mucho sentido.

Su abuelo Gonzalo Torrente Ballester tenía una frase: “Cuando hay dinero de por medio es muy difícil la libertad”. En el ámbito literario contemporáneo, ¿hay libertad creativa para los escritores que están sometidos a la presión de vender un número determinado de ejemplares en un determinado tiempo?
Libertad siempre hay, para todo el mundo. A condición de que esté dispuesto a encontrarla. Quiero decir, en España, durante mucho tiempo, en el franquismo -donde, como tú sabes, había censura; donde, como tú sabes, los libros antes de ser publicados tenían que pasar una censura- había ciertos escritores que no escribían porque decían que, como había censura, ya no escribían y estaban esperando que cayese la censura. O que tenían grandes novelas metidas en los cajones, que no publicaban por culpa de la censura. Acabó el franquismo, dejó de haber censura y esas novelas escondidas en los cajones no aparecieron. Y, sin embargo, se escribieron grandes novelas durante el franquismo por parte de escritores que fueron lo suficientemente talentosos como para sortear la censura. Lo mismo se puede aplicar al dinero: si es un condicionante y tú sabes que, felizmente, todavía hay editores literarios para los que la comercialidad o las muchas ventas no son la prioridad, habiendo este tipo de editores, pues la libertad está en ti, en saber renunciar a una serie de cosas. El que ha optado por una vocación tan dura como la literatura, no puede esperar que el dinero le llueva del cielo por escribir una novela. Ciertamente que es ingrato que, tras cuatro años de trabajo, te rechacen la novela o ni te la publiquen. Y que el escritor de al lado -que lo es mucho menos (que uno)- venda cien mil ejemplares más que tú, pero ese es el pacto. En una profesión tan dura como esta, no puedes desesperarte. Tienes que ser fiel a ti mismo y a la actividad de la literatura. Y si vende, muy bien, y si no, pues te jodiste, ja, ja, ja, ja…

Ja, ja… Javier Marías, con quien usted ha manifestado identificarse, dice que para él escribir una novela, aparte de muchas otras cosas, es, también, un largo estado de ánimo. ¿Le ocurre a usted algo similar?
Sí, completamente. El libro de cuentos te permite entrar y salir constantemente en la misma historia. Es decir, siguiendo con la metáfora de Javier Marías -"la novela es un estado de ánimo"-, el cuento son tantos estados de ánimo como cuentos tenga el libro -lo cual es más descansado, en cierto modo-. Las novelas que he escrito -si de alguna manera tuviera que definir mi estado-: he vivido dentro de ellas, dentro de la historia, para poder escribirlas. Es decir, toda mi vida giraba alrededor de eso. Independientemente de que estuviera escribiendo o no a cada momento del día. Desde la mañana era un acercarme e ir vistiéndome de esa novela. Lo cual puede ser doloroso -según como sea la novela- y, en cualquier caso, es muy desgastante.

¿Por qué ha habido un superávit de escritores de la generación del 90 -a la que usted pertenece- en España?
No lo sé, no tengo idea. Los escritores que salimos en los noventa, que habíamos nacido entre mediados de los sesenta y principios de los setenta, si uno se pone a contar, somos muchos. Ha habido antologías como Páginas amarillas de (la editorial) Lengua de Trapo, que nos reunió. Los escritores que han nacido después, entre mediados de los setenta y los ochenta, son muchos menos, se me ocurren muchísimos menos nombres. Y, realmente, no sé si es porque hay menos o porque los editores han perdido la curiosidad y los publican menos. Si es lo segundo, sería lamentable. Si es lo primero, las causas pueden ser muchas. Se me ocurre a lo mejor que, poco a poco, la literatura escrita va perdiendo su preeminencia como medio de expresión apetecido por jóvenes artistas y narradores -que se orientan a otros géneros más nuevos, como el cine o el videoarte-.

Hoy se escribe mucha literatura de entretenimiento -cambiando un poco de tema-. Sergio Pitol, uno de sus autores preferidos, autor de El mago de Viena (2005) y El arte de la fuga (1996), entre otros, decía que el problema de los autores que fabrican literatura de entretenimiento, es que se creen la publicidad y luego exigen ser tratados como eminencias. ¿Ha visto usted casos así, cercanos, dentro de su generación?
Como siempre, Sergio Pitol es la persona más sagaz que conozco, da en el clavo. A mí lo que me asombra de ciertos autores que ganan muchísimo dinero, que venden muchísimos libros a base de hacer una literatura de entretenimiento -que encuentro absolutamente respetable. Prefiero que la gente lea libros malos a que no lean. Y los libros de entretenimiento ni siquiera tienen por qué ser malos, puede haber buenos libros de entretenimiento-, lo que me sorprende de esos autores que rebajan sus exigencias creativas y hacen un tipo de libro de índole menor, es que, de repente, se convierten en celosos compulsivos de la reseñita que ha tenido el que ha vendido diez mil, y que a ellos que venden 300 mil el crítico no los celebra y aplaude en la misma medida que al que ha vendido diez mil. Cuando más generoso hay que ser es cuando te sonríe la fortuna. Al que vende 300 mil le sonríe la fortuna porque el dinero es fortuna, en el sentido de que lo que más necesita un escritor es tiempo para escribir, y el dinero paga el tiempo para escribir. Entonces, cuando tienes la suerte de vender muchísimo, que te preocupes de que al de al lado le han alabado más que a ti, cuando el de al lado a lo mejor tiene que escribir por las noches sentado en el retrete como (Vladimir) Nabokov, es lamentable. No me hagas decir nombres, pero se me ocurren bastantes, ja…

¿Es escaso el número de escritores que conjugan talento y ventas, como Arturo Pérez-Reverte, en España?
Últimamente, cada vez es más escaso. Sorprende cómo ha evolucionado el mercado en estos últimos años. Desde que yo aparecí como escritor hasta hoy día, ha sido poco tiempo el que ha transcurrido -doce años, más o menos-, y, sin embargo, ha cambiado radicalmente. Antes, por lo menos en España -no sé aquí, en Perú-, en las listas de libros más vendidos, generalmente, había dos o tres buenas novelas. Hoy en día coges la lista de libros más vendidos y es muy difícil encontrar una buena novela, a no ser que, de pronto, por pura inercia Vargas Llosa publique un libro, o Javier Marías. Pero más allá de esos grandes nombres que, por lo conocidos que son, inmediatamente son vendidos, es muy difícil que una buena novela traspase el umbral de las ventas reales. Eso es lo más sorprendente. Antes sí era posible conjugar las ventas con la calidad. Hoy en día, cada vez menos, desgraciadamente.


Mi abuelo Gonzalo

¿Cómo fue su relación con Gonzalo Torrente Ballester, qué le dejó de enseñanzas, tanto literaria como personalmente? Alguien que ha ganado el Premio Cervantes, que ha recibido tantos doctorados honoris causa y premios. ¿Cómo lo ha marcado a usted?
Aunque te extrañe -pero si te pones a pensar es lo más normal-, cuando yo pienso en Gonzalo Torrente Ballester no pienso en Torrente Ballester escritor, pienso en Torrente Ballester abuelo. Entonces, para mí, Gonzalo Torrente Ballester es mi abuelo. Luego, si me pongo a pensar, al cabo de un rato me doy cuenta de que, casualmente, también era escritor. Entonces, las enseñanzas fundamentales que me ha dado mi abuelo son de índole humana. Aunque, también, como en todas las familias, por mucho que quieras a tus padres, tus abuelos, por mucho que te quieran ellos a ti, y por muchas enseñanzas que recibas de tus mayores, hay terrenos de fricción. La cercanía con otro ser humano te hace darte cuenta de que ninguno es perfecto. Mi abuelo no era perfecto, como no lo soy yo y como no lo es nadie. Eso lo puedo ver, soy consciente de ello, porque es mi abuelo. Pero no cabe duda que aprendí mucho de él, aprendí mucho literariamente, me guió mucho en mis primeras lecturas. No tenemos nada que ver literariamente, pero su preferido después de El Quijote era el Tristram Shandy de Laurence Sterne, que, también, es el mío. Y siempre estaba un poco pendiente -sobre todo desde que supo que yo escribía- de hablarme de libros, de ilustrarme para evitar que cometiera ciertos errores. En la medida de sus posibilidades -porque ya era viejito-, estuvo muy pendiente de mi aprendizaje literario con una gran generosidad. Y humanamente aprendí sobre todo el humor, el relativismo acerca de los asuntos mundanos y el tratar de tomar las cosas con escepticismo, porque en el mundo estamos brevemente y no conviene amargarse en exceso por las cosas que suceden en él. Porque si no, cuanta más amargura, peor lo pasas.

Su abuelo fue uno de los mejores escritores españoles del siglo XX: ¿espera usted ser uno de los mejores escritores españoles del siglo XXI? ¿Le gustaría?
No aspiro a tanto y no me corresponde a mí decirlo. De todas formas, mi abuelo era una persona mucho más prolífica, con una concepción de la novela un poco decimonónica, en el sentido de abarcante de todo, muy total. Tenía una gran obra que no creo que yo llegue, numéricamente, a igualarla ni muchísimo menos. Yo me conformo con escribir un par de buenas novelas, siempre y cuando sean buenas de verdad.

Muchas gracias por la entrevista.
Gracias a ti.




Nota: esta entrevista fue publicada en marzo de 2008 en la revista digital Sociedad Latina.

lunes, 14 de junio de 2010

Anna Lavatelli



“Lo que tenemos más precioso, más importante en el mundo, son los chicos”


Entrevista y foto por Gianmarco Farfán Cerdán


Nacida en 1953 en el pueblo de Cameri, en la región de Piamonte -donde nacieron grandes escritores italianos como Cesare Pavese o Primo Levi-, Anna Lavatelli es una autora reconocida de la literatura italiana infantil contemporánea. Estudió Filosofía en Milán, fue profesora de letras en escuelas, colabora con revistas especializadas para niños y jóvenes, y anima encuentros y representaciones teatrales en escuelas y bibliotecas. Ha ganado el prestigioso Premio Andersen (el Nobel de la literatura infantil) para inéditos en 1988, y el Premio Andersen como mejor autora en el 2005, así como también el Premio Pier Paolo Vergerio en 1998, el Premio Valtenesi en 2003 y el Premio Omodei Zorini el 2006. Algunas de sus obras son Paola no está loca (1994), Todos para una (1997), ¿Quién incendió la biblioteca? (2004), Bimbambel (2004), Quieroguerra y Buscopaz (2007). Casada con un peruano, madre de dos hijas y gran admiradora de Mario Vargas Llosa, esta estupenda escritora –a quien le encanta leerle sus historias a los niños y a quien también le hubiera gustado ser actriz- nos explica en la siguiente entrevista cómo es el mundo de la literatura infantil contemporánea y cómo lograr que los niños y jóvenes se acerquen adecuadamente al hermoso e infinito mundo de la lectura y se enamoren de los libros para siempre.

Érase una vez, en la siempre bella Italia, una famosa escritora para niños que amaba leerles maravillosas historias a los pequeños. Un día, ella se fue a Lima, la enorme capital del Perú, para…

Señora Lavatelli: ¿cómo fueron sus inicios en el mundo de la literatura infantil?
Me inicié con una cosa muy pequeña, un cuento que mandé a un concurso. En el concurso gané el primer premio. El premio no era dinero, no era un viaje a las Antillas, je, je, je, más bien era la publicación de un libro, y por ahí empecé.

¿En qué año fue?
Eso fue en 1986. Era una cosa muy pequeña, pero al final me fue muy útil porque ya después cuando llegó a Italia (la editorial) El barco de vapor, se juntó con una editorial italiana que se llamaba -y se llama todavía- Piemme, y fundaron El barco de vapor italiano -que se llama Battelo a vapore-, yo pude con mi primer librito en el bolsillo, mostrárselos, y mandé mi primera novela que es Paola no está loca, y de ahí empecé. Así que eso de promover a los jóvenes autores es muy importante porque a veces los editores no tienen interés en publicar un autor que todavía no sea distinguido en algo, ese es el problema de fondo.

¿Qué busca enseñarles a los niños a través de sus obras literarias?
Lo que me gustaría enseñarles -creo que la literatura juvenil en principio no tiene que enseñar nada, quiero decir nada de enseñanza escolar, y tampoco de moralejas-, una cosa que se les puede enseñar es la belleza de la literatura. Todos los autores contemporáneos -he conocido personas muy interesantes como (María) Cristina Ramos (autora argentina), a Jorge Eslava, Marita Troiano, autores (peruanos) que acá se conocen bien. Por mi cuenta he leído cuentos de (Hernán) Garrido Leca y Oscar Colchado-, todos estamos andando en la misma dirección, la de hacer que los niños se entretengan con cuentos, y lo que les queremos enseñar es eso: la maravilla de la literatura, y punto. Nada más que ello.

Y usted como escritora, ¿cuáles son sus lecturas preferidas, de qué se nutre para escribir?
Un escritor se abastece todos los días con lecturas ajenas. De ahí se empieza. No existe en el mundo un escritor que no sea también un lector. Inclusive más se lee de lo que se escribe. El punto más importante que subrayar es que un autor que escribe para niños no solamente lee libros para niños. Claro, tiene que leer libros para niños porque es importante estar al día con lo que pasa en el mundo -por ejemplo, no solamente autores italianos en mi caso, sino autores de todo el mundo. Y cuando uno tiene la oportunidad de hablar otros idiomas, mejor en su idioma original-.

¿Su preferido, algún autor?
Tengo un par de autores que son mis preferidos y han sido importantes en mi formación como escritora. Un escritor italiano que se llama Gianni Rodari (Piamonte, 1920-Roma, 1980), que ha cambiado para siempre la literatura italiana en el sentido de que no quería enseñarles la moral a los niños, sino hacerles aprender el amor a las palabras, contar historias que tuvieran como protagonistas a niños que resolvían sus problemas a solas. Es decir, no entraba nunca un adulto a corregirles, en el desarrollo mismo de la historia era el niño el que encontraba la salida o entendía dónde había fallado. Eso es lo que hizo Rodari. Además de despertar la fantasía e introducir la ironía en los cuentos para niños. Otro, es el escritor más malvado del mundo (sonríe) -que amo muchísimo-: Roald Dahl (Gales, 1916-Oxford, 1990). Ha sido un genio, porque él no ha tenido miedo a mostrar lo malo que son los adultos. Es un autor inglés que murió años atrás, un autor contemporáneo. Escribió para adultos algunas cosas muy bellas, y también para niños. Pero lo mejor que ha hecho es para niños. Recién salió una película que no sé si han pasado acá en el Perú, que es (Charlie y) La fábrica de chocolates.

Claro.
Es de él.

Hay quienes consideran que la literatura infantil no es tan importante como la que se escribe para adultos. ¿Qué opina usted sobre esto?
En absoluto, no estoy de acuerdo. El autor para niños, aparte de leer otros autores para niños, también lee literatura. Es una mentira o una falta de conocimiento de lo que es la literatura infantil y juvenil ahora en el mundo eso de pensar que sea algo que valga poco. Al contrario, por lo menos en mi caso creo inclusive que vale más, no solamente por el hecho que escribir para niños, muchachos, es un reto muy importante -porque lo que tenemos más precioso, más importante en el mundo son los chicos-: es su formación humana. Entonces, los que se dedican a esto a través de la belleza de las palabras, hacen un trabajo muy importante. Y diría que como hay mala literatura para adultos y hay buenísima, se da igual con los niños. En el mundo de los niños hay mala literatura, bastante basura, igual que en la literatura para adultos, pero tenemos muy buenos autores. En ese sentido, estamos en par.

¿Qué opina de J. K. Rowling?, ¿cree que debió hacer tantas versiones de Harry Potter?
Tal vez no. No me gustan mucho los seriales, tengo que ser sincera. Los libros seriales, al final un poco me aburren, porque llega un momento en que el cliché se repite un poco. No es que no me guste Harry Potter, lo encuentro inclusive una buena idea literaria, una novela que ha hecho una recuperación de los elementos más importantes que tenía la literatura juvenil a partir -por ejemplo- de la figura del huérfano, que es tan importante en toda la literatura de 1800, sobre todo en Inglaterra. Y la magia. Y el hecho de un niño que solo contra todos, sin tener padres, se enfrenta en esa lucha tan importante que es la del bien contra el mal. Esos son temas tópicos de la literatura en general y más aún de la literatura juvenil: eso ha sido lo bueno. Lo malo, en mi opinión, es alargar tanto. Un buen cuento, una buena novela, sólo necesita ser contada una vez.

¿Qué tan importante fue el escritor para niños Gianni Rodari, quien publicó sus dos primeros libros infantiles en 1950 -El libro de las retahílas- y en 1951 -Las aventuras de Cipollino-?
Realmente ha cambiado la forma de entender la literatura juvenil –en Italia, por lo menos-, inclusive creo también en el mundo, porque él ha sido y es uno de los autores italianos más traducidos en el extranjero. Fui a ver una exposición sobre libros de Gianni Rodari editados en el extranjero, en una exhibición en Italia: de Rusia, China, Japón, Estados Unidos, de todas partes del mundo. La cosa más importante es que ha dado a la literatura el primer empuje de cambio radical después de (Carlo) Collodi. Estoy segura que después de Collodi no hemos tenido un autor capaz de darle una nueva dirección a la literatura juvenil. Por ejemplo, ocupándose de temas que ahora están muy de moda y un poco explotados por la literatura juvenil –eso no es bueno-, como la paz, la amistad, la injusticia social, él contaba todo eso a través del humor, de cuentos que hacían reír los niños, que mostraban el absurdo de algunas cosas a través de cuentos divertidos y sin ponerle al final: “entonces hemos aprendido que…”. El niño solo empezaba a reflexionar sobre esos temas a través del esparcimiento, es lo bueno que tenía en su tiempo Collodi. Había entendido eso…

¿El autor de Pinocho, verdad?
Sí, el autor de Pinocho. Cuanto más el tema es delicado, fuerte, tanto mejor el humorismo logra proponer con fuerza el tema. Porque el humor es lo contrario de la moraleja.

¿Se considera usted una sucesora de Gianni Rodari?
Sí, me considero una sucesora de Gianni Rodari, aunque nunca se puede repetir el mismo camino. Pero sería imposible hoy día empezar a escribir libros para niños sin tener en cuenta la lección de Rodari y la de Roald Dahl. Lo que ha pasado con la literatura juvenil después de esos importantes autores –aunque tenemos varios que han marcado etapas importantes, por ejemplo Christine Nostlinger, austríaca, y Anne Fine, inglesa (autora de la novela Mrs. Doubtfire, llevada al cine y protagonizada por Robin Williams)-, los dos, Roald Dahl y Rodari han hecho llegar la literatura juvenil a la madurez. En ese sentido ya no se puede decir que es algo menos importante.

Usted recibió el premio Hans Christian Andersen, que es el Nobel de la literatura infantil, el mismo que Rodari obtuvo en 1970. ¿Qué significa este premio para usted, y que ha recibido su maestro?
Es un premio que de un lado te hace comprender que has llegado a un punto, algo has hecho en tu vida (sonríe) de lo que querías hacer. De otro lado, es una responsabilidad tremenda, porque de ahí para adelante, cuando me pongo a escribir, tengo un sentido de responsabilidad más. No es que me parezca que todos me están mirando, escuchando o leyendo mis libros, pero tengo mayor responsabilidad, tengo que seguir mereciendo este premio. Eso es. Va a ser una cosa de la que tengo también que hacerme cargo en el futuro.

Ya que en su libro ¿Quién incendió la biblioteca? ha trabajado con el reconocido ilustrador Cecco Mariniello: ¿qué tan importantes son las ilustraciones en los libros para niños?
Son muy importantes. La mayor importancia de las ilustraciones en los libros para niños se ve en los libros para niños pequeños. Ahí, me atrevería a decir que las ilustraciones -hablamos de libros para niños que tengan tres, cuatro, cinco, seis, siete años- tienen más importancia que las palabras. Las palabras tienen que ser pocas, muy bien escogidas pero pocas, y las ilustraciones tienen que prevalecer. En cambio, ya cuando los niños son más grandes, la palabra se vuelve más importante. La contribución de la ilustración está, antes que todo, en ofrecer buena calidad, porque las ilustraciones en libros para niños tienen que ser no bonitas, sino maravillosas. De muy buena calidad, hechas por ilustradores que son también artistas. Eso primero. Y eso siempre, inclusive cuando el libro está dirigido a jóvenes. Segundo, tiene que intentar -por eso se necesitan artistas- no narrar lo que se encuentra al interior de la novela, la narración, sino tratar de ampliar lo que está contando la novela. Mostrar lo que el escritor no ha puesto dentro de sus palabras, el entorno, puede ser más amplio a veces. La ilustración va a ser como una narración que sigue el cuento, pero sin repetirlo. En eso se puede apreciar el artista más capaz. Y no es fácil.

Ahora que ha venido al Perú, ¿cómo ha visto la realidad de la literatura infantil peruana?
Tengo una idea más clara. Ha sido muy útil para mí el viaje. Aparte de estar feliz con la invitación por supuesto, ha sido una ocasión para conocer a los autores. En particular, vine con la idea de conocer mejor a los autores peruanos. Porque algo -por ejemplo- de los escritores argentinos se conoce en Italia porque se han traducido bastante, e inclusive se encuentran en editoriales españolas. Viajo de vez en cuando a España y puedo conseguir libros de autores argentinos. Me faltaban los peruanos. Y, hablando de lo que he conocido y leído, Jorge Eslava, Marita Troiano, Garrido Leca y Oscar Colchado me parece que están muy bien dentro de este mundo de la literatura juvenil contemporánea. Es decir, están concientes antes que todo -que es la cosa más importante- de escribir para niños. Están concientes que lo más importante es escribir cuentos bellos, una narración que sea atrapante, y nada, nada de moralejas.

En Argentina había una revista de literatura infantil llamada Cuatrogatos. ¿En Italia también existen revistas para niños?
Antes que todo la conozco. Cuatrogatos, la conozco porque hay varias revistas italianas que se ocupan de literatura infantil y juvenil, entre las cuales una de las más importantes se llama Andersen -¿el nombre justo, no?, para una revista que se ocupa de literatura para niños-, una revista mensual. Cada mes se ocupan de presentar revistas de todo el mundo, y una vez había un informe, una editorial sobre Cuatrogatos, así que fui a visitar el sitio web y descubrí un mundo muy interesante. Como servicio web, portales, Argentina tiene muchísimo. Inclusive muchas de las informaciones que he tenido sobre literatura peruana, antes de llegar, la tuve a través de portales argentinos. Y en Italia, por supuesto tenemos varias, hay una que se llama Pepe Verde –que sería Pimienta Verde-, hay otra que es Andersen, otra que se llama Ensayos de literatura juvenil. Ahora hay otras más pequeñas, pero lo mejor que tenemos en datos sobre literatura infantil y juvenil en Italia se llama Liber, que es un sitio curado (sic) por el Estado donde se puede -tiene también una revista en papel- consultar, no hay que pagar nada, está libre, y se encuentran todos los datos relativos al mercado editorial italiano, también todos los informes relativos a festivales, encuentros en bibliotecas y los eventos más importantes.

En Europa existen ferias internacionales de libros para niños, como la de Bologna (Italia). ¿El mercado literario infantil es tan grande en Europa, es tan grande la demanda?
Sí, es muy grande. Tal vez Italia sigue siendo hasta hoy un mercado menos vital que el resto de Europa, aparte de Portugal y Grecia, porque -por ejemplo- hace tiempo que España nos ha adelantado. Pero claro, si hacemos la confrontación con el Perú estamos más adelante, pero no logramos todavía salir de un porcentaje de lectores. Hay un mercado bien asentado, eso sí hay, y buenas inversiones: la prueba es que en los últimos siete, diez años han salido nuevas editoriales. Todos sabemos que nunca se va a formar una nueva editorial si no hay ganancia. Eso es una buena señal. En el resto de Europa las cosas van inclusive mejor, el mercado es muy rico, movido, interesante, y sobre todo tiene ingresos muy importantes.

Revisando títulos de libros para niños, he podido percatarme que el tema de las bibliotecas es muy utilizado por los autores de literatura infantil. María Fernanda Buhigas con Huelga en la biblioteca (1988), Ambrosio Borsani con Duelo en la biblioteca, Josteine Gaarder con La biblioteca mágica de Bibbi Bokken (2001), y usted, Anna Lavatelli con ¿Quién incendió la biblioteca?. Estos cuatro son sólo algunos ejemplos. ¿Por qué este énfasis con el tema “biblioteca” hacia los niños?
Porque la idea de fondo es hacerles descubrir lo mágico que es una biblioteca, y un cuento es la mejor forma para decirles que es un mundo realmente mágico, lleno de historias bellísimas. La misma biblioteca puede ser un edificio algo mágico en sí. Es el amor a los libros que hace que muchos escritores escriban cuentos sobre bibliotecarios y bibliotecas. Puede parecer al principio un tema que se agota muy rápido ¿no?, uno podría decir “voy a contar sobre una biblioteca”, y muy rápido se agotan los argumentos, las ideas: no, no es así. Fíjate que en Italia teníamos una colección -donde he publicado el libro ¿Quién incendió la biblioteca?- que solamente publicaba libros en torno a temas de bibliotecas, así que la obligación del escritor era escribir algo que tuviese al centro de su narración la biblioteca, y salieron un montón. La colección tuvo un gran éxito. Así que a veces lo que pasa es esto: hay bibliotecas que tratan de lanzar el fomento de la lectura, el amor al libro, y piensan que una buena herramienta puede ser un libro que presente el tema de la biblioteca en narrativa, en forma divertida, alegre, como un cuento cualquiera. Porque de ahí ellos pueden empezar el camino hacia el amor a los libros, es decir, preparar programas al interior de la biblioteca para que (los niños) aprendan a conocer tras los libros los varios argumentos que hay, y de ahí regresen a la biblioteca, que es lo que se quiere.

¿Alguno de los libros de Anna Lavatelli ya es material de lectura obligatoria en los colegios de Italia?
Suerte que no, ja, ja, ja, ja…

Ja, ja…
Suerte que no. Porque una de las cosas que yo siempre he rogado que no sucediera es justamente eso, que alguno de mis cuentos se volviera algo obligatorio. Y peor todavía que tuviese al final unas preguntitas de tarea.

“¿Qué comprendiste del cuento?”.
“¿Qué cosa quería enseñarte el autor?”, ay no, por favor, eso no. Lo que pasa es que en los colegios donde hay una biblioteca mis libros entran, pero a veces hago charlas con los profesores, las maestras, en las bibliotecas, en los mismos colegios y les digo: “no es posible pensar que en el fomento de la lectura solamente un libro pueda encontrar el favor de todos los chicos. Eso es imposible. Entonces, libro único, nunca”. Si tengo que enseñarles castellano, italiano, lo que sea, sí, un libro único necesito porque con éste voy a explicarle la gramática y todo lo que se necesita para hablar bien un idioma. Eso sí es imprescindible. Pero, si mi tarea, mi objetivo es el fomento de la lectura, entonces tenemos que operar de otra forma. Hay que hacer una pequeña biblioteca dentro del colegio o el aula donde los chicos están, presentar los libros de diferentes autores, o mis libros con diferentes títulos, para que cada uno de los niños pueda escoger el suyo. Es lo que hacemos nosotros que somos lectores. Un lector adulto formado, que ama la lectura ¿qué hace?: se forma su propia biblioteca. Entonces, es un tema eso, es muy importante lo que me preguntas. Y veo que las personas que están trabajando en ese tema lo han entendido muy bien. Quiero repetir la idea -y subrayar- que tenemos que separar las dos cosas: una es la enseñanza de un idioma, otra es encender el amor. Y el amor no se enciende con un libro único, no se enciende obligando a leer solamente una novela, y peor todavía obligando a hacer tareas. Tiene que ser una cosa libre. Tiene que empezar por el adulto que le lea algo en voz alta. El adulto, los padres de familia, maestros, profesores, tienen que mostrarse enamorados de la lectura, porque es así que funciona. De lo contrario, solamente le hacemos leer a fuerzas un cuento, le obligamos a dar respuestas, y al final, cuando el niño sale del colegio, ya no quiere leer porque el recuerdo de la lectura es solamente de tareas, trabajo.

De evaluación.
De evaluación. Tenemos que hacer lo contrario, dejarle buenos recuerdos de lectura.

¿Con qué obra de literatura infantil deberían empezar los padres a atraer a los niños al mundo de la lectura?
Es una pregunta difícil porque antes que todo habría que formar a los padres para que vayan a las bibliotecas, lleven a sus hijos a las bibliotecas, librerías, y no cometan el error más grave que se hace normalmente, que es leer a sus niños los libros que ellos soñaban cuando eran chicos, porque el mundo va cambiando. También la forma de narrar va cambiando y el libro que yo leía cuando tenía ocho, nueve años, ahora es un libro que puede ser interesante para jóvenes de doce, trece años, porque -por ejemplo, (el Nobel de Literatura de 1907, Rudyard) Kipling o (el escocés Robert Louis) Stevenson- son libros que nosotros leíamos de chicos, pero ahora lo leen los jóvenes porque la narración es con palabras antiguas, y antes hay que hacer etapas para llegar a esos libros. Entonces, lo bueno sería que los padres, profesores, se enteraran de lo que ofrece la literatura infantil de hoy, que lean y escojan, pero antes que lean lo que hay.

¿Cuál de las obras de Anna Lavatelli ha tenido mayor éxito entre los niños?
La obra que hasta ahora se ha vendido más y ha tenido inclusive éxito en el sentido de que ha sido muy apreciada por la crítica, se titula Todos para una, y la otra que está siguiendo el mismo éxito -salió hace muy poco, así que no ha tenido un éxito hasta ahora tan grande en términos de venta pero ya lo ha tenido en términos de crítica- se llama Bimbambel. Es un cuento para niños en que se habla de lo importante que es que un padre, una madre, se siente junto a su hijo y le cuente una historia. Es un cuento para niños pequeños, en el que un papá –he pensado en un padre, porque normalmente son las mamás. Hay que cambiar esa idea de que solamente mamá puede, también papá puede- le cuenta cuentos maravillosos a su hijo, y son las aventuras de su trabajo. Es un papá que viaja mucho alrededor del mundo, regresa a su casa y le cuenta lo que hace, pero no le cuenta lo real, le cuenta lo fantástico, y transforma su vida profesional en la de un héroe maravilloso que hace cosas increíbles, porque así pensamos que son nuestros padres: héroes, personas especiales.

¿Niños de qué edades son sus principales lectores?
Son muchachos de los ocho a los once. Por esa parte de los jóvenes escribí la mayoría de mis libros.

¿Por cuál de sus libros guarda un mayor afecto?
Todos los libros son como hijos, muy difícil escoger. A veces los niños me hacen la misma pregunta y les digo: es como si yo tuviera diez hijos y me preguntaran cuál es el que a mí más... Todos por supuesto. Pero hay uno que me parece ha sido más importante, se llama Cara de cerdo, es sobre el tema de lo que es la literatura juvenil: un niño hace una travesura y por su cuenta aprende que ha hecho una cosa mala, pero trata de solucionarla solo, sin ayuda de los adultos y con el concurso de la magia. Mejor dicho, él cree que es el concurso de la magia. En realidad, es el puro desarrollo de las cosas. Solamente que el niño confunde lo que le pasa por suerte con algo mágico. Y eso me salió muy bien (sonríe).

Qué bueno. Muchas gracias por la entrevista. Esperamos que venga en años venideros para que siga impartiendo lo que conoce, toda la trayectoria que tiene en el mundo de la literatura infantil, con los autores peruanos.
Claro. Mi esperanza ahora, la más grande que tengo es lograr algún libro mío traducido al castellano. Ese es mi reto. Espero que pase, porque con eso podría encontrar niños y leerle mis historias.

Muchas gracias.
A usted.
Nota: esta entrevista fue publicada en marzo de 2008 en la revista digital Sociedad Latina. Además, fue traducida al italiano y publicada en la página web de la escritora Anna Lavatelli, en la sección "Interviste, testi, conferenze...", bajo el título "Intervista in ocassione della Fiera del libro di Lima (2007)".