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lunes, 24 de octubre de 2011

Margo Glantz




“Mientras no se me acabe la vida, seguiré trabajando”


Entrevista y foto por Gianmarco Farfán Cerdán


La gran escritora, ensayista, crítica literaria y académica mexicana Margo Glantz Shapiro (Ciudad de México, 1930) vino a Lima como invitada del Festival Eñe América, realizado en abril. Dueña de una magnífica trayectoria literaria y ensayística, entre sus numerosas obras tenemos: Las mil y una calorías (1978), Las genealogías (1981, Premio Magda Donato 1982), Síndrome de naufragios (1984, Premio Xavier Villaurrutia 1984), El rastro (2002, Premio Sor Juana Inés de la Cruz 2003 y finalista del XX Premio Herralde de Novela) y Saña (2006). Asimismo, ha obtenido las becas Rockefeller (1996) y Guggenheim (1998), el Premio Nacional de Ciencias y Artes en Lingüística y Literatura 2004, la Medalla de Oro de Bellas Artes 2010, y el Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances 2010 (antes llamado Juan Rulfo). Además, recibió doctorados Honoris Causa de la Universidad Nacional Autónoma de México -donde enseña desde 1958- en 2011, la Universidad Autónoma de Nuevo León en 2010 y la Universidad Autónoma Metropolitana en 2005. Desde 1995 es miembro de la Academia Mexicana de la Lengua, fue distinguida como Investigadora Emérita del Sistema Nacional de Investigadores en 2004, y ha sido profesora visitante en las universidades de Yale, Harvard, Princeton, Berlín, entre otras. Actualmente, es columnista del diario La Jornada. A la edad de Glantz, muchas personas solamente quieren sentarse en su sillón preferido de la casa a escuchar música de su juventud, sin que nadie los moleste durante el día. Pero ella no. Su admirable vitalidad y encomiable lucidez la impulsan a seguir escribiendo y publicando.

Es un gusto para mí poder entrevistarla. Quería empezar haciendo un resumen: ochenta años de edad, más de cuarenta obras publicadas. ¿Siente que ya ha publicado todo lo que quería, que ya ha escrito todo lo que deseaba?
No, todavía no. Todavía me falta, espero. Si me da tiempo, todavía tengo bastantes cosas que hacer.

Usted, sobre todo, empezó escribiendo ensayos.
Sí.

El año 64.
Un poquito antes, 63. Luego, mi primer libro de ficción, fue en 1977. Ya tenía yo cuarenta y siete años. Así que el primer libro importante que publiqué es en el 81, se llamaba Las genealogías.

Se lo dedicó a su padre, además.
A mis padres, sí.

Usted decía que, como empezó a escribir tarde, era una “joven promesa con arrugas”.
Sí.

¿Siente que ahora sigue siendo una “joven promesa con arrugas” o ya…?
(Sonríe) Creo que ya “joven promesa” sería un poco exagerado de mi parte decirlo. Sí pienso que, mientras no se me acabe la vida, seguiré trabajando. Ahorita estoy terminando un libro sobre la India. Este es un libro de viajes que formaba parte de un libro más extenso que decidí recortar y dedicarlo solamente a la India. Tengo ya escrito mucho material para un libro de viajes mucho más extenso, en cuanto termine este. Estoy un poco sobresaturada con el material. Llega un momento en que ya ni veo muy bien cómo terminarlo, porque lo he trabajado tanto que estoy deseando que se acabe cuanto antes para poder seguir con el siguiente.

¿Cuántos años ya tiene trabajando este material?
Estuve en la India en el invierno del 2004 y principios del 2005. De diciembre a enero, de 2004 a 2005. Luego, volví a la India en el 2008, y volví el año pasado. Entonces, el libro contaría las experiencias de esos tres viajes. Estoy a punto de terminarlo. Ya tiene muchas partes muy trabajadas, otras que son reiterativas, que tengo que eliminar. Porque se ha escrito muchísimo sobre la India. Un libro más sobre la India no tiene mucha importancia. Tiene que ser un libro que tenga algún punto de vista diferente de los demás. Lo tomo como una de las formas de la autobiografía. Este libro de viajes extenso que estoy preparando es el viaje como autobiografía. Como me he dedicado mucho a viajar, es uno de los aspectos importantes de mi biografía.

Desde que era pequeña, el viaje siempre ha sido parte de su familia.
Sí. Mi padre viajaba mucho y yo pensaba que algún día iba yo, también, a viajar. Porque lo íbamos a esperar al aeropuerto y me parecía una de las posibilidades más extraordinarias del mundo estar constantemente viajando. Empecé a viajar, en realidad, como a los veintitrés años. Y desde entonces no he parado. Así que llevo ya mucho tiempo.

¿Ha podido conocer el lugar donde se casaron sus padres, Odessa?
Conocí Odessa para terminar Las genealogías, que fue un libro que publiqué en el 81. Lo publiqué como este libro que estoy haciendo ahora: por entregas en los periódicos. Decidí que no podía terminarse, puesto que era un libro de biografía de mis padres y autobiografía mío, pero lo más importante era la vida de mis padres. No podía yo, de ninguna manera, terminarlo sin haber intentado, por lo menos, conocer el lugar de donde mis padres habían venido. Ahora, cuando llegué a Odessa estaba muy cambiada, porque llevaba muchísimos años que mis padres estaban en México. De cualquier manera, pude conocer a parientes muy cercanos: primos hermanos, hijos de hermanos de mi madre. Todavía había algunos monumentos en Odessa, los clásicos: la Ópera, los escalones que aparecen en El acorazado Potemkin de…

Eisenstein…
…Eisenstein. Es decir, algunas cosas todavía se mantenían del siglo XIX, del siglo XX. Así que conocí parte de lo que mi madre había conocido. Aunque el país había cambiado enormemente. Y mi padre había nacido en una ciudad, pero luego había vivido hasta los catorce, quince años, en un pueblito, un gueto, que había sido totalmente destruido por la revolución. Así que lo de mi padre no pude conocerlo porque ya no existía.


Entre Sor Juana y la Malinche

Aparte de la literatura de viajes usted ha indagado bastante, también, sobre la identidad mexicana, con personajes como Sor Juana Inés de la Cruz o la Malinche. México: ¿se constituye más de la influencia de Sor Juana Inés de la Cruz o de la Malinche?
Ambas han sido figuras esenciales de la historia y la literatura… La historia mexicana de la literatura, porque la Malinche forma parte de la literatura y la historia al mismo tiempo. Porque los cronistas de Indias hablan de la Malinche y los cronistas indígenas hablan de la Malinche. Entonces, forma parte de libros, por ejemplo, tan importantes -tanto para la historia como la literatura- como Bernal Díaz del Castillo, uno de los libros más bellos que se escribieron con la conquista. Ahí la Malinche, en toda la primera parte, antes de la conquista de Tenochtitlan, es fundamental. También aparece cuando Cortés se va a Las Higueras -se lleva a la Malinche como intérprete y la casa con un lugarteniente suyo: Juan Jaramillo-, aparece como figura estelar en muchísimos textos de la época. Ahora, la Malinche se vuelve un personaje esencial en la historia de México, en debates políticos muy importantes. Durante la colonia fue considerada como una figura regia, porque era venerada, porque se suponía que gracias a ella se había celebrado la conquista de México. Luego, cuando vino la independencia -se volvió a reivindicar el pasado indígena- la Malinche fue considerada como una traidora.

Surgió el término “malinchismo” en honor a ella.
Malinchismo, sí. Todavía se usa muchísimo. La Malinche ha pasado por muchos avatares, por muchas vicisitudes, desde el punto de vista ideológico, de cómo se la ve. Y aparece en numerosísimos textos de teatro. Hay novelas sobre la Malinche. Y ha sido, también, protagónica en los movimientos chicanos en los Estados Unidos. Entonces, es un personaje realmente muy importante para la historia de México, para la literatura. Lo mismo Sor Juana Inés de la Cruz. Es, probablemente, una de las figuras más fundamentales de la literatura no solo de México sino de todos los siglos de oro. Es decir, fue la última gran figura de los siglos de oro. Con ella se clausuran los siglos de oro.

Era un prodigio, en verdad.
Un prodigio que supo asimilar la tradición de la lengua castellana de una manera extraordinaria. Ella podía escribir como Calderón de la Barca cuando hacía teatro y autos sacramentales, como Góngora con el Primero sueño, como San Juan de la Cruz o Santa Teresa en El divino Narciso. Pero no solo se limitaba a tomar como fuentes a autores fundamentales de su época o un poquito anteriores a su época sino que los cambiaba, les daba un sentido totalmente propio. Se ve perfectamente la impronta de esos personajes señeros de la literatura de los siglos de oro, pero Sor Juana siempre le pone su propio sentido personal, su impronta, en lo que escribe. Es decir, hace un auto sacramental como El divino Narciso, en donde se nota que conoce, siente profundamente la poesía mística de San Juan, pero ella, al mismo tiempo, hace su propia poesía mística. Conoce muchísimo a Góngora, el tipo de métrica que utilizaba. Es buena en el hipérbaton que usaba Góngora, pero su Primero sueño es totalmente único. Porque Góngora se ocupa de cosas como el paisaje, el colorido de las cosas, la mitología griega -aunque, también, la utilice-, pero Sor Juana trabaja un tema que es, como decían sus contemporáneos, árido: un tema científico que no se prestaba para la poesía y, sin embargo, ella lo transforma en poesía. Había un contemporáneo de ella que se llama el padre Calleja, un jesuita, con el que se escribía. Cuando hace el obituario de Sor Juana en el tercer tomo de sus obras completas, sus obras reunidas, habla de que sí ha imitado a Góngora, pero lo ha sobrepasado en muchos sentidos, porque la materia de este poema de Sor Juana era un tema muy árido, y ella logra hacerlo verdaderamente florecer.

Además, era una intelectual en una época en que las mujeres no eran intelectuales.
Sí.

Eso es totalmente revolucionario.
Era una mujer muy completa porque no solo era una gran poeta… Era, fundamentalmente, una gran poeta, pero era, también, teóloga, filósofa, música, conocía perfectamente el arte de su tiempo. Y, por otro lado, hacía las labores propias de una mujer: bordaba y cocinaba maravillosamente bien. Era una mujer que funcionaba en todos los aspectos posibles de la vida, tanto de masculina como femenina, y siendo una monja muy devota. Ocupaba labores verdaderamente intensas de una monja. Es decir, todos los rezos y cosas que tenía que hacer. Aparte, podía escribir, bordar, pensar, y era una gran políglota. Sabía latín, nahuátl, portugués.

Usted ha escrito varios textos sobre Sor Juana Inés, pero la fascinación por el personaje y las aristas que tiene, ¿permitirían que siga escribiendo nuevos textos acerca de ella?
Me han pedido que haga cosas sobre Sor Juana y no me interesa ya, porque llega un momento en que quizá se sature uno. Creo que Sor Juana es un personaje inagotable y siempre que me vuelvo a poner a escribir sobre ella encuentro facetas que no había entendido o no había notado. Sí se puede seguir escribiendo sobre Sor Juana. Es inagotable. Constantemente hay nuevos escritores, investigadores, que siguen trabajando sobre ella. Últimamente, Sor Juana es una figura muy polémica porque ha habido, por lo menos, dos tendencias ideológicas. Por un lado, manejarla como una gran escritora y mujer que lo que más le interesaba era saber, y no ser santa. Y hay la corriente religiosa que pretende que Sor Juana era santa. Es una polémica que tiene que ver con un problema ideológico en el país. Es decir, ¿es o no Sor Juana una mujer que se dedicó a explorar la santidad como la mayor parte de las monjas de su tiempo o fue una mujer que lo que más le interesó fue conocer, saber? Yo creo que esa es la faceta esencial de Sor Juana. Que al final de su vida haya renunciado y se haya vuelto a convertir… Si es que realmente se volvió a convertir o la obligaron a convertirse, eso ya no me concierne. Lo que me importa es replantear el hecho de que Sor Juana no quiso ser santa y la Iglesia no puede recuperarla como santa. Fue una monja devota, muy religiosa, pero no una santa.

El teatro, también, es una parte importantísima de su trabajo intelectual. Inclusive, su segundo ensayo es de Tennessee Williams.
Hice una tesis sobre él. Me dediqué como quince años a dar clases de teatro, y cuando hice mi carrera en la Facultad de Filosofía hice la de Letras Modernas, pero, también, seguí la carrera de Letras Hispánicas y la de Teatro, que en aquella época era incipiente en la Facultad de Filosofía. Cuando me fui a Europa, trabajé muchísimo mi tesis sobre viajeros franceses en México. Pero me dediqué, también, a ver mucho teatro. Me doctoré en París y cuando regresé a México entré a la Facultad de Filosofía y Letras dando clases de teatro. Me dediqué, desde el año 59 al 69, a dar clases de teatro. Hacía yo crítica y reseña de teatro en los periódicos mexicanos. Después interrumpí esa faceta de mi trabajo y me dediqué a otras cosas.


El exotismo y lo real maravilloso en América

Y esta tesis que usted escribió, del exotismo francés sobre México, ¿de qué trataba?
Acaba de salir el tercer tomo de mis Obras Reunidas en el Fondo de Cultura Económica y allí incluyo una serie de textos que corresponden a mi tesis de doctorado, que nunca publiqué y que ahora publico en este libro. Por razones académicas y por consejo de los maestros que me iban a dirigir la tesis, decidí trabajar sobre los viajeros franceses que habían venido a México en un periodo muy determinado de la historia de México, que era de 1847 -la Guerra de Texas- a 1867 -la consumación de la intervención francesa en México-. Entonces, mi trabajo abarcaba un periodo de veinte años. Exploré en las bibliotecas de París y en los periódicos a aquellos que habían visitado México por razones comerciales, turísticas o políticas. Manejé un tema esencial, el del exotismo, que en el siglo XIX se cultivó mucho, en realidad. Desde el siglo XVI el tema del exotismo de América es fundamental y yo seguí ese cauce, pero me limité a trabajar esos veinte años de la historia de México. Después, publiqué un libro sobre viajeros extranjeros en México que abarcaba casi todo el siglo XIX.

¿Se puede decir que lo real maravilloso es una especie de hijo del exotismo, de la mirada exotista?
En algún nivel, claro que sí, evidentemente. Porque ya desde las crónicas de la conquista se advierte un elemento de lo real maravilloso. Definitivamente, todos los cronistas, a veces, tratan de explicar lo que es América y caen en lo real maravilloso, avant la lettre (antes de su reconocimiento oficial, científico o histórico).


Alfonso Reyes, Leopoldo Zea y Jorge Luis Borges

Usted ha tenido la suerte de ser alumna de muy renombrados catedráticos como Alfonso Reyes o Leopoldo Zea (o Rodolfo Usigli). ¿Qué recuerdos tiene de Alfonso Reyes? Alguien que Jorge Luis Borges…
Yo no fui alumna de ninguno de ellos. Conocí a Don Alfonso en el Colegio de México, pero lo conocí tangencialmente. Nunca hablé demasiado con él. Lo veía porque era el director del Colegio de México. Murió cuando yo era bastante joven. Lo que pasa es que cuando he trabajado literatura mexicana, uno de los temas que trabajé es Don Alfonso Reyes. El último trabajo que hice fue sobre las memorias de Don Alfonso, que se publicó hace como dos años en CD. Y trabajé, también, la Visión de Anáhuac y algunos de sus textos de temas cotidianos, como la cocina. Esos temas misceláneos trabajó muchísimo Don Alfonso y yo, también, me interesé en ellos. Pero, en realidad, directamente no tuve nada que ver con él.

Como en Internet aparece en casi todas sus biografías que fue alumna de…
De Alfonso Reyes.

De Alfonso Reyes y de Rodolfo Usigli.
A Zea lo conocí porque fue director de la Facultad de Filosofía y Letras, porque era una persona muy destacada. Mi primer marido era filósofo y había sido, no discípulo de Zea, porque no era tan…

Francisco López Cámara.
López Cámara, sí.

Pero, ¿a usted le parece que Alfonso Reyes -como decía Jorge Luis Borges- era el mejor prosista de la lengua española?
Esos calificativos me parecen extremos. Es decir, es uno de los grandes prosistas de la lengua española, definitivamente. Es un prosista muy clásico. Si uno quiere aprender a escribir español bien, pues le tiene que leer muchas veces. Sí creo que una de las figuras señeras sería Alfonso Reyes, como es Borges. Muchas veces, cuando tenía problemas para escribir me ponía yo con un libro de Borges, sobre todo para aprender a sintetizar. Porque Borges sintetiza extraordinariamente bien. La organización de la frase, el tipo de adjetivación, todo ese tipo de cosas me parecía muy interesante de manejar. Y Don Alfonso, también, es una prosa muy nítida, muy clásica. No se nota casi la prosa. Es decir, es un instrumento para expresar ideas, pero no es una prosa en donde hay un trabajo muy particular sino que es transparente. Es muy útil, muy importante el trabajarla.

¿Fue tan fuerte la oposición del movimiento indigenista en México que impidió que se postulara a Alfonso Reyes al Premio Nobel (de Literatura), como lo propuso Gabriela Mistral?
No conozco muy bien ese tema, pero me imagino que hubo lo que usted dice, una fuerte oposición. En realidad, Don Alfonso no se ocupó demasiado de temas indígenas.


Identificada con sus dos tradiciones

Por otra parte, fue directora del Instituto Cultural Mexicano Israelí. ¿Usted siente que sus grandes influencias son -obviamente- México y la cultura judía? ¿O se siente mucho más comprometida con México?
Me siento las dos cosas. Me identifico absolutamente con las dos ramas, los dos mundos que me tocaron por suerte. Nací en México, en una familia judía, con una tradición judía, en la que me parece importantísimo mantenerme. Me interesa muchísimo la literatura que se produjo, por ejemplo, en Europa, de escritores judíos. Me interesa muchísimo Kafka, Walter Benjamín, (Arthur) Schnitlzer, tantísimos otros escritores de esa época, (Philip) Roth, que son grandes escritores y han sido fundamentales en mi formación. Y, también, desde el punto de vista de la religión y la tradición judía, pues mi familia. Eso es muy importante. Pero no conozco mucho la Biblia, ni conozco bien el yiddish ni el hebreo. Es decir, mi formación es mixta, pero con una fuerte tendencia a lo mexicano. Me he dedicado en gran parte de mi vida a trabajar literatura mexicana, soy profesora de literatura mexicana, y muchos de mis textos tienen que ver con la literatura mexicana.

Y, también, con una fuerte formación europea.
Sí. Eso, también. Muchísimo. He trabajado muchísimo las literaturas occidentales, desde muy jovencita. Leí mucha literatura alemana, francesa, inglesa, norteamericana. Luego, más tarde, me interesó mucho la literatura japonesa. Es decir, me sigue interesando la literatura contemporánea y los autores de muy diversas procedencias.

Inclusive, usted lee a autores como Roberto Bolaño.
Sí, claro. Leo literatura latinoamericana. Me interesa muchísimo.

¿Cuál es el punto de partida para esta curiosidad inagotable que usted tiene acerca de la literatura? Sea la de hace siglos o la actual. ¿En qué piensa Margo Glantz cuando dice: “Quiero seguir escribiendo”?
Mi formación es esencialmente literaria. Empecé a leer desde muy niña, muy jovencita: nueve, diez años. Mi papá tenía muchos libros en casa y, para mí, una de las ocupaciones fundamentales fue leer, siempre, más que jugar con otros niños. Para mí lo más importante era la lectura. Y sigue siendo la lectura una de las cosas más importantes en mi vida. No puedo funcionar si no me llevo un libro de viaje. Los viajes no significan lo mismo si no tengo qué leer. Y, además, en mis libros de viajes hay siempre una intercalación de lo que leo. La lectura es una parte de mi biografía. Lo que estoy leyendo es autobiográfico, y eso va a canalizarse en mi escritura. Entonces, ni siquiera me pregunto ¿por qué? Pero ha sido siempre esencial.

¿Siempre compra libros en los países que visita?
Sí, siempre compro muchísimos libros. Lo cual ya voy a dejar de hacer porque tengo tantos que ya no sé qué hacer con ellos. Quiero empezar a deshacerme de libros, porque se vuelve una carga muy fuerte la biblioteca. Quiero reducirme en todos los aspectos. Una de las cosas que tengo que hacer ahora es donar libros porque ya no voy a poder leer tantos.

Van a haber muchas universidades interesadas, de hecho, en tener su biblioteca.
Voy a donarlo por partes. Porque muchas de las cosas que tengo están en varias bibliotecas. Las bibliotecas no pueden duplicar ni multiplicar el mismo tipo de libros, entonces, mejor que vayan a instituciones donde haga falta. Por ejemplo, regalar libros a las cárceles es muy importante, regalar libros a la provincia, a bibliotecas pequeñas o a universidades que empiezan, como la UACM -que es la Universidad (Autónoma) de la Ciudad de México-, que tiene una biblioteca todavía no muy bien constituida. Mis libros pueden formar parte de esos acervos más que de un acervo más definido, como el de Don Alfonso Reyes o el de José Luis Martínez, que se acaba de morir hace tres años y su biblioteca se entregó al Estado. Se construyó un espacio maravilloso para esa biblioteca que tenía más de cincuenta mil volúmenes. Creo que es la mejor biblioteca de literatura mexicana que existe en todas partes. Esa biblioteca sí merece tener un sitio muy particular, muy especial. No creo que la mía tenga esa calidad.


“La onda”: lenguaje desenfadado, coloquial y juvenil

Me llamaba la atención este libro de 1971 que usted había publicado, Onda y escritura, jóvenes de 20 a 33, porque dio nombre a una corriente literaria que se llamaba la “literatura de la onda”. ¿En qué consistía?
En un momento dado de la historia de la literatura mexicana hubo una especie de revolución de enfoque y de lenguaje, en lugar de tratar cierto tipo de temas que eran, fundamentalmente, los revolucionarios. Porque la literatura mexicana después de la revolución trató ese tema con una gran dedicación, y aparece lo que se llama la “novela de revolución”: Martín Luis Guzmán, Nellie Campobello, Rafael Felipe Muñoz, (Mariano) Azuela, evidentemente. Y, luego, hasta Carlos Fuentes y Rulfo. Todos ellos tenían que ver con la revolución mexicana. La revolución mexicana había (sido) tan importante en el país que toda la literatura estaba contaminada de ese tema.

Fue un punto de quiebre.
Sí, un punto de quiebre. “La onda” fue un punto de quiebre porque cambió totalmente el tipo de lenguaje. Se volvió un lenguaje coloquial en donde cabían expresiones vulgares, donde empezaron a aparecer palabras que estaban vetadas en el lenguaje clásico de la novela. Por ejemplo, Santa de (Federico) Gamboa, que es una novela de una prostituta, nunca dice la palabra “puta”. Es púdico. Es decir, es un lenguaje que elimina lo que parece indecente. Claro que en Carlos Fuentes aparecen ya palabras de lenguaje blasfemo, soez. Lo mismo, también, hay un estudio de El laberinto de la soledad de Octavio Paz en donde, justamente, una de las palabras más soeces, que era “chingada”, se vuelve el tema esencial del libro de Paz. Pero la forma de manejar el lenguaje es desenfadada y coloquial y, sobre todo, muy juvenil. Porque es la irrupción de los jóvenes como figuras fundamentales de la literatura. Esa irrupción es, también, la del lenguaje de los jóvenes en un nuevo tipo de lenguaje, y de temas muchísimo más, aparentemente, intrascendentes -como la relación con la sociedad, el problema del interés por el sexo-, de una manera mucho más esencial dentro del texto. En ese sentido, “la onda” fue muy importante porque, como usted dice, es un punto de quiebre. Llegó un momento en que “la onda” se volvió como receta. Era una forma muy fácil de manejar la literatura y muchísima gente pensaba que podía escribir novelas simplemente con utilizar el lenguaje coloquial. Ese tema ya no lo volví a trabajar. Fue importante en su momento, causó mucha polémica en los que formaban parte de esa corriente que llamé “la onda”. Se molestaron porque los etiqueté, pero creo que fue importante el ensayo sobre ese período. Ahora no me interesa más.


Nuevas tecnologías: hacia una novedosa manera de escribir

Ahora, en diversos países de Sudamérica están apareciendo obras literarias sobre el ciberlenguaje. Por ejemplo, en Ecuador tenemos Ondisplay 2.0, y en otros países, otros títulos.

No los conozco, todavía.

A lo que iba era: esta literatura del Internet, ¿es un mundo rico para explorar? Es muy coloquial, muy juvenil, muy soez por ratos. ¿Qué le parece a usted?
Es una revolución fundamental en todos los niveles: en la forma de comunicación, tanto el teléfono celular como el iPhone, el iPad, el BlackBerry, todo eso. Se vuelven esenciales para la nueva manera de escribir. Tiene que influir, definitivamente, en la nueva manera de escribir. Hasta en la ortografía. La ortografía va a cambiar. Es decir, hay una reducción de términos en el lenguaje que tiene que afectar necesariamente la forma de comunicarse. El Twitter, por ejemplo: uno tiene que reducirse a 140 caracteres. Si no lo hace, no funciona. Aunque mucha gente hace Twitter tras Twitter tras Twitter: acaban haciendo casi una novela. Pero la necesidad de reducir, sintetizar y expresar un pensamiento con la brevedad que el Twitter exige, cambia, también, la forma de pensar. Definitivamente.

¿Usted maneja Twitter, Blackberry o iPhone? Facebook tiene.
Twitter sí, Facebook no. Pero quizá voy a entrar a Facebook, también.

Hay una página de usted en Facebook.
¿Ah, sí?

Yo pensé que era suya.
No.

Entré ayer.
No la conozco.

Entré ayer y publicaba “este texto me gusta y este libro…” (como El Tirus-La Nueva Iliada de Emilio Carcaño Bringas). Pensé que era usted publicando en Facebook.
No. Llevo un mes trabajando el Twitter. Tengo muchos seguidores, como doscientos en menos de un mes, y me parece interesante. A veces, me parece muy curioso el fenómeno. Siento que puede prestarse a una banalidad excesiva y a un egotismo impresionante. Es decir, los problemas, los pensamientos más intrascendentes, aparentemente, que tiene una persona pueden vertirse en el Twitter, y la gente los sigue y comenta sobre ellos. A veces, se llega a una especie de cursilería y filosofía barata muy impresionante. Me parece, como fenómeno, muy interesante de reflexionar sobre él.

Estamos en una época de lo banal.
Sí. El ego, lo que cada persona siente, piensa, a cada instante aparece en el Twitter y se pregunta uno: “¿Y esto a dónde conduce?”. Tiene que conducir a algo esa conformación del modo de pensar, escribir, sentir, comunicarse. Tiene que cambiar totalmente. Está cambiando. Ya no es lo mismo. Los niños chiquitos, desde los cinco o seis años, pueden funcionar muy bien dentro del Internet. Mucho mejor que yo, que entré muy tarde. Mis hijas, por ejemplo, manejan el Internet o todo lo derivado de la comunicación que es cibernética. En veinte años ha cambiado totalmente la forma de enfrentarse al mundo. Justamente, por la rapidez con que las cosas se comunican.

Ya no hay profundización de ideas ni conceptos. A veces, eso genera un poco de insatisfacción. Al menos, en las personas que estamos acostumbradas a tratar de debatir ideas. Pero en Facebook, Twitter y blogs uno ve, a veces, argumentaciones que no requieren mayor análisis ni trabajo intelectual.
Con el tiempo se sedimentará eso y saldrá algo muy especial. Ya está saliendo, yo creo. La cosa es que hay mucha basura.

Demasiada.
Como todos entran en el Facebook, todos entran al Twitter, todos se pueden comunicar. En cualquier parte que uno esté, en el mundo, puede leer el Internet con el iPhone o el BlackBerry. Puede estar usted en la India y donde quiera: inmediatamente se sabe lo que está pasando. Hay una comunicación instantánea. Eso tiene que cambiar totalmente las cosas. Todavía no sabemos exactamente qué es lo que está pasando, pero está pasando algo muy importante.

¿Juega usted con sus nietos, entra en juegos de computadora?
Soy demasiado arcaica para mis nietos. No creo que ellos se interesen en absoluto en lo que hago y yo no los entiendo, todavía. Ellos están en Facebook, sobre todo mi nieta. Tiene diecisiete años y es eficiente en el manejo de Internet. Mi hija mayor y mi hija menor, también. ¡Mi yerno! Todos funcionan perfectamente bien en eso, yo no.

Sus hijas son Alina y Renata. ¿Alguien de su familia ha seguido la vena literaria de usted?
Mi hermana Susana está escribiendo una novela. Mi hija Alina escribe muy bien, pero en Facebook, ja, ja... Y Renata escribe bien, lo que pasa es que ella es restauradora y trabaja en restauración. Mi otra hija, realmente, escribe muy bien, pero se va desperdigando en la escritura. Es decir, no escribe con la intención de ser escritora, escribe porque necesita comunicarse. En ese sentido, le funciona muy bien el tipo de comunicación moderna. El Facebook es fundamental para ella. Se pasa el día entero en el Facebook.


La sombra de los padres brillantes

¿Podría deberse al temor de la sombra de Margo Glantz? Porque siempre los hijos de algún escritor reconocido tienen esa sombra…
Pues, sí.

…de superar a los padres.
Debe ser desagradable tener una mamá que, de alguna manera, destaca. Lo que voy a decir es muy terrible: probablemente, necesitan que me muera, pero no creo.

Ja, ja, ja, ja…
(Sonríe) No creo que les guste tampoco que me muera.

No creo.
Mi padre era poeta y, en una entrevista que me hicieron hace poco, me di cuenta que, en realidad, empecé a escribir muy tarde, de alguna forma, porque la figura de mi padre me imponía mucho. Mi padre había sido un poeta en ruso y en yiddish.

Su padre Jacobo.
Sí. Además, el yiddish como idioma fue asesinado con los judíos en Europa. Era el idioma de los judíos de la Europa Oriental. La mayor parte fueron asesinados, como seis millones.

El holocausto.
El holocausto. Ese idioma se acabó con los que lo hablaban, que murieron. Entonces, mi padre escribía en una lengua que estaba condenada a extinguirse y vivía en un país en donde esa lengua no tenía mucha importancia, donde la gente hablaba yiddish, pero no había imprentas. Había periódicos en yiddish, pero eran muy locales. Estaba vinculado con los periódicos y las publicaciones en yiddish en Nueva York, que eran muy importantes. Conocía a los grandes escritores judíos, poetas y novelistas importantes. Había un gran periódico yiddish y había imprentas en Nueva York, pero se fueron muriendo con el tiempo. Mi padre era un gran escritor, pero no trascendió mas que en una comunidad muy reducida. Sin embargo, era una figura que me impuso mucho. Mi tercer libro, Las genealogías, salió cuando mi padre casi estaba a punto de morir. Murió un mes después. Así que, de alguna forma, me costaba mucho trabajo escribir porque estaba la figura de mi padre.

¿Y qué le dijo su padre cuando leyó (Las) genealogías?
Mi padre leyó (Las) genealogías en el periódico, pues yo lo publiqué como folletín. Es decir, lo publicaba en mi columna semanal en el Unomásuno. No solo eso sino que Las genealogías era un libro en donde yo hacía entrevistas con mis padres, las grababa, las transcribía y las publicaba en el periódico. Luego, cuando decidí hacer el libro -me lo pidieron, les interesaba a los editores lo que yo escribía en el periódico- decidí reestructurarlo, pero utilicé mucho material para el periódico. Mi padre leyó las entregas en el periódico y se interesaba porque él participó en eso. Mi madre también participó porque yo grababa en la casa de mis padres las entrevistas que aparecían en el periódico. Mi padre estaba muy satisfecho y contento de que yo me ocupara de ellos de esa manera, de que escribiera sus memorias a través de mi propia visión. Porque cuando publiqué el libro mi padre estaba muy enfermo y muchas cosas ya no las entendía, porque tuvo arterioesclerosis. Al final de su vida ya no entendía muy bien. Creo que cuando se presentó el libro mi padre lloraba. No era tan viejo, tenía ochenta años. Ahora yo soy más vieja que él, pero le entró una especie de sentimentalismo que les entra, a veces, a los viejos que están enfermos. Sentimentalismo final frente a un texto donde él y mi madre eran figuras esenciales.

De ese año 1978 cuando usted publica Las mil y una calorías, que sacó por su cuenta porque no conseguía un editor, hasta el presente, que acaba de recibir el Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances el año pasado, ¿cuánto ha cambiado, evolucionado, como escritora?
No sé. Yo nunca me he creído demasiado, nunca he entendido muy bien mi carrera literaria. Siempre supe que quería escribir y que iba a escribir algún día. De repente, eso se materializó. Y ya gané un premio como el de Literatura en Lenguas Romances en la Feria de Guadalajara, el premio que se llamó (Juan) Rulfo hasta hace poco, un premio muy importante en América Latina, lo cual me pareció extraordinario. Es una gran alegría para mí, un gran honor, pero se fue dando poco a poco, con un trabajo constante. Al principio, la gente no me consideraba escritora porque era académica, profesora universitaria, publicaba textos críticos, que eran como poco dignos de la escritura de ficción. Se pensaba que ese tipo de textos -que a mí me parecen muy creativos- no eran creativos. Poco a poco, de una manera imperceptible, fui ganando un lugar en las letras mexicanas, hasta que me dieron el premio.

Nunca imaginó llegar hasta ese lugar tan alto.
Sé que trabajé mucho, que he sido muy consistente en mi labor, que no he cejado, que estoy constantemente sobre el trabajo, la lectura, la escritura, la enseñanza. Que es una vocación que tengo desde muy niña, que nunca he dejado, que siempre he perseguido, y que, de repente, da frutos. También me dieron el Premio Nacional de Ciencias y Artes, y he tenido premios como el Villaurrutia, la beca Guggenheim. La beca Guggenheim la pedí como diez veces y nunca me la dieron, hasta que me la dieron, y con ella, en cierta medida, escribí El rastro, que ganó el Premio Sor Juana Inés de la Cruz y fue finalista en Anagrama.

Muchas gracias por la entrevista.
Muchas gracias a usted.

martes, 15 de junio de 2010

Rafael Barajas Durán


“La caricatura fue como la punta de lanza de la libertad de imprenta en México”


Entrevista y foto por Gianmarco Farfán Cerdán

Conversar con Rafael Barajas Durán es aleccionador. No solamente se trata de uno de los maestros del humor gráfico político y social en toda América Latina, sino que también tiene una visión lúcida e inteligente sobre la realidad de su país y del resto de la región. Nacido en Ciudad de México en 1956, es conocido como “El Fisgón”, y lleva ya casi tres décadas haciendo punzantes caricaturas políticas en diarios, revistas y libros. Asimismo es arquitecto graduado de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Fue caricaturista editorial de Unomásuno y La Jornada (diario del que fue uno de sus fundadores). Como reconocimiento a su prolífico y talentoso trabajo, ha recibido el Premio Manuel Buendía de Periodismo Joven (1987), el Premio Constantino Escalante (1996), y el Premio Nacional de Periodismo (1999). Ha publicado como ilustrador o autor (y co-autor) los libros Sobras escogidas (1986), Si ves pasar un cóndor (1987), Los días del sargento Mike Godness y del Cabo Chocorrol, Me lleva el TLC!: el tratado retratado (1993), El sexenio me da risa: la historieta no oficial (1994), El sexenio ya no me da risa: la tragicomedia del salinato (1995), Un país que no conoce su rostro está condenado a la caricatura (1995), Cruentos policíacos (1998), El sexenio me da pena (2000), y ese mismo año La historia de un país en caricatura. Caricatura mexicana de combate (1829-1872). Además de Hacia un despiporre global de excelencia y calidad: el imperio del Libre Comercio (2002), El sexenio se me hace chiquito (2003), en 2005 El país de “el Ahuizote”: la caricatura mexicana de oposición durante el gobierno de Sebastián Lerdo de Tejada (1872-1876), La canallada del desafuero para principiantes (2005), Travesuritis aguda (2006), y en 2007 El país de “el Llorón de Icamole”: caricatura mexicana de combate y libertad de imprenta durante los gobiernos de Porfirio Díaz y Manuel González (1877-1884). Igualmente, ha obtenido la prestigiosa Beca Guggenheim y ha ilustrado a diversos escritores reconocidos internacionalmente, como la brasileña Ana María Machado y el mexicano Francisco Hinojosa. Barajas explica en el siguiente diálogo –entre varios temas- cómo la caricatura política puede alcanzar una influencia política insospechada, hasta contribuir al tambaleo de un gobierno.

Usted es ilustrador de escritores como Francisco Hinojosa (uno de los más importantes escritores para niños) y Ana María Machado (ganadora el año 2000 del Premio Hans Christian Andersen, el Nobel de la literatura infantil).
Yo trabajo para la editorial del Fondo de Cultura Económica, y el Fondo me pidió que ilustrara textos de Hinojosa y Machado. Empecé a ilustrar textos de Hinojosa porque nos conocíamos desde hace tiempo, somos amigos, nos llevamos bien. Con Francisco tuve una suerte que creo es muy especial porque él escribe en caricatura, entonces a mí me resulta muy fácil trabajar sus libros. Te voy a contar una historia que me pasó con él. Él escribió un libro que se llama Amadís de anís, Amadís de codorniz (1999), yo lo ilustré. En el libro describe a un niño que tiene dientes de conejo, ojos almendrados, cara alargada, barba partida, etcétera, entonces ilustré el personaje y todo eso. Ya publicado el libro me presentó a su hijo que no vivía con él, y resultó que yo había dibujado a su hijo sin conocerlo. Esto básicamente te habla que Pancho es un muy buen escritor, me había descrito a su hijo sin que yo lo conociera. En ese sentido me sentí muy aliviado porque dije: “Bueno y que tal que describa a su hijo y yo le dibujo otra persona”. Entonces, nos entendemos muy bien en ese sentido y es muy divertido.

Y, ¿cómo es -cambiando un poco de tema- su trabajo en La Jornada?
Mi trabajo como caricaturista político empieza en 1981. Yo empecé a trabajar en el periódico Unomásuno como caricaturista editorial, y de ahí entré a trabajar a La Jornada cuando se fundó. Soy fundador de La Jornada. Todos los fundadores de La Jornada somos periodistas, éramos como 160 más o menos.

Además, usted es arquitecto.
No.

¿No?
Estudié arquitectura pero jamás pude construir nada. Soy un fracaso como arquitecto. La única obra en la que me metí parecía más una película de El Gordo y el Flaco que una obra de arquitectura seria (risas). ¡Es que era un lío! Dije: “Yo no sirvo para andarle dando órdenes a la gente”. Me retiré.

Pero ha mantenido el gusto por el trazo, eso sí.
Sí, el gusto por la arquitectura y todo eso. Pero fíjate, yo empecé a trabajar en Unomásuno en el tiempo de López Portillo, cuando el PRI todavía era todopoderoso, y después pasé a trabajar a La Jornada y, junto con Rius (seudónimo del caricaturista mexicano Eduardo del Río) y Helguera fundamos una revista que se llamaba El chahuiscle que después se transformó en otra revista llamada El chamuco donde ya colaborábamos Rius, Helguera, José Hernández y Patricio Ortiz. El chahuiscle es una plaga que cae en los cultivos. Entonces, empezamos a hacer El chahuiscle y después El chamuco. Y fíjate, estas revistas –este es un mérito del colectivo- sí han tenido un impacto en lo que es la libertad de imprenta en México, porque el discurso oficial manejaba la idea de que en México había total libertad de imprenta. Nosotros que trabajábamos en los medios sabíamos que no. De hecho sacamos esta revista para poder publicar las caricaturas e imágenes que a veces no nos publicaban en los medios normales. Entonces sacamos la revista con la siguiente tesis: que todo se podía publicar, pero que si era algo que podía provocar una demanda, una reacción agresiva por parte del gobierno, entonces era obligatorio publicarlo.

¿Era de publicación semanal?
Catorcenal.

Catorcenal.
Decidimos subirle el volumen, decidimos decir todo lo que siempre habíamos querido, subir la agresividad a la revista. Lo hicimos. Y nos fuimos a casa a esperar a que nos vinieran a detener: ¡y no pasó nada! Entonces le volvimos a subir el volumen. Nos pusimos más groseros y agresivos, y al cabo de un rato publicábamos todo lo que había que.

México es un país que tiene mucho material para escribir todos los días.
Aquí sí no sé cómo le hacen luego los caricaturistas de otros países porque no gozan de esa extraordinaria tecnología que se llama político mexicano. Porque el político mexicano verdaderamente es una fuente inagotable de material, ¿no? Es decir, tenemos gente que declara unas cosas que parecen fantásticas.

Están en otro planeta.
Mira, una de las columnas políticas más buscadas en México la escribe Carlos Monsiváis y es una columna política que consiste en lo siguiente: toma citas de los políticos y las comenta. Y la recopilación es un compendio de estupidez, cinismo, desfachatez, tontería, chabacanería, cursilería teórica, ignorancia. ¡Es fantástico! Los políticos dicen frases que son memorables, por ejemplo: a Ernesto Zedillo, el (ex) presidente, una vez se le acercó una señora pobre a pedirle limosna. Le dijo: “Lo siento señora, ¡no tengo cash!”. ¿Cómo puedes decir eso?... Vicente Fox es todavía peor porque a Fox se le acerca una señora y le dice: “Señor, no sé leer”. Le dijo: “Señora la felicito, así no se amargará el día leyendo periódicos”.

La prensa se le habrá ido encima.
Pero por supuesto, a la yugular, ja, ja…

Ja, ja…
Y estas cosas las tienes todos los días.

Le cuento que los políticos peruanos se parecen a los políticos mexicanos.
Nosotros sabemos quien fue Vladimiro Montesinos. Era fantástico, Montesinos era como…

Él nos hizo el favor de descubrir toda la basura que había.
Sí, pero todo lo que él era también era increíble.

Sí, era un personaje realmente repudiable.
Él nos hizo saber porque estaba de alguna manera en el centro.

Junto con su siamés Fujmori.
Sí, por supuesto.


Investigador de la historieta

Y ¿en qué año gana usted la Beca Guggenheim para poder desarrollar sus proyectos de historia?
Son proyectos de historia de la caricatura mexicana. Es un proyecto de investigación histórica. Yo empecé a hacer investigación básicamente porque nadie la estaba haciendo. Me parece que, en general, en América Latina tenemos un vacío de investigación.

¿En qué año fue?
La beca me la dan en el 2003-2004. Es una cosa increíble porque tenemos una riqueza cultural muy densa y no la hemos explotado mucho, no la hemos trabajado bien, entonces hay toda una serie de vetas históricas que no están estudiadas y que nos permitirían aprender mucho sobre nuestro pasado y presente.

¿Desde dónde empieza su investigación?
La investigación empieza desde los orígenes de la caricatura mexicana, en las postrimerías de la colonia, y en principio, quiero que la investigación llegue hasta el siglo XX…

Desde el siglo XVII más o menos.
Finales del siglo XVII, principios del siglo XVIII, y hasta ahora lo que tengo publicado son tres volúmenes: uno que va desde la colonia hasta 1872. Este es un período fantástico porque estudia una época en la que en México no se podía decir nada, no se podía publicar nada, desde que hay una censura muy estricta que ejerce la Santa Inquisición, hasta un momento en el que lo puedes decir todo. Mi segundo libro trata de un período histórico muy corto pero que es…

¿Cuál es el título general del libro?
El primer libro se llama La historia de un país en caricatura. El segundo libro se llama El país de “el Ahuizote”. Así se llamaba la revista. Me parece que el tema es apasionante porque trata de cómo una revista de caricaturas ayudó a derrocar un gobierno. Y es documentado. Se puede probar, no es una especulación, no estoy exagerando.

Es el único caso en toda Latinoamérica.
Creo que en el planeta, ja, es una cosa única, ¿no? Y sí contribuye de manera eficaz. No estoy diciendo que lo derroque, sino que contribuye.

El Ahuizote fue como el Washington Post de la caricatura.
Un poco más, fíjate. Porque era una revista de agitación política, el Washington Post no. Washington Post básicamente informó…

Watergate.
…y la revista organizaba. De hecho ayudaba a organizar golpes de Estado y apoyaba una revuelta activamente. Era una cosa muy seria. Un proyecto de periodismo muy beligerante. Y el tercer libro trata de El país de “el Llorón de Icamole”, también un período muy interesante -que es como la inversa del primer volumen- que estudia desde 1876 a 1885. En 1876 lo podías decir todo, en 1885 ya no podías decir nada: es la involución de la libertad de prensa en el país.

Y luego va a venir otro volumen para analizar ya los tiempos de la Revolución (Mexicana).
Estoy trabajando uno sobre El país del hijo de “el Ahuizote”, que son los precursores de la Revolución Mexicana y ya tengo entregado uno que creo va a ser el más polémico de todos porque es sobre la caricatura política de José Guadalupe (el famoso muralista Diego Rivera –esposo de Frida Kahlo- era su admirador). La conclusión de la investigación es un poco molesta para la historiografía mexicana porque demuestra que José Guadalupe Posada nunca fue un caricaturista revolucionario, fue siempre un agente leal a Porfirio Díaz (dos veces presidente de México, de 1877 a 1880 y de 1884 a 1911). Para mí fue una sorpresa: entré a la investigación tratando de demostrar, ratificar que Posada era un revolucionario, y tuve que concluir con pena que Posada era otro porfirista.

Y después de la Revolución Mexicana, si bien todavía no tiene material impreso o escrito ¿qué pasó con la caricatura mexicana?
Hay un período largo en el que la caricatura mexicana entra a una lógica sometida y muy cortesana. Luego hay un período, interesante también, que termina a principios del siglo último, en el cual vemos una generación de caricaturistas que busca efectivamente recuperar la libertad de imprenta. Es una caricatura que, curiosamente, se nutre de la tradición original de principios del siglo XIX, bien interesante. México tiene una tradición caricaturística muy rica. No solamente tiene grandes autores sino una tradición periodística importante, y los caricaturistas históricamente han tenido -en ciertos momentos específicos- una influencia política real.

En la actualidad ¿cuál es la principal preocupación para un caricaturista mexicano: el tema de la corrupción, el narcotráfico -que incluso ya ha provocado narcocorridos-?
Sí, claro, es lo mismo. Todos estos temas están vinculados en un gran tema, que es -sin lugar a dudas- la globalización y el cambio de paradigmas dentro del modelo político mexicano y latinoamericano. Es un hecho que la corrupción en América Latina es enorme. Eso en México es proverbial. Existe incluso una picaresca de la corrupción que se gestó durante el régimen priísta.


La política y la caricatura en México

¿Los setenta y un años del PRI (Partido Revolucionario Institucional) en el poder, produjeron un daño a la caricatura o fue mejor para ella?
Para nosotros es lo mejor que pudo haber pasado. Tenemos un material de trabajo fantástico (sonríe), pero obviamente tuvimos que pelear para abrir espacios, y esto fue una labor importante. Sí creo que la caricatura fue como la punta de lanza de la libertad de imprenta en México. Lo es en todos los países, de hecho. Es un género difícil de censurar porque es muy irracional. No se ciñe a las lógicas del resto de los géneros periodísticos… Una cosa, lo del PRI fue terrible, pero lo que tenemos ahora es aún peor que el PRI.

¿Aún peor?
Aún peor que el PRI.

¿A pesar que es un cambio de partido (el PAN, Partido Acción Nacional)?
Cambió el partido pero Felipe Calderón ha hecho lo posible por conservar las lógicas presidencialistas que manejó el PRI, y esto implica, entre otras cosas, el fraude electoral, el autoritarismo vertical, la voluntad de controlar la información. No está bien.

Si fue tan fraude por qué no lo sacaron del gobierno, si fue un fraude creo que por un punto porcentual.
Hubo fraude antes de la elección, durante el proceso electoral, el día de la votación y después. Es muy difícil sacar del gobierno a Calderón porque tiene el aparato del Estado. Es lo mismo que hacía el PRI. En México siempre tuvimos elecciones formales pero nunca elecciones reales. No hubo democracia. Este es uno de los grandes hallazgos, es el problema que hemos tenido. Entonces, Fox y Calderón siguieron con la misma lógica, el fraude electoral en México está más que documentado. Yo todavía no entiendo cómo hay gente como Enrique Krauze (premiado historiador, ensayista y editor mexicano) que se atreve a decir que López Obrador perdió las elecciones cuando se han ido recopilando pruebas que son contundentes. Incluso está la prueba confesional. Fox dijo: “Lopéz Obrador me ganó con lo del desafuero pero me desquité dieciocho meses después”. ¿Qué está diciendo? Quiere decir que se metió en las elecciones, y eso está prohibido por la ley en México. Fue una elección de Estado. Todos han ido confesando. De hecho, la confesión que más me gusta es la que da un consejero del Instituto Federal Electoral, que explica por qué se niega al recuento de votos en México con este argumento: “es que ¿qué tal que no ganó Calderón?”. Imagínate, eso quiere decir que ellos no tienen confianza en los resultados electorales. ¿Cómo puede un representante de un Instituto Electoral argumentar eso para no enseñarte las boletas? Esto quiere decir que ellos mismos no saben que hay en esas boletas.

¿Cuántas veces ha caricaturizado este tema del fraude de Fox? Muchas, seguro.
Todo el tiempo. El fraude de Fox y Calderón ha sido nuestro tema recurrente.

¿Esto lo lleva a escribir ese libro acerca de la globalización (Hacia un despiporre global de excelencia y calidad: el imperio del Libre Comercio)?
Este libro lo escribí antes. Lo que me parece es que los ejes dominantes de la economía latinoamericana, mexicana, se definen a través del consenso de Washington y tienen que ver con esta globalización de libre comercio que nos han impuesto y está destruyendo a los Estados nacionales.

Usted también ha escrito más libros. ¿Puede contarnos un poco más acerca de estos otros libros -algunos con títulos muy graciosos-?
Lo de El sexenio me da risa, El sexenio me da pena, todo eso, son básicamente recopilaciones de caricaturas publicadas en los diarios, que están expuestas a manera de un gran ensayo, un ensayo largo sobre los sexenios políticos: Salinas, Zedillo, Fox, y próximamente Calderón, ja.

La última pregunta: ¿cuál cree que sea el aporte de la caricatura para mantener la democracia o la libertad de expresión, no sólo en México sino en todo Latinoamérica?
Creo que la caricatura es básicamente un género irreverente y crítico por naturaleza. Caricatura viene del italiano “caricare” o exagerar, y el caricaturista exagera no sólo el rasgo físico sino el ético, moral. Entonces -como todo género crítico- contribuye a la ampliación de los márgenes de libertad de imprenta, y esto es mucho.

Muchas gracias por la entrevista, y esperamos que disfrute su estadía en el Perú.
Claro que sí. Ya la he disfrutado.




Nota: Esta entrevista fue publicada en octubre de 2008 en la revista digital Sociedad Latina.