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lunes, 24 de octubre de 2011

Margo Glantz




“Mientras no se me acabe la vida, seguiré trabajando”


Entrevista y foto por Gianmarco Farfán Cerdán


La gran escritora, ensayista, crítica literaria y académica mexicana Margo Glantz Shapiro (Ciudad de México, 1930) vino a Lima como invitada del Festival Eñe América, realizado en abril. Dueña de una magnífica trayectoria literaria y ensayística, entre sus numerosas obras tenemos: Las mil y una calorías (1978), Las genealogías (1981, Premio Magda Donato 1982), Síndrome de naufragios (1984, Premio Xavier Villaurrutia 1984), El rastro (2002, Premio Sor Juana Inés de la Cruz 2003 y finalista del XX Premio Herralde de Novela) y Saña (2006). Asimismo, ha obtenido las becas Rockefeller (1996) y Guggenheim (1998), el Premio Nacional de Ciencias y Artes en Lingüística y Literatura 2004, la Medalla de Oro de Bellas Artes 2010, y el Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances 2010 (antes llamado Juan Rulfo). Además, recibió doctorados Honoris Causa de la Universidad Nacional Autónoma de México -donde enseña desde 1958- en 2011, la Universidad Autónoma de Nuevo León en 2010 y la Universidad Autónoma Metropolitana en 2005. Desde 1995 es miembro de la Academia Mexicana de la Lengua, fue distinguida como Investigadora Emérita del Sistema Nacional de Investigadores en 2004, y ha sido profesora visitante en las universidades de Yale, Harvard, Princeton, Berlín, entre otras. Actualmente, es columnista del diario La Jornada. A la edad de Glantz, muchas personas solamente quieren sentarse en su sillón preferido de la casa a escuchar música de su juventud, sin que nadie los moleste durante el día. Pero ella no. Su admirable vitalidad y encomiable lucidez la impulsan a seguir escribiendo y publicando.

Es un gusto para mí poder entrevistarla. Quería empezar haciendo un resumen: ochenta años de edad, más de cuarenta obras publicadas. ¿Siente que ya ha publicado todo lo que quería, que ya ha escrito todo lo que deseaba?
No, todavía no. Todavía me falta, espero. Si me da tiempo, todavía tengo bastantes cosas que hacer.

Usted, sobre todo, empezó escribiendo ensayos.
Sí.

El año 64.
Un poquito antes, 63. Luego, mi primer libro de ficción, fue en 1977. Ya tenía yo cuarenta y siete años. Así que el primer libro importante que publiqué es en el 81, se llamaba Las genealogías.

Se lo dedicó a su padre, además.
A mis padres, sí.

Usted decía que, como empezó a escribir tarde, era una “joven promesa con arrugas”.
Sí.

¿Siente que ahora sigue siendo una “joven promesa con arrugas” o ya…?
(Sonríe) Creo que ya “joven promesa” sería un poco exagerado de mi parte decirlo. Sí pienso que, mientras no se me acabe la vida, seguiré trabajando. Ahorita estoy terminando un libro sobre la India. Este es un libro de viajes que formaba parte de un libro más extenso que decidí recortar y dedicarlo solamente a la India. Tengo ya escrito mucho material para un libro de viajes mucho más extenso, en cuanto termine este. Estoy un poco sobresaturada con el material. Llega un momento en que ya ni veo muy bien cómo terminarlo, porque lo he trabajado tanto que estoy deseando que se acabe cuanto antes para poder seguir con el siguiente.

¿Cuántos años ya tiene trabajando este material?
Estuve en la India en el invierno del 2004 y principios del 2005. De diciembre a enero, de 2004 a 2005. Luego, volví a la India en el 2008, y volví el año pasado. Entonces, el libro contaría las experiencias de esos tres viajes. Estoy a punto de terminarlo. Ya tiene muchas partes muy trabajadas, otras que son reiterativas, que tengo que eliminar. Porque se ha escrito muchísimo sobre la India. Un libro más sobre la India no tiene mucha importancia. Tiene que ser un libro que tenga algún punto de vista diferente de los demás. Lo tomo como una de las formas de la autobiografía. Este libro de viajes extenso que estoy preparando es el viaje como autobiografía. Como me he dedicado mucho a viajar, es uno de los aspectos importantes de mi biografía.

Desde que era pequeña, el viaje siempre ha sido parte de su familia.
Sí. Mi padre viajaba mucho y yo pensaba que algún día iba yo, también, a viajar. Porque lo íbamos a esperar al aeropuerto y me parecía una de las posibilidades más extraordinarias del mundo estar constantemente viajando. Empecé a viajar, en realidad, como a los veintitrés años. Y desde entonces no he parado. Así que llevo ya mucho tiempo.

¿Ha podido conocer el lugar donde se casaron sus padres, Odessa?
Conocí Odessa para terminar Las genealogías, que fue un libro que publiqué en el 81. Lo publiqué como este libro que estoy haciendo ahora: por entregas en los periódicos. Decidí que no podía terminarse, puesto que era un libro de biografía de mis padres y autobiografía mío, pero lo más importante era la vida de mis padres. No podía yo, de ninguna manera, terminarlo sin haber intentado, por lo menos, conocer el lugar de donde mis padres habían venido. Ahora, cuando llegué a Odessa estaba muy cambiada, porque llevaba muchísimos años que mis padres estaban en México. De cualquier manera, pude conocer a parientes muy cercanos: primos hermanos, hijos de hermanos de mi madre. Todavía había algunos monumentos en Odessa, los clásicos: la Ópera, los escalones que aparecen en El acorazado Potemkin de…

Eisenstein…
…Eisenstein. Es decir, algunas cosas todavía se mantenían del siglo XIX, del siglo XX. Así que conocí parte de lo que mi madre había conocido. Aunque el país había cambiado enormemente. Y mi padre había nacido en una ciudad, pero luego había vivido hasta los catorce, quince años, en un pueblito, un gueto, que había sido totalmente destruido por la revolución. Así que lo de mi padre no pude conocerlo porque ya no existía.


Entre Sor Juana y la Malinche

Aparte de la literatura de viajes usted ha indagado bastante, también, sobre la identidad mexicana, con personajes como Sor Juana Inés de la Cruz o la Malinche. México: ¿se constituye más de la influencia de Sor Juana Inés de la Cruz o de la Malinche?
Ambas han sido figuras esenciales de la historia y la literatura… La historia mexicana de la literatura, porque la Malinche forma parte de la literatura y la historia al mismo tiempo. Porque los cronistas de Indias hablan de la Malinche y los cronistas indígenas hablan de la Malinche. Entonces, forma parte de libros, por ejemplo, tan importantes -tanto para la historia como la literatura- como Bernal Díaz del Castillo, uno de los libros más bellos que se escribieron con la conquista. Ahí la Malinche, en toda la primera parte, antes de la conquista de Tenochtitlan, es fundamental. También aparece cuando Cortés se va a Las Higueras -se lleva a la Malinche como intérprete y la casa con un lugarteniente suyo: Juan Jaramillo-, aparece como figura estelar en muchísimos textos de la época. Ahora, la Malinche se vuelve un personaje esencial en la historia de México, en debates políticos muy importantes. Durante la colonia fue considerada como una figura regia, porque era venerada, porque se suponía que gracias a ella se había celebrado la conquista de México. Luego, cuando vino la independencia -se volvió a reivindicar el pasado indígena- la Malinche fue considerada como una traidora.

Surgió el término “malinchismo” en honor a ella.
Malinchismo, sí. Todavía se usa muchísimo. La Malinche ha pasado por muchos avatares, por muchas vicisitudes, desde el punto de vista ideológico, de cómo se la ve. Y aparece en numerosísimos textos de teatro. Hay novelas sobre la Malinche. Y ha sido, también, protagónica en los movimientos chicanos en los Estados Unidos. Entonces, es un personaje realmente muy importante para la historia de México, para la literatura. Lo mismo Sor Juana Inés de la Cruz. Es, probablemente, una de las figuras más fundamentales de la literatura no solo de México sino de todos los siglos de oro. Es decir, fue la última gran figura de los siglos de oro. Con ella se clausuran los siglos de oro.

Era un prodigio, en verdad.
Un prodigio que supo asimilar la tradición de la lengua castellana de una manera extraordinaria. Ella podía escribir como Calderón de la Barca cuando hacía teatro y autos sacramentales, como Góngora con el Primero sueño, como San Juan de la Cruz o Santa Teresa en El divino Narciso. Pero no solo se limitaba a tomar como fuentes a autores fundamentales de su época o un poquito anteriores a su época sino que los cambiaba, les daba un sentido totalmente propio. Se ve perfectamente la impronta de esos personajes señeros de la literatura de los siglos de oro, pero Sor Juana siempre le pone su propio sentido personal, su impronta, en lo que escribe. Es decir, hace un auto sacramental como El divino Narciso, en donde se nota que conoce, siente profundamente la poesía mística de San Juan, pero ella, al mismo tiempo, hace su propia poesía mística. Conoce muchísimo a Góngora, el tipo de métrica que utilizaba. Es buena en el hipérbaton que usaba Góngora, pero su Primero sueño es totalmente único. Porque Góngora se ocupa de cosas como el paisaje, el colorido de las cosas, la mitología griega -aunque, también, la utilice-, pero Sor Juana trabaja un tema que es, como decían sus contemporáneos, árido: un tema científico que no se prestaba para la poesía y, sin embargo, ella lo transforma en poesía. Había un contemporáneo de ella que se llama el padre Calleja, un jesuita, con el que se escribía. Cuando hace el obituario de Sor Juana en el tercer tomo de sus obras completas, sus obras reunidas, habla de que sí ha imitado a Góngora, pero lo ha sobrepasado en muchos sentidos, porque la materia de este poema de Sor Juana era un tema muy árido, y ella logra hacerlo verdaderamente florecer.

Además, era una intelectual en una época en que las mujeres no eran intelectuales.
Sí.

Eso es totalmente revolucionario.
Era una mujer muy completa porque no solo era una gran poeta… Era, fundamentalmente, una gran poeta, pero era, también, teóloga, filósofa, música, conocía perfectamente el arte de su tiempo. Y, por otro lado, hacía las labores propias de una mujer: bordaba y cocinaba maravillosamente bien. Era una mujer que funcionaba en todos los aspectos posibles de la vida, tanto de masculina como femenina, y siendo una monja muy devota. Ocupaba labores verdaderamente intensas de una monja. Es decir, todos los rezos y cosas que tenía que hacer. Aparte, podía escribir, bordar, pensar, y era una gran políglota. Sabía latín, nahuátl, portugués.

Usted ha escrito varios textos sobre Sor Juana Inés, pero la fascinación por el personaje y las aristas que tiene, ¿permitirían que siga escribiendo nuevos textos acerca de ella?
Me han pedido que haga cosas sobre Sor Juana y no me interesa ya, porque llega un momento en que quizá se sature uno. Creo que Sor Juana es un personaje inagotable y siempre que me vuelvo a poner a escribir sobre ella encuentro facetas que no había entendido o no había notado. Sí se puede seguir escribiendo sobre Sor Juana. Es inagotable. Constantemente hay nuevos escritores, investigadores, que siguen trabajando sobre ella. Últimamente, Sor Juana es una figura muy polémica porque ha habido, por lo menos, dos tendencias ideológicas. Por un lado, manejarla como una gran escritora y mujer que lo que más le interesaba era saber, y no ser santa. Y hay la corriente religiosa que pretende que Sor Juana era santa. Es una polémica que tiene que ver con un problema ideológico en el país. Es decir, ¿es o no Sor Juana una mujer que se dedicó a explorar la santidad como la mayor parte de las monjas de su tiempo o fue una mujer que lo que más le interesó fue conocer, saber? Yo creo que esa es la faceta esencial de Sor Juana. Que al final de su vida haya renunciado y se haya vuelto a convertir… Si es que realmente se volvió a convertir o la obligaron a convertirse, eso ya no me concierne. Lo que me importa es replantear el hecho de que Sor Juana no quiso ser santa y la Iglesia no puede recuperarla como santa. Fue una monja devota, muy religiosa, pero no una santa.

El teatro, también, es una parte importantísima de su trabajo intelectual. Inclusive, su segundo ensayo es de Tennessee Williams.
Hice una tesis sobre él. Me dediqué como quince años a dar clases de teatro, y cuando hice mi carrera en la Facultad de Filosofía hice la de Letras Modernas, pero, también, seguí la carrera de Letras Hispánicas y la de Teatro, que en aquella época era incipiente en la Facultad de Filosofía. Cuando me fui a Europa, trabajé muchísimo mi tesis sobre viajeros franceses en México. Pero me dediqué, también, a ver mucho teatro. Me doctoré en París y cuando regresé a México entré a la Facultad de Filosofía y Letras dando clases de teatro. Me dediqué, desde el año 59 al 69, a dar clases de teatro. Hacía yo crítica y reseña de teatro en los periódicos mexicanos. Después interrumpí esa faceta de mi trabajo y me dediqué a otras cosas.


El exotismo y lo real maravilloso en América

Y esta tesis que usted escribió, del exotismo francés sobre México, ¿de qué trataba?
Acaba de salir el tercer tomo de mis Obras Reunidas en el Fondo de Cultura Económica y allí incluyo una serie de textos que corresponden a mi tesis de doctorado, que nunca publiqué y que ahora publico en este libro. Por razones académicas y por consejo de los maestros que me iban a dirigir la tesis, decidí trabajar sobre los viajeros franceses que habían venido a México en un periodo muy determinado de la historia de México, que era de 1847 -la Guerra de Texas- a 1867 -la consumación de la intervención francesa en México-. Entonces, mi trabajo abarcaba un periodo de veinte años. Exploré en las bibliotecas de París y en los periódicos a aquellos que habían visitado México por razones comerciales, turísticas o políticas. Manejé un tema esencial, el del exotismo, que en el siglo XIX se cultivó mucho, en realidad. Desde el siglo XVI el tema del exotismo de América es fundamental y yo seguí ese cauce, pero me limité a trabajar esos veinte años de la historia de México. Después, publiqué un libro sobre viajeros extranjeros en México que abarcaba casi todo el siglo XIX.

¿Se puede decir que lo real maravilloso es una especie de hijo del exotismo, de la mirada exotista?
En algún nivel, claro que sí, evidentemente. Porque ya desde las crónicas de la conquista se advierte un elemento de lo real maravilloso. Definitivamente, todos los cronistas, a veces, tratan de explicar lo que es América y caen en lo real maravilloso, avant la lettre (antes de su reconocimiento oficial, científico o histórico).


Alfonso Reyes, Leopoldo Zea y Jorge Luis Borges

Usted ha tenido la suerte de ser alumna de muy renombrados catedráticos como Alfonso Reyes o Leopoldo Zea (o Rodolfo Usigli). ¿Qué recuerdos tiene de Alfonso Reyes? Alguien que Jorge Luis Borges…
Yo no fui alumna de ninguno de ellos. Conocí a Don Alfonso en el Colegio de México, pero lo conocí tangencialmente. Nunca hablé demasiado con él. Lo veía porque era el director del Colegio de México. Murió cuando yo era bastante joven. Lo que pasa es que cuando he trabajado literatura mexicana, uno de los temas que trabajé es Don Alfonso Reyes. El último trabajo que hice fue sobre las memorias de Don Alfonso, que se publicó hace como dos años en CD. Y trabajé, también, la Visión de Anáhuac y algunos de sus textos de temas cotidianos, como la cocina. Esos temas misceláneos trabajó muchísimo Don Alfonso y yo, también, me interesé en ellos. Pero, en realidad, directamente no tuve nada que ver con él.

Como en Internet aparece en casi todas sus biografías que fue alumna de…
De Alfonso Reyes.

De Alfonso Reyes y de Rodolfo Usigli.
A Zea lo conocí porque fue director de la Facultad de Filosofía y Letras, porque era una persona muy destacada. Mi primer marido era filósofo y había sido, no discípulo de Zea, porque no era tan…

Francisco López Cámara.
López Cámara, sí.

Pero, ¿a usted le parece que Alfonso Reyes -como decía Jorge Luis Borges- era el mejor prosista de la lengua española?
Esos calificativos me parecen extremos. Es decir, es uno de los grandes prosistas de la lengua española, definitivamente. Es un prosista muy clásico. Si uno quiere aprender a escribir español bien, pues le tiene que leer muchas veces. Sí creo que una de las figuras señeras sería Alfonso Reyes, como es Borges. Muchas veces, cuando tenía problemas para escribir me ponía yo con un libro de Borges, sobre todo para aprender a sintetizar. Porque Borges sintetiza extraordinariamente bien. La organización de la frase, el tipo de adjetivación, todo ese tipo de cosas me parecía muy interesante de manejar. Y Don Alfonso, también, es una prosa muy nítida, muy clásica. No se nota casi la prosa. Es decir, es un instrumento para expresar ideas, pero no es una prosa en donde hay un trabajo muy particular sino que es transparente. Es muy útil, muy importante el trabajarla.

¿Fue tan fuerte la oposición del movimiento indigenista en México que impidió que se postulara a Alfonso Reyes al Premio Nobel (de Literatura), como lo propuso Gabriela Mistral?
No conozco muy bien ese tema, pero me imagino que hubo lo que usted dice, una fuerte oposición. En realidad, Don Alfonso no se ocupó demasiado de temas indígenas.


Identificada con sus dos tradiciones

Por otra parte, fue directora del Instituto Cultural Mexicano Israelí. ¿Usted siente que sus grandes influencias son -obviamente- México y la cultura judía? ¿O se siente mucho más comprometida con México?
Me siento las dos cosas. Me identifico absolutamente con las dos ramas, los dos mundos que me tocaron por suerte. Nací en México, en una familia judía, con una tradición judía, en la que me parece importantísimo mantenerme. Me interesa muchísimo la literatura que se produjo, por ejemplo, en Europa, de escritores judíos. Me interesa muchísimo Kafka, Walter Benjamín, (Arthur) Schnitlzer, tantísimos otros escritores de esa época, (Philip) Roth, que son grandes escritores y han sido fundamentales en mi formación. Y, también, desde el punto de vista de la religión y la tradición judía, pues mi familia. Eso es muy importante. Pero no conozco mucho la Biblia, ni conozco bien el yiddish ni el hebreo. Es decir, mi formación es mixta, pero con una fuerte tendencia a lo mexicano. Me he dedicado en gran parte de mi vida a trabajar literatura mexicana, soy profesora de literatura mexicana, y muchos de mis textos tienen que ver con la literatura mexicana.

Y, también, con una fuerte formación europea.
Sí. Eso, también. Muchísimo. He trabajado muchísimo las literaturas occidentales, desde muy jovencita. Leí mucha literatura alemana, francesa, inglesa, norteamericana. Luego, más tarde, me interesó mucho la literatura japonesa. Es decir, me sigue interesando la literatura contemporánea y los autores de muy diversas procedencias.

Inclusive, usted lee a autores como Roberto Bolaño.
Sí, claro. Leo literatura latinoamericana. Me interesa muchísimo.

¿Cuál es el punto de partida para esta curiosidad inagotable que usted tiene acerca de la literatura? Sea la de hace siglos o la actual. ¿En qué piensa Margo Glantz cuando dice: “Quiero seguir escribiendo”?
Mi formación es esencialmente literaria. Empecé a leer desde muy niña, muy jovencita: nueve, diez años. Mi papá tenía muchos libros en casa y, para mí, una de las ocupaciones fundamentales fue leer, siempre, más que jugar con otros niños. Para mí lo más importante era la lectura. Y sigue siendo la lectura una de las cosas más importantes en mi vida. No puedo funcionar si no me llevo un libro de viaje. Los viajes no significan lo mismo si no tengo qué leer. Y, además, en mis libros de viajes hay siempre una intercalación de lo que leo. La lectura es una parte de mi biografía. Lo que estoy leyendo es autobiográfico, y eso va a canalizarse en mi escritura. Entonces, ni siquiera me pregunto ¿por qué? Pero ha sido siempre esencial.

¿Siempre compra libros en los países que visita?
Sí, siempre compro muchísimos libros. Lo cual ya voy a dejar de hacer porque tengo tantos que ya no sé qué hacer con ellos. Quiero empezar a deshacerme de libros, porque se vuelve una carga muy fuerte la biblioteca. Quiero reducirme en todos los aspectos. Una de las cosas que tengo que hacer ahora es donar libros porque ya no voy a poder leer tantos.

Van a haber muchas universidades interesadas, de hecho, en tener su biblioteca.
Voy a donarlo por partes. Porque muchas de las cosas que tengo están en varias bibliotecas. Las bibliotecas no pueden duplicar ni multiplicar el mismo tipo de libros, entonces, mejor que vayan a instituciones donde haga falta. Por ejemplo, regalar libros a las cárceles es muy importante, regalar libros a la provincia, a bibliotecas pequeñas o a universidades que empiezan, como la UACM -que es la Universidad (Autónoma) de la Ciudad de México-, que tiene una biblioteca todavía no muy bien constituida. Mis libros pueden formar parte de esos acervos más que de un acervo más definido, como el de Don Alfonso Reyes o el de José Luis Martínez, que se acaba de morir hace tres años y su biblioteca se entregó al Estado. Se construyó un espacio maravilloso para esa biblioteca que tenía más de cincuenta mil volúmenes. Creo que es la mejor biblioteca de literatura mexicana que existe en todas partes. Esa biblioteca sí merece tener un sitio muy particular, muy especial. No creo que la mía tenga esa calidad.


“La onda”: lenguaje desenfadado, coloquial y juvenil

Me llamaba la atención este libro de 1971 que usted había publicado, Onda y escritura, jóvenes de 20 a 33, porque dio nombre a una corriente literaria que se llamaba la “literatura de la onda”. ¿En qué consistía?
En un momento dado de la historia de la literatura mexicana hubo una especie de revolución de enfoque y de lenguaje, en lugar de tratar cierto tipo de temas que eran, fundamentalmente, los revolucionarios. Porque la literatura mexicana después de la revolución trató ese tema con una gran dedicación, y aparece lo que se llama la “novela de revolución”: Martín Luis Guzmán, Nellie Campobello, Rafael Felipe Muñoz, (Mariano) Azuela, evidentemente. Y, luego, hasta Carlos Fuentes y Rulfo. Todos ellos tenían que ver con la revolución mexicana. La revolución mexicana había (sido) tan importante en el país que toda la literatura estaba contaminada de ese tema.

Fue un punto de quiebre.
Sí, un punto de quiebre. “La onda” fue un punto de quiebre porque cambió totalmente el tipo de lenguaje. Se volvió un lenguaje coloquial en donde cabían expresiones vulgares, donde empezaron a aparecer palabras que estaban vetadas en el lenguaje clásico de la novela. Por ejemplo, Santa de (Federico) Gamboa, que es una novela de una prostituta, nunca dice la palabra “puta”. Es púdico. Es decir, es un lenguaje que elimina lo que parece indecente. Claro que en Carlos Fuentes aparecen ya palabras de lenguaje blasfemo, soez. Lo mismo, también, hay un estudio de El laberinto de la soledad de Octavio Paz en donde, justamente, una de las palabras más soeces, que era “chingada”, se vuelve el tema esencial del libro de Paz. Pero la forma de manejar el lenguaje es desenfadada y coloquial y, sobre todo, muy juvenil. Porque es la irrupción de los jóvenes como figuras fundamentales de la literatura. Esa irrupción es, también, la del lenguaje de los jóvenes en un nuevo tipo de lenguaje, y de temas muchísimo más, aparentemente, intrascendentes -como la relación con la sociedad, el problema del interés por el sexo-, de una manera mucho más esencial dentro del texto. En ese sentido, “la onda” fue muy importante porque, como usted dice, es un punto de quiebre. Llegó un momento en que “la onda” se volvió como receta. Era una forma muy fácil de manejar la literatura y muchísima gente pensaba que podía escribir novelas simplemente con utilizar el lenguaje coloquial. Ese tema ya no lo volví a trabajar. Fue importante en su momento, causó mucha polémica en los que formaban parte de esa corriente que llamé “la onda”. Se molestaron porque los etiqueté, pero creo que fue importante el ensayo sobre ese período. Ahora no me interesa más.


Nuevas tecnologías: hacia una novedosa manera de escribir

Ahora, en diversos países de Sudamérica están apareciendo obras literarias sobre el ciberlenguaje. Por ejemplo, en Ecuador tenemos Ondisplay 2.0, y en otros países, otros títulos.

No los conozco, todavía.

A lo que iba era: esta literatura del Internet, ¿es un mundo rico para explorar? Es muy coloquial, muy juvenil, muy soez por ratos. ¿Qué le parece a usted?
Es una revolución fundamental en todos los niveles: en la forma de comunicación, tanto el teléfono celular como el iPhone, el iPad, el BlackBerry, todo eso. Se vuelven esenciales para la nueva manera de escribir. Tiene que influir, definitivamente, en la nueva manera de escribir. Hasta en la ortografía. La ortografía va a cambiar. Es decir, hay una reducción de términos en el lenguaje que tiene que afectar necesariamente la forma de comunicarse. El Twitter, por ejemplo: uno tiene que reducirse a 140 caracteres. Si no lo hace, no funciona. Aunque mucha gente hace Twitter tras Twitter tras Twitter: acaban haciendo casi una novela. Pero la necesidad de reducir, sintetizar y expresar un pensamiento con la brevedad que el Twitter exige, cambia, también, la forma de pensar. Definitivamente.

¿Usted maneja Twitter, Blackberry o iPhone? Facebook tiene.
Twitter sí, Facebook no. Pero quizá voy a entrar a Facebook, también.

Hay una página de usted en Facebook.
¿Ah, sí?

Yo pensé que era suya.
No.

Entré ayer.
No la conozco.

Entré ayer y publicaba “este texto me gusta y este libro…” (como El Tirus-La Nueva Iliada de Emilio Carcaño Bringas). Pensé que era usted publicando en Facebook.
No. Llevo un mes trabajando el Twitter. Tengo muchos seguidores, como doscientos en menos de un mes, y me parece interesante. A veces, me parece muy curioso el fenómeno. Siento que puede prestarse a una banalidad excesiva y a un egotismo impresionante. Es decir, los problemas, los pensamientos más intrascendentes, aparentemente, que tiene una persona pueden vertirse en el Twitter, y la gente los sigue y comenta sobre ellos. A veces, se llega a una especie de cursilería y filosofía barata muy impresionante. Me parece, como fenómeno, muy interesante de reflexionar sobre él.

Estamos en una época de lo banal.
Sí. El ego, lo que cada persona siente, piensa, a cada instante aparece en el Twitter y se pregunta uno: “¿Y esto a dónde conduce?”. Tiene que conducir a algo esa conformación del modo de pensar, escribir, sentir, comunicarse. Tiene que cambiar totalmente. Está cambiando. Ya no es lo mismo. Los niños chiquitos, desde los cinco o seis años, pueden funcionar muy bien dentro del Internet. Mucho mejor que yo, que entré muy tarde. Mis hijas, por ejemplo, manejan el Internet o todo lo derivado de la comunicación que es cibernética. En veinte años ha cambiado totalmente la forma de enfrentarse al mundo. Justamente, por la rapidez con que las cosas se comunican.

Ya no hay profundización de ideas ni conceptos. A veces, eso genera un poco de insatisfacción. Al menos, en las personas que estamos acostumbradas a tratar de debatir ideas. Pero en Facebook, Twitter y blogs uno ve, a veces, argumentaciones que no requieren mayor análisis ni trabajo intelectual.
Con el tiempo se sedimentará eso y saldrá algo muy especial. Ya está saliendo, yo creo. La cosa es que hay mucha basura.

Demasiada.
Como todos entran en el Facebook, todos entran al Twitter, todos se pueden comunicar. En cualquier parte que uno esté, en el mundo, puede leer el Internet con el iPhone o el BlackBerry. Puede estar usted en la India y donde quiera: inmediatamente se sabe lo que está pasando. Hay una comunicación instantánea. Eso tiene que cambiar totalmente las cosas. Todavía no sabemos exactamente qué es lo que está pasando, pero está pasando algo muy importante.

¿Juega usted con sus nietos, entra en juegos de computadora?
Soy demasiado arcaica para mis nietos. No creo que ellos se interesen en absoluto en lo que hago y yo no los entiendo, todavía. Ellos están en Facebook, sobre todo mi nieta. Tiene diecisiete años y es eficiente en el manejo de Internet. Mi hija mayor y mi hija menor, también. ¡Mi yerno! Todos funcionan perfectamente bien en eso, yo no.

Sus hijas son Alina y Renata. ¿Alguien de su familia ha seguido la vena literaria de usted?
Mi hermana Susana está escribiendo una novela. Mi hija Alina escribe muy bien, pero en Facebook, ja, ja... Y Renata escribe bien, lo que pasa es que ella es restauradora y trabaja en restauración. Mi otra hija, realmente, escribe muy bien, pero se va desperdigando en la escritura. Es decir, no escribe con la intención de ser escritora, escribe porque necesita comunicarse. En ese sentido, le funciona muy bien el tipo de comunicación moderna. El Facebook es fundamental para ella. Se pasa el día entero en el Facebook.


La sombra de los padres brillantes

¿Podría deberse al temor de la sombra de Margo Glantz? Porque siempre los hijos de algún escritor reconocido tienen esa sombra…
Pues, sí.

…de superar a los padres.
Debe ser desagradable tener una mamá que, de alguna manera, destaca. Lo que voy a decir es muy terrible: probablemente, necesitan que me muera, pero no creo.

Ja, ja, ja, ja…
(Sonríe) No creo que les guste tampoco que me muera.

No creo.
Mi padre era poeta y, en una entrevista que me hicieron hace poco, me di cuenta que, en realidad, empecé a escribir muy tarde, de alguna forma, porque la figura de mi padre me imponía mucho. Mi padre había sido un poeta en ruso y en yiddish.

Su padre Jacobo.
Sí. Además, el yiddish como idioma fue asesinado con los judíos en Europa. Era el idioma de los judíos de la Europa Oriental. La mayor parte fueron asesinados, como seis millones.

El holocausto.
El holocausto. Ese idioma se acabó con los que lo hablaban, que murieron. Entonces, mi padre escribía en una lengua que estaba condenada a extinguirse y vivía en un país en donde esa lengua no tenía mucha importancia, donde la gente hablaba yiddish, pero no había imprentas. Había periódicos en yiddish, pero eran muy locales. Estaba vinculado con los periódicos y las publicaciones en yiddish en Nueva York, que eran muy importantes. Conocía a los grandes escritores judíos, poetas y novelistas importantes. Había un gran periódico yiddish y había imprentas en Nueva York, pero se fueron muriendo con el tiempo. Mi padre era un gran escritor, pero no trascendió mas que en una comunidad muy reducida. Sin embargo, era una figura que me impuso mucho. Mi tercer libro, Las genealogías, salió cuando mi padre casi estaba a punto de morir. Murió un mes después. Así que, de alguna forma, me costaba mucho trabajo escribir porque estaba la figura de mi padre.

¿Y qué le dijo su padre cuando leyó (Las) genealogías?
Mi padre leyó (Las) genealogías en el periódico, pues yo lo publiqué como folletín. Es decir, lo publicaba en mi columna semanal en el Unomásuno. No solo eso sino que Las genealogías era un libro en donde yo hacía entrevistas con mis padres, las grababa, las transcribía y las publicaba en el periódico. Luego, cuando decidí hacer el libro -me lo pidieron, les interesaba a los editores lo que yo escribía en el periódico- decidí reestructurarlo, pero utilicé mucho material para el periódico. Mi padre leyó las entregas en el periódico y se interesaba porque él participó en eso. Mi madre también participó porque yo grababa en la casa de mis padres las entrevistas que aparecían en el periódico. Mi padre estaba muy satisfecho y contento de que yo me ocupara de ellos de esa manera, de que escribiera sus memorias a través de mi propia visión. Porque cuando publiqué el libro mi padre estaba muy enfermo y muchas cosas ya no las entendía, porque tuvo arterioesclerosis. Al final de su vida ya no entendía muy bien. Creo que cuando se presentó el libro mi padre lloraba. No era tan viejo, tenía ochenta años. Ahora yo soy más vieja que él, pero le entró una especie de sentimentalismo que les entra, a veces, a los viejos que están enfermos. Sentimentalismo final frente a un texto donde él y mi madre eran figuras esenciales.

De ese año 1978 cuando usted publica Las mil y una calorías, que sacó por su cuenta porque no conseguía un editor, hasta el presente, que acaba de recibir el Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances el año pasado, ¿cuánto ha cambiado, evolucionado, como escritora?
No sé. Yo nunca me he creído demasiado, nunca he entendido muy bien mi carrera literaria. Siempre supe que quería escribir y que iba a escribir algún día. De repente, eso se materializó. Y ya gané un premio como el de Literatura en Lenguas Romances en la Feria de Guadalajara, el premio que se llamó (Juan) Rulfo hasta hace poco, un premio muy importante en América Latina, lo cual me pareció extraordinario. Es una gran alegría para mí, un gran honor, pero se fue dando poco a poco, con un trabajo constante. Al principio, la gente no me consideraba escritora porque era académica, profesora universitaria, publicaba textos críticos, que eran como poco dignos de la escritura de ficción. Se pensaba que ese tipo de textos -que a mí me parecen muy creativos- no eran creativos. Poco a poco, de una manera imperceptible, fui ganando un lugar en las letras mexicanas, hasta que me dieron el premio.

Nunca imaginó llegar hasta ese lugar tan alto.
Sé que trabajé mucho, que he sido muy consistente en mi labor, que no he cejado, que estoy constantemente sobre el trabajo, la lectura, la escritura, la enseñanza. Que es una vocación que tengo desde muy niña, que nunca he dejado, que siempre he perseguido, y que, de repente, da frutos. También me dieron el Premio Nacional de Ciencias y Artes, y he tenido premios como el Villaurrutia, la beca Guggenheim. La beca Guggenheim la pedí como diez veces y nunca me la dieron, hasta que me la dieron, y con ella, en cierta medida, escribí El rastro, que ganó el Premio Sor Juana Inés de la Cruz y fue finalista en Anagrama.

Muchas gracias por la entrevista.
Muchas gracias a usted.

viernes, 14 de octubre de 2011

Cristina Rivera Garza




“La anécdota como tal, no aparece en mis novelas”


Entrevista y foto por Gianmarco Farfán Cerdán


La talentosa narradora, poeta, historiadora y catedrática mexicana Cristina Rivera Garza (Matamoros, 1964) vino como invitada a la FIL Lima 2011 para presentar su última novela: Verde Shangai (2011). Anteriormente, publicó los poemarios Apuntes (1984, Premio de poesía Punto de Partida), La más mía (1998) y Los textos del yo (2005); así como las novelas Desconocer (1994, finalista del Premio Juan Rulfo para primera novela), Nadie me verá llorar (2000, Premio Nacional José Rubén Romero 1997, Premio Impac-Conarte-ITESM 1999, Premio Sor Juana Inés de la Cruz 2001), Cruzar el Atlántico con los ojos cerrados (2001), La cresta de Ilión (2002, finalista del Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos 2003), Lo anterior (2004) y La muerte me da (2007, Premio Sor Juana Inés de la Cruz 2009). También los libros de relatos La guerra no importa (1991, Premio Nacional de Cuento San Luis Potosí), Ningún reloj cuenta esto (2002, Premio Nacional de Cuento Juan Vicente Melo 2001) y La frontera más distante (2008). Igualmente, su libro de investigación histórica La Castañeda. Narrativas dolientes desde el Manicomio General. México, 1910-1930 (2010). Esta respetada autora azteca recibió, en mérito a su destacada trayectoria, un homenaje por parte de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara el año 2009. Asimismo, en 2005, cuando recibió el Premio Anna Seghers, de Alemania, el reconocido novelista Carlos Fuentes la consideró “una de las voces más importantes de la joven generación de autoras y autores mexicanos y latinoamericanos”. Al respecto, la obra de Rivera Garza ha sido traducida al portugués, alemán, italiano, coreano, inglés, francés y esloveno. Además, es profesora de Creación Literaria en el Departamento de Literatura de la Universidad de California, en San Diego; y publica la columna semanal La mano oblicua en la sección cultural del periódico Milenio. Finalmente, para estar a tono con estos tecnológicos tiempos, mantiene siempre actualizado su visitado blog No hay tal lugar. U-tópicos contemporáneos.

Muchas gracias por la entrevista. Es un gusto para mí, realmente. Quería empezar citándola a usted misma: mencionó alguna vez que una novela podía prescindir de todo, excepto de una postura respecto al lenguaje. Entonces, ¿cuál es la postura de Verde Shangai?
¡Qué interesante! Porque sigo creyendo eso, en contra de posiciones que consideran que el elemento más importante de la novela es la anécdota. Y yo creo que la anécdota es importante, pero no es la única ni la más importante de las funciones de la novela. En el caso de Verde Shangai, hay una serie de ejercicios que tienen mucho que ver con la reescritura. Tienen que ver con la función primordial de la lectura. No tanto del lector sino de la lectura como una parte generativa de la novela. Entre estos dos elementos es que está estructuralmente. La composición de la novela tiene que ver con estos elementos. Está, de una manera más directa, la reescritura de una serie de cuentos que formaron un libro mío que publiqué en el 91, que se llama La guerra no importa, y la manera cómo algo que se reescribe transforma la estructura del presente, cómo esta estructura del pasado logra alcanzar esta orilla del presente.


Colindancias y puntos de ebullición

¿Siempre tiene presente en la elaboración de sus textos literarios, tanto poéticos como narrativos, este constante ir y venir entre Estados Unidos y México? Quizá no de una manera consciente, pero, ¿siempre fluye en sus escritos?
Y no de una manera temática, tampoco. Yo nunca he escrito un libro, por ejemplo, que se llame Estados Unidos y yo. Tampoco en mis libros hay una referencia a ciudades norteamericanas, y ni siquiera hay utilización de palabras en inglés ni nada. Yo creo que sí está muy presente, sí ha marcado mucho mis libros esta vida fronteriza, pero más en el sentido de lo que tiene que ver con identificación de bordes y procesos de cruce. Es algo que me sigue interesando mucho.

La colindancia.
Lo que se hace en esos puntos es lo realmente relevante. No lo que alcanza las orillas sino lo que logra mantenerse en esta mitad que, para mí, siempre está palpitando, es donde está lo vivo.

Claro. A usted le gustan estos puntos de ebullición, no la definición.
Exactamente. Sí. En todo caso, los libros que me han conmovido, los que me han marcado, son esos libros. ¡Qué bonito eso: en punto de ebullición! Sí. Antes de que se haga humo, y antes de que se acabe el agua.

Es como una transformación.
Cuando la alquimia pasa, sí. ¡Ay, voy a utilizar eso! ¡Te lo voy a robar! Ja, ja, ja…


Una parte intrínseca -y difícil- del texto literario

Con todo gusto. Viendo otra de sus obras, Nadie me verá llorar: esta duda que usted tuvo para ponerle el título, que primero era Yo, Matilda Burgos. Y luego Agujeros luminosos. Y luego La enferma habla mucho. ¿El dudar de los títulos puede generar un cambio, también, en el contenido del libro? ¿A usted le pasó eso durante esta duda de “qué título le pongo”, o el libro ya estaba hecho?
Es bien chistoso: hay libros que he escrito que nacen con el título. Lo anterior, por ejemplo, es un libro que nació con ese título, que después quise cambiar, pero ya no pude porque había nacido con ese título. Y hay libros que estoy produciendo y no me doy cuenta del título sino hasta ya muy entrado el final. Nadie me verá llorar es un libro con cuyo título yo todavía no estoy en paz. Si se valiera cambiar los títulos en cada edición, yo los cambiaría, pero eso ocasionaría demasiado caos, ¿verdad?

Claro.
Cambiaría muchos títulos. Estoy muy inconforme con mis títulos.

Puede, como hacía Octavio Paz, cambiar el contenido durante años, pero no podría…
Pero no el título. Yo quiero hacer lo contrario, que se quede el contenido, pero cambiar el título (sonríe) y la portada. No es cierto. Yo creo que el título no nada más es una puerta, no es un resumen, sí es una marca. Es una parte intrínseca del texto. No debería ser un añadido. Por lo mismo, es tan difícil como el punto final, tan difícil como la primera frase -que, usualmente, no es la primera que uno escribe sino es la primera frase que, después de releer y revisar, gana ese lugar-. Pero no soy muy buena con los títulos. Esa es la verdad del asunto.


La locura como material narrativo e histórico

También me gustó muchísimo este libro histórico, como historiadora que es usted, sobre el manicomio La Castañeda, en México. ¿Es una parte de la historia que le llamó la atención solamente porque está ubicada en la época del porfiriato o, quizás, porque este tema de la locura a usted le atrae mucho?
El tema me ha atraído desde hace mucho tiempo. Y creo que no soy la única. Es un tema universal. La diferencia aquí es que he tratado de encontrar las palabras concretas, las palabras históricas que le dieron forma al padecimiento mental en esta etapa tan álgida y tan importante de la historia mexicana: entre 1910 y 1930. Lo que intenté es, en lugar de estar hablando sobre interpretaciones de otras gentes, de los médicos o los poetas, pues quise meterme con el lenguaje en formación, con el lenguaje de los pacientes. Meterse en eso es un viajezote enorme. En los expedientes hay cartas, descripciones concretas, diálogos, muchas cosas tachoneadas. Hay, evidentemente, un proceso muy vivo de cómo vamos definiendo como sociedad algo tan difícil como la enfermedad mental.

En este caso de la elaboración de un libro histórico, ¿usted, también, ve la escritura como un proceso de producción….
Sí.

…o solamente en el caso de los libros narrativos?
No. Y en este caso, especialmente, he escrito artículos académicos. Usualmente, a diferencia de las novelas, en el libro académico uno tiene que saber de qué se trata, cómo va a terminar y dónde entra la argumentación…

Todo.
…antes de escribirlo. Es la gran diferencia, creo yo. El parentesco más cercano con la epifanía del escritor es, en el caso del historiador, cuando entra al archivo, cuando encuentra el documento que no sabe que buscaba: eso se parece más a escribir una novela. Pero en el caso de este libro de la historia de La Castañeda, yo hacía un hincapié en que es un libro de historia. En el sentido de que su investigación está a prueba. Cada pie de página está comprobado. Sigue toda la metodología y el rigor del historiador, pero está escrito como una escritora. Está escrito con la noción muy consciente de que cuando escribimos como historiadores, también estamos lidiando con interpretaciones del mundo.

La historia siempre es una interpretación.
Claro. Totalmente. Y, entonces, como tal, los mecanismos de la ficción me ayudan mucho para poder contar esa interpretación de esa historia del mundo.

Como que la narrativa es una interpretación más de lo humano, mientras que la historia es una interpretación más social.
Pero, por ejemplo, La Castañeda está muy basada, muy cercana a casos bien concretos. No es tanto una vista amplia sino una muy acotada por las experiencias personales de un puñado de pacientes. Me interesa mucho eso, tanto en las novelas como en la historia. Es decir, el punto de vista irreemplazable de una persona. Como una especie de Aleph, como una especie de caleidoscopio, después de regresar de las múltiples miradas del mundo.


Las nuevas tecnologías y la novela decimonónica

Su experiencia como bloguera y twittera: van a desencadenar en usted, en algún momento, escribir obras literarias…
Con esto.

…totalmente desarrolladas en el ámbito de las nuevas tecnologías.
Pero fíjate que Verde Shangai, la novela que estoy presentando, entre otras cosas, también resulta de mi experiencia con la escritura electrónica. Porque el tipo de narración, de fragmentariedad, de articulación que ocurre en Verde Shangai sería más difícil de pensar sin visualizar una pantalla llena de ventanas que se están abriendo y cerrando continuamente. Lo que vemos en la pantalla se yuxtapone, ocurre al mismo tiempo.

En tiempo real.
Sí. Exacto. Entonces, yo creo que mucho de esta estructura de composición está presente en Verde Shangai. Es justo como lo que hablábamos de las fronteras. El tema como tal, la anécdota como tal, no aparece en mis novelas, pero creo que la experiencia es una parte fundamental de la novela. Y, lo mismo, mi experiencia con la escritura electrónica es un esqueleto, una parte de los principios de composición de la novela. Aun cuando en la novela nadie tiene Twitter, Facebook, un blog, ni nada por el estilo. Pero no es tanto al nivel anecdótico que me interesa sino al nivel de cómo percibimos el mundo: cuando somos seres humanos que interactuamos con pantallas y ventanas que se abren dentro de pantallas que se cierran y se abren continuamente.

¿A usted le parece que todo lo que es cibernético, todo lo que tiene que ver con las nuevas tecnologías, es una amenaza parcial o total para la novela decimonónica, como la entendíamos?
Yo creo que es un reto para la escritura, en general. Y, de hecho, me atrevería a decir que no solo no es una amenaza: estas tecnologías realizan muchos de los sueños, las metáforas y los clichés de los que se hablaba, por ejemplo, en las novelas decimonónicas, cuando los escritores decían que oían voces. Eran voces que se comunicaban. Ahora, cuando estás en una cuenta de Twitter y ves tu timeline las voces son otros escritores, otras escrituras que están escribiéndose en el momento. Es decir, pareciera ser que estas cosas de las que se hablaba como entes abstractos y metafísicos, finalmente, las tecnologías las han hecho posibles como presencias y prácticas.

En simultaneidad, sobre todo.
Es una realización, una actualización, un consumar algo que era una promesa, de alguna manera. Y, claro, a lo que eso conduce, me entusiasma, me da una gran curiosidad. Me interesa mucho que mi escritura se vea afectada, también, por esa experiencia. Que no sea una escritura hermética que se quede a respirar su propio aire viciado una y otra vez, sino que esté viendo lo que está ocurriendo, cómo estamos interactuando con la lectura en nuestra época contemporánea.

Muchísimas gracias por la entrevista. Esperamos que siga disfrutando de Lima y pueda volver en otra oportunidad. Es una escritora muy buena.
¡Qué amable! Gracias a ti por la entrevista.

domingo, 5 de septiembre de 2010

Mónica Lavín





“La literatura se propaga por contagio”



Entrevista y foto por Gianmarco Farfán Cerdán

Mónica Lavín (Ciudad de México, 1955) tiene la voz calmada de las personas nobles. Sus palabras destilan amabilidad e inteligencia. Quizá por eso esta prolífica escritora eligió a la genial Sor Juana Inés de la Cruz como protagonista de su último libro, una magnífica novela histórica: Yo, la peor (2009). Lavín ha publicado novelas, cuentos, ensayos, crónicas y columnas periodísticas. También ha realizado antologías de autores mexicanos, es catedrática y ha obtenido el Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen por su libro de cuentos Ruby Tuesday no ha muerto (1996). Asimismo, ganó el Premio Bellas Artes de Narrativa Colima para Obra Publicada (galardón que también han obtenido autores importantes como Sergio Pitol y Paco Ignacio Taibo II) por su novela Café Cortado (2001). Y fue finalista del Premio Antonin Artaud con su libro de relatos Uno no sabe (2003). Vino al Perú como invitada de la FIL LIMA 2010. En Yo, la peor Lavín revivió a la monja poeta, trescientos años después, para mostrarla como uno de los símbolos indudables del mestizaje mexicano y latinoamericano. Sin querer, Sor Juana fundió en su fascinante vida del siglo XVII –época absolutamente machista y represora- muchas facetas: intelectual crítica, mestiza, poeta y monja. Cuando la escritora azteca habla de Sor Juana lo hace con un respeto enorme, como quien habla de su madre. Yo, la peor va ya por su sétima reimpresión y de seguro vendrán más. Su impacto ha sido notable. Será que Sor Juana –figura de la literatura barroca mexicana- ha vuelto a la vida en dicho libro, en estos tiempos donde el mestizaje es la característica principal de las sociedades latinoamericanas. Acaso debía venir Mónica Lavín para mostrar a la autora de los versos Hombres necios que acusáis / a la mujer sin razón, / sin ver que sois la ocasión / de lo mismo que culpáis… en toda su intensa humanidad y santidad a la vez. Bienvenida nuevamente, valiente Sor Juana.


Es un gusto que esté usted en Lima con nosotros. Quería empezar la entrevista leyendo esto: De la más fragante rosa / Nació la abeja más bella / A quien el limpio rocío / Dio purísima materia. / Nace, pues, y apenas nace, / Cuando en la misma moneda, / Lo que en perlas recibió / Empieza a pagar en perlas. / Que llora el alba, no es mucho / Que es costumbre en su belleza / Mas ¿quién hay que no se admire / De que el sol lágrimas vierta? Cuando uno escucha estos versos que fueron escritos en el siglo XVII por Sor Juana Inés de la Cruz, no se imagina que ella pueda ser la protagonista de una novela titulada Yo, la peor.
(Sonríe) ¿No, verdad? Pero es ella y otros personajes que la rodearon, lo cual me parece una oportunidad cuando dices: “Voy a escribir una novela sobre un personaje que sí existió, que tuvo la altura de Sor Juana”. Una oportunidad de estar cerca. Siempre digo que después de escribir Yo, la peor ya no puedo leer a Sor Juana de la misma manera. Es como si la hubiera visto crecer: estar en la casa con sus abuelos, curiosear, ver la erupción del volcán Popocatépetl que estaba muy cerca de donde ella nació, ver cómo se asombró cuando llegó a Ciudad de México -tenía ocho años y era una ciudad señorial-. ¿Qué habrá pensado? ¿Cómo toda esa belleza, inquietud y curiosidad fue forjando esta alma inquieta, esta pluma talentosa y aguda?

¿En México existe fascinación por el personaje de Sor Juana como lo existe por Frida Kahlo?
Sí, pero de distinta manera. Siento que Frida Kahlo causa más fascinación en el exterior que en el propio México. Porque Kahlo lleva los símbolos de lo mexicano puestos. Cuando (era la época de) Sor Juana no había una idea de mexicanidad, pero ella es parte y cómplice de esta idea de lo mexicano, de lo que sí tiene que ver con España, pero también con lo prehispánico -ella hablaba el náhuatl, lo escuchaba- y con las voces negras y africanas que en ese entonces existían, porque había esclavos. Sor Juana, después de ser redescubierta a finales de siglo XIX no creo que sea una figura popular como lo es Frida Kahlo. De repente es una figura intelectual, para entendidos o gente que le gusta la poesía, a pesar de que su cara está en un billete de 200 pesos en México. Y todo el mundo sabe que la monja notable escribía y todos citan lo de Hombres necios que acusáis a la mujer…, pero no más. No es leída como debiera ser. Es una figura que causa asombro. Eso espera la novela hacer: desmitificar, bajar y derretir del bronce donde se coloca a los héroes, y ver que era una mujer a la que le tocó una época muy difícil. Porque las posibilidades de -si tenías inquietudes como ella- conocer, participar de la discusión de las ideas, la retórica de su tiempo: había todas las de perder. Pero su vehemencia, disciplina, rigor, agudeza y haberse movido de la manera adecuada, hizo posible que no exista otra figura en la colonia, ninguna otra, de su tamaño. Ni hombre ni mujer.

Era una niña genio. Porque a los tres años ya había aprendido a leer.
Sí. Incluso iba con su hermana a la escuela de la mano. Se llamaban escuelas Amigas y las viudas las dirigían. En particular, tomo a la viuda maestra como un posible personaje. Pero ella iba incluso sin permiso de los padres. Aprendió a leer, sí era una niña genio. Exactamente. No era una niña cualquiera sino con un coeficiente intelectual y un interés fuera de lo común.

En el fondo, lo mejor que pudo hacer Sor Juana para su época es quedarse en el convento. Porque si hubiera probado la vida mundana no hubiera podido crecer tanto como lo hizo en el convento, rodeada de toda esta intelectualidad casi secreta y muy pura.
Sin duda creo que ella lo sabía. El matrimonio –y lo dice en su Respuesta a Sor Filotea (1691)-: ella dice que no iba con las impertinencias de su ingenio. Lo más cercano a la posibilidad de estar con los libros era la vida conventual, a pesar de que había todo este rigor de las horas, de todos los rezos. Estas comisiones que ella tenía de escribir los villancicos le daban también la posibilidad de recogimiento y estar con los libros. A veces decimos: “¡Ay, cómo quisiera hacer vida monacal para estar leyendo y escribiendo!”

En los villancicos también había partes en latín. En veinte lecciones aprendió latín.
Se dice que aprendió incluso cuando estaba en la corte con los virreyes. Que el que fue su confesor -(Antonio) Núñez de Miranda, el jesuita-, pagó las veinte lecciones de latín que también le hicieron. Sí, leía latín. Que era imprescindible, además, para entrar en la lectura de ciertos textos.

Luego de escribir Yo, la peor usted ve a Sor Juana, ¿con ojos más compasivos, comprensivos o más que todo de admiración?
De admiración, desde luego. La admiración a veces coloca a los escritores o a la gente que ves como si fueran de otro mundo. Pero todos somos producto de nuestra circunstancia, y yo la veo ahora con complicidad, como si al leerla pudiera ver cómo amanecía de niña en aquella hacienda -porque existe, la puedes visitar cerca de Ciudad de México: Panoaya. La reconstruyeron-. Puedes ver por las ventanas cómo eran sus amaneceres. Es muy parecida la humedad a la que ahorita aquí (una fría mañana en Miraflores) estoy sintiendo en Lima. En este lugar húmedo, frío, crecen hongos -sanjuaneros les llaman-. Por ejemplo, la escena cuando la pongo a caminar con la hermana y recogen hongos, pues siento que la vi observar un hongo, tener curiosidad por esas laminillas detrás del caparazón del hongo. Como que ya es “mi” Sor Juana. Porque la literatura propone una forma de apropiación.

Una visión propia.
Sí. Propongo “mi” Sor Juana a los lectores, me siento cerca de ella. Y la palabra compasiva me gusta porque Faulkner dice –en su discurso cuando recibe el Premio Nobel- que la compasión tiene que ver más con la comprensión, con saber que todos tenemos flaquezas y grandezas. Y yo veo a Sor Juana también en sus flaquezas, no nada más en sus grandezas, después de la novela.

Este inicio tan llamativo de su novela, esta Invocación en donde uno no puede identificar muy bien, a primera vista, si es una persona que conoció a Sor Juana Inés o si es usted como narradora que se convierte en un personaje más de su novela. ¿Cómo se le ocurrió este inicio sorprendente?
Gracias. Fíjate que lo curioso es que en el proceso de escritura no se me había ocurrido al principio. Digamos que fue cuando ya estuve más cerca de Sor Juana, de su tiempo, su circunstancia, y me encontré este dato fascinante de que Santa Paula era patrona de las viudas. Ya había entrado en el lenguaje de la época, en el ritmo, dije -en estos momentos de oscuridad que siempre hay en la escritura-: “Necesito tener una luz, algo que me acompañe”. Siento que la escritura tiene que ver mucho con la racionalidad, pero con la intuición también. Había algo que me dictaba esta Invocación, esta necesidad de estar menos sola. La escritura es un proceso solitario, como bien sabes, y de incertidumbre. Y de repente era sentirme en medio de este México novohispano, este México de piedras, pero hablando con una mujer romana, cómplice de San Jerónimo. Todo escritor a lo mejor es un traductor de algo que pudo haber ocurrido y sentí necesidad de hacer la Invocación. Me sentí tan bien después de escribirla. Porque, como bien dices tú, nunca pensé en que “voy a ser un personaje”. Había una necesidad que la dictaba y después era como si yo fuera una más de esas mujeres de ese tiempo, pero que sabe cuál es el destino de Sor Juana y parece estar atestiguándolo antes de que sea. Juego con el tiempo. Entonces, ¿soy yo o soy un personaje?, pero sobre todo es esta manera de tejer complicidades: Santa Paula/Sor Juana/Mónica Lavín, la autora o Mónica Lavín, la narradora.

Empezando la novela, detalla mucho al personaje de Sor Juana cuando entra en la escuela Amiga con Josefa (su hermana mayor) y entonces le pregunta la maestra si sus padres han aprobado que Juana Inés vaya al colegio, y la pequeñita le dice algo al oído a Josefa. La hermana mayor le dice a la maestra que su abuelo sí sabía (que iría al colegio) porque le gustaban los libros, pero su mamá no. Esta precocidad, esta inteligencia de pequeñita, define casi totalmente lo que se puede esperar del personaje en las futuras páginas.
Sí. Fíjate que para mí fue muy interesante porque de Sor Juana se ha escrito muchísimo, y (Sor Juana Inés de la Cruz o) las trampas de la fe (1982) de Octavio Paz para mí fue el toque de piedra para meterme e indagar en Sor Juana a través de la novela. De la infancia no se ha escrito, prácticamente. Me parecía muy atractivo abordar una genialidad precoz. Esta niña que va a ganar un concurso con una loa a los siete años, y esta relación con el abuelo de la cual ella misma en su Respuesta a Sor Filotea -que para mí es el documento fundamental, porque es un texto autobiográfico- narra su verdad, con honestidad, cómo vivió su amor por el conocimiento. Ella era excepcional desde pequeñita. Alguien por ahí me dijo: “Tú tienes muchos cuentos que tienen que ver con los hermanos”, porque me interesaba en la novela una hermana que quiere ir a la escuela desde niña con la otra más grande, que tiene inquietud por qué significa el náhuatl. ¿Qué era para las hermanas esta pequeña distinta, con una agudeza que -como tú dices- ya define lo que será, sin que ella misma lo sepa?

Y el náhuatl, ¿es como el quechua en el Perú, la lengua oficial de la gente de la sierra de México? ¿O se enseña en las escuelas? Porque acá no se enseña (el quechua) en las escuelas.
Es una pena. No se enseña en las escuelas. El náhuatl era lo que se hablaba en el altiplano. Nuestras dos grandes lenguas eran maya y náhuatl. Y en la zona donde vivió Sor Juana -muy cerca del Distrito Federal- los aztecas hablaban náhuatl, pero ya no se les dice aztecas: mexicas. Los indígenas que trabajaban en la hacienda de su abuelo hablaban náhuatl. Eso es lo que ella oye, el náhuatl, porque es de esta zona del altiplano entre las dos sierras, en el centro del país. Y no se enseña en las escuelas. Hay un movimiento ahora porque tampoco es una lengua oficial, hay una preocupación porque no se diluya. Debe pasar lo mismo con el quechua.

Sí. Claro.
Hay una noción de que nuestro español hablado en México está lleno de vocablos náhuatl, giros. Muchísimas palabras que empleamos tienen raíces del náhuatl, porque es una lengua que hizo un mestizaje muy interesante por la fuerza que tenía y que desgraciadamente no sabemos. Hice un artículo que tiene que ver con los sonidos que escuchaba Sor Juana. Porque me parece que su voz poética también tiene que ver con su capacidad musical y aquello que oyó de la tierra de donde vino. El andaluz de los abuelos, el vasco del padre, el náhuatl de los trabajadores, más las voces negras de los esclavos eran una riqueza sonora… Después aprendió latín ya estando en la corte, dieciséis, diecisiete años. Pero todas estas voces las recoge y están en su poesía. Hay palabras en náhuatl. Pero de niña esto era intuitivo. Cuando escribes la novela sabes algunas cosas, no sabes todo acerca del personaje ni de cómo lo vas a abordar ni de las pasiones de los personajes colaterales. Es muy polémica la figura de Sor Juana, pelean los estudiosos. Unos dicen: “No es cierto”, (otros) “Sí es cierto”, pero uno como novelista dice: “Este artículo de esta persona dice que la loa que se atribuye a Sor Juana tiene palabras en náhuatl”. Dije: “Fascinante”. Ella no sabía que estaba mezclando todo. No era un propósito consciente, simplemente era lo que había oído. Me parece muy interesante que ella es semilla del mestizaje. En ella, aunque era criolla, ya está dándose -por los sonidos y la vida que le toca-, ya se está tejiendo una nación, una noción de diferencia con lo español.


María Luisa y Sor Juana: profunda amistad y admiración

También me llama la atención esta relación de admiración mutua que tienen (la virreina) María Luisa y Sor Juana. Es más, inclusive Sor Juana le escribe. Casi por momentos parecen líneas de amor.
Sí.

Si bien es una monja muy culta y tiene una sensibilidad muy fina, también suena muy romántico en el sentido de pareja, a veces, cómo le escribe…
Claro.

…cómo se tratan. ¿Era consciente de esta ambigüedad -aunque en ningún momento se desliza nada de lesbianismo-, hay algo de eso en Sor Juana?
Hace un poco lo que dice Octavio Paz, que a ojos de lectores de esta época nos parece que hay algo amoroso ahí, rayando la pasión amorosa. Pero yo creo -y como se ha explotado mucho si esto era lésbico-, quiero pensar -o me gustó pensarlo así en la novela- en que no podía encontrar muchas complicidades femeninas Sor Juana. Me encantó descubrir que eran de la misma edad, que necesitaba hablar con alguien culto que estuviera interesado en libros y le trajera -era muy ambiciosa- noticias del mundo. Y resulta que la virreina escribía poesía, alababa a su vez a Sor Juana. Porque cuando hace el Neptuno alegórico para recibirlos (a los virreyes), aún no la conoce. Entonces, yo en la novela hago que eso sea el motivo por el cual la virreina se acerca. “¿Quién es esta monja a la que le mandaron hacer mi arco triunfal, el arco para la entrada y donde me da un lugar?”, eso piensa la virreina, según yo. Es por lo cual empieza una amistad. Descubren ambas que se admiran. Y la admiración siempre está muy cerca de lo amoroso. No se puede dar una relación amorosa si no hay admiración mutua. Y la amistad entre mujeres es algo que no ha sido tratado suficientemente. Pienso que aquí había una amistad más allá de todo, porque cuando se va la virreina -se regresa (a España)- es la que le publica sus obras allá. Claro que la deja un poco desamparada, porque en México siempre se necesitaba en esa época, Sor Juana o cualquier figura, estar en una red de poder que te protegiera, y más si eras mujer. Con voz pública, pues mayor (necesidad). La virreina siempre fue ese personaje importantísimo en su vida. Si hubiera habido una pasión amorosa, lésbica, eso podría haberse percudido en el camino. Hay una especie de línea constante de admiración, apoyo y solidaridad. Me encanta la poesía que le dedica a la virreina. Es fascinante. Cuando no la puede ver en cuaresma porque no pueden tener visitas, dice: “Tengo los deseos cuaresmados”. Habla del deseo. Todo eso me parece fascinante porque pienso que tenía que haber una comunicación muy profunda. ¿Con qué otras monjas se iba a entender? Alguna que otra sí, no eran incultas, el convento era un lugar donde se leía, ¿pero a su altura? Estaban señores. (Carlos de) Sigüenza y Góngora iba y hablaban de los cometas. Y Eusebio (Francisco) Kino, el jesuita. Pero, ¿qué mujeres? Yo pienso que excepcionales las que podían tener un diálogo al tú por tú con Sor Juana. En la virreina primera encuentra una especie de mamá, en la segunda encuentra una igual, con la diferencia de que tiene el poder y está afuera. Y creo que ella sí es consciente también de la utilidad. Hay esta afinidad, pero no es una amistad desinteresada. También hay un deseo, una certeza de que importa estar bien con la virreina. Ella trata luego de estar bien con la que sigue, le escribe poemas, pero ya no se da esta relación.

Esta afinidad intelectual era lo que las unía en el fondo, más que nada.
Creo que sí. Y que se admiraban. Esta afinidad intelectual hacía sentir a una y a otra menos sola. Porque la virreina era hija de un embajador, es…

Y poderosa. Dentro de un mundo de hombres.
Exacto.

Se sentían fuertes.
Les daba un poder… La novela también tiene que ver con el poder. El poder que tienen los arzobispos, los virreyes. Porque es muy interesante con lo que juego: es con lo que se encontró hasta 1968, un documento, Los enigmas de la Casa del Placer. Que era una especie de acertijo intelectual, poético. Sor Juana mandaba un acertijo y las monjas de Lisboa mandaban la respuesta en forma poética. Todo esto lo coordinaba la virreina desde España. Pero esto no circuló en tiempos de Sor Juana, sino ¡se encontró! un manuscrito que había circulado en 1721. Entonces, ella seguía tejiendo estos hilos de poder con la palabra. Me parece fascinante. Juego con eso como un arma de defensa intelectual frente a la represión de la Iglesia al final de la vida de Sor Juana.

Inclusive en un momento esta represión le lleva a decir -en su novela-: ¿quién dice que la mujer del Señor…
No debe pensar.

…no debe pensar, debe reprimir su intelectualidad?
Sí. Creo que ella era consciente. Era fuera de serie, muy autodidacta. Y todo era adversidad, no había universidad para las mujeres. Ella era consciente de que tenía capacidad intelectual, memoria y que era sobresaliente. Es muy difícil no ser vanidoso cuando eres sobresaliente. ¿Cómo haces para reprimir lo que piensas? Sobre todo cuando ya te han dado socialmente, ya has empezado a tener un reconocimiento y una estatura, un diálogo con el exterior que te está diciendo que eres una voz que le interesa a la época en la que vive.

Tan destacada que 300 años después seguimos hablando de Sor Juana.
Sí. Eso es fascinante. A pesar de que se silenció mucho rato. Sor Juana fue olvidada. Sí logró su objetivo esta represión porque se hizo (de ella) un ejemplo de abnegación, religiosidad, catolicismo. Y después, hasta fines del (siglo) diecinueve vuelven a hablar de ella. Empieza como espuma de leche y ya no se puede parar toda la especulación. Hay sorjuanistas, gente que dedica su vida para seguir estudiándola.

Para que Octavio Paz -quizá el escritor o poeta más conocido de México- le haya dedicado un texto, ya son palabras totalmente mayores.
Hay un texto delicioso y fascinante por toda la sapiencia, la sensibilidad y el uso de la palabra de Octavio Paz. Porque se mete en su vida familiar, cotidiana, en entender qué era ser bastarda en la época. Por ejemplo, ¿cómo era el pensamiento colonial? ¿Cómo era la vida en el convento? ¿Qué es lo que se leía? O sea hacernos entender qué era la poesía barroca. Eso es verdaderamente fascinante. Yo no sabía que iba a escribir esta novela. Hice un texto para unos libros de cocina de una editorial, una colección de cocina virreinal. Una amiga era la experta, ya murió. Hay un recetario atribuido a Sor Juana en el Convento de San Jerónimo y ella fue la que me dijo: “¿No escribirías un ensayo, un texto para acompañar esto?”. Yo dije: “¿Sor Juana en la cocina?”. Eso yo nunca había pensado, más que la Sor Juana de la pluma. ¿En la cocina? Voy a leer Las trampas de la fe para entender la vida cotidiana, el origen, qué relación podía tener ella con el fogón, con los sabores. Y fue Las trampas de la fe la que sembró un deseo -no sabía todavía que iba a escribir la novela cuando se publicó eso-. Había fascinación por la circunstancia, el tiempo, el origen de Sor Juana. Y es Octavio Paz el provocador.


La gastronomía como percepción del mundo

Eso nos lleva a otro de sus temas de interés: la gastronomía. Como usted acaba de mencionar, ha publicado varios temas sobre gastronomía y sobre Sor Juana, entre Despertar los apetitos, Golosinas del convento, Sor Juana en la cocina, Entremeses y yucatecos y una colección de varios autores: Historia y leyenda del mazapán.
Sí, ja, ja… Ya me averiguaste ahí todo.

¿Cómo así se interesa tanto por la gastronomía? ¿Esto viene de su familia? Su abuelo cultivaba café, tenía…
El abuelo paterno tenía una finca cafetalera, que es motivo de otra novela…

De Café Cortado.
De Café Cortado. Y ya él no la conoció, porque lo mataron. Siempre me han gustado la comida y los sabores. Es uno de mis mayores gustos. Quizá porque en mi casa gustan de la comida, la conversación alrededor de la mesa y el rito de la sobremesa. El abuelo por el lado de mi madre era andaluz, y él era cocinero. Cuando me enteré que Sor Juana tenía abuelos andaluces me fascinó. Una receta de mi abuelo, de conejo, la meto (en la novela) pensando que a lo mejor a Sor Juana le daban conejo en la cocina. Porque el conejo se come en esa zona donde nació, pero guisado a la andaluza, para que tuviera coherencia. Me han interesado los sabores y siempre me ha gustado comer. Vengo aquí (al Perú), quiero saber qué se come, dónde, probar cosas. Una de las primeras cosas que hice como periodista en un texto era en una revista mensual que se llamaba Crónicas de la vida cultural de Coyoacán, que un amigo publicó hace muchos años -antes de que yo publicara cualquier libro-. Me dijo qué sección quería y escogí A la carta. Me iba a buscar lugares de comida en Coyoacán -un barrio de la ciudad de México- y lo mismo hablaba de un lugar popular que uno más sofisticado, y mi curiosidad siempre ha buscado pretextos para seguirle por ahí.

Más que nada de difusión gastronómica.
Sí. Porque cocino, pero sin ninguna sapiencia ni nada. Me gusta, es una curiosidad sobre la cultura, los sabores y la sensualidad alrededor de la mesa.

¿Piensa seguir publicando más textos sobre gastronomía?
Sí. Y me gusta mucho la crónica de viaje. Hice una sobre Nueva Orleáns y cuando me la pidieron dije: “La quiero hacer sobre música y comida”. Me deleita hacer eso. También tengo una novela que se llama Despertar los apetitos (2008), que (es sobre) periodistas de gastronomía. Me parece un género interesante. Y no me refiero solo a la comida sofisticada. El ámbito culinario tiene que ver con una percepción del mundo, una historia, una actitud. Me gusta mucho ese mirador para ver las diferencias, las cercanías entre unas y otras culturas, comunidades, espacios o como quieras llamarle.

La cocina como integración de las personas.
Sí. De hecho tengo un cuento que se llama La sobremesa, ahí juego con lo que pasa después de la mesa. Pero la seducción también se puede dar a través de los sabores, por eso escribí ese (texto) de periodistas de gastronomía. Fui a Canadá: un viaje de extremo a extremo del continente comiendo. Fue una oportunidad deliciosa y no sabía que iba a ser un germen de novela. Por eso te decía que los viajes son así, uno está ahí y no sabe qué va a pasar después con esa experiencia, cómo se va a cristalizar. Entonces, ahí sigo y colaboro en televisión: tengo una pequeña cápsula, se ha ido especializando en cultura gastronómica. O hablo de gastronomía y literatura, gastronomía y cine.

Usted tiene muchos intereses intelectuales.
Sí.

Y trata de difundirlos a través del periodismo, en este caso, y también de la literatura.
Exacto. Sí.

Su madre era una apasionada del arte. ¿De ese lado le viene también su interés por la literatura?
Sí. Mis padres viven, afortunadamente. Los dos son lectores. Pero mi madre tenía una gran afición por la pintura. Desde niñas a mi hermana y a mí nos enseñaba libros de arte. De hecho mi hermana es pintora. Entonces, siempre crecí con fascinación por la plástica. Sí por la literatura, pero como algo natural. Ahí estaban los libros, yo los veía leer y me gustó un día cuando estuve enferma y seguí leyendo. Pero toda la parte de la plástica, de la pintura, la escultura, esa es la semilla de mi madre.


Bióloga publica novela en Argentina

Y cómo usted que es bióloga de profesión ahora le dedica todo su tiempo a la literatura. ¿Cómo una bióloga termina de literata?
Ja, ja…

Que parecen tan…
Tan distintos.

…contrapuestos.
Me gustaba escribir desde adolescente, pero ni sabía cómo se hacía uno escritor. Me parecía que era un divertimento, no una cosa seria. Me gustaba, hacía mis cuentitos, me la pasaba muy bien, y la ciencia también me gustaba mucho. Quizás uno de mis problemas o circunstancias es que siempre me han gustado muchas cosas, pero ahora descubro que con la palabra escrita todas se pueden, ahí pueden estar todas. En cambio, en la biología no puede estar todo lo demás. A la hora de estar estudiando me gustaba la ciencia, el saber, causa-efecto, entender. Ahora comprendo que la literatura es una forma de entender o tratar de entender la conducta humana. Que es tan ambigua, tan inapresable, nunca la vas a poder definir exactamente, no hay nada que puedas comprobar, son verdades relativas. Por ello es, absolutamente, para mí más atractiva que la ciencia. Tengo sed de curiosidad para el entendimiento del mundo. Estudié biología, pero siempre pensando: “¡Ay, me debería salir y estudiar letras! ¿O qué debería hacer?”. Siempre como dividida iba a un taller de cuento con Mempo Giardinelli, argentino que vivía en México, y ahí iba escribiendo mis cuentos. Terminé biología, empecé a trabajar de bióloga. Pero siempre con una especie de cojera, no totalmente de pie en aquello. Luego descubrí que la ciencia es una pasión, igual que la literatura o cualquier arte. Y había que decidir entre las pasiones. De repente un trabajo de investigación muy específico me desalentó, no me vi ya como una investigadora especializada. Me iba a una maestría, tenía la beca y dije no. Y me fui hacia divulgación de la ciencia, talleres de ecología para niños, hice un libro para niños mezcla de cuento con ciencia, y así me fui deslizando al incierto camino de la escritura. Y a leer un poco, no con orden académico, porque yo no lo había tenido, sino por gusto. Me empecé a hacer amiga de algunos escritores, saqué mi primer libro de cuentos y seguí por ahí.

Y ahora ya está bien asentada porque Yo, la peor tiene seis reimpresiones.
Sí. Ya va en la séptima.

Séptima ya.
Es que no he actualizado la página (web). Va en la séptima. En Argentina va a salir.

Qué bueno.
Ninguno de mis libros se ha ido de México, por más que haya publicado en estas empresas grandes, españolas, que están en el resto de América. No había habido la oportunidad y con Yo, la peor pues ya salgo en Argentina y me da emoción, porque uno tiene sus lectores en su país. No se puede saber qué va a pasar.

Por lo visto, la Invocación funcionó muy bien, ja, ja…
Fíjate que sí, tienes razón, pero ya no puedo repetir la fórmula, ja, ja, ja. La puedo hacer, pero en silencio, sin que se publique, ja, ja, ja. Además, es un viejo ritual éste. Yo creo en los rituales. Eso es algo que me importa mucho en la literatura. Tiene que ver con la gastronomía. Para mí la mesa es un ritual que se va percudiendo con la vida urbana y de prisa hay que volver a jalar. Me importa toda la parte ritual de nuestra vida diaria, porque no necesariamente estoy refiriéndome a rituales que tienen que ver con etnias, sino a los rituales cotidianos que nos son tan importantes.

Y también usted promueve la lectura con este libro Leo, luego escribo del año 2001.
Sí. Me ha dado sorpresas porque es un libro que usan los maestros. Originalmente era pensado para que lo leyeran estudiantes… Nosotros le llamamos la preparatoria. De los 15 a los 18 años. Ese era el público en el que se había pensado. Y tiene que ver con mi experiencia de dar talleres literarios. Saber qué cuentos producen y funcionan como provocadores, como experiencias cimbradoras y memorables. Fue una oportunidad de juntar todo esto. Es un libro que circula en Centroamérica, que está en las bibliotecas de las escuelas en México. Uno nunca sabe qué va a pasar con los libros, es tan curioso. Hay unos que se mueren o que nadie sabe de ellos.

Tienen vida propia.
Tienen vida propia. Uno no hace nada y un día te enteras que ese libro le gustó a fulano de tal y permitió que leyeran a Chéjov a lo mejor, que nunca habían leído. Y te crea cómplices. Porque vas a un lado y te agarra un maestro -me encanta cuando los maestros se acercan-: “Su libro tal lo usamos”. De repente (otro maestro): “Es que falta ese tipo de material que haga puente entre maestros y alumnos”.

Qué bueno. Usted resulta siendo puertas abiertas para otros autores, sobre todo en escolares.
Sí. Y me gusta hacer eso con mis alumnos. Trabajo en una universidad de reciente creación, la Autónoma de la Ciudad de México, y hay una licenciatura en creación literaria.


Mercado editorial mexicano en crisis

México es un país donde se lee bastante, hay un buen mercado editorial, tanto para jóvenes como para adultos.
Pero no es suficiente. Por lo menos nos quejamos. Sí se ha avanzado mucho en los niños, ha habido una gran promoción en la lectura para niños, todo un trabajo editorial, feria del libro para niños que ya lleva veinte, veinticinco años. Se llama Feria del Libro Infantil y Juvenil, pero creo que todavía hay una parte del lector adolescente que necesita vincularse con los libros adecuados, que los maestros de secundaria también sepan cómo entusiasmarlos, porque es una edad en que es difícil ese recogimiento con la intimidad del libro. Poco a poco se ha ido avanzando. El problema es que las librerías en lugar de crecer han disminuido. También se está peleando una ley del libro, que sea un precio único del libro. La librería pequeñita no puede competir porque la gran librería…

Monopoliza.
…da descuentos, monopoliza. Nadie va a comprar un libro en un lugar más caro si lo encuentra al 30% en otro. Entonces, hay un conflicto con eso, con puntos de venta para los libros, bibliotecas. Siempre ha habido un programa de bibliotecas, hay una oferta de lectura, pero tú necesitas saber -si no eres experto y aún iniciado- qué libro tomar, a qué libro acercarme. Entre los maestros hay que hacer mucho también porque sean lectores. Creo que la literatura se propaga por contagio. Entonces, un maestro lector, un padre lector, un amigo lector, te va creando lectores porque recomienda un libro o lee un pedazo de un poema y eso crea entusiasmo. Te digo todavía que nosotros nos quejamos. Los tirajes de libros normalmente no rebasan los cinco mil. Un cinco mil ya es un buen tiraje.

No imaginaría esta realidad que me comenta cuando (uno) ve o lee en la prensa que tienen la mejor feria del libro de toda América Latina, y la segunda mejor todo Iberoamérica, después de la de Madrid. Y además que (México) es cuna de Juan Rulfo, Octavio Paz, Jaime Sabines. Imaginaba que el mercado editorial era más fuerte allá.
Sí. Es fuerte, pero también está en crisis. Lo que está sucediendo de interesante -no sé si es un fenómeno mundial-: en España también las editoriales pequeñas e independientes están surgiendo y se están uniendo. Te encuentras editoriales que hacen mil ejemplares, quinientos, cuidaditos; van a publicar poesía, cuento: estos géneros que no son los más taquilleros. Ese movimiento sí se está dando. Hubo por primera vez una feria del libro independiente en la Ciudad de México. Editoriales como Almadía, Sexto Piso, El Milagro, Tumbona Ediciones, son normalmente escritores los que las ponen o editores. O escritores que les gusta el trabajo editorial. Todo eso está pasando y me parece muy interesante. Comentabas la Feria del Libro de Guadalajara: es realmente una feria de la cual me siento muy orgullosa que exista en México. Porque en la Ciudad de México también tenemos una Feria del Libro de Minería, que lleva muchísimos años, pero…

¿De minería?
Le dicen de minería porque es en un palacio de minería. Le decimos la Feria del Libro de Minería, pero no son libros de minería (sonríe). A lo mejor hay alguno, pero la de Guadalajara es una cosa impresionante de organización, de presencia internacional. Tiene un premio. El que tenga la oportunidad debe ir, no se la puede perder.

Todos los escritores peruanos quieren ir allá cuando hay posibilidad.
Es que es fantástico. De veras. A la gente que vive en el D. F., que no es escritor, les digo: “Tienen que ir a Guadalajara a la feria del libro”. Te encuentras todos los libros, hay eventos. A lo mejor oyes una conferencia de Mario Vargas Llosa, está Gabriel García Márquez, Elena Poniatowska o va un Premio Nobel como (Orhan) Pamuk -que fue el año pasado- o (José) Saramago -que fue en su tiempo-. Y te los encuentras en los pasillos. Aparte hay música, verdaderamente una experiencia. Y hay para niños, jóvenes, adultos. La Feria del Libro en Guadalajara ha hecho una relación de los ciudadanos -los tapatíos que les decimos- con los libros, porque desde niños han ido a esa feria, han crecido con eso. Una relación con el libro de la cual no son muy conscientes, a lo mejor. Cuando vas a esa feria, quieres que todas sean así. Y no es fácil.


Políticas culturales estatales

Eso demuestra una política cultural, hasta cierto punto, adecuada. Porque si los ciudadanos no son muy conscientes de que ya están metidos en el ámbito literario, cultural, (que) es inherente casi a ellos, entonces ha habido un buen trabajo del gobierno.
Yo creo que sí. No se ha hecho todavía todo lo que es. Cada vez hay un pasito más, pero nuestra política cultural de Estado siempre se ha preocupado porque dicen que quieren hacer un país de lectores. Es la meta. Entonces, pues ¡qué bien! No es necesario tener un país de escritores, pero de lectores sí. De gente que aprecie el arte, gente sensible.

Aparte, sí es un país de escritores.
Sí, hay muchos, porque somos muchos. Pero Perú no me digas que no. También.

Claro.
Desde luego. Pero sí hay toda una política de estímulos para escritores. De estímulos para artistas.

Muchos concursos.
Concursos y hay un sistema. Se llama el Fondo Nacional para la Creación y las Artes…

En el Perú casi no hay concursos.
¿No? Hay uno para escritura de mujeres. Yo una vez mandé un cuento.

Son contados.
Y eso es importante, porque los concursos son estímulos que hacen que tengas un reflejo de lo que está pasando, dan vigor y un termómetro de la actividad (literaria).

Sí. En tanto en México hay concursos por cada Estado.
Por cada Estado. Cada Estado tiene su estatal, luego están los nacionales y los internacionales.

Eso para la realidad peruana es un sueño.
Pues se logrará, ¿no?

Esperemos. Aún así todavía salen buenos escritores en nuestro país.
Sí. Hay una tradición importante.

Me llamaban mucho la atención estas posiciones casi opuestas de Yo, la peor –que es una temática religiosa, histórica, literaria- y un cuento suyo que había leído, Los jueves (de su libro La isla blanca de 1998). No la imaginaba a usted escribiendo Los jueves y también Yo, la peor.
Ja, ja, ja…

Los jueves es muy sensual y provocador, muy fetichista por momentos.
Eso es más bien lo que he escrito. Yo, la peor es lo raro en lo que he escrito. Siento que Yo, la peor me pone en una circunstancia que ni yo misma imaginaba y eso me gusta. Me gustan los retos y poder escribir. Tengo una novela para jóvenes que se llama La más faulera (1997). Es una novela sobre básquetbol. Y los cuentos tienen que ver con lo cotidiano contemporáneo, no hago cuento histórico. Me han dicho que la parte sensual, a veces la crudeza, la soledad, están ahí. Y de repente me veo en este retablo novohispano en el que me pone Yo, la peor y también me gusta masticarlo, estar ahí. Creo que eso tiene que ver con el periodismo, que a uno lo lanza a resolver esto, “y ahora vente de entrevistar, ahora escribe de esto”, que es parte de lo que he hecho como trabajo.

¿Todo periodista debe ser un intelectual, cree usted?
Todo periodista debe ser un curioso. Un sediento de la información para armar, tener una visión personal y una búsqueda de originalidad en cómo proyecta lo que está diciendo.


Poesía: palabra mayor

Ya que usted ha probado tantos géneros –crónica, cuento, novela, ensayo-, ¿por qué no se ha atrevido con la poesía?
Para mí son palabras mayores. Me parece que la poesía es todo un trabajo de decantación, de precisión, de una filigrana muy cuidadosa. ¿Por qué escribe uno poesía o por qué escribe narrativa? Creo que tengo la necesidad de contar historias, que el verso no se amolda a lo que quiero decir. Es mucho más riguroso, más preciso, por lo tanto más incisivo, más brutal, más memorable. Se puede escribir narrativa mala y la poesía es implacable. Un poema malo yo ya no lo llamaría poesía. La poesía es la expresión más sugerente. Por eso me gusta la minificción, también. Porque tiene hermandad con la poesía. Apenas dice unas cosas, pero tiene que estar levantando ámpulas con esa capacidad de sugerencia propia de la poesía y del cuento, más que de la novela. El cuento le hace más guiños a la poesía, pero de todos modos no me es suficiente. Escribí algunos poemas de adolescencia y quizás tenga pudor con la poesía porque me parece difícil, riesgosa.

Mucha elipsis hay que utilizar.
Exacto. Por otro lado, todo narrador tiene que leer poesía, porque la palabra, el juego, sus resonancias, allí están: en la poesía. Es parte de lo que debe de ver un narrador: poesía.

A pesar de no ser poeta en Yo, la peor muchas de sus páginas son muy musicales. El lenguaje utilizado tiene ritmo. Uno podría leerlo en voz alta y suena bien.
Es que creo en la música de la prosa. Yo creo en leer en voz alta como hacía Flaubert, que suene y tenga un ritmo que vaya con lo que se está contando. Para Yo, la peor tal vez influyó el que yo leía la poesía de Sor Juana, no para analizarla sino para entrar en una especie de trance, de ritmo, de música, de lenguaje y, aunque sea una novela escrita con español del siglo XXI, entrar en una música de otro tiempo.

Como irse vistiendo un poco de su propia ropa.
Exacto. Y de una manera no muy consciente. Cada historia pide su música, su lenguaje, su extensión. Y esto es lo que pedía Sor Juana: Yo, la peor.

Muchísimas gracias por la entrevista y esperamos que pueda volver en otra oportunidad a nuestro país para disfrutar de sus conocimientos y su literatura.
Pues me encantará. Gracias a ti.